Preguntas sin Respuestas (Q & A, 1990) suele pasar sin ser particularmente festejada o siquiera reconocida en los análisis sobre la carrera de Sidney Lumet debido a que forma parte de un período bastante errático en la trayectoria del mítico realizador norteamericano, las décadas del 80 y 90, etapa en la que el señor supo entregar desde joyas más o menos ninguneadas por la crítica y el público como Príncipe de la Ciudad (Prince of the City, 1981), Trampa Mortal (Deathtrap, 1982), El Veredicto (The Verdict, 1982), Al Filo del Vacío (Running on Empty, 1988) y aquella El Lado Oscuro de la Justicia (Night Falls on Manhattan, 1996), pasando por obras correctas en sintonía con Daniel (1983), El Sueño de Mamá (Garbo Talks, 1984) y A la Mañana Siguiente (The Morning After, 1986), hasta llegar a opus ya olvidables o directamente fallidos como por ejemplo Dime lo que Quieres (Just Tell Me What You Want, 1980), Poder (Power, 1986), Negocios de Familia (Family Business, 1989), Un Extraño entre Nosotros (A Stranger Among Us, 1992), Tan Culpable como el Pecado (Guilty as Sin, 1993), Cuidados Intensivos (Critical Care, 1997) y Gloria (1999), esta última una remake amable del film original de 1980 de John Cassavetes. Si bien aquellas décadas tendrían un corolario inmediatamente posterior en verdad interesante, léase los dos trabajos finales del director para el séptimo arte ya durante el nuevo milenio, Declárenme Culpable (Find Me Guilty, 2006) y Antes que el Diablo Sepa que Estás Muerto (Before the Devil Knows You’re Dead, 2007), es verdad que en general la fase considerada palidece en relación a la innegable “época dorada” del cineasta, la década del 70, y hasta comparándola con otro período bastante desparejo aunque no tan extremo en materia de sus constantes desniveles, hablamos en este caso de aquellos inicios de los 50 y 60, lo que por supuesto implica que clásicos de la talla de 12 Hombres en Pugna (12 Angry Men, 1957), Piel de Serpiente (The Fugitive Kind, 1960), Largo Viaje de un Día hacia la Noche (Long Day’s Journey Into Night, 1962), El Prestamista (The Pawnbroker, 1964), Límite de Seguridad (Fail Safe, 1964), La Colina de la Deshonra (The Hill, 1965), La Ofensa (The Offence, 1973), Sérpico (1973), Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, 1974), Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), Poder que Mata (Network, 1976) y Equus (1977) dejaron la vara muy alta al punto de resultar irreproducibles tanto para su artífice máximo como para otros creadores varios de todo el mainstream venidero.
Ahora bien, continuando con el hilo del razonamiento previo, la película que nos ocupa, a pesar de no llegar al nivel de adrenalina y tensión de Sérpico y no empardar tampoco la trama enrevesada y constantemente enriquecida de Príncipe de la Ciudad, es de hecho una maravilla tanto en términos de los ciclos atemporales del film noir, el thriller urbano y la odisea de corte testimonial como en materia de aquellos policiales ochentosos y noventosos que se fueron volcando cada vez más hacia la acción estrambótica y las fórmulas de manual hollywoodense hiper repetitivo, algo que no ocurre para nada en Preguntas sin Respuestas porque ésta sigue manteniéndose firme en el denominado “cine de actores” de Lumet, un sustrato donde tienen preeminencia los intercambios altisonantes entre los personajes, esa angustia metropolitana que fagocita a las vocaciones, un montaje de impronta quirúrgica y demoledora, un realismo áspero que nunca es condescendiente para con el espectador o las mismas criaturas en pantalla, un desempeño extraordinario por parte de todo el elenco y finalmente un estudio apasionante de las injusticias sociales, la cleptocracia pública, las prebendas de la hegemonía, su fetiche para con la impunidad y ese envilecimiento típico de la corrupción y de sus redes de influencia de tipo