Crímenes de Pasión (Crimes of Passion)

Adiós, China Blue

Por Emiliano Fernández

Lo que en Oriente es relativamente común, eso de combinar géneros, estilos y entonaciones narrativas diferentes, en Occidente suele ser mal visto por cuestiones culturales vinculadas al conservadurismo y los prejuicios de siempre que tienden a confundir libertad creativa con falta de foco, a lo que se suma la fetichización a veces francamente insoportable para con el realismo burgués racionalista y su sobriedad asociada, corriente amiga de condenar cualquier propensión hacia la exuberancia en medio de un juego psicológico que tiene mucho de seguir negando lo reprimido, en este caso la algarabía y la lujuria irrestricta, en pos de autoengañarse en materia de las supuestas satisfacciones que ofrecen la austeridad formal y todo ese trasfondo castrado -y a veces irónico en piloto automático- de los relatos de finales del Siglo XX en adelante. La extraordinaria Crímenes de Pasión (Crimes of Passion, 1984), junto a Estados Alterados (Altered States, 1980), Gothic (1986), Salomé: El Rito Erótico (Salome’s Last Dance, 1988), La Guarida del Gusano Blanco (The Lair of the White Worm, 1988) y Prostituta (Whore, 1991), forma parte del ciclo de ataques del legendario Ken Russell contra el reino del neopuritanismo baladí ochentoso de los países anglosajones y aledaños, precisamente una década en la que el mainstream ya estaba por completo consagrado a la espectacularidad más boba y el indie a una frugalidad en muchas oportunidades semi mortuoria, documentalista y muy poco imaginativa, dos rubros en los que la anarquía fellinesca del inglés no cuadraba para nada y por ello semejante situación lo terminó alejando del séptimo arte en términos convencionales para replegarse hacia trabajos televisivos futuros y creaciones autónomas dignas del underground de antaño que no generasen la histeria de los oligofrénicos quejosos incesantes de la crítica, el público y los productores/ distribuidores, quienes a pesar de que el señor venía pateando el tablero de la previsibilidad cinematográfica desde los 60 continuaban mostrándose ofendidos por el poco y nulo interés del director hacia las narraciones tradicionales y su querida obsesión en torno a las arremetidas iconoclastas, contraculturales y farsescas contra un fluir artístico que percibía -con toda la razón del mundo- como anodino y de lo más mediocre, entorno que se prolonga hasta nuestros días gracias a reaccionarios de derecha y seudo izquierda.

 

La película que nos ocupa en sí funciona como una mixtura algo demencial entre drama romántico de crisis de la mediana edad, sutil thriller de acoso escalonado por parte de un psicópata inmundo y faena sexploitation destinada a espantar a beatos de mierda y conchas secas del neoascetismo que demonizan al sexo y lo relacionan con la violación o el abuso sexual, optando por autocaparse conceptualmente para “curarse” de las pijas, las vaginas, los culos, las bocas y las tetas y pasar a la denuncia risible contra cualquiera que desacralice al cuerpo hermético asexuado para exaltarlo como instrumento esplendoroso de placer que puede estar o no puesto al servicio del armazón de explotación capitalista junto con todas las otras profesiones, rubros, tareas y productos que se intercambian en el mercado. Esta homologación entre trabajo estándar y prostitución, núcleo que históricamente despierta el rechazo entre los castrados que no pueden dejar de idealizar a la cópula ni por un segundo con sus herramientas religiosas, conservadoras medievales o feminazis, constituye el eje de Crímenes de Pasión porque la propuesta puede leerse como la versión de Russell de lo que sería una cruza a priori imposible entre Belle de Jour (1967), de Luis Buñuel, La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton, aquel delirio psicosexual y revulsivo de los opus de los 70 y una buena dosis del registro más contenido del cineasta de su primera etapa profesional, en sintonía sobre todo con Mujeres Apasionadas (Women in Love, 1969) y algunos aspectos de La Otra Cara del Amor (The Music Lovers, 1971), sobre Pyotr Ilyich Tchaikovsky y parte de su ciclo de biopics sobre compositores famosos, patrón de representación clasicista al que por cierto regresaría en ocasión de El Arcoíris (The Rainbow, 1989), adaptación de la novela homónima de 1915 de D.H. Lawrence que a su vez fue seguida por su secuela de 1920, Mujeres Apasionadas, esa que el realizador filmó antes. Anticipando muchos de los dardos sardónicos de aquella Liz de Theresa Russell de la deliciosa Prostituta, suerte de parodia tácita del modelo retórico de la “puta con corazón de oro” de la Vivian Ward de Julia Roberts de Mujer Bonita (Pretty Woman, 1990), de Garry Marshall, el film analiza los pros y los contras de las máscaras comunales en lo que atañe a garantizar o por el contrario dificultar el contacto o debate con el prójimo a nivel cotidiano.

