Hurry Up Tomorrow, de The Weeknd

Alicientes entre el masoquismo

Por Emiliano Fernández

El canadiense Abel Makkonen Tesfaye alias The Weeknd es una combinación no particularmente brillante entre el sustrato popero ochentoso de Michael Jackson, George Michael y Prince, mucho del equivalente R&B de los años 90, en sintonía con Erykah Badu, Mary J. Blige, Aaliyah, Maxwell y R. Kelly, y el pastiche posmoderno valioso de Kanye West, SZA o FKA Twigs y ese otro, el menos interesante de gente otrora sobrevalorada como D’Angelo, Frank Ocean, su paisano Drake y Miguel Jontel Pimentel alias simplemente Miguel. Entre los elementos en contra podemos nombrar la lamentable secuencia promedio de canciones en sus discos, esos samples groseros que bordean el robo vía covers maquillados sin demasiado entusiasmo, una voz en falsete ultra edulcorada/ inofensiva y por lo general cansadora en el corto plazo y su escuálida “presencia escénica” en los recitales, por ello su verdadero ámbito de trabajo se reduce al estudio cual terreno creativo de probeta. El señor, que por cierto encabezó todos los rankings de la década pasada de la mano de sucesivos singles y discos muy exitosos a nivel planetario, también fue el artífice de primero decenas de colaboraciones heterogéneas que van desde la chatarra, como sus encuentros con Ariana Grande, hasta lo memorable, en línea con Daft Punk, Kendrick Lamar, Lana Del Rey y el ya mencionado West, y segundo letras sobre sexo, masoquismo existencial, amores maltrechos, mucha paranoia y un hedonismo y una autoindulgencia que encuentran en la fama, las drogas y la eventual redención al final del túnel la explicación para todo lo bueno y todo lo malo en la vida, amén de diversas donaciones de alimentos destinados a los palestinos en la Franja de Gaza, el campo de concentración a cielo abierto de la lacra sionista de Israel, y a la población civil afectada por la Guerra de Tigray en Etiopía, patria de sus padres antes de emigrar a Toronto, sin olvidarnos de su tragicómico vínculo con las pantallas a través de sus visitas a Saturday Night Live (1975-2025), los aportes para los soundtracks de tanques hollywoodenses, como The Hunger Games: Catching Fire (2013), de Francis Lawrence, Fifty Shades of Grey (2015), de Sam Taylor-Johnson, Black Panther (2018), de Ryan Coogler, y Avatar: The Way of Water (2022), de James Cameron, y su debut propiamente dicho como actor y guionista en The Idol (2023), desastrosa serie de HBO que ayudó a crear con Sam Levinson y Reza Fahim y que fue precedida por un cameo en Uncut Gems (2019), joya de los hermanos Benny y Josh Safdie, y participaciones vocales varias en las series animadas American Dad! (2005-2025), Robot Chicken (2001-2022) y The Simpsons (1989-2025).

 

Ya pensando en su periplo discográfico, el asunto arranca con Trilogy (2012), compilado de sus tres mixtapes del inicio, House of Balloons (2011), Thursday (2011) y Echoes of Silence (2011), en conjunto una cruza apenas simpática de rhythm and blues, trip hop, soul progresivo, rock indie, dream pop, música industrial, baladas algo rancias y un intento de hip hop futurista símil The Neptunes, Outkast y Missy Elliott más Timbaland, y sigue su curso mediante la aparición de Kiss Land (2013), suerte de aproximación a un dream pop muy de fórmula comercialoide entre ambient, rockera y baladística, más pinceladas de post punk, rock gótico y dark wave aunque en una acepción muy higienizada, Beauty Behind the Madness (2015), salto hacia el pop más desvergonzado construido alrededor del R&B alternativo o contemporáneo, aquella amalgama entre el rhythm and blues tradicional y el rap, el funk y la música electrónica bailable, no obstante ahora mejorando la producción, significativamente más madura y colorida por su cercanía al avant-garde de Kanye, y Starboy (2016), nueva excusa para continuar puliendo su destreza en arreglos y exacerbar la tendencia popera y dance de la placa previa, en esta ocasión redondeando mejores composiciones aunque algo mucho superficiales o descartables, dignas de una pirotecnia tracción a poses bien ensambladas y con poco trasfondo intelectual/ doctrinario. Luego llegaron After Hours (2020), vuelco entre rutinario y digno hacia el synth-pop y un esperable dream pop más psicodélico y a la par meticuloso, muchas veces confundido con ese electropop homologado al trip hop de los 90 o al new romantic más el sophisti-pop de la década del 80, Dawn FM (2022), lectura más concienzuda y medida del álbum anterior, hoy reincorporando las melodías y demás pivotes del rhythm and blues que venían siendo dejados de lado en favor de la parafernalia ochentosa de los sintetizadores y cierto aire de música disco de los 70, aquí por supuesto conservados pero también enmarcados en una coherencia sonora que no se engolosina con los engranajes del pop, y el flamante Hurry Up Tomorrow (2025), supuesto último trabajo de Tesfaye bajo su seudónimo de siempre y cierre de la trilogía existencial que empezó con After Hours y continuó con Dawn FM, popurrí del que además forman parte los grandes hits The Weeknd in Japan (2018), exclusivo para el enclave nipón, y The Highlights (2021), destinado al mercado global, y el álbum en vivo Live at SoFi Stadium (2023), placa saturada de demagogia retro de cotillón y en sí otro opus accesorio que marcha directo al olvido como los shows de The Weeknd. Hurry Up Tomorrow por un lado extrema el costado experimental del canadiense, en esta oportunidad coqueteando con el hip hop progresivo de West y refritando todo el arsenal utilizado desde Kiss Land, y por el otro lado pretende oficiar de banda sonora de un proyecto cinematográfico por venir dirigido por Trey Edward Shults, responsable de las estupendas It Comes at Night (2017) y Waves (2019), que ojalá supere a The Idol.

