El Hoyo

Alimentándose de las sobras

Por Emiliano Fernández

El Hoyo (2019), ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia que bien podría definirse como una reinterpretación con conciencia social de El Cubo (Cube, 1997) y con un discurso que va mucho más allá de los engranajes reduccionistas clásicos del cine de género, es uno de los mejores y más inquietantes thrillers de ciencia ficción y terror de los últimos tiempos, una diminuta joya de la imaginación, el desenfado y la visceralidad que funciona por un lado como una parábola de las múltiples desigualdades y atropellos del sistema capitalista y por otro lado como una denuncia de la locura absolutista detrás del principal fetiche de dicha estructuración económica/ comunal/ política/ cultural volcada a la explotación, hablamos de una arquitectura macro de tipo piramidal en la que aquellos que se ubican en las cúpulas acaparan todos los recursos de manera brutal e impiadosa y en esencia sólo pueden seguir respirando gracias a una pluralidad de pobres desesperados que están en la base, quienes ante el hambre, la angustia y la falta de los insumos necesarios para una vida normal deben caer en el canibalismo permanente dentro de una lógica espantosa a su vez “bendecida” y definitivamente incentivada desde las administraciones estatales, el supuesto cerebro detrás de esta ingeniería que condena a la mayoría a alimentarse de las sobras que dejan los de arriba; todos actores sociales proclives a garantizar la reproducción diaria del sistema en su conjunto y así legitimándolo ya que en la praxis casi nadie se cuestiona las barrabasadas de la desigualdad, de la mano de unos menesterosos que sólo desean escalar posiciones y unos privilegiados que abusan de su estrato a puro egoísmo y hasta adoran humillar al resto de los seres humanos que se ubican en posiciones inferiores de la tétrica pirámide en cuestión.

 

La coyuntura del relato la aporta ese enigmático “hoyo”, una prisión vertical que aglutina tanto a criminales tradicionales como a voluntarios de lo que parece ser un futuro con mucha miseria y desconsuelo, capaz de impulsar a la gente a sumarse a este experimento carcelario/ antropológico/ gregario por recompensas simbólicas de estatus como un “título homologado”: la estructura está dividida en muchísimos pisos de una sola celda y cada una de ellas contiene a dos prisioneros que están obligados a alimentarse de la comida de una plataforma rectangular central que baja una vez al día desde las alturas y se detiene dos minutos en cada nivel, provocando que los estratos superiores coman a sus anchas, los intermedios se tengan que conformar con las migajas y los inferiores padezcan un hambre que los lleva a la mutilación, el canibalismo y el asesinato, panorama pesadillesco que se completa con reglas adicionales como la posibilidad de cada prisionero de ingresar un objeto del exterior, la prohibición de acumular comida bajo la pena de morir de frío o calor extremos y el hecho de que una vez al mes los internos son tumbados con gas y despiertan en un nuevo nivel al azar con vistas a rotar las posiciones dentro de una estructura que supura los 300 pisos y genera constantes suicidios de personas dispuestas a arrojarse desde las alturas al vacío antes que seguir padeciendo semejante calvario. Así las cosas, Goreng (Iván Massagué), un hombre que deseaba dejar de fumar y leer Don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), de Miguel de Cervantes Saavedra, despierta en el lugar con su libro en mano y la intención de cumplir un encierro voluntario de seis meses a cambio de ese por demás abstracto “título homologado”, desde ya sin conocer las minucias de la dinámica del hoyo.

 

El protagonista se entera del funcionamiento del lugar gracias al compañero que le tocó en gracia, Trimagasi (Zorion Eguileor), un veterano de corta estatura que terminó allí luego de arrojar su televisor por la ventana -el cual cayó sobre un inmigrante ilegal que pasaba con su bicicleta, matándolo- por sentirse estafado por parte de una empresa que primero le enchufó vía un comercial televisivo un supuesto afilador de cuchillos superpoderoso, el Samurái Max, y luego comenzó a vender un cuchillo que nunca se desafila porque de hecho con cada corte vuelve a afilarse, el Samurái Plus, señor de tendencias psicopáticas al que le dieron a escoger entre una prolongada estadía en un neuropsiquiátrico o un año en el hoyo. Mientras presencia cómo el sadismo y la humillación gobiernan el presidio, con Trimagasi lanzando botellas hacia los pisos inferiores, escupiendo y orinando sobre la plataforma/ mesa culinaria y hasta explicándole que no debe hablar con los de abajo porque no son dignos ni tampoco con los de arriba porque jamás lo escucharán, Goreng se acostumbra al encierro salvaje y todo marcha bien con su compañero hasta que el intercambio mensual de pisos los pasa del nivel 48 al 171, circunstancia que lo lleva a descubrir la “estrategia” del viejo para sobrevivir en un estrato al que no llega nada de alimento y siempre pensando que “es mejor comer que ser comido”, léase atar a su compañero e ir mutilándolo de a poco a lo largo del mes sin matarlo con el fin de que la carne no se pudra rápidamente. Justo cuando el veterano se proponía cortar pequeños trozos de su ser con el Samurái Plus, Goreng es salvado por Miharu (Alexandra Masangkay), una mujer muda y muy violenta que suele bajar arriba de la plataforma -esquivando intentos de violación u homicidio- para buscar a su pequeño hijo, el cual fue ingresado a la fuerza junto a ella en el hoyo. Sirviéndose del cadáver putrefacto de Trimagasi, el protagonista sobrevive y termina con dos compañeros más, Imoguiri (Antonia San Juan), una burócrata burguesa idealista que entró con su mascota, un perro salchicha, y realizaba las entrevistas de admisión para el hoyo, y Baharat (Emilio Buale), un negro que sueña con llegar a los niveles superiores ayudado de su soga.