 

La historia se centra en tres personajes fundamentales, a saber: primero tenemos a Joanna Crane (Kathleen Turner), durante el día una diseñadora workaholic y muy talentosa de pelo castaño y atuendo comedido en una empresa de ropa deportiva para dama y por las noches una prostituta que responde al nombre de China Blue, que usa una peluca platinada y vestimenta provocativa y que satisface cualquier fantasía sexual de sus clientes, como por ejemplo interpretar a una colegiala galardonada con el título de Señorita Libertad, a una mujer acechada en la calle y eventual víctima de violación, a una monja bien putona que necesita que le trabajen la entrepierna, a la tercera en un trío con un par de excrementos con patas de la alta burguesía, a una dominatrix dispuesta a cogerse por el culo a un policía corrupto con su propia porra o a una simple mujer sexy que consiga una erección en un moribundo; en segundo lugar está Peter Shayne (Anthony Perkins), un supuesto reverendo de lo más contradictorio que por un lado predica en contra de las meretrices en medio de la vereda y ruega a Dios por su salvación y por el otro lado no puede evitar concurrir a peep shows, para masturbarse mientras inhala popper/ nitrito de amilo, y pasearse con un maletín en el que atesora su Biblia pero también consoladores con forma de tetas, masturbadores de caucho, un chupapijas automático, un látigo comestible y hasta un vibrador afilado cual cuchillo al que apoda Superman, para colmo llegando a obsesionarse con “salvar el alma pecadora” de Joanna/ China Blue, ocupando el cuarto de al lado en el hotel en cuestión, espiándola a través de una mirilla en la pared y hasta teniendo sueños húmedos homicidas con una muñeca inflable que sangra al clavarle el vibrador metálico y puntiagudo y a la que homologa a las adorables furcias; y en última instancia tenemos a Bobby Grady (John Laughlin), un comerciante de clase media especializado en artículos electrónicos y vigilante nocturno ocasional que mantiene una relación ya casi sin amor con su frígida y siempre malhumorada esposa, Amy (Annie Potts), madre a su vez de dos nenes pequeños con el hombre, Lisa (Christina Lange) y Jimmy (Seth Wagerman), señor que recibe el encargo del suspicaz jefe de Crane, Lou Bateman (Norman Burton), para seguirla bajo la sospecha de espionaje industrial en una movida que lo lleva a descubrir su doble vida y su inocencia en materia de la venta de los diseños a la competencia y finalmente a enamorarse de la mujer luego de un encuentro sexual apasionado en el que ambos llegan al orgasmo por una evidente química que la fémina niega bajo un manto de agresión que va dejando paso de a poco a la cordialidad. Russell divide a la faena en términos de la fotografía y la puesta en escena entre los colores histéricos y la iluminación fluorescente de los bajos fondos metropolitanos del comercio sexual, el hampa y la libertad de las hipocresías sociales, por un lado, comarca donde se sitúan inicialmente los encuentros entre ella y los dos hombres, y el sustrato desabrido y amargo del suburbio burgués típico de la posmodernidad, por el otro lado, sede de la vida familiar en crisis de un Bobby que termina separándose de su esposa cuando ésta le confiesa que ya no lo quiere y que ha estado viviendo una mentira desde hace muchos años, región en la que asimismo la bella Crane es visitada por sus dos “pretendientes”, en el caso de Grady con el sucesivo beneplácito de la mujer y en lo que respecta a Shayne bajo la dialéctica del acoso desquiciado de un sujeto que emparda la “purificación” de la prostituta por gusto con lo que considera una necesaria purga de su propia alma, envenenada de pecado de varón ultra adicto a las gatas de tacones altos y minifaldas. El cineasta, además de su evidente cariño hacia los intercambios entre Bobby y Joanna, se luce insertando típicos episodios de su creación como por ejemplo todo el prólogo en la silla ginecológica y la chupada de pija, las escenas en el peep show, la muy graciosa violación, el estupendo y demoledor videoclip antiburgués de It’s a Lovely Life (1984), de Rick Wakeman y Norman Gimbel en la gran voz de Maggie Bell, las sombras expresionistas y transparencias en las secuencias de sexo entre ella y él, la semblanza sexual de la monja, la escena de la barbacoa con la salchicha con mostaza cual falo y toda la representación del “pene humano”, aquel inicio y remate/ invitación a fornicar como es debido en la terapia de grupo que luego sería retomada por Stanley Kubrick en el final de Ojos Bien Cerrados (Eyes Wide Shut, 1999), y el monumental asalto al policía con la sodomización y las muñecas y las piernas sangrantes por las esposas y los tacones de los zapatos, amén del predicador presenciando el asunto y masturbando a su vibrador favorito u otros chispazos de locura del metraje vía el señor como sus soliloquios en la calle o con la corona de espinas de Jesús o el momento en el que se sienta en un piano y toca parte de la partitura de Wendy Carlos de El Resplandor (The Shining, 1980), de Kubrick, para de repente mutar en un cover lunático de Get Happy (1930), de Ted Koehler y Harold Arlen.

