Fundido a Negro (Fade to Black)

Alienado por el cine y el abuso

Por Emiliano Fernández

Fundido a Negro (Fade to Black, 1980), obra independiente y poco conocida de Vernon Zimmerman, habilita tres lecturas que la sitúan en simultáneo como una anomalía y un típico representante de su tiempo. En lo que respecta al primer apartado se puede aseverar que el film, desde el punto de vista del desarrollo histórico del slasher, resulta una rareza porque en la época en cuestión, léase fines de la década del 70 y comienzos de los 80, los exponentes de este subgénero del terror solían volcarse al retrato de las víctimas ya que la óptica opuesta del asesino/ verdugo, precisamente donde nace el esquema gracias a Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, y Peeping Tom (1960), de Michael Powell, ya se consideraba demasiado deprimente, signo de un cambio de mentalidad/ paradigma social desde el compromiso anímico altisonante de los 60 y 70 hacia la progresiva banalidad de las décadas siguientes. El film de Zimmerman en cierta medida hace trampa al respecto debido a que efectivamente fetichiza a un psicópata solitario y violento en lugar de poner el foco en su colección de víctimas, el patrón narrativo estándar desde La Masacre de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), del gran Tobe Hooper, y Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, y sobre todo a partir del éxito de Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), de Sean S. Cunningham, sin embargo el protagonista de turno tiene la misma exacta edad de esos adolescentes o jóvenes adultos que poblaban el exploitation de cuchilladas de aquella fase, jugada tendiente a confirmar que se puede ser conservador y retrovanguardista a la vez en el cine y en el arte en general. La segunda acepción de Fundido a Negro, también conocida en el mundo hispanoparlante como Confesiones de un Sádico y El Asesino de Hollywood, abarca su carácter de pionera en el metaterror o los sustos autorreferenciales y sarcásticos modelo La Nueva Pesadilla (New Nightmare, 1994) y Scream (1996), ambas de Wes Craven, lo que implica un vuelco de The Rocky Horror Picture Show (1975), opus de Jim Sharman, hacia la cuasi seriedad.

 

En última instancia, y ya situando el acento en los rasgos homologados al zeitgeist de su época, Fundido a Negro también responde a los años de predominio del Nuevo Hollywood, en este sentido a la autoconciencia cinéfila y el tono nihilista que deja paso a lo tragicómico se suman los homenajes explícitos, esos que funcionan como reescrituras de influjo irónico, y en especial una ensalada de géneros que trata de armonizar la filosofía satírica ambiciosa de fondo, aquí precisamente combinando el slasher de cabecera con el drama identitario, el tributo hacia la Clase B y el cine en términos macros e incluso el film noir consagrado a la investigación policial, la marginalidad urbana, el olvido por parte del Estado y una víctima de nuestra sociedad en su conjunto. Zimmerman, inspirándose en Billy Liar (1963), de John Schlesinger, y decidido a construir una versión remozada de los dos clásicos de 1960 de Hitchcock y Powell, centra su guión en Eric Binford (Dennis Christopher), veinteañero antipático y enajenado cuyo único interés en la vida es el séptimo arte porque literalmente se la pasa viendo películas en la soledad de su habitación y trabajando en una distribuidora durante el día, en esencia encargándose de las entregas mediante una motocicleta. En un restaurant del montón de Los Ángeles conoce a Marilyn O’Connor (Linda Kerridge), una modelo australiana que se asemeja a Marilyn Monroe y lo deja plantado en una cita a puro olvido, por ello el muchacho se despacha con una retahíla de homicidios que cubren a su tía dictatorial e incestuosa en silla de ruedas, Stella (Eve Brent), a una furcia agresiva que lo rechaza, Dee Dee (Anita Converse), a un compañero de trabajo muy abusón que perdió una apuesta sobre Casablanca (1942), de Michael Curtiz, y se niega a pagar lo acordado, Richie (un jovencísimo Mickey Rourke), a su jefe insufrible en esta distribuidora cinematográfica, Marty Berger (Norman Burton), y finalmente a un productor de mala muerte que le robó la idea para una película bastante idiota que tiene por título Alabama y los Cuarenta Ladrones (Alabama and the Forty Thieves), Gary Bially (Morgan Paull), otro narcisista apestoso más.

