Los Horrores del Castillo de Núremberg (Gli Orrori del Castello di Norimberga)

Agonía resucitada

Por Emiliano Fernández

A pesar de que Schock (1977), el último film de Mario Bava, cuenta con elementos de ese horror gótico por el que fuera tan conocido el legendario director y guionista italiano, como la arquitectura fantasmal, la posesión del alma y un acecho vengativo arrastrado a lo largo del tiempo, en realidad es Los Horrores del Castillo de Núremberg (Gli Orrori del Castello di Norimberga, 1972), también conocida bajo su título para el mercado anglosajón, Barón Sangriento (Baron Blood), la última obra del señor en el rubro ya que aquí se aprovecha al máximo el contexto retórico/ espacial de la casa embrujada, en esta oportunidad el enorme, antiguo y alucinante complejo edilicio del título, “Schloss des Teufels” o “El Castillo del Diablo”, en la praxis del relato ubicado en Austria aunque el título original en italiano haga referencia a la famosa ciudad alemana donde, entre 1945 y 1946, se llevaron a cabo los juicios contra los principales jerarcas nazis a instancias de las potencias aliadas vencedoras y con motivo de los múltiples crímenes cometidos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Bava no sólo descollaría en el horror lúgubre enajenado en línea con la serie de ocho adaptaciones de Edgar Allan Poe a cargo de Roger Corman, pensemos para el caso en La Máscara del Demonio (La Maschera del Demonio, 1960), Las Tres Caras del Miedo (I Tre Volti della Paura, 1963) y La Fusta y el Cuerpo (La Frusta e il Corpo, 1963), sino que además sentaría las bases para el futuro J-Horror con Operación Miedo (Operazione Paura, 1966) y daría rienda suelta al slasher vía Ecología del Crimen (Ecologia del Delitto, 1971) y al querido giallo a través de clásicos absolutos como por ejemplo La Muchacha que Sabía Demasiado (La Ragazza che Sapeva Troppo, 1963) y Seis Mujeres para el Asesino (Sei Donne per l’Assassino, 1964), amén de anticiparse al espanto cósmico parasitario de Alien (1979), de Ridley Scott, con Terror en el Espacio (Terrore nello Spazio, 1965), sintonizar de manera perfecta con la contracultura pop sesentosa en la magnífica Diabolik (1968), construir una joya del horror surrealista/ onírico más desatado, Lisa y el Diablo (Lisa e il Diavolo, 1973), y entregarnos una de las mejores y más enérgicas propuestas ruteras de aquellos 70 en adelante, nos referimos a la siempre extraordinaria Perros Rabiosos (Cani Arrabbiati, 1974), amalgama de ingredientes varios y violentos del poliziotteschi, el film noir cínico y la road movie de violación/ degradación y venganza posterior a toda pompa.

 

Los Horrores del Castillo de Núremberg, filmada en una generosa fortificación austríaca de las afueras de Viena que data del Siglo XII conocida como Burg Kreuzenstein, en muchos sentidos funciona como un resumen de los latiguillos formales, laborales y temáticos del maestro, los cuales abarcan desde aquellos que se le escapaban de las manos como el rodaje en paralelo de dos versiones del film bajo la insistencia del productor Alfredo Leone, una de cadencia gore para las salas tradicionales y la otra más recatada para la castradora TV, y el trasfondo problemático presupuestario de la producción, en esta oportunidad debido a la crisis financiera desencadenada por las medidas tomadas por Richard Nixon en 1971 para revertir el déficit en la balanza comercial estadounidense, lo que eliminó de hecho el sistema de respaldo en metales preciosos del dólar y desencadenó el altamente redituable y especulativo mercado de divisas de nuestros días, hasta aquellos otros más agradables como eso de acreditar a un tercero en tanto director de fotografía, hoy por hoy Antonio Rinaldi, cuando en realidad es el propio Bava el que controla la gloriosa cinematografía del convite; a lo que por supuesto se suma la reaparición de tópicos y muchos recursos recurrentes en la trayectoria del realizador en sintonía con los arcanos más nauseabundos barridos bajo la alfombra, la curiosidad masoquista que suelen despertar, los zooms más o menos furiosos, el gustito por la tortura y el sadismo del ser humano, los juegos con el foco de la cámara entre diversos personajes, el rol central aunque muchas veces ninguneado de los niños en el mundo de los adultos, el devenir rimbombante de bellos colores chillones, el amor por las penumbras, las telarañas y la niebla, las castigos que llegan desde ultratumba, la profusión de planos contrapicados, unas sutileza y sensualidad femeninas muy bien aprovechadas, truculencias retratadas con minuciosidad, el apego a los golpes de efecto vía la revelación final del misterio de fondo, un manejo magistral de la iluminación, esa infaltable dosis de satanismo más o menos camuflado, el papel algo mucho desdibujado y bastante inepto de los esbirros institucionales, la fastuosidad de los sets y de un mobiliario inmemorial, los geniales practical effects y un elenco ecléctico hoy dominado por el norteamericano Joseph Cotten, la linda alemana Elke Sommer y los italianos Antonio Cantafora, Massimo Girotti, Nicoletta Elmi, Umberto Raho y Luciano Pigozzi, este último gran actor fetiche de Mario.