 

Wake Me Up, con Justice, dúo francés electrónico compuesto por Gaspard Augé y Xavier de Rosnay, abre el lote de canciones citando a lo bestia a Thriller (1982), de Michael Jackson, y recuperando elementos del Giorgio Moroder circa el soundtrack de Scarface (1983), de Brian De Palma, samples que el señor aprovecha con relativa eficacia para otra de sus exploraciones sobre la depresión nihilista impostada, aquí arrancando con una intro ominosa símil ambient o rock progresivo para luego explotar en un synth-pop a mitad de camino entre el funk y la música disco. Cry for Me, ahora incorporando un sample de I Wanna Be the One (1991), tema de la etapa final de The S.O.S. Band, grupo de soul, rhythm and blues y funk de la década del 80, levanta bastante la puntería con una alegoría romántica de corazón roto construida alrededor de líneas de sintetizadores distorsionados y una base hiphopera sencilla, suerte de choque entre la tormenta y la calma en consonancia con la ciclotimia de buena parte de la producción artística de The Weeknd. Luego de un track diminuto, I Can’t Fucking Sing, que hace referencia a un recital de 2022 en Los Ángeles en el que perdió su voz por un supuesto cansancio a raíz de The Idol y la grabación de la placa que nos ocupa, pretexto para querer dar de baja a su apodo y empezar a lanzar música con su nombre real u otro seudónimo, llega São Paulo, composición con el aporte de Anitta, la diva brasileña del pop y el funk carioca, que incluye un sample de Montagem Cardápio do Amor (2004), de la rapera Tati Quebra Barraco, y toma la forma de un collage iconoclasta y psicosexual modelo el West de My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010) y Yeezus (2013), el primero cercano al hip hop progresivo y el segundo al rock industrial. Until We’re Skin & Bones, instrumental efímero que recuerda aquel big beat de The Chemical Brothers, Fatboy Slim, Basement Jaxx y The Crystal Method, de inmediato deja paso al que quizás sea el mejor tema del álbum, Baptized in Fear, joyita del R&B alternativo en la que Tesfaye por milésima vez cae en el melodrama para autoperdonarse por todos sus pecados -drogas, misoginia, delirios de grandeza, violencia sádica de diversa tesitura, etc.- mientras coquetea con un semi suicidio equiparado a ahogarse en la bañera de su mansión en medio de una parálisis por sustancias non sanctas, todo entre apariciones de “actores de reparto” como algunos fantasmas y la mismísima parca.

