Los Jueves, Milagro

Alabado sea San Dimas

Por Emiliano Fernández

Aquel humor sardónico y grotesco de Luis García Berlanga siempre estuvo más o menos orientado a las faenas en mosaico o los relatos corales porque sus pretensiones son mucho más abarcadoras o ambiciosas que las homólogas de las comedias tradicionales, éstas tantas veces contentándose con un personaje gracioso y uno o a lo sumo dos compinches para hablar de una anécdota simplona que muere ahí, en cambio el director y guionista español solía construir lienzos -tanto sociológicos como políticos- del país donde le tocó nacer y sus muchas miserias, casi siempre enfatizadas por un patetismo costumbrista que se mezclaba con la anarquía de los intercambios entre los personajes, las críticas contra las figuras de autoridad comunal, la burla de la credulidad popular marca registrada y cierto surrealismo esperpéntico en las situaciones imaginadas en pantalla. La primera etapa de su carrera, esos años 50 que derivan en las dos obras maestras de la década del 60, Plácido (1961) y El Verdugo (1963), es su fase profesional más prolífica porque por un lado tenemos aquellas primeras comedias de idiosincrasia formal estándar, hablamos de Novio a la Vista (1954), opus olvidable de neto corte baladí melodramático, y Esa Pareja Feliz (1951), ópera prima codirigida junto a Juan Antonio Bardem, responsable de las geniales Muerte de un Ciclista (1955) y Calle Mayor (1956), que parodiaba con relativa eficacia el hedonismo y el boom consumista de los centros urbanos durante el franquismo de los 50 y 60, y por el otro lado viene esa suerte de trilogía, Bienvenido, Mister Marshall (1953), Calabuch (1956) y Los Jueves, Milagro (1957), sobre tres pueblitos rurales que sirvieron de excusa para retratar justo el instante previo a la transformación de España -muy semejante a lo ocurrido en esa misma época en Italia- desde una nación atrasada y agrícola hacia un país más típicamente europeo basado en la industrialización, el pedantismo bobo, la clase media, el desarrollismo sesentoso y la migración de la mano de obra barata desde el interior hacia las metrópolis.

 

Mientras que aquel Villar del Río de Bienvenido, Mister Marshall permitía burlarse de los recientes Pactos de Madrid de 1953, reemplazo práctico del Plan Marshall que desencadenó financiamiento estadounidense a cambio de la instalación de la friolera de cuatro bases militares en territorio español, y la localidad titular de Calabuch oficiaba de contexto para una fábula sobre la futilidad de la Guerra Fría y la preeminencia de la razón instrumental más salvaje en el capitalismo moderno, amén de asimismo pensar el hermetismo de las regiones bucólicas marginales antes de la avanzada de esa “civilización” de la segunda mitad del Siglo XX que impuso el estilo de vida metropolitano en todos lados, Fontecilla de Los Jueves, Milagro es un pueblo sutilmente distinto porque no forma parte del perpetuo olvido institucional que padecían Villar del Río y Calabuch, el asunto en esta oportunidad tiene que ver con una decadencia enquistada desde hace décadas porque la región, de base también agreste, vivía en gran medida del turismo gracias a un balneario que fue perdiendo visitantes progresivamente hasta estar fuera de moda y sólo atraer a escasos vejestorios por año que para colmo gastan poco y nada en las que fueron las famosas aguas de Fontecilla, un manantial que habilitó desde coqueteos con la hidroterapia hasta la venta en botellitas y las supersticiones acerca de sus supuestas propiedades curativas. El meollo del relato es la falsificación de un milagro para provocar peregrinaciones al lugar por parte de los crédulos del vulgo, una artimaña planificada por los seis jerarcas burgueses del pueblo, léase Don Ramón (Alberto Romea), el dueño del decrépito balneario, Don Salvador (Paolo Stoppa), un maestro tiránico de escuela, Don Manuel (Manuel de Juan), el peluquero de turno, Don Evaristo (Félix Fernández), el matasanos reglamentario, y los dos grandes terratenientes, Don Antonio Guajardo Fontana (Juan Calvo), además alcalde y almacenero, y Don José (el querido José Isbert), un carcamal bizarro y demasiado quejoso que le debe dinero al resto.

