Los Asesinatos de la Caja de Herramientas (The Toolbox Murders)

Actos antinaturales

Por Emiliano Fernández

Una de las películas preferidas de Stephen King desde siempre y claro punto de referencia en materia de las truculencias y adorables perversiones de su vasta producción literaria, Los Asesinatos de la Caja de Herramientas (The Toolbox Murders, 1978) nació como un intento del productor Tony DiDio de generar un rip-off de La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), el clásico de Tobe Hooper, y para ello contrató primero a un equipo de guionistas compuesto por Neva Friedenn, Robert Easter y Ann Kindberg, unos futuros especialistas en propuestas de acción que llegaron al extremo de cortar casi todos los lazos con la odisea de base, y luego al realizador Dennis Donnelly, aquí entregando su único trabajo para cine en medio de una carrera larguísima vinculada a la televisión, en la que dirigió episodios de series variopintas como El Hombre Araña (The Amazing Spider-Man, 1977-1979), Dallas (1978-1991), Barnaby Jones (1973-1980), Hawai 5-0 (Hawaii Five-O, 1968-1980), Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, 1976-1981), Brigada A (The A-Team, 1983-1987), Lobo del Aire (Airwolf, 1984-1986) y Falcon Crest (1981-1990), entre muchos otros shows de muy diversa aceptación popular. El adictivo opus de Donnelly no sólo es uno de los más radicales e influyentes de la historia del terror moderno sino también una de las realizaciones responsables de haber desencadenado la paranoia mojigata, boba y neopuritana de los denominados “video nasties” durante el excrementicio gobierno neoliberal de Margaret Thatcher en la década del 80, hablamos de una avanzada conservadora que pretendía prohibir de lleno un conjunto de películas sumamente violentas bajo el antiguo argumento de que representaban una influencia nociva para los pobres chiquillos como si la infancia y la juventud fuesen una vasija con oro al final del arcoíris o una promesa cristalina de ideales ultra inmaculados que se vienen abajo por la intervención de la “cultura de la maldad”, por supuesto una pavada reduccionista monumental que sólo funciona en la cabeza morbosa e hipócrita de los beatos promedio de ayer, hoy y siempre.

 

La simpática historia comienza con nuestro infaltable psicópata conduciendo su auto hasta un coqueto complejo de departamentos de Los Ángeles, El Patio del Sequoia, escuchando en la radio el sermón de un predicador que condena el culto a la fama, el poder, el dinero, las drogas y el sexo, señor que insta a cortar/ extirpar el miembro o parte de nuestro cuerpo que nos lleve al pecado, y experimentando un flashback acerca de la muerte de una chica, Kathy, en un accidente automovilístico cuando su coche chocó contra un poste de luz en medio de la noche. Una vez en El Patio del Sequoia, el loquito no pierde tiempo y revienta primero con un taladro a la alcohólica Señora Andrews (Faith McSwain), luego se calza un pasamontañas y asesina a otras dos mujeres del lugar, la primera con un martillo, Debbie (Marciee Drake), y la segunda con un destornillador, María (Evelyn Guerrero), y espía por una ventana a sus dos próximas víctimas, una quinceañera que está hablando por teléfono, Laurie Ballard (Pamelyn Ferdin), y una puta deliciosa que se la pasa contoneándose en ropa interior a la vista de todos, Dee Ann (Marianne Walter alias Kelly Nichols). Dicho y hecho, mientras el Detective Jamison (Tim Donnelly) comienza a investigar y el propietario del complejo, Vance Kingsley (Cameron Mitchell), se muestra consternado por lo sucedido, el homicida ataca de nuevo al día siguiente y bajo el amparo de la noche revienta a Dee Ann con una pistola de clavos, justo cuando estaba masturbándose en la bañera, y secuestra a la angelical Laurie cuando termina de hablar por teléfono con su noviecito, Larry. Como la pesquisa de Jamison no avanza y encima parece que el hombre quiere iniciar una relación romántica con la madre de la raptada, Joanne (Aneta Corsaut), el hermano de Laurie, Joey (Nicolas Beauvy), comprende que todo apunta a Vance, quien efectivamente tiene atada a una cama a la adolescente cual reemplazo de su hija, aquella Kathy, pero cuando pretende rescatarla el primo de la occisa y sobrino del chiflado, Kent (Wesley Eure), lo prende fuego con aguarrás/ trementina para que nadie descubra estos secretitos familiares acumulados.