 

Más allá de la esperable sátira de fondo de parte de Russell alrededor del fariseísmo de una sociedad de raigambre religiosa protestante como la norteamericana, en simultáneo amante de la violencia y de las armas y muy conservadora en materia del erotismo y del sexo en general, devenir que generó la paradoja de una represión masiva hermanada a una de las industrias pornográficas más grandes del planeta, como decíamos anteriormente Crímenes de Pasión explora sin tapujo alguno la vulgaridad, medianía y mezquindad de la vida en pareja pero también de la soledad promiscua convertida en bandera de una independencia que se vuelve también patológica al punto de funcionar como una burbuja de cinismo en plan de defensa contra el resto de los mortales, planteo retórico que piensa a ambos atolladeros de la existencia contemporánea desde la noción de las fantasías y sus puntos a favor y en contra: si bien a Joanna el personaje de China Blue, una servidora pública que cambia su disposición a pedido del cliente, le dio seguridad y suprimió la mediocridad de su existencia burguesa/ citadina promedio, también la confinó a repetir una espiral de engaños sin fin que anulan su capacidad de encontrar una pareja monogámica que la quiera en serio y su misma dimensión de mujer prosaica más allá de los fetiches masculinos, en esencia un esquema ilusorio que en la meretriz está más volcado a lo positivo que a lo negativo justo al revés de lo que ocurre con Amy, la cual mantuvo la relación con Bobby a pesar de no quererlo bajo el típico horizonte del “proyecto de familia” impuesto por la sociedad, por ello se la pasó apelando a la presencia de los dos purretes para continuar al lado de Grady hasta el punto de volverse una ama de casa resentida que le busca pelea al macho o muestra indiferencia, desaprobación o censura ante sus acciones y dichos casi de manera automática, sin que realmente importe lo que éste haga u opine porque es la fantasía de la convivencia de la parentela idílica la que se vino abajo cual eco mentiroso o cándido de lo que la juventud supo prometerle a la adultez, algo que incluso se podría decir que se extiende al personaje del supuesto reverendo aunque en este caso ya a escala bien enferma porque del susodicho desconocemos hasta su coyuntura de vida, señal de que su identidad está tan dañada que no puede distinguir entre el hombre y el predicador, entre el cuerdo y el demente con impulsos asesinos y entre el reprimido sexual y el libertino dispuesto a todo con tal de encarar su venganza contra una sociedad que considera que lo corrompió desde el vamos, ya resultando imposible la metamorfosis paulatina de ambas hembras o la de Grady, otro que se queda sin su burbuja y debe aceptar que las cosas cambiaron y que el asunto trae a colación la posibilidad de un nuevo compromiso, ahora con una desinhibida Joanna que ya no necesita al personaje de China Blue para comunicarse con los hombres. Las excelentes fotografía de Dick Bush y música incidental tracción a sintetizadores de Wakeman, histórico tecladista de Yes, se acoplan sin problemas con el maravilloso guión del también productor Barry Sandler, conocido por Belleza Brutal (Kansas City Bomber, 1972), de Jerrold Freedman, El Zorro y la Duquesa (The Duchess and the Dirtwater Fox, 1976), de Melvin Frank, Más allá de la Medianoche (The Other Side of Midnight, 1977), de Charles Jarrott, El Espejo Roto (The Mirror Crack’d, 1980), de Guy Hamilton, y Su Otro Amor (Making Love, 1982), de Arthur Hiller; a su vez sostenido en un desempeño supremo de parte de la arrolladora Kathleen Turner, un bisoño John Laughlin y ese genial Anthony Perkins que retoma algunos tics de su mítico Norman Bates de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, aunque desde ya exacerbados al extremo de toda esta ciclotimia piadosa exultante de amor por las putas y su cuerpo y de condena explícita hacia su oficio y todas las mujeres en general que disfrutan del sexo o siquiera lo irradian, sustrato libidinoso tachado de hilarante fuente de vicio carnal de la misma forma en que el psicópata travestido del clásico del suspenso lo hacía, algo a lo que Russell vuelve en el desenlace vía mucho amor cinéfilo e inteligencia cuando Shayne se viste de China Blue y obliga a Joanna a matarlo con el tremendo Superman -y a asesinar para siempre a su álter ego prostibulario- justo cuando amenazaba a Bobby con unas tijeras entre la oscuridad y la luz. Entre citas a grabados y dibujos japoneses pornográficos varios y cuadros célebres como Ofelia (1852), de John Everett Millais, El Beso (Der Kuss, 1908), de Gustav Klimt, y Los Amantes (Les Amants, 1928), de René Magritte, el director niega las convenciones del relato estándar hollywoodense haciendo que el adalid se quede con la furcia y deje a la insoportable de su esposa, quien en un momento hasta pretende regresar con él en otro ataque del “deber ser” social, pero sin caer en el cliché de la meretriz bonachona sino apostando a una trabajadora sexual verosímil de existencia paralela esquizofrénica, mujer que junto con Grady forma en el final una pareja sin garantía de éxito pero sincera y ya sin miedo a decepcionar al otro…

 

Crímenes de Pasión (Crimes of Passion, Estados Unidos, 1984)

Dirección: Ken Russell. Guión: Barry Sandler. Elenco: Kathleen Turner, Anthony Perkins, John Laughlin, Annie Potts, Norman Burton, Bruce Davison, Pat McNamara, Yvonne McCord, Christina Lange, Seth Wagerman. Producción: Barry Sandler. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 10