¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who's Afraid of Virginia Woolf?)

Amor, hágase tu voluntad

Por Emiliano Fernández

No hace falta recorrer mucho la historia del séptimo arte para deducir que ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966) es una de las mejores películas de “teatro filmado”, un rubro muy particular que en muchas oportunidades ha padecido las limitaciones que traen aparejadas las tablas en traslaciones a la gran pantalla demasiado literales o carentes de una verdadera y rebosante imaginación; hablamos de films fallidos que no permiten respirar al material original por fuera del escenario único, algo sin duda fundamental cuando se trata del cine en general, los movimientos de cámara, el punto de vista monolítico y la posibilidad de múltiples locaciones/ sets. La propuesta que nos ocupa no sólo es el modelo del formato sino uno de sus puntos más altos por la sencilla razón de que logra la proeza de combinar el minimalismo y los diálogos lacerantes típicos del teatro con un dinamismo visual muy poco habitual basado en una excelente puesta en escena, una fotografía meticulosa, míticas actuaciones por parte de los cuatro actores centrales y un tono general que apuesta constantemente a la histeria narrativa, explorando las miserias del cariño conyugal a lo largo de los años y -sobre todo- las estrategias de poder en la pareja con el objetivo manifiesto de imponerse sobre el prójimo, mediante las cuales aquel cariño inicial muta en una batalla más o menos disimulada donde el “todo vale” va mostrando sus dientes mientras se acumulan los reproches recíprocos rimbombantes, de toda clase y color.

 

La “no trama” tiene por eje a un matrimonio de mediana edad conformado por un profesor de Historia, George (Richard Burton), y la hija del decano de la universidad de Nueva Inglaterra donde enseña el anterior, Martha (Elizabeth Taylor), un dúo en el que suelen dominar la borrachera, el encierro y una depresión maquillada vía efervescencia emocional. Asimismo las agresiones verbales son moneda corriente y más aún durante la velada en cuestión porque vuelven bebidos a su casa pasada la madrugada de un sábado -luego de una fiesta/ reunión de la universidad- y encima deben acoger a una joven pareja que ella invitó para quedar bien con papi, quien le solicitó que fueran “amables”. Los huéspedes, el profesor de Biología Nick (George Segal) y su esposa Honey (Sandy Dennis), se presentan a las dos y media de la noche y si bien al principio se sienten avergonzados de la munición pesada que se lanzan mutuamente los anfitriones, con el correr de los minutos la terminan aceptando y ellos mismos se vuelven partícipes en los acontecimientos y las discusiones, por supuesto con mucho alcohol de por medio. En el primer round ella relata una anécdota en la que lo golpeó con guantes de boxeo y lo dejó knockout y subraya que lo considera un fracasado porque jamás llegó a encabezar el Departamento de Historia donde trabaja, no obstante lo que realmente molesta a George es que ella haya mencionado al hijo de la dupla ante los veinteañeros, ese que no está en la residencia y que muy pronto cumplirá 16 años.

 

En un momento en que los hombres se apartan debido a que Martha ayuda a una Honey que comienza a vomitar por el coñac, Nick le confiesa a George que se casó con la chica sólo porque supuestamente estaba embarazada, lo que a posteriori resultó ser un triste producto psicosomático de la histeria de la mujer, hinchándose y luego deshinchándose. Las visitas consideran que es momento de irse y los anfitriones se ofrecen a llevarlos con su auto pero el asunto toma otro rumbo cuando pasan en la carretera un roadhouse -restaurant con pista de baile- y las mujeres insisten con detenerse y continuar la velada allí, donde Nick se ríe a carcajadas de otra anécdota sobre George en boca de Martha, según la cual el hombre escribió un libro sobre su sentimiento de culpa por las muertes de sus padres y el progenitor de su mujer no le permitió publicarlo para salvaguardar el prestigio de la universidad. Un poco de violencia de por medio, George se venga de Nick revelando en público que el joven le contó sobre el embarazo histérico de su esposa, y por cómo reacciona la mujer es muy probable que se haya tratado de un aborto. Nick no se queda atrás y acepta sin chistar la oportunidad de revancha que le propone Martha, la cual deja solo a George en la ruta y regresa en el automóvil a su hogar para acostarse con el muchacho mientras una Honey desvanecida reposa en el coche. La “guerra total” que se prometieron Martha y George guarda una última estocada, ya con los huéspedes totalmente desdibujados porque Honey demuestra ser un cero a la izquierda y George un impotente por todo el alcohol consumido a lo largo de la noche: George vuelve caminando a la vivienda, le dice a Martha que llegó un telegrama anunciando la muerte del hijo adolescente de ambos y así sale a la luz que el vástago jamás existió porque el matrimonio no puede tener hijos. Las visitas finalmente se marchan y los dueños de casa quedan de allí en más en un impasse psicológico equívoco.

 

La película está basada en la pieza teatral homónima de 1962 de Edward Albee y fue escrita por el gran Ernest Lehman, aquel de Sabrina (1954), El Estigma del Arroyo (Somebody Up There Likes Me, 1956), El Dulce Aroma del Éxito (Sweet Smell of Success, 1957), Intriga Internacional (North by Northwest, 1959), Amor sin Barreras (West Side Story, 1961), La Novicia Rebelde (The Sound of Music, 1965), Trama Macabra (Family Plot, 1976) y Domingo Negro (Black Sunday, 1977); un profesional de vieja cepa que mantuvo en gran medida el arsenal vejatorio y los gloriosos improperios de la obra original, detalle que arrastró una infinidad de amagues de censura total dentro de la industria hollywoodense de su época y que instauró un nuevo paradigma en lo que respecta a lo permitido en términos de diálogos, situaciones y violencia implícita/ explícita en pantalla, todo para colmo en medio de un entorno mundano que hacía más patéticas y verídicas las embestidas entre los personajes ya que la tendencia a la exageración del mainstream aquí mutó en una hipérbole vulgar de cotidianeidad autodestructiva. ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? encima es la ópera prima de Mike Nichols, hasta ese momento un actor, comediante muy exitoso