El Poder de la Red (The Social Reckoning, 2026), buen trabajo escrito y dirigido por Aaron Sorkin, se vende como una secuela de Red Social (The Social Network, 2010), obra maestra bajo la dirección de David Fincher a partir de un guión del mismo Sorkin, pero en realidad es una película completamente independiente de aquella o a lo sumo un complemento que comparte temática central, Facebook, antes centrándose en una parábola vertiginosa sobre la corrupción, soledad y psicopatía de las elites capitalistas símil El Ciudadano (Citizen Kane, 1941), de Orson Welles, y ahora optando por un ritmo narrativo apaciguado para recuperar el thriller de investigación periodística en la tradición de Todos los Hombres del Presidente (All the President’s Men, 1976), la joya de Alan J. Pakula. Sorkin, artífice de célebres guiones como los de Cuestión de Honor (A Few Good Men, 1992), de Rob Reiner, Juego de Poder (Charlie Wilson’s War, 2007), de Mike Nichols, El Juego de la Fortuna (Moneyball, 2011), de Bennett Miller, y Steve Jobs (2015), de Danny Boyle, claramente no es un realizador de la talla de Fincher, algo que ya podía constatarse en las otras películas que dirigió, Apuesta Maestra (Molly’s Game, 2017), film acerca de la reina del póker ilegal Molly Bloom, El Juicio de los 7 de Chicago (The Trial of the Chicago 7, 2020), análisis del proceso judicial contra los líderes de la izquierda estadounidense después de una protesta y represión policial con motivo de la Convención Nacional Demócrata de 1968, y Todo sobre los Ricardo (Being the Ricardos, 2021), retrato de los múltiples conflictos que tuvieron que atravesar Lucille Ball y su marido Desi Arnaz para mantener a flote la sitcom más exitosa y revolucionaria de la historia de la televisión, Yo Amo a Lucy (I Love Lucy, 1951-1957), sin embargo el amigo Aaron en El Poder de la Red se las arregla para ofrecer un retrato muy inteligente de la filtración en 2021 de documentos internos de Facebook, pulpo en posesión de Instagram desde 2012 y de WhatsApp desde 2014, que pusieron de relieve la principal estrategia de la compañía para maximizar ganancias y fidelizar a los usuarios del segmento masivo mientras los VIP tienen carta blanca a la hora de publicar lo que gusten, en esencia generar adicción en niños, adolescentes y adultos promoviendo jingoísmo, discursos de odio, información falsa, banalidad, manipulación política, intolerancia, espionaje, censura, radicalización paulatina, xenofobia, distorsión corporal, violencia, compulsiones de diversa tesitura, etnocentrismo e inestabilidad institucional en general, todo por supuesto sin el más mínimo interés en la privacidad de las personas y a través de una colección de algoritmos, inteligencia artificial y cámaras de eco basadas en esas preferencias de cada usuario de las que nace el condicionamiento hacia la polarización con base en el posteo, el “me gusta” y las acciones de compartir, pasar de largo o reportar esta o aquella publicación del montón.
Mientras que Red Social bebía de Los Multimillonarios Accidentales: La Fundación de Facebook, una Historia de Sexo, Dinero, Talento y Traición (The Accidental Billionaires: The Founding of Facebook, a Tale of Sex, Money, Genius and Betrayal, 2009), libro de no ficción de Ben Mezrich, y exploraba el ascenso del CEO de Facebook, Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), efectivamente traicionando a todos a su alrededor porque apartaba a su mejor amigo y financista, Eduardo Saverin (Andrew Garfield), y su mentor en la oligarquía neotecnológica, Sean Parker (Justin Timberlake), y le robaba toda la idea del sitio web en enjambre a tres colegas estudiantes de la onerosa Universidad Harvard, Divya Narendra (Max Minghella) y los hermanos gemelos Cameron y Tyler Winklevoss (ambos en la piel de Armie Hammer), El Poder de la Red se inspira en Código Roto: El Interior de Facebook y la Lucha por Exponer sus Secretos Tóxicos (Broken Code: Inside Facebook and the Fight to Expose Its Toxic Secrets, 2023), trabajo del periodista de investigación Jeff Horwitz, y explora la filtración y el escándalo subsiguiente, ese que generó el comienzo de los juicios contra las redes sociales, la eliminación en plan venganza de la verificación de información y el reposicionamiento de marca de Facebook al rebautizar al conglomerado empresarial de fondo Meta, mediante dos líneas paralelas de tiempo, primero los encuentros en 2019 entre Horwitz (Jeremy