Wall-E

Amando al alien

Por Emiliano Fernández

Y finalmente los seres humanos inundaron la Tierra con basura. Como suele ocurrir, mientras que la enorme mayoría desapareció cuando la vida dejó de ser sustentable, los más pudientes escaparon del planeta para vivir por toda la eternidad en un mega crucero de lujo interestelar. Aunque siempre queda algo en el camino, algún detalle que nadie llega a percibir. En este caso es un pequeño robot olvidado por todos que responde al acrónimo Wall-E (Waste Allocation Load Lifter- Earth Class). Este “recolector de basura de clase terrestre” estuvo los últimos siglos compactando los desperdicios de una ciudad abandonada del norte del globo, reuniendo una extensa colección de pequeños tesoros personales, manteniendo una linda amistad con su única compañera, una cucaracha, viendo un viejo VHS de Hello, Dolly! (1969), y sobre todo sintiéndose muy solo en la inmensidad de tantos rascacielos conformados por cubitos de inmundicia perfectamente apilada.

 

La rutina se esfuma cuando un buen día llega una sonda de exploración cuyo nombre es nada menos que Eve, “Eva” (Extraterrestrial Vegetation Evaluator). Wall-E, ni lento ni perezoso, de inmediato se siente atraído por la susodicha “evaluadora de vegetación extraterrestre” y decide comunicarle sus intenciones a pesar de que ninguno de los dos emite sonidos más allá de alguna que otra palabra aislada. La relación romántica se corta abruptamente cuando ella cumple su misión gracias a la involuntaria ayuda de su nuevo amigo. Pero Wall-E no se da por vencido con tanta facilidad y persevera en pos del amor de la extraña. El nuevo film de Pixar es un hito máximo dentro de la historia del estudio y rankea sin lugar a dudas como uno de los mejores del año (considerando todas las películas, sean de animación o no). Tanto desde el punto de vista técnico como desde el narrativo, la evolución artística es tal que uno no puede más que maravillarse ante lo aquí logrado.

 

Wall-E (2008) está dividida en dos partes bien diferenciadas. La primera se centra en el entorno apocalíptico en el que el robotito se ve obligado a vivir, una suerte de realidad infernal que los impiadosos seres humanos dejaron detrás. El costado más “chaplinesco” del relato aparece a través de gags físicos y una melancolía a flor de piel marcada por la mudez y el despojo total. La segunda mitad es pura ciencia ficción rimbombante y describe la existencia en el Axioma, la enorme nave espacial en donde lo que queda de la humanidad vive entregada al sedentarismo, el consumismo y la dependencia para con las maquinas. En este paraíso ortopédico de gravedad cero, los hombres ya no cuentan con la capacidad de caminar y se han transformado en una legión de autómatas frívolos y hedonistas. Con hermosos homenajes a 2001: Odisea del Espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) de por medio, el film ahora abraza un complejo humor colectivo de situaciones entrecruzadas.

 

La transición entre los actos está administrada de manera brillante y la sutileza determina el bienvenido cambio de tono. Para cuando aparecen la banda de robots renegados y el encantador M-O (Microbe Obliterator), un diminuto “eliminador de microbios”, la historia y sus mensajes implícitos ya han sobrepasado con creces la media ideológica que podemos encontrar en tantas obras similares dirigidas al público infantil. Pixar deja muy rezagados a sus competidores, consigue atrapar a espectadores de todas las edades y vuelve a combinar con sabiduría crítica a la posmodernidad, parodia del estilo de vida estadounidense, educación con pretensiones punitivas y una moraleja esperanzadora. La defensa de valores como la solidaridad, el respeto mutuo y el cuidado del medio ambiente enmarca una tierna aventura en donde los principales componentes son una excelente construcción de personajes, un equilibrio estructural incomparable y un altísimo nivel en cuanto a los CGI.

 

Precisamente esa frondosa imaginación visual no da respiro ni un segundo y se sostiene a través de dos propuestas opuestas en función de las distintas necesidades de los capítulos. Si Wall-E domina la primera parte con sus colores oscuros y rasgos fuertes, Eve hace lo propio con la otra mitad; bien podemos afirmar que tanto ella como el Axioma son creaciones típicas de la factoría Pixar (resaltan sus colores pasteles, el poco contraste y la suavidad de los movimientos). A años luz de la lamentable parafernalia de los “productos Dreamworks”, el realizador y guionista Andrew Stanton, responsable de la también espléndida Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003), redondea otro film exquisito que desparrama sensibilidad humanista sin recurrir a moralinas patéticas, constantes secuencias de acción o voces de actores pertenecientes al star system. El ritmo es el apropiado en todo momento, bajando o subiendo las revoluciones de acuerdo con los avatares del relato.

 

El diseño del protagonista, una especie de antihéroe que porfía tras sus sueños hasta las últimas consecuencias, recuerda al de Número 5 o “Johnny 5”, el robot del clásico familiar y antimilitarista Cortocircuito (Short Circuit, 1986). Wall-E emparda los éxitos estéticos y conceptuales de Ratatouille (2007) y al mismo tiempo deja definitivamente en el pasado películas interesantes pero ya anacrónicas como Toy Story (1995) y su secuela del 99. Pixar ha recorrido un largo camino desde aquellos años, mejorando proyecto a proyecto. A pesar de que le vendió el alma al diablo Disney, nunca vio afectada su coherencia artística y su independencia de criterios (al fin y al cabo siempre hay que negociar con Mefistófeles si se desea distribución mundial). Lo paradójico del asunto es que el despegue del estudio coincidió con la asociación, hoy sin medias tintas control financiero total. Pero por suerte Wall-E nada sabe de todo esto y como diría David Bowie, continúa “amando al alien”…

 

Wall-E (Estados Unidos, 2008)

Dirección: Andrew Stanton. Guión: Andrew Stanton y Jim Reardon. Elenco: Ben Burtt, Elissa Knight, Jeff Garlin, Fred Willard, John Ratzenberger, Kathy Najimy, Sigourney Weaver, Teddy Newton, Bob Bergen, John Cygan. Producción: Jim Morris. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 9