 

Apelando a la misión del superviviente, un recurso típico del horror, el cine de acción y los thrillers, el film utiliza la claustrofobia apocalíptica minimalista de la ciencia ficción de manera brillante con vistas a sopesar las distintas reacciones posibles ante la omnipresencia de la injusticia dentro de las sociedades que los bípedos construyen para enmascarar su carácter antropófago: Trimagasi simboliza al clásico psicópata amoral e individualista que se sirve de cualquier cosa o entidad para reproducir un esquema maquiavélico hiper de derecha que admira y respeta, el cual por cierto conduce a denigrar al prójimo sólo porque está en una posición que el caprichoso armado general considera inferior a la propia, Imoguiri representa a una clase media de centroizquierda y vocación humanista que se pasa de ingenua al tratar de convencer al resto de los mortales que lo más lógico sería racionar la comida para que cada uno coma lo que necesita para sobrevivir cual utópica “solidaridad espontánea”, por supuesto olvidándose convenientemente de la hipocresía de fondo cortesía de su complicidad con una administración del hoyo para la que trabajó durante 25 años, y finalmente Baharat toma la forma de un enclave popular excluido que busca escapar del infierno en el que vive llegando al tope de la pirámide, ese nivel cero que en la película está representado por una cocina digna de un hotel cinco estrellas que prepara el plato favorito de cada interno cual detalle inútil y absurdo en medio de la lógica bien desmoralizadora de la estructura comunal en su totalidad y el mismo fantasma del hambre atacando cualquier planteo que no obedezca al instinto más primario del hombre, sobrevivir. Miharu, por su parte, simboliza a un anarquismo que avanza firme con una misión clara y el propio Goreng se mueve como una conciencia dramática/ retórica que aglutina el saber de las diferentes opciones previas y quiere hacer llegar su mensaje a los carceleros -como la realización en su conjunto- acerca de una dignidad que no se negocia a pesar del derrotero tenebroso impuesto y acerca de la aparición de esas anomalías que ponen en entredicho a las certezas acumuladas, aquí encarnadas en el hijo de Miharu, el débil que sobrevive entre la barbarie.

 

Como decíamos con anterioridad, Gaztelu-Urrutia exprime con gran inteligencia el guión de David Desola y Pedro Rivero desde una puesta en escena asfixiante, sostenida asimismo en la genial fotografía de Jon D. Domínguez, la música socarrona y disruptiva de Aránzazu Calleja y un diseño de producción repleto de cemento y grises por doquier de parte de Azegiñe Urigoitia. El humor negro más sarcástico también dice presente mediante la estupenda -y extremadamente graciosa- anécdota de Trimagasi sobre el Samurái Max y el Samurái Plus, a través de la enajenación progresiva del protagonista, quien pasa a charlar de manera profusa tanto con el veterano como con esa Imoguiri que se suicida después de que Miharu le matase a su perro salchicha, y especialmente vía la táctica que utiliza Goreng para “convencer” a los internos del nivel inferior de que lo más sensato para todos sería hacerle caso a Imoguiri y racionar el muy escaso alimento, nada menos que amenazarlos con defecar arriba de la comida si no empiezan a comer las viandas que le separa la mujer y ellos mismos a preparar dos nuevas raciones para sus colegas de más abajo en plan de cadena ecuánime que destruya la dialéctica de la explotación vertical tácita del hoyo. Con tres actos muy marcados y precisos, el primero centrado en la sumisión acrítica exacerbada, el segundo en la conciencia social y el tercero en las metas libertarias y semi mesiánicas/ religiosas gracias al dichoso plan de -en simultáneo- escapar y sabotear conceptualmente al presidio inspirando un hipotético apoyo de los secuaces de la administración, la película retoma magistralmente los conceptos de subdivisión esclavista de Metrópolis (1927), de Fritz Lang, y Snowpiercer (2013), de Bong Joon-ho, para redondear un ejemplo supremo de cómo analizar e ironizar en torno a esos armazones estatales, políticos y económicos que imponen sus desvaríos a los individuos desde la arbitrariedad más nauseabunda y patética, poniendo de manifiesto la aleatoriedad de la farsa de la “escalera” social y la paradigmática codicia de las elites dirigentes y su rechazo hacia el resto de los colectivos humanos o a la misma idea de compartir la riqueza con aquellos que sufren a pocos metros de distancia…

 

El Hoyo (España, 2019)

Dirección: Galder Gaztelu-Urrutia. Guión: David Desola y Pedro Rivero. Elenco: Iván Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Alexandra Masangkay, Zihara Llana, Mario Pardo, Algis Arlauskas, Txubio Fernández de Jáuregui, Eric Goode. Producción: Ángeles Hernández, Carlos Juárez y David Matamoros. Duración: 94 minutos.

Puntaje: 10