 

El guión del director, Vincent Fotre y William A. Bairn comienza con el arribo a Austria de Peter Kleist (Cantafora), un estudiante universitario que desea tomarse unas vacaciones para conocer a su tío, el catedrático Karl Hummel (Girotti), y en especial explorar el pasado de su parentela, uno que incluye un personaje que le resulta fascinante, Otto Von Kleist alias el Barón Sangriento, familiar lejano que secuestró, torturó y asesinó a decenas de aldeanos, entre ellos una pobre hechicera llamada Elizabeth Hölle a la que acusó de bruja y quemó en la hoguera porque ponía en cuestión la impunidad del hombre con sus poderes, ganándose como respuesta una maldición por la que sufrirá sin cesar el martirio infligido a sus víctimas ya que resucitará una y otra vez para volver a padecer los tormentos de su muerte, popurrí que incluyó más suplicios y llamas aunque ahora de los lugareños coléricos para con el noble. Hummel lleva a su sobrino a recorrer la otrora morada del Barón Von Kleist, el mentado Schloss des Teufels, donde conoce al nuevo propietario, Dortmundt (Dieter Tressler), quien pretende convertir al castillo en un hotel, y Eva Arnold (Sommer), apasionada estudiante de arquitectura encargada de proteger la integridad del inmueble en las obras de adaptación. Kleist y Arnold pronto utilizan un encantamiento que dejó Hölle en un pergamino, a su vez encontrado por Peter en la buhardilla de la mansión de su abuelo, destinado a revivir al barón y luego a mandarlo de nuevo a su apestosa tumba mediante un contraencantamiento que volvería a matarlo como versa la maldición de Elizabeth, no obstante por un viento fuerte el trozo de papel cae en las llamas de la chimenea del castillo antes de que los jóvenes puedan volver a decretar el fallecimiento del aristócrata, señor horripilante en la piel de Franco Tocci que por cierto comienza una seguidilla de asesinatos que lleva al óbito al Doctor Werner Hesse (Gustavo De Nardo), un médico que le cura sus heridas sangrantes, un pobre borrachín del montón (Maurice Poli), labrador con el que se topa de imprevisto en camino a la fortificación, el propio Dortmundt, a quien le rompe el cuello y luego cuelga de una soga cual suicidio, y Fritz (Pigozzi), ex guardián del lugar que ingresa a robar en la noche y así atestigua lo anterior, terminando en un sarcófago con estacas de la cámara de torturas. Sin Dortmundt el inmueble va a remate y es comprado por Alfred Becker (Cotten), un misterioso millonario en silla de ruedas que le pide ayuda a Arnold para restaurar el castillo a su apariencia original, lo que provoca el acecho insistente del putrefacto barón sobre la señorita a lo largo del laberíntico edificio, su hogar estudiantil y hasta las calles circundantes. En medio de la investigación de un inspector de policía escéptico y despistado (Raho), pesquisa que gira alrededor de la muerte de Dortmundt y de la desaparición de un pescador, un campesino y un mendigo, entre otros individuos de escaso o nulo perfil público, Hummel se decide a por fin ayudar a la parejita y la lleva hasta Christina Hoffmann (Rada Rassimov), una médium local que por un lado subraya que los mortales son unos idiotas porque matan a inocentes como Elizabeth y resucitan a homicidas como el maquiavélico Otto y por el otro lado los pone en contacto con la misma Hölle, la cual les explica que sólo las víctimas del barón pueden expulsarlo de la tierra de los vivos y regresarlo a la agonía del infierno. El zombie recargado no se toma muy bien que digamos el gesto clarificador de Hoffmann, por ello la mata sumariamente, e incluso se entretiene persiguiendo por el bosque a la hija pequeña de Karl, Gretchen (Elmi), quien pasa siempre por el inmueble a la vuelta del colegio y termina reconociendo a Becker como el barón porque ya lo había visto con anterioridad en su faceta espectral con todo el rostro quemado, señor que utilizó tesoros ocultos en oro para tomar posesión del Schloss des Teufels en la subasta. El personaje de Cotten no deja mucho margen para la duda por su cariño hacia los instrumentos de tortura, las grabaciones de gritos de dolor y hasta una serie de maniquíes empalados en las torres del lugar cual gárgolas, sin embargo cuando Eva, Peter y Hummel pretenden hacerle frente son reducidos con facilidad por el psicópata y aprisionados en los implementos de martirio de las catacumbas, de los que pueden escapar cuando a Arnold se le cae en el ataúd del espanto de Fritz un colgante a lo talismán mágico que perteneció a Hölle y que le entregó Hoffmann, generando que todas las víctimas del noble se levanten de sus féretros y se venguen destrozándolo en tormentos semejantes a los que él los condenó por placer, justo como había afirmado Elizabeth a través del cuerpo y la voz de la médium.