mafiosa. El guión del propio Lumet está basado en la novela homónima de 1977 de un insólito ex juez de la Suprema Corte de Justicia del Estado de Nueva York de linaje boricua, Edwin Torres, autor a su vez de los libros que inspiraron a Carlito’s Way (1993), de Brian De Palma, y Carlito’s Way: Ascenso al Poder (Carlito’s Way: Rise to Power, 2005), muy floja precuela de Michael Bregman, y se centra en la confrontación entre Aloysius Francis “Al” Reilly (Timothy Hutton), un ex policía y hoy por hoy ayudante bisoño del fiscal de distrito al que le toca como primer caso de homicidio el asesinato de un tal Tony Vásquez en la entrada de un local nocturno, y el Teniente Mike Brennan (Nick Nolte), responsable del fusilamiento de Vásquez y en sí una figura legendaria dentro del Departamento de Policía de Nueva York por un sinnúmero de hazañas, payasadas y brutalidades de diverso orden. Reilly, al tiempo que queda bajo la supervisión del jefe de homicidios de la fiscalía, Kevin Quinn (Patrick O’Neal), íntimo de Brennan, desoye el imperativo de su superior de archivar el caso como defensa propia por parte del oficial ya que hay indicios de que su relato, eso de que Vásquez venía de matar a su socio Julio Sierra por una supuesta estafa, es una gran mentira del maquiavélico teniente.
Como siempre ocurría en las epopeyas suburbiales de Lumet, aquí el duelo de fondo está condimentado con una fauna magnífica de secundarios que abren muchísimo el espectro narrativo: pronto el asuntillo resulta ser una seguidilla de asesinatos del tremendo Mike a instancias de un Quinn que quiere postularse para fiscal general y anda preocupado por un homicidio que cometió de adolescente cuando solía ayudar en calidad de matón a una pandilla de puertorriqueños conformada por Vásquez y Sierra y el otro único sobreviviente y testigo del crimen en cuestión, Roberto “Bobby Tex” Texador (Armand Assante), capo del narcotráfico en el sector latino de la ciudad y pareja de la ex de Reilly, Nancy Bosch (Jenny Lumet, hija de Sidney), una señorita que abandonó de lleno a Al, con el que había planes de casamiento, porque la mujer de tez blanca interpretó como un signo de racismo apenas camuflado la cara de sorpresa de su por entonces novio al conocer a su padre, un afroamericano hecho y derecho, reacción que tiene que ver con la cultura intolerante del progenitor del varón, otro prócer polémico de la policía como Brennan aunque ya fallecido, de allí que los dos asistentes de Reilly, los detectives Luis Valentín (Luis Guzmán) y Sam Chapman (Charles S. Dutton), el primero de familia boricua y el segundo un negro, sean unos compañeros inusuales para el muchacho, quien suele reunirse con el veterano Leo Bloomenfeld (Lee Richardson), un amigo próximo a jubilarse de la oficina de la fiscalía, y por cierto debe hallar al informante de Mike, el homosexual y traficante Roger Montalvo (Paul Calderón), porque ese sujeto es el único que confirmaría o negaría la historia de un teniente muy exasperado y siempre en pos de eliminar todos los cabos sueltos, planteo que incluye a Montalvo, su amante, un travesti llamado José Malpica (International Chrysis), y el propio Texador, quien encuentra primero a Roger y se lo lleva consigo a San Juan, en Puerto Rico, para forzar un trato con Al con el objetivo de frenar el ímpetu homicida de Brennan. La propuesta forma parte de una trilogía conceptual con las citadas Sérpico y Príncipe de la Ciudad, obras como decíamos sutilmente superiores aunque no por mucho, acerca de la corrupción policial en primera persona y no de modo colateral como podría ser el caso de El Lado Oscuro de la Justicia, ésta encarada desde la perspectiva de otro fiscal de distrito con otro pasado como uniformado, Sean Casey (Andy García), diferente a un Reilly recién salido de la fuerza y vinculado a un otrora efectivo corrupto, Moon Mullins.
