Barrio Chino (Chinatown)

Ahogados durante la sequía

Por Emiliano Fernández

A Barrio Chino (Chinatown, 1974), una de las varias cumbres artísticas de la carrera de Roman Polanski y uno de los mejores guiones de la historia del cine de la mano de Robert Towne, hay que leerla desde la perspectiva ideológica del Nuevo Hollywood de la década del 70 y su querida costumbre de reinterpretar a los géneros clásicos desde el nihilismo más seco y certero, ese vinculado al mundo real y no a las pavadas, al sustrato edulcorado y al eterno “deus ex machina” de los finales felices de la industria cinematográfica mainstream norteamericana, lo que en este caso nos lleva a estar frente a una versión bien agria de un género que de por sí incluía entre sus recursos retóricos favoritos el arte de desmenuzar las miserias humanas en lo concerniente a las grandes metrópolis, hablamos del film noir, aquí reinterpretado desde un esquema que salta de lo individual acotado de antaño, léase esas gestas de personajes puntuales que funcionaban como una mega metáfora de toda una ciudad rebosante de corrupción, hacia lo social muy complejo a través de una doble jugada que vincula de manera ya explícita por un lado lo administrativo/ estatal y lo civil prosaico, haciendo que los negocios particulares de los funcionarios gubernamentales de turno se mezclen -precisamente- con las atribuciones específicas de su cargo y las prerrogativas que éstos suelen tener para torcer la arquitectura institucional hacia la orilla que le resulte “conveniente” al susodicho o a sus socios, y por el otro lado lo público y lo evidentemente privado, ahora en materia del entramado de relaciones de toda clase y tesitura -ya no sólo comerciales, económicas o capitalistas sino también familiares, amistosas y románticas- que los individuos construyen a lo largo de sus vidas y que repercuten en la sociedad en su conjunto dentro de un espectro de lo más intrincado que va desde el clásico nepotismo de raigambre oportunista, pasa por el uso de testaferros para diversos chanchullos con vistas a anexarse cosillas ajenas o licitaciones a dedo, y termina en el viejo “ideal” del tirano de entrecasa de gobernar todo y a todos aquellos que están bajo su ala como si se tratase de esclavos, hijos o hasta propiedades suyas sobre las que puede disponer para lo que guste.

 

Toda la trama está encarada desde el punto de vista subjetivo de J.J. “Jake” Gittes (un glorioso Jack Nicholson), ex policía encargado de patrullar el distrito de Los Ángeles correspondiente al Barrio Chino, departamento que abandonó por un hecho sin especificar que derivó en la trágica muerte de una señorita a la que pretendía proteger, y en el presente de 1937 un detective privado -típica alegoría del film noir de un “no policía” y un “no civil”, figura ambigua y por ello marginal dentro de la siempre taxativa sociedad modelo occidental- que trabaja con dos subalternos/ socios, Duffy (Bruce Glover) y Lawrence Walsh (Joe Mantell), un par de ex uniformados. Un día se presenta en la oficina de los tres una femme fatale que dice llamarse Evelyn Mulwray (Diane Ladd) y que contrata a Gittes para que siga a su esposo y compruebe una posible infidelidad, lo que deriva en fotografías del poderoso hombre en cuestión, Hollis Mulwray (Darrell Zwerling), el Ingeniero en Jefe del Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles, con una jovencita paseando en bote en un parque público. Con las imágenes de repente filtradas en la prensa y otra fémina afirmando ser la verdadera Señora Mulwray (una perfecta Faye Dunaway), el protagonista deduce que fue un peón de una matufia más grande y que el verdadero objetivo es el tal Mulwray, quien se niega a construir un embalse que reclaman los oligarcas terratenientes como reserva metropolitana de agua, en esencia porque no es seguro y ya hubo otro intento similar previo, la represa Van der Lip, que terminó cediendo y llevando a la muerte a 500 personas ahogadas, y que encima descubrió que a pesar de una supuesta sequía extendida en California, que por cierto está condenando al hambre y la necesidad de vender sus tierras a los pequeños campesinos, “alguien” está desviando por las noches enormes cantidades de agua de los embalses existentes hacia el valle circundante a Los Ángeles, para colmo provocando la muerte de un pobre borracho que se ahogó en los conductos acuíferos y que no es objeto de ninguna investigación policial. Pronto el mentado Hollis aparece sin vida y no con el agua dulce del tendido público en sus pulmones, sino con enigmática agua salada.