 

Aquí Bava vuelve sobre sus pasos para ofrecernos una más que admirable reinterpretación de diversas herramientas que supo exprimir, también con inteligencia y desenfado, en sus otros trabajos en este enclave del terror gótico bien sobrecargado, léase La Máscara del Demonio, el episodio de El Wurdulak (I Wurdulak) de Las Tres Caras del Miedo, La Fusta y el Cuerpo y Operación Miedo, hablamos de todo ese andamiaje retórico de naturaleza sadomasoquista, las facciones endemoniadas, la presencia infantil, el acecho de ultratumba, las maldiciones en espiral, la enorme sed de revancha, el tono pesadillesco, la vejez en tanto condena tenebrosa, el vampirismo tácito ad infinitum, las mentiras y la manipulación del poder aristocrático u oligárquico, el trasfondo barroco extasiado del relato, una fortaleza femenina que aflora en los momentos decisivos, los secretos del pasado, la torpeza de las investigaciones policiales e institucionales, las vueltas de tuerca, los nigromantes, la furia popular y una esplendorosa cadena de muertes en donde el suspenso de los enigmas se da la mano con el gore más imaginativo, grotesco y preciso. El monumental pesimismo de las propuestas del italiano, ese que podemos identificar en materia de los atolladeros en los que cae el ser humano cuando de repente le crece la conciencia y se da cuenta de la retahíla de desastres que ocasionó con su malicia, imprudencia o simple estupidez, constituye de hecho un rasgo autoral del señor que iría a parar a futuro a gran parte del terror como género en tanto sentido común de la comarca de los gritos y los sustos, de igual manera que resultaría fundamental en la formación de su idiosincrasia y partición retórica la típica subdivisión de los personajes de las epopeyas de Bava en consonancia con las necesidades de la historia narrada, tomemos por ejemplo a la presente: en Los Horrores del Castillo de Núremberg el muchacho de Cantafora hace las veces del curioso que desata la hecatombe truculenta a mitad de camino entre la soberbia y la ingenuidad, la deliciosa Arnold anticipa el rol de las mujeres en el terror por venir en lo que atañe a alegorías en simultáneo de la fragilidad y de la ventaja que esta misma delicadeza/ debilidad/ timidez trae consigo, el efecto de inspirar descuidos por parte del depredador que ellas pueden utilizar en su favor sorprendiendo a un verdugo que baja la guardia a puro exceso de confianza, Karl Hummel por su parte toma la forma del descreído que revierte su posición y se suma a los adalides de la lucha contra el monstruo, el inspector representa un duplicado del anterior que evidentemente no entendió nada y continúa preso del aburrido escepticismo de los tecnócratas de la posmodernidad, Hoffmann aporta el raudo saber experto que echa luz -aunque de modo algo críptico- sobre lo que acontece y el ardid para derrotar al vástago de Mefistófeles, Gretchen es el clásico personaje tapado o ninguneado que termina siendo crucial para identificar al culpable, rol por antonomasia reservado a los purretes, y finalmente el Alfred Becker/ Otto Von Kleist de Cotten, mítico intérprete anglosajón que suma presencia y mucha elegancia como en su momento lo hicieron Boris Karloff en Las Tres Caras del Miedo, Christopher Lee en La Fusta y el Cuerpo y Telly Savalas en Lisa y el Diablo, está consagrado a un semblante en plena metamorfosis, cara humana para la piponada y engendro del averno para las presas, que a su vez tiende a homologarlo a otro de esos demonios devoradores de almas de los que están llenas las clases sociales acomodadas en las películas del querido Mario. Como suele ocurrir en el acervo artístico del italiano, el amor más prosaico, ese que nace entre Eva y Peter, termina siendo consumido por las urgencias de un pánico ancestral que determina al presente y sus posibilidades aunque no al cien por ciento, al fin y al cabo el paparulo que conjura solito al adepto a la martirización es un Kleist que quiere hacerse el canchero ante ella y además satisfacer su capricho morboso en pos de hurgar en el linaje menos luminoso de su familia. La exquisita fotografía en el interior y el exterior de Burg Kreuzenstein, la simpática banda sonora de Stelvio Cipriani y un desempeño correcto y muy parejo por parte del elenco coronan una película que puede ser accesoria dentro de la filmografía de Bava pero no menos disfrutable y adictiva que sus obras maestras, basta con recordar escenas estupendas como las dos de la invocación, la del asesinato del doctor, la del “no suicidio” de Dortmundt y el triste destino de Fritz, las del acecho sobre Arnold, aquella de la sesión espiritista con Hoffmann, la del acoso a Gretchen y todo el desenlace en su conjunto vía la justicia verdadera y más brutal, la llevada adelante por las víctimas del asesino en masa…

 

Los Horrores del Castillo de Núremberg (Gli Orrori del Castello di Norimberga, Italia/ Estados Unidos/ República Federal de Alemania, 1972)

Dirección: Mario Bava. Guión: Mario Bava, Vincent Fotre y William A. Bairn. Elenco: Antonio Cantafora, Elke Sommer, Joseph Cotten, Massimo Girotti, Rada Rassimov, Luciano Pigozzi, Nicoletta Elmi, Umberto Raho, Dieter Tressler, Franco Tocci. Producción: Alfredo Leone. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 9