Duna: Parte Dos (Dune: Part Two)

Aculturación y despotismo hidráulico

Por Emiliano Fernández

La devoción que en todo el planeta sigue despertando Duna (Dune, 1965), la extraordinaria novela de Frank Herbert, se explica no sólo por la riqueza del ecosistema allí construido, literalmente un universo con muchísimos detalles, grupos de presión, vicisitudes y actores en conflicto, sino también por el quiebre temático y formal que continúa imponiendo si comparamos al libro con su pasado, presente y futuro en el rubro de base, la ciencia ficción, en este sentido conviene recordar que el grueso del género -tanto en su acepción literaria como cinematográfica- siempre fue excesivamente tecnófilo, demostró poco o nulo interés en la fe como dispositivo dramático e ideológico y tendió a fetichizar a los superhombres o semidioses de una manera superficial o dogmática sin asignarles una verdadera dimensión política, biológica y/ o mística, precisamente la identidad tripartita que caracteriza a Paul Atreides, artífice de una guerra santa que cubrirá el cosmos y gran protagonista del primer volumen de una saga que después se extendería de manera canónica de la mano de cinco libros más de Herbert, El Mesías de Dune (Dune Messiah, 1969), Hijos de Dune (Children of Dune, 1976), Dios Emperador de Dune (God Emperor of Dune, 1981), Herejes de Dune (Heretics of Dune, 1984) y Casa Capitular: Dune (Chapterhouse: Dune, 1985). En primera instancia vale aclarar que Duna no es ni tecnófila ni tecnófoba porque la técnica en sí no está problematizada ya que desapareció a posteriori de un conflagración con las máquinas y con los robots pensantes, la célebre Yihad Butleriana, por ello la dinámica de las relaciones mundanas resulta preponderante en el relato y la lógica quedó en manos de seres humanos que reemplazan a las computadoras, los Mentat, esos que a su vez se contraponen al gremio que hegemoniza la fe y simboliza la importancia de las religiones, la psicología, la cultura compartida y la propaganda masiva en materia del control del comportamiento, las Bene Gesserit, una secta de hembras -obsesionada con su credo autoritario símil cristianismo o judaísmo- que precisamente se aboga el derecho de jugar con la eugenesia para crear a un mesías masculino que acumule todo el conocimiento de los bípedos y pueda manipular a su gusto el pensamiento, la existencia y la conducta de sus semejantes, y finalmente está la intención fundamental del amigo Frank de unificar este misticismo o cuasi mitologización esotérica de fondo primero con las luchas palaciegas shakesperianas, en simultáneo bélicas y políticas, y segundo con todo el sustrato natural/ biológico del planeta desértico del título, también llamado Arrakis, el hogar de unos gigantescos gusanos de arena y de unas tribus nómadas llamadas Fremen, expertos en reciclar agua y viajar en el lomo de estas criaturas.

 