 

Con una base intoxicante que se mueve entre Jackson y la dark wave de New Order y Depeche Mode, Open Hearts combina dicho sustrato gótico ochentoso con el electropop y el french house/ nu-disco a lo Daft Punk para el arribo del instante reglamentario de vulnerabilidad de nuestro protagonista, cuando una vez más se enamora de una señorita que acepta sus demonios, desvaríos o arrebatos caprichosos. Opening Night, otro breve pasaje en el que domina el dream pop y ya aparecen las primeras peleas de la pareja en cuestión, deja paso a Reflections Laughing, con el rapero estadounidense Travis Scott y los británicos de Florence and the Machine, la banda indie pop de Florence Welch, canción que cuenta con dos partes muy marcadas, la primera reposada y cuasi acústica y la segunda pesadillesca por un consumo de pastillas y una ansiedad post recital que son representados mediante los mismos latiguillos otrora vanguardistas de My Beautiful Dark Twisted Fantasy y Yeezus más 808s & Heartbreak (2008), aquel trabajo de masoquismo emocional de un Kanye filtrado por Auto-Tune, el vocoder del Siglo XXI. Enjoy the Show, con Nayvadius DeMun Cash alias Future, un trapero norteamericano del montón, incorpora un sample muy poco sutil de Homemade Gun (2023), de Loaded Honey, que homologa al tema con un hipotético cover desde el neo soul pero con otra letra, versos que rankean en punta entre los mejores del disco porque trabajan muy bien el motivo de la angustia tóxica que se retroalimenta a través de la cocaína, el aislamiento y la paranoia o falta de tolerancia. Given Up on Me, cargada con un sample de Wild Is the Wind (1966), temazo de Dimitri Tiomkin y Ned Washington compuesto para el film homónimo de 1957 de George Cukor y aquí en la versión de Nina Simone, no va más allá del synth-pop rutinario de base hiphopera alrededor de la crisis de la pareja, amén de una última parte minimalista con piano que no termina de funcionar del todo por su redundancia y levedad. Muy influenciada por el Quincy Jones circa Off the Wall (1979), de Michael Jackson, I Can’t Wait to Get There resulta otra de las mejores composiciones de Hurry Up Tomorrow porque rearticula el soul setentoso desde la esquizofrenia del nuevo milenio y unos versos caóticos en los que nos topamos con el optimismo romántico, la venta de su hogar a Madonna en 2021, el abandono de la escuela secundaria, un intento de reencuentro con su padre, Makkonen Tesfaye, y el infaltable ataque a los medios de comunicación carroñeros y unos enemigos misteriosos a los que promete destripar para después orinar sobre sus tumbas.

 

Timeless, con Playboi Carti, otro trapero muy poco inspirado en este caso pionero del rage, subgénero derivado del future bass y su fetiche con los sintetizadores, constituye una amalgama de hip hop y dream pop que jamás sale de lo pedestre gracias a un beat poco cautivador y otra de esas adaptaciones en clave sensible desabrida de los “monólogos” del gangsta rap de los 90, planteo hoy ultra demodé por sobreutilización a lo largo del nuevo milenio. Niagara Falls, ahora tracción a un sample de Someone to Love (1995), canción melosa cantada a dúo por los norteamericanos Jon B. y Babyface, es otro ejercicio estándar en R&B alternativo que juega con la nostalgia en torno a una relación de otra época con una mujer hoy casada y con un vástago. Otra tanda de sintetizadores ochentosos modelo sophisti-pop o new romantic dominan Take Me Back to L.A., tema aburrido sobre el ansia de soledad que luego deriva en depresión, y dejan el camino abierto a Big Sleep, buena y semi apocalíptica colaboración con Moroder, figura legendaria del eurodisco y el synth-pop, que se sirve de un sample del italiano de (Theme from) Midnight Express (1978), obra efectivamente compuesta para la película carcelaria de Alan Parker con Brad Davis, con el objetivo de ofrecer un track muy operístico de muerte en ciernes durante el sueño. Especie de interpretación de Tesfaye del acervo sonoro de Tangerine Dream y Evangelos Odysseas Papathanassiou alias Vangelis, Give Me Mercy es otra de las joyas del lote que nos hacen olvidar el generoso volumen de relleno o temas descartables, hablamos de un pedido de piedad a Dios -o a su sustituto eventual, como una mujer o un amigo o un colega- que se asemeja al pop de medio tiempo de marco new age o ambient. Drive, más allá de una letra patética de “pobre muchacho rico” que padece los problemas de la fama y adora volver a conducir algún coche baratito de su adolescencia, funciona como un digno refrito new wave en la misma tradición etérea del opus inmediatamente previo. The Abyss, con una mínima participación de Lana Del Rey, la genia del pop barroco, el indie, la americana y el rock triphopero con detalles lo-fi, alternativos y de dream pop, ocupa el lugar de una power ballad de ruptura romántica dentro de la cosmovisión de The Weeknd aunque arrastra un inconveniente repetido de buena parte del disco en materia de sentirse a mitad de camino entre la idea prometedora y la ejecución verdaderamente atractiva, de hecho terminando en el terreno de la receta que le falta tiempo de horno.