Al tópico por antonomasia del acervo artístico lumetiano, esa putrefacción institucional que nunca aminora su marcha e incluye a casi todos los miembros de cada organización de las sociedades modernas en mayor o menor medida, en Preguntas sin Respuestas se suman de manera muy marcada dos temáticas más, la imagen pública, central en cada movida de los jerarcas de las cúpulas para posicionarse en la pirámide plutocrática o escalar posiciones de poder, y la discriminación, asimismo crucial aunque en los estratos más bajos de la entidad de turno porque permite calificar, caricaturizar y excluir automáticamente a exponentes de las razas, religiones, intereses y orientaciones sexuales no mayoritarias, por ello Brennan y Reilly comparten tanto pasado y/ o presente difuso, el primero oficiando de perro faldero de Quinn y el segundo conectado a Mullins y desayunándose por boca de su némesis que su “progenitor estrella” recibía sobornos al igual que cualquier otro policía del montón, como el problemilla del racismo, desde ya en el caso de Al más acotado pero no menos nocivo, pensemos en el episodio con el padre de Bosch y cómo suprimió su posibilidad de ser feliz seis años atrás, y en lo que respecta a Mike extendiéndose de manera exponencial a gran parte de la comunidad neoyorquina de la mano de epítetos descalificadores para con los negros, los hispanos, los drogadictos, los sodomitas, los judíos, los italianos e incluso los irlandeses. Hutton cumple bastante bien aunque los que se destacan en serio son Assante, Guzmán, Calderón, Dutton, Richardson y el inconmensurable Nick Nolte, cuya potencia y cuyo desparpajo llevan a su personaje a rankear en punta entre los mejores villanos de su época, especie de homosexual reprimido y psicópata ultra desalmado que engaña, planta armas, ahorca, amenaza constantemente, denigra, provoca explosiones y ni siquiera deja pasar oportunidad para lucirse frente a sus compañeros con alguna crónica de sus aventuras y refriegas. En un tiempo en el que todos los relatos policiales ya comenzaban a volcarse a las pruebas frías detectivescas de laboratorio y los delirios de la súper acción a todo trapo, el film de Lumet continúa militando la sabiduría de las calles y denunciando las torpezas de los oligarcas estatales y privados en su pretensión de enterrar la verdad, de allí el título en inglés, Q & A, “questions and answers”/ preguntas y respuestas, siglas que representan el informe policial en tanto registro último y negado de los hechos, remarcando además que los crímenes suelen quedar sin castigo cuando sirven al poder concentrado pero el esfuerzo de algunos redimidos de las bases institucionales es muy meritorio porque confrontando versiones y deduciendo quién es sincero uno puede aproximarse mucho más a desentrañar el misterio fundamental que mediante la tecnocracia cientificista posmoderna y su falsa neutralidad ideológica que sólo ratifica la versión de aquellos que más pagan, recordemos en este sentido que el auténtico catalizador del afán investigativo de Reilly y sus asistentes, Valentín y Chapman, es primero el dato que le pasa Bloomenfeld a Al sobre la costumbre de Vásquez de llevar un calibre 32 y no el 45 que le plantó Mike para volarle la cabeza, y segundo una batalla verbal en un interrogatorio al paso entre Luis y Bobby Tex sobre la misma “discrepancia”, secreto a voces entre todos los que conocían al finado que termina destruyendo, desde un rumor popular tantas veces suprimido por prejuicio, la interpretación falaz de los sucesos del energúmeno demencial que asusta y mata en nombre del Estado…
Preguntas sin Respuestas (Q & A, Estados Unidos/ Reino Unido, 1990)
Dirección y Guión: Sidney Lumet. Elenco: Nick Nolte, Timothy Hutton, Armand Assante, Patrick O’Neal, Lee Richardson, Luis Guzmán, Charles S. Dutton, Jenny Lumet, Paul Calderón, International Chrysis. Producción: Arnon Milchan y Burtt Harris. Duración: 132 minutos.