Ya con la aparición de Duna: Parte Dos (Dune: Part Two, 2024), film del querido Denis Villeneuve que completa lo hecho por el director y guionista canadiense en Duna (Dune, 2021), se puede afirmar que el díptico es sin duda el sueño hecho realidad de todos los que amamos el libro original o más claramente, la mejor adaptación posible de un trabajo muy intrincado y vasto que no tiene parangón en la historia de la ciencia ficción: el realizador, aquí nuevamente trabajando con Jon Spaihts en lo que atañe a la trama concreta, retoma la historia justo donde había finalizado el capítulo anterior, luego de la captura y eventual fallecimiento del Duque Leto (Oscar Isaac), cabecilla de la Casa Atreides y padre de Paul (Timothée Chalamet), como producto de una conspiración de sus enemigos, léase el Barón Vladimir Harkonnen (un Stellan Skarsgård hiper brandeano circa el Coronel Kurtz) de la Casa Harkonnen y el Emperador Padishah Shaddam IV (Christopher Walken) de la Casa Corrino, los responsables junto a la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam (Charlotte Rampling), mandamás de las Bene Gesserit, del exilio en el desierto de Paul y su madre embarazada, la Dama Jessica (Rebecca Ferguson), con el objetivo de garantizar una muerte tercerizada -vía las altas temperaturas y los gusanos- que los libere de la incomodidad de “cargarse” directamente a la concubina del duque por ser una Bene Gesserit, no obstante la progenitora y el adolescente son adoptados por unos Fremen que la transforman a ella en Reverenda Madre y a él en un líder militar y religioso de carácter mesiánico, el Kwisatz Haderach, todo a través del raudo duelo del muchacho con uno de los locales, el finado Jamis (Babs Olusanmokun), y mediante un ritual conocido como la Agonía de la Especia en el que se desbloquea la memoria y sabiduría social acumulada ingiriendo y haciendo inocuo en el cuerpo un veneno, el Agua de la Vida, que se extrae de los gusanos al pasarlos de la arena al líquido, donde mueren de inmediato. Mientras que Paul es adoctrinado por un creyente y guerrero nativo del sur, Stilgar (Javier Bardem), se reencuentra con su mentor, el ahora contrabandista Gurney Halleck (Josh Brolin), y se enamora de una Fremen de su misma edad, Chani (Zendaya Maree Stoermer Coleman o simplemente Zendaya), las tribus toman conciencia de las pretensiones de genocidio de los invasores e inician una guerra de guerrillas contra los Harkonnen para detener el acopio de la melange o especia geriátrica, una droga que sólo se halla en Arrakis -de hecho, producida por los gusanos de arena- y que se utiliza para potenciar la cognición, aumentar el tiempo de vida e incluso navegar a través del denominado Universo Conocido encontrando caminos entre las estrellas y los planetas.

 

Duna: Parte Dos funciona como un espectáculo apabullante, construido alrededor de una astucia visual e intelectual casi inexistente en el séptimo arte infantilizado, redundante y muy obtuso de hoy en día, e introduce en la narración principal todos los personajes que faltaban con Padishah Shaddam IV a la cabeza, apenas nombrado en la primera mitad y hoy en la piel del genial Walken, así nos topamos con la hija del emperador, la Princesa Irulan Corrino (Florence Pugh), el sobrino psicópata del barón, ese Feyd-Rautha (Austin Butler) destinado a reemplazar a su equivalente de mayor edad, Glossu “La Bestia” Rabban (Dave Bautista), aquella agente Bene Gesserit enviada por la orden matriarcal para tener sexo con el anterior y preservar su linaje, la Dama Margot Fenring (Léa Seydoux), y la hermana del mismísimo Paul que se transforma en Reverenda Madre junto con su progenitora mediante la Agonía de la Especia, Alia Atreides, aquí no nata y manteniendo conversaciones silentes con la Dama Jessica desde el útero porque sólo aparece en una visión efímera presciente de nuestro Kwisatz Haderach, nada más y nada menos que en la anatomía de una sorprendente Anya Taylor-Joy. Villeneuve opta por incorporar cambios específicos con respecto al libro que no modifican en términos generales el rumbo de tamaña épica ni de sus correlaciones, pensemos por ejemplo en la poca importancia de los Mentat en las dos películas, el de los Harkonnen, Piter de Vries (David Dastmalchian), y aquel de los Atreides, Thufir Hawat (Stephen McKinley Henderson), en el sustrato insólitamente un poco más digno y menos salvajón de Feyd-Rautha, reconociendo en dos oportunidades la valía en el combate cuerpo a cuerpo de los miembros de la Casa Atreides, en la expansión del arco retórico de los dos personajes femeninos cruciales, esas Dama Jessica y Chani que subsisten en el sistema comunal de cuevas o Sietch Tabr y que el cineasta canadiense homologa de modo implícito a la corrupción y a una crítica del poder, respectivamente, en la desaparición en pantalla del hijo que Paul tiene con su concubina Fremen, el pobre Leto II, en el libro asesinado por las feroces y fanáticas tropas del emperador, los Sardaukar, y en los films difuminado porque la tragedia detrás del vínculo entre el heredero de los Atreides y la púber vernácula está más orientada al ascenso al trono del personaje de Chalamet casándose con la Princesa Irulan, lo que implica que la ambición de mando del Kwisatz Haderach eclipsa a su faceta privada, y finalmente en la muerte del villano, aquí un Barón Harkonnen inutilizado por las huestes de Padishah Shaddam IV y rematado por Paul a través de una daga que desgarra su cuello y en las páginas asesinado por Alia, quien se sirve de una aguja venenosa sagrada o Gom Jabbar.