Allen White), por entonces trabajando para la sucursal de San Francisco de The Wall Street Journal, y la denunciante Frances Haugen (Mikey Madison), ingeniera de datos que forma parte del equipo de Integridad Cívica de Facebook y responde a un ejecutivo de relaciones públicas de la compañía, Teddy Marks (Billy Magnussen), lo que desencadenaría en 2021 una retahíla de 17 notas, Los Archivos de Facebook (The Facebook Files), alrededor de estos nefastos algoritmos de permanencia en la web con el objetivo de generar dependencia en los usuarios, evitar la migración hacia otras plataformas, volcar el discurso político hacia la derecha, especular en la bolsa de valores y competir con los otros gigantes hipócritas de Silicon Valley, léase Microsoft, Amazon, Google y Apple, y segundo los ensayos en aquel preciso 2021 de parte de Zuckerberg (Jeremy Strong) para testificar en el Senado de Estados Unidos, en función de lo cual recibe ayuda tanto de una consultora de gestión de crisis, Raya Akinola (Wunmi Mosaku), mujer que lo asesora sobre preguntas vinculadas a la regulación vigente y la moderación de contenido en Internet, esquema que fue pasando de seres humanos a bots extremadamente ineficaces, como de un ex inversor que formó parte de la troupe, Charlie Garrigan (Bill Burr), el cual aboga por la verificación de datos en la publicidad política en contraposición a un Zuckerberg que se desentiende de toda garantía de información confiable apelando al paraguas de la libertad de expresión.
Sorkin relega a una dimensión conceptual accesoria aunque importante a los choques entre Garrigan y el CEO de Facebook, planteo que significa una pugna entre las posiciones del árbitro y la llamada plaza pública, en materia de la red social en sí y toda la polémica de la información comprobada versus la libertad de expresión irresponsable y al mejor postor, este último desde ya siempre del campo fascistoide del espectro ideológico, y concentra gran parte de nuestro fluir narrativo en las tribulaciones de Haugen, ninguneada por Marks, asqueada de Zuckerberg y ya sintiéndose defraudada por Facebook y las posibilidades que alguna vez tuvo de acercar a los individuos en vez de aislarlos aún más -mucho más- en sus respectivas burbujas de opinión o hermetismo comunicacional, a lo que se suma por un lado el miedo a ser despedida o demandada por violar el acuerdo de confidencialidad que la empresa impone a sus empleados, una práctica paranoica común del capitalismo mafioso del Siglo XXI, y por el otro lado su viaje a San Juan, la capital de Puerto Rico, durante la pandemia de coronavirus y la presencia de algunos secundarios en sintonía con Kayleigh (Portia Doubleday), amiga de antaño de Frances que pasó de militante de izquierda a ser arrestada por la policía al costado de una ruta entre frasecitas de extrema derecha sacadas de Facebook, y Morgan (Anna Lambe), colega conformista de Haugen en Integridad Cívica que también experimenta una metamorfosis pero a la inversa ya que pasa de defender a la compañía a entregarle a la protagonista un pendrive con pruebas de que la futura Meta sabía de los efectos nocivos generados por Instagram en la salud mental de los púberes, en especial ansiedad, depresión y pensamientos suicidas. Como siempre en el caso de Sorkin, señor paradójico porque a la denuncia de los tecnooligarcas se opone su sionismo negador del genocidio en la Franja de Gaza a instancias de Israel y la curiosa decisión de omitir toda referencia directa al excrementicio Donald Trump, en El Poder de la Red tenemos diálogos y una dirección de actores francamente magistrales y una arquitectura dramática cuasi teatral que hace un buen uso del humor sardónico y sobre todo del formato testimonial en tanto horizonte del relato, de hecho matizando/ suavizando aquella farsa legal histérica de Fincher y en gran medida finiquitando el retrato de Zuckerberg como un sociópata sin un gramo de empatía o conciencia social o capacidad de vivir en comunidad con personas de carne y hueso, casi un androide de la codicia que nos habla del puente entre lo hecho por Eisenberg, todavía humanizando al personaje, y el flamante Strong, quien por cierto le copia todos los tics al Mark veterano. White, célebre por El Oso (The Bear, 2022-2026), serie de Christopher Storer para FX on Hulu, y Madison, aquella querida Anora Mikheeva de Anora (2024), joya de Sean Baker, asimismo están perfectos en sus respectivos roles.