 

Cuando se analiza Los Asesinatos de la Caja de Herramientas, joya del terror anticristiano y antifamilia que se caga en todos, se suele decir que la película está dividida en dos partes muy marcadas, una primera correspondiente al esquema del proto slasher y una segunda que sigue los lineamientos del thriller psicológico, lo cual no es del todo cierto porque la ciclotimia del film de Donnelly en realidad abarca tres actos bien diferentes, pensemos que el primer capítulo sí es un exponente gore con detalles misóginos y cuasi surrealistas símil sexploitation setentoso amigo del splatter, áspero aunque también algo delirante, la segunda parte se abre camino como un relato detectivesco más clásico, fase en la que Kent descubre que su tío anda detrás de todo por la fijación del asesino con los herramientas y en la que Joey deduce lo mismo porque el psicópata entró por la fuerza sólo en un departamento, lo que quiere decir que las víctimas lo conocían o que directamente tenía llave del lugar, y finalmente el remate retórico responde a una suerte de melodrama desquiciado de represión sexual de índole religiosa/ protestante/ retrógrada ya que de la nada nos enteramos que Kent es incluso más peligroso que Vance, éste por lo menos detentando la excusa de que se volvió un cruzado de la moral cristiana para asesinar a borrachas y meretrices del montón después del trauma del fallecimiento de su hija, no obstante su sobrino ya era un demente desde antes que fornicaba a escondidas con Kathy y que pronto se carga a Kingsley con un cuchillo de cocina para quedarse con la “muñeca” sustituta propiedad del veterano, Laurie, a la que libera y viola para luego terminar faenado por la raptada con unas tijeras, amén de las leyendas finales hilarantemente mentirosas de que todo lo visto sucedió de verdad en 1967, Joanne murió en un accidente automovilístico en 1974 y Laurie pasó tres años en un psiquiátrico y después se casó y tuvo un hijo. La música angustiosa de George Deaton, la fotografía muy precisa de Gary Graver y la eficaz edición de Nunzio Darpino, entrecortada y semi experimental para los flashbacks, suman mucho a la experiencia cinéfila en general.

 

Otro foco de interés es el maravilloso desempeño del elenco, destacándose lo hecho por Mitchell, un actor curtido cuya trayectoria se remonta al Hollywood Clásico, el tremendo Eure, célebre por la fantasía familiera inofensiva para televisión de Tierra de los Perdidos (Land of the Lost, 1974-1977), Nichols, la cual a posteriori desarrollará una muy extensa carrera en el cine pornográfico primero como actriz y después como maquilladora, y la siempre perfecta Ferdin, una ex actriz infantil de larga data que participó en El Engaño (The Beguiled, 1971), de Don Siegel, Baile con el Diablo (The Mephisto Waltz, 1971), de Paul Wendkos, y ¿Qué le Pasa a Helen? (What’s the Matter with Helen?, 1971), de Curtis Harrington, y que luego se retiraría de la profesión para ser enfermera y militante por los derechos de los animales. Más allá de la loable pero inferior y rutinaria remake homónima de Hooper del 2004, situación que parece ironizar sobre la retroalimentación creativa en la cultura y el entramado simbólico del mainstream y el indie, la película que nos ocupa sería retomada de manera grosera por muchos otros convites que jamás reconocieron del todo la influencia de turno, recordemos para el caso el gustito por el taladro de The Driller Killer (1979), de Abel Ferrara, y Doble de Cuerpo (Body Double, 1984), de Brian De Palma, las carnicerías formalmente similares de Masacre en la Fiesta (The Slumber Party Massacre, 1982), de Amy Holden Jones, y El Descuartizador de Nueva York (Lo Squartatore di New York, 1982), de Lucio Fulci, la famosa escena del hacha de El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, semejante al homicidio de la Señora Andrews, a quien Kingsley arrincona en el baño para entretenerse un poco destrozando la puerta con la agujereadora, y finalmente el fetiche con la pistola de clavos de aquel adalid de la venganza de The Nail Gun Massacre (1985), mega trasheada de Bill Leslie y Terry Lofton que también incluía muchos desnudos, violaciones y muertes horripilantes. Al dividir al gremio femenino en putas sucias e indecentes que merecen morir, nenas virginales de cartón pintado y esclavas del matrimonio y la fidelidad de la parentela burguesa más mediocre, los dos villanos, Kent y su tío, terminan homologados a los energúmenos y santurrones que pretendieron prohibir al film o condenarlo por esto o aquello, panorama que pone de relieve cuánto se parece la condena de Vance para con los “actos antinaturales” de sus presas, como beber alcohol o dedicarse al onanismo, a la colección de pavadas que suelen lanzar todos los monigotes cristianos, las feminazis de concha seca y sus cómplices más lelos, los varones pollerudos que celebran su propia sumisión ante las hembras, por cierto en Los Asesinatos de la Caja de Herramientas retratadas como son en la realidad sin rasgos de víctimas ancestrales ni de heroínas automáticas o por arte de magia, más bien cercanas a cualquier ser humano que de un momento a otro podría toparse con un perturbado, en la calle o en la propia morada, que amparado en la sorpresa y la brutalidad hace un desastre mientras la policía saca a relucir su sutil inoperancia y las frustraciones sociales e individuales crecen a un ritmo agigantado…

 

Los Asesinatos de la Caja de Herramientas (The Toolbox Murders, Estados Unidos, 1978)

Dirección: Dennis Donnelly. Guión: Neva Friedenn, Robert Easter y Ann Kindberg. Elenco: Pamelyn Ferdin, Cameron Mitchell, Wesley Eure, Nicolas Beauvy, Tim Donnelly, Aneta Corsaut, Faith McSwain, Kelly Nichols, Marciee Drake, Evelyn Guerrero. Producción: Tony DiDio. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 9