 

El personaje de Mulwray, otra figura equívoca paradigmática del film noir, está inspirado lejanamente en William Mulholland (1855–1935), efectivamente el Superintendente e Ingeniero en Jefe del Departamento de Agua y Energía de Los Ángeles y el responsable de construir un titánico acueducto para suministrar a la metrópoli de agua corriente y de inspeccionar la represa St. Francis justo antes de que ésta colapsase completamente el 12 de marzo de 1928 e inundase las zonas aledañas, causando la muerte de 431 personas. En el tejido narrativo de la película el ambivalente Mulholland, tan bienintencionado como en ocasiones extremadamente vil y soberbio, está dividido entre Mulwray y la mano ejecutora de la mafia de los recursos públicos transformados en privados, un tal Claude Mulvihill (Roy Jenson) que es el némesis y ex colega policía de Gittes, un energúmeno corrupto y desalmado que solía recibir coimas durante los años de la Ley Seca (1920-1933) y ahora trabaja de sicario para el Depto. de Agua y Energía y su pata oligarca, el tremendo Noah Cross (el Infierno bendiga a John Huston), padre de la Evelyn real y no de la que creó Russ Yelburton (John Hillerman), otro asalariado del anterior y el segundo en Agua y Energía después de Mulwray, hombre que contrató a una prostituta llamada Ida Sessions para iniciar la investigación de J.J. sobre Hollis para desacreditarlo y luego asesinarlo simulando un suicidio por el escándalo público que provocaría la también falsa infidelidad, ya que la “tercera en discordia” es la hija/ hermana de Evelyn, Katherine (Belinda Palmer), producto de la violación a los 15 años de parte de Noah contra su vástago, mujer que huyó un tiempo a México y que fue rescatada por un Hollis con el que eventualmente se casó, a pesar del detalle de que él y Noah eran los propietarios de la compañía de agua de Los Ángeles antes de que se estatice, esa misma que siguieron controlando tácitamente porque Mulwray pasó a hegemonizar el órgano público del rubro y Cross a ejercer el dominio privado del sector, también de la mano del poder que trae la fortuna acumulada y su capacidad de aprietes mafiosos. La trama en general nos presenta con mano maestra el derrotero entrecruzado que debe atravesar Gittes para llegar a la verdad, ese que incluye ser contratado por el personaje de Dunaway para que encuentre al asesino de su esposo y por su homólogo de Huston para que halle a Katherine, amén de iniciar una relación romántica con Evelyn, tener que rehuir del Teniente Lou Escobar (Perry López), el encargado de investigar semejante embrollo, y terminar descubriendo que a Mulwray lo mató el propio Cross ahogándolo con sus manos en el estanque de agua salada de la lujosa mansión de la pareja por haber descubierto sus pretensiones latifundistas de secar el valle lindante a Los Ángeles, forzar a los agricultores a vender, comprar todas esas tierras subvaloradas, ponerlas a nombre de muertos o viejitos internados en asilos a los que asimismo “apadrina” y finalmente irrigar de manera extensiva y desarrollar urbanísticamente la zona, incorporándola a la ciudad, a sabiendas de que si se vierte agua en la arena del desierto y se deja que se filtre hasta la roca sólida, la misma no se evaporaría como en las represas y sería posible desde el vamos la movida especulativa inmobiliaria de fondo, todo un berretín del capitalismo caníbal posmoderno de siempre.

 