El director de fotografía Jeff Cronenweth, el mismo de Red Social, ofrece una continuidad estética que comprensiblemente se quiebra en el apartado sonoro ya que el clasicismo de Alexandre Desplat no tiene mucho que ver con la pompa industrial de la música de Trent Reznor y Atticus Ross, además vale señalar que la propuesta llega un poco tarde porque como reconoce la propia película en las leyendas del final, hoy por hoy casi la mitad de los adultos se informan por redes sociales y no sólo mediante Facebook, enclaves en los que nada es chequeado porque todos editorializan y el periodismo allí es amateur o atravesado por la nula autocrítica del sectarismo contemporáneo y de los grandes grupos empresariales que controlan con mano de hierro la plataforma en cuestión, siempre caníbales y amorales por naturaleza. Haugen en la trama resulta demasiado naif, creyendo que una empresa ya afianzada no especulará con su público cautivo, no obstante muchos de los autómatas de sistemas son así de ingenuos o carecen de una formación humanista verdadera, en esencia sólo experimentando problemas de conciencia cuando la cultura salvaje de la patronal hace alarde de su avaricia desentendiéndose de cualquier red de contención para la fauna de internautas, exacerbando su control del ámbito laboral o privilegiando exclusivamente los billetitos verdes al por mayor. El secretismo capitalista y el desapego por la seguridad o el bienestar del usuario se combinan con esa paradigmática recomendación de grupos de odio, para fidelizar vía interacción ante la competencia de TikTok, que tiende a desvirtuar la idea original de Facebook, la conexión entre las personas, lo que repercute en una amplificación y potenciación del partidismo extremo, la desinformación y las arengas enardecidas que dinamitan toda convivencia con el prójimo o difunden abiertamente un conservadurismo cavernícola con chispazos de nazismo, falacias neoliberales y una ignorancia digna de la Edad Media. La película enfatiza que esta lacra tecnológica del nuevo milenio se cree -y actúa como- un ente supranacional todopoderoso amigo de eliminar el trabajo humano en todo lugar que pueda, reemplazando a los mortales con crueldad y para colmo haciéndolo desde la degradación al bajar el umbral de calidad de cada una de las tareas involucradas. Entre referencias a Frank Capra, Espartaco, John Proctor, J.R.R. Tolkien y obras de arte puntuales como por ejemplo Antígona (441 a.C.), de Sófocles, Historia de Dos Ciudades (A Tale of Two Cities, 1859), de Charles Dickens, Arsénico y Encaje Antiguo (Arsenic and Old Lace, 1944), de Capra, e incluso Chicken Little (2005), film animado de Mark Dindal, aquí el desprecio, la división y la ortodoxia del fanático enceguecido aparecen como motores de esta fase del capitalismo, amén del absurdo, las perversiones, la estupidez y los delirios de toda clase que no generan conocimiento social ni dejan nada valioso al lector, ya sea a nivel cognitivo, ético o informativo. Sorkin cierra su odisea para adultos pensantes con el asalto al Capitolio de los Estados Unidos del 6 de enero de 2021 porque lo considera, con razón, el ejemplo máximo de la fragilidad de la democracia posmoderna y de las consecuencias de las patrañas que desparrama impunemente la derecha en el ecosistema virtual, en este caso con los fascistas descerebrados del vulgo repitiendo como loros la acusación de “fraude electoral” de Trump, algo ridículo porque precisamente él y la fauna republicana estaban en el poder durante las elecciones presidenciales de yanquilandia del año 2020 que llevaron al poder al candidato gagá del Partido Demócrata, Joe Biden, parte de un extenso historial de Facebook y su jerarca máximo vinculado a apoyar a la derecha, en este sentido conviene pensar en movidas variopintas que van desde el cierre de Integridad Cívica y el boicot con lobbies feroces contra todo intento de regular las plataformas hasta la decisión de ignorar las advertencias del FBI acerca de organizaciones criminales o mantener en funcionamiento a grupos relacionados con los movimientos antiaborto, en contra de la vacunación y a favor de la proliferación de las armas y las teorías conspirativas más descabelladas como QAnon, eje de una hilarante autovictimización por parte del multimillonario de piel amarilla en la Casa Blanca, pedófilo, payaso y especulador mediocre que frecuentaba a Jeffrey Epstein…
El Poder de la Red (The Social Reckoning, Estados Unidos, 2026)
Dirección y Guión: Aaron Sorkin. Elenco: Jeremy Allen White, Mikey Madison, Jeremy Strong, Bill Burr, Wunmi Mosaku, Billy Magnussen, Anna Lambe, Portia Doubleday, Gbenga Akinnagbe, Betty Gilpin. Producción: Aaron Sorkin, Peter Rice, Todd Black y Stuart M. Besser. Duración: 112 minutos.