 

Más allá de una subtrama que analiza de manera un poco burda la lucha entre los ideales de cambio para mejor de toda la contracultura de los años 60 y esa contraofensiva hedonista y represora de la década del 70 que trató se suprimirla desde las cúpulas del capitalismo, dos posiciones representadas respectivamente en un psicólogo criminal de izquierda, el Doctor Jerry Moriarty (Tim Thomerson), y el superior fascistoide de este último, el Capitán M.L. Gallagher (James Luisi), con una oficial de policía haciendo de nexo o solución negociada entre ambos, Anne Oshenbull (Gwynne Gilford), en realidad el horizonte conceptual de la faena se condice por un lado con el retrato esperpéntico o sin romantizaciones de Binford, algo así como una versión devaluada, caricaturesca y cinéfila de Travis Bickle (Robert De Niro) de Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, y por el otro lado con la infaltable retahíla de asesinatos del slasher, por ello mismo a Stella la empuja por una escalera como hacía Tommy Udo (Richard Widmark) con la Señora Rizzo (Mildred Dunnock) en El Beso de la Muerte (Kiss of Death, 1947), de Henry Hathaway, a Dee Dee la acecha ataviado como Bela Lugosi en Drácula (1931), de Tod Browning, y genera que se tropiece y se clave un pico de madera en el cuello, a Richie le dispara disfrazado -máscara de látex incluida- como aquel personaje titular en la piel de William Boyd de la serie televisiva Hopalong Cassidy (1952-1954), basada en el cowboy heroico de Clarence E. Mulford, a Berger le provoca un infarto con el look igual de grotesco de Boris Karloff en La Momia (The Mummy, 1932), de Karl Freund, a Bially lo acribilla con una ametralladora siguiendo los pasos del recordado Arthur “Cody” Jarrett (James Cagney) de Alma Negra (White Heat, 1949), de Raoul Walsh, y por cierto la intentona de las postrimerías del relato sobre la presa fundamental de Eric, O’Connor, se da en una escena en la que el susodicho la droga para recrear El Príncipe y la Corista (The Prince and the Showgirl, 1957), dirigida por Laurence Olivier y estelarizada por el británico y Monroe, hasta que es interrumpido por la dupla de Moriarty y Oshenbull.

 

La película, una de las odiseas con el mayor volumen de citas cinéfilas de la historia del medio, compensa la torpeza y relativa falta de talento de Zimmerman, aquí entregando su único opus potable entre diversas comedias y otra incursión en el horror aunque lastimosa por lo incoherente, Los Vándalos (Hex, 1973), epopeya con un guión suyo y la dirección de Leo Garen, a través de la andanada de aventuras y tropelías varias de Binford, un combo que incluye una mínima sátira de la escena de la ducha de Psicosis, cuando Eric le pide un autógrafo a una O’Connor desnuda y deja caer su estilográfica, una aparición a toda pompa de La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968), joya de George A. Romero que el protagonista ve en una sala, y unos segundos -Binford bebiendo sangre del cuello malogrado de Dee Dee- que parecen aludir a Martin (1977), otro clásico de Romero que funcionó de inspiración al igual que Billy Liar, Taxi Driver y la amargura/ canibalismo/ locura hollywoodense de Como Plaga de Langosta (The Day of the Locust, 1975), la obra maestra de Schlesinger. Entre detalles atractivos de casting como el cuasi descubrimiento de Rourke, que venía de 1941 (1979), de Steven Spielberg, y la similitud entre Brent y esa Shelley Winters madura y entre Kerridge y una Monroe fetichizada hasta el onanismo más explícito con eje en La Comezón del Séptimo Año (The Seven Year Itch, 1955), de Billy Wilder, el motor del film es sin duda la cruzada revanchista del perfecto Christopher, por entonces un actor que se había hecho conocido con Los Muchachos del Verano (Breaking Away, 1979), de Peter Yates, y un par de trabajos con Robert Altman, 3 Mujeres (3 Women, 1977) y Un Matrimonio (A Wedding, 1978), para eventualmente saltar a un rol de reparto en Carrozas de Fuego (Chariots of Fire, 1981), de Hugh Hudson, y perderse después en el olvido. Fundido a Negro no es ninguna maravilla pero redondea una aproximación sensata, visceral y desde el cine de género al costado más pesadillesco de Hollywood y la alienación posmoderna, fruto del mismo séptimo arte y una catarata de abusos del ecosistema social…

 

Fundido a Negro (Fade to Black, Estados Unidos, 1980)

Dirección y Guión: Vernon Zimmerman. Elenco: Dennis Christopher, Mickey Rourke, Linda Kerridge, Tim Thomerson, Gwynne Gilford, Norman Burton, Morgan Paull, James Luisi, Eve Brent, John Steadman. Producción: Ron Hamady y George G. Braunstein. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 6