Los secretos y la complejidad del relato, como decíamos anteriormente, llegan a niveles inusitados si los pensamos dentro de la arquitectura estándar del film noir, sopesemos para el caso la perspicacia, el desarrollo y la riqueza de los diferentes personajes cruciales de la trama: Gittes, a pesar de ser relativamente joven, se mueve en las calles como un veterano que comprende al dedillo la trabazón de influencias maquiavélicas públicas y privadas que anhelan tomar posesión de los dos recursos más importantes de una ciudad todavía en expansión como Los Ángeles, la tierra y el agua potable en el contexto de un clima semi desértico como el californiano, a lo que se suma el genial y ultra sádico detalle de Polanski reservándose el rol de un personero de Mulvihill que con una navaja le corta la nariz al protagonista -con el metraje sin siquiera haber llegado a la mitad- y de paso le arruina la estampa de galán al extraordinario Nicholson, otro diletante absoluto del inconformismo de la época que acompañó la jugada con los brazos abiertos; en segundo lugar tenemos al mismo Mulwray, el representante de la faceta benévola de Mulholland y un funcionario del Estado que frente a los ojos públicos prefiere negarse a edificar el embalse de Cross -y del pool de empresarios en las sombras que lo acompañan- aduciendo que sería tan inseguro como Van der Lip, represa que se construyó sobre una capa sedimentaria incapaz de soportar la presión y condenada a un fracaso que en su momento decidió obviar, por cierto optando por callar transitoriamente sus descubrimientos acerca de la estafa terrateniente colateral en curso de su ex socio comercial y aparente amigo de antaño, Cross; la Evelyn de la siempre a punto de estallar Dunaway, por su parte, sigue también este periplo enrevesado in crescendo y se mueve como una femme fatale mucho más rica y fértil que aquellas del policial negro de la primera mitad del Siglo XX, ahora no sólo una fémina sufriente por las desdichas que le tocó vivir sino dispuesta a desarrollar una relación romántica sincera con Gittes y eventualmente obedecer a su propia agenda cuando en el tramo final del metraje “las papas queman” y el monstruoso Noah pretende llevarse a Katherine en plan de abuelo/ padre de la adolescente, obligándola a abandonar la casona de los Mulwray y a refugiarse en la austera residencia en el Barrio Chino de su mayordomo, Kahn (James Hong); y finalmente tenemos a Cross y su proyecto concreto de desalojar el valle de Los Ángeles para expandir y controlar de allí en más el futuro de la urbe mediante la doble estrategia de hoy hacerse con las tierras de los pequeños campesinos -simbolizados en la historia en esos productores de naranjas que temen a los esbirros y matones varios del Departamento de Agua y Energía, y que encima son utilizados como excusa para irrigar de a poco la arena del desierto afirmando que los están “ayudando” con algo de agua para sus plantaciones- y mañana tener una gigantesca y flamante represa para abastecer a todos los emprendimientos inmobiliarios futuros en la región, algo que queda de manifiesto mediante la recordada expresión del personaje de Huston en los momentos finales, antes de obligar a Jake vía Mulvihill a que lo conduzca al escondite de Evelyn y Katherine, “o trae agua a Los Ángeles o lleva Los Ángeles al agua”, enfatizando esta anexión metropolitana de lo otrora bucólico.

 