 

Red Terror, implemento sonoro adepto a recuperar el rock progresivo símil Pink Floyd, Yes y King Crimson y aquellos latiguillos de West entre los revolucionarios 808s & Heartbreak y Yeezus, retoma la melancolía en otra crisis existencial para reenviarnos a la familia de antaño, con el protagonista siendo un niño y disfrutando del clan antes del divorcio de sus padres, todo una vez más en las puertas de lo que parece ser un óbito buscado o quizás accidental vía sobredosis. Without a Warning, a caballo de un sample de Hurry Up Tomorrow (1980), maravilla del ignoto colectivo soulero The Nu’rons, nos anticipa el desenlace regalándonos más y más lamentos acerca del dolor y la vulnerabilidad de mediana edad a raíz de una voz que falla en cualquier momento, una prensa amarillista que no deja de parasitar a los artistas y un cuerpo que ya no soporta la intensidad/ euforia de antaño o el ritmo de drogas, alcohol, sexo y tours, planteo como siempre saturado de eco, teclados ochentosos, beats triphoperos y un cúmulo de autocoros o delirios mesiánicos. Encapsulada en evidentes referencias a Purple Rain (1984), megaclásico de Prince and the Revolution y uno de los grandes himnos de la música negra con corazoncito popero blanco, Hurry Up Tomorrow efectivamente funciona como otra power ballad confesional que unifica lo sacro y lo pagano para que Tesfaye vuelva a reclamar su llegada post mortem al Paraíso y le agradezca a su madre, Samrawit Hailu, el haberlo criado después del distanciamiento del progenitor, sin olvidarnos de flamantes pedidos de disculpas por haber mentido y pecado a lo largo de los años, gran deporte de la posmodernidad y su hilarante tendencia -por momentos una compulsión pueril, de ceguera idiota- a pretender arreglarlo todo con las palabras, como si se pudiese en serio en la mayoría de los casos.

 

Sinceramente para el apestoso nivel de calidad de la música del nuevo milenio, una etapa en la que a la merma general de talento se suma la ignorancia casi completa en lo que respecta al hecho de que gran parte de lo que se hace ya se hizo con anterioridad y con muchos mejores resultados, detalle cortesía de unos artistas con nula formación intelectual ni interés en “hacer los deberes” en lo que atañe a conocer por lo menos el pasado reciente, The Weeknd no está tan mal porque su mediocridad y sonseras autoindulgentes infinitas suelen pasar a segundo plano -o terminan compensadas- bajo la luz de cierto buen gusto en producción que ha ido desarrollando gracias a su vasta y prolífica experiencia en la industria cultural contemporánea, gremio en el que se codeó con todos los popes en calidad de colaborador, cantante, productor o encargado de remezclas. Como todas sus placas anteriores, Hurry Up Tomorrow no es una obra maestra ni mucho menos pero logra posicionarse en un buen nivel en relación a los otros dos eslabones de la trilogía, sin duda superando a After Hours aunque cayendo un poco por detrás de Dawn FM, un trabajo más coherente que no sufría de la duración inflada del último álbum ni de sus devaneos masoquistas permanentes, esos que a la larga resultan tan cansadores como la misma voz de Tesfaye, rebautizado “Mr. Falsete” en su círculo de detractores, y su obsesión con el synth-pop y el hip hop progresivo, en muchas oportunidades sin saber qué demonios hacer dentro de esos confines o corsés genéricos. La originalidad brilla por su ausencia y las frustraciones son demasiadas en los interminables 85 minutos de Hurry Up Tomorrow, sin embargo el disco se las arregla para ofrecer alicientes esporádicos que recuperan al oyente, por más que a fin de cuentas el potencial de reescucha se va difuminando debido a la errática lista de temas y las indecisiones formales de la estrella tanto a escala general como en lo referido a cada canción individual, en sí experimentos tantas veces fallidos.

 

Hurry Up Tomorrow, de The Weeknd (2025)

Tracks:

  1. Wake Me Up
  2. Cry for Me
  3. I Can’t Fucking Sing
  4. São Paulo
  5. Until We’re Skin & Bones
  6. Baptized in Fear
  7. Open Hearts
  8. Opening Night
  9. Reflections Laughing
  10. Enjoy the Show
  11. Given Up on Me
  12. I Can’t Wait to Get There
  13. Timeless
  14. Niagara Falls
  15. Take Me Back to L.A.
  16. Big Sleep
  17. Give Me Mercy
  18. Drive
  19. The Abyss
  20. Red Terror
  21. Without a Warning
  22. Hurry Up Tomorrow