 

Mediante diversos personajes complementarios, como por ejemplo Carmela (Concha López Silva), la mucama muy anciana del balneario, Don Fidel (el imponderable José Luis López Vázquez), un sacerdote católico siempre malhumorado, Mauro (Manuel Alexandre), el infaltable “tonto del pueblo”, Matías (Félix Briones), el pregonero/ alguacil borrachín del lugar, Doña Paquita (Guadalupe Muñoz Sampedro), una beata hipocondríaca obsesionada con simular sucesivas agonías, y Luisito (Luis Varela), el nieto inofensivo de la anterior y eje de constantes e hilarantes regaños, la primera mitad del film satiriza la fe oscurantista popular más manipulable y el afán plutocrático de los sectores acaudalados de Fontecilla, todo a través de dos apariciones bien apócrifas de San Dimas, uno de los dos ladrones que fueron crucificados junto a Jesús de Nazaret, bajo la apariencia del esperpéntico Don José y ante la mirada religiosa fanática de un Mauro que no descubre el montaje de luces, música y fuegos artificiales para convencerlo de la presencia milagrosa del santo en aquellas tierras y su ponderación de las aguas locales, prometiendo volver cada jueves. La segunda parte de la película, por otro lado, tuvo que ser negociada por Berlanga, el cual pretendía un retrato funesto de la aquiescencia popular en materia de los delirios más estrafalarios del poder, con la censura franquista del momento, de allí que tuviese que lidiar con un tal Padre Garau que representaba al Opus Dei, no interviniese en el rodaje de escenas adicionales para sumar durante la postproducción -a cargo de Jorge Grau- y en general se viese obligado a introducir en la trama un ingrediente fantástico muy influenciado por Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951), el clásico de Vittorio De Sica, aquí la incorporación del mismo San Dimas, con el rostro y la apariencia de un mago llamado Martino (Richard Basehart), cual alegoría moralista alrededor del castigo posterior al engaño de los burgueses bajo la forma del arrepentimiento o contrición de impronta cristiana, mucha idolatría de por medio.

 

Desde ya que el film no está al mismo nivel de calidad de la gran obra maestra de la década del 50 de Berlanga, Bienvenido, Mister Marshall, pero definitivamente supera a Novio a la Vista y Esa Pareja Feliz, sus dos comedias tradicionales de la época, y se ubica cómoda en el mismo y siempre digno escalafón de Calabuch, especialmente porque vista desde nuestro presente la propuesta resulta bastante cohesiva a escala narrativa a pesar de la censura y los cambios introducidos, siendo definitivamente el más polémico el giro fantástico del final cuando los seis conspiradores se arrepienten de sus actos y descubren que Martino, en un principio un extorsionador y luego un cómplice más del grupete, era de hecho San Dimas, vuelta retórica insólita donde la entelequia resuelve mágicamente los problemas reales símil la mencionada Milagro en Milán, de allí que tantos cinéfilos hayan considerado de manera retrospectiva a Los Jueves, Milagro como una anomalía dentro de la trayectoria verista del realizador español, especie de “traición” comparable a la de Milagro en Milán bajo la sombra de opus neorrealistas previos y posteriores de De Sica en línea con El Limpiabotas (Sciuscià, 1946), Ladrones de Bicicletas (Ladri di Biciclette, 1948), Umberto D. (1952) y Dos Mujeres (La Ciociara, 1960). Es de destacar el glorioso desempeño de Isbert, Stoppa, Alexandre, López Vázquez y un muy efusivo Basehart, intérprete norteamericano que en su país era conocido por su periplo en el film noir y que de a poco supo abrirse camino hacia una evidente diversidad gracias al Samuel Fuller de ¡Bayonetas Caladas! (Fixed Bayonets!, 1951), el John Huston de Moby Dick (1956) y sobre todo ese Federico Fellini de La Strada (1954) y El Cuentero (Il Bidone, 1955). Así, como nos llegó a nosotros desde el transcurso a veces impiadoso del tiempo, Los Jueves, Milagro más que una simple convalidación del cristianismo es un análisis del costado más misterioso de la vida y de la necesidad espiritual de algún tipo de prodigio metafísico o sorpresa que nos ahorre las congojas del día a día…

 

Los Jueves, Milagro (España/ Italia, 1957)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y José Luis Colina. Elenco: José Isbert, Richard Basehart, Paolo Stoppa, Juan Calvo, Alberto Romea, Félix Fernández, Manuel de Juan, Guadalupe Muñoz Sampedro, Manuel Alexandre, José Luis López Vázquez. Producción: Paolo Moffa y Enrique Balader. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 8