Sin embargo el trasfondo de ambigüedad moral, salvo por supuesto en lo que atañe a Cross, ejemplo práctico de la faceta más parasitaria, incestuosa, psicopática y represiva del nuevo capitalismo de la especulación generalizada que ya se asomaba con todo en los 70 y que la película metamorfosea en un periplo de putrefacción comunal ambientado en los coletazos de la Gran Depresión, pasa por el mismo título y la sede del remate retórico, un Barrio Chino que es mucho más que una simple alegoría del destino alrededor del carácter cíclico del tiempo y cómo los eventos se repiten porque los protagonistas permanecen sin mayores cambios en lo que a su idiosincrasia y profesión se refiere (aquella anécdota que Gittes apenas si le insinúa en la cama a la Señora Mulwray a posteriori se repite en el legendario final del film cuando saliendo de su refugio en el Barrio Chino Evelyn le dispara a Noah en un brazo y uno de los colegas tontos de Escobar, ese Loach en la piel de Richard Bakalyan, a su vez le pega un tiro a la mujer en el ojo izquierdo, todo ante los gritos de horror de Katherine, un Cross que efectivamente se lleva a la muchacha y un Lou que dice hacerle un favor a J.J. dejándolo en libertad, planteo que le permite a Walsh pronunciar la inmortal frase “olvídalo, Jake… es el Barrio Chino” frente al derrotado/ entumecido Gittes, quien aún anhelaba ofrecer algo de resistencia ante tamaña injustica), ya que el distrito asiático cumple asimismo dentro del imaginario metropolitano occidental y del desarrollo narrativo de la propuesta el rol de una especie de “tierra de nadie” en donde la hipocresía de las fachadas burguesas de los centros urbanos -y de las democracias en general de impronta capitalista- desaparece por completo y los sicarios y rufianes a sueldo pueden moverse a sus anchas, de la misma forma en que los renegados de la ley y antihéroes populares pueden ocultarse cual pueblito sórdido de un western sin la presión de una policía siempre en abierta complicidad con los ricos y poderosos que controlan la zona con mano de hierro (la otra gran confidencia de J.J. a Evelyn es aquella en la que reproduce lo que el fiscal le solía decir cuando él le preguntaba qué debería hacer en este o aquel caso del Barrio Chino, “lo menos posible”, frase que retrata a la perfección por un lado el temor paranoico caucásico al caos inmigratorio global y por el otro cómo la abulia e indiferencia cotidianas se dan la mano con las mafias capitalistas a través de una connivencia implícita de los uniformados que garantiza impunidad a discreción y el hecho de que todo siga exactamente en las mismas condiciones, reproduciendo en la praxis material las corruptelas y homicidios de nunca acabar en plan de ajustes de cuentas, “adquisiciones forzosas”, exilios y ampliación variopinta del margen de ganancia sirviéndose de cualquier estratagema dentro del catálogo de barrabasadas por debajo de la mesa -y muchas veces por encima también- de la sociedad de la inequidad consensuada por acción u omisión del pueblo). Se sabe que el desenlace original de Towne era un cuasi final feliz con Evelyn matando a su padre y terminando en la cárcel por ello y sin poder dar a conocer la violación incestuosa, algo que fue trastocado por el magnífico Polanski hacia la comarca del realismo sucio/ cínico y una simplicidad que se complementa de maravillas con el trajín previo porque semejante maraña de mentiras, fraudes y truculencias por regla general deriva en “soluciones” impetuosas y por demás improvisadas, en verdad tragicómicas si las consideramos fruto de un encadenamiento de sucesos aterradores que actúan cual olla a presión enmarcada en un registro accidental/ azaroso/ imprevisible de esa fatalidad todo terreno que nos puede sorprender en cualquier lugar o situación. Con ecos claros de Raymond Chandler, Dashiell Hammett y James M. Cain, un trabajo sublime en lo referido a la música de Jerry Goldsmith, la fotografía de John A. Alonzo y el diseño de producción de época de Richard Sylbert, y una ausencia completa de la repugnante corrección política previa y por venir a partir de los 80, detalle que puede verse en los exquisitos cachetazos de Nicholson a Dunaway para que le diga la verdad o en ese hilarante episodio de traición conyugal que involucra a uno de los clientes de Gittes, Curly (Burt Young), el dueño de un bote de pesca especializado en atún que le dedica una buena trompada a su esposa infiel (Elizabeth Harding), el director y el guionista -ayudados también por ese inefable Robert Evans, uno de los grandes productores del Nuevo Hollywood- construyen una obra maestra inconmensurable del séptimo arte con la doble pretensión de respetar los engranajes prototípicos de un género como el film noir, siempre orientado a subrayar la patética mezquindad de la humanidad, y de mantenerse fiel a sus convicciones ideológicas de izquierda, volcadas a no dejar títere con cabeza en esta faena apasionante repleta de oscuras y peligrosas maquinaciones, un Estado cooptado por los oligarcas, estafas colosales a la vista de todo el mundo, una policía gatopardista que no sirve para nada y un detective privado que en su condición de outsider puede ver el curioso tendal de ahogados en tiempos de sequía pero sin contar con una verdadera capacidad de respuesta en soledad, asimismo debido a los todopoderosos intereses en juego y su red de envilecimiento asociado, siempre aprovechando la pasividad de unas mayorías populares que no entienden nada de lo que ocurre y miran desde un aparente “afuera” -aunque en verdad están en el centro de todo- como esos testigos/ transeúntes de los últimos minutos que observan con morbosidad el asesinato de Evelyn, cortesía de las fuerzas de represión pública al servicio de Cross, y a Noah llevarse a su nuevo y delicioso “trofeo”, Katherine, mientras Jake y los suyos se marchan ya resignados y sin poder hacer nada para evitarlo…

 

Barrio Chino (Chinatown, Estados Unidos, 1974)

Dirección: Roman Polanski. Guión: Robert Towne. Elenco: Jack Nicholson, Faye Dunaway, John Huston, Perry López, John Hillerman, Darrell Zwerling, Diane Ladd, Roy Jenson, Roman Polanski, Richard Bakalyan. Producción: Robert Evans. Duración: 130 minutos.

Puntaje: 10