 

El director ya había anticipado que la primera parte se correspondería a una presentación contemplativa de personajes y que la segunda estaría cerca de una epopeya antiimperialista en la que los Fremen, ocupando el lugar histórico y antropológico de los indígenas en la Conquista de América o las tribus negras en el Reparto de África o los pueblos musulmanes en el Colonialismo en Medio Oriente, expulsan al maquiavélico frente extraccionista/ parasitario/ genocida/ destructor del medio ambiente de los Harkonnen, una parodia de la Revolución Industrial del Reino Unido, y los Corrino, esa versión sarcástica de la industria militar de yanquilandia, por ello Duna: Parte Dos deja de lado el bildungsroman o faena de aprendizaje del primer capítulo y se vuelca hacia una amalgama de primero un melodrama aristocrático, de hecho jugando con los “sacrificios” que el poder público reclama, segundo una aculturación invertida, ahora con el joven Atreides incorporándose como un cuasi igual entre los Fremen, tercero una guerra secular de liberación con tintes sacros, algo vinculado al aporte de Thomas Edward Lawrence o Lawrence de Arabia en la Rebelión Árabe (1916-1918) contra el Imperio Otomano, y cuarto un registro testimonial sobre los chanchullos del poder, no sólo la renuncia en sí del desenlace a la esencia humilde humanista, representada en la Chani de la perfecta Zendaya, sino también la metamorfosis del Paul del estupendo Timothée en emperador cuando Padishah Shaddam IV es derrotado. Ayudado por un gran desempeño de Greig Fraser en fotografía, Hans Zimmer en música y Patrice Vermette en diseño de producción, Villeneuve vuelve a lucirse en la dirección de actores y a poner en vergüenza a la ciencia ficción para tontitos, wokes, fascistas y/ o castrados del Siglo XXI, amén de exprimir el lirismo de la gesta y vislumbrar la posibilidad de un tercer film basado en El Mesías de Dune que complete la “caída en desgracia” del antihéroe titular, otro de los paladines populares con potencial de tirano que tanto denunciaba Herbert en su mundo de intrigas sin blancos ni negros morales, sólo grises. Deambulando entre la comunidad eficaz y la dictadura egoísta o entre Duna y la Casa Atreides por un lado y la Casa Harkonnen y el emperador por el otro, esta obra maestra del cine para adultos pensantes niega por igual a la razón cientificista y al régimen espiritual ortodoxo, dos usinas de lunáticos conscientes o inconscientes, y entrelaza el feudalismo, las batallas comerciales, la nobleza corporativista, un superyó metafísico, el entorno vital en tanto ser libre, el temor al olvido/ la obliteración y ese “despotismo hidráulico” de Karl August Wittfogel alrededor de la especia, un recurso escaso como el petróleo pero en Duna menos preciado que el agua si se desea sobrevivir…

 

Duna: Parte Dos (Dune: Part Two, Estados Unidos/ Canadá, 2024)

Dirección: Denis Villeneuve. Guión: Denis Villeneuve y Jon Spaihts. Elenco: Timothée Chalamet, Zendaya, Rebecca Ferguson, Javier Bardem, Josh Brolin, Austin Butler, Florence Pugh, Dave Bautista, Christopher Walken, Stellan Skarsgård. Producción: Denis Villeneuve, Mary Parent, Patrick McCormick, Tanya Lapointe y Cale Boyter. Duración: 166 minutos.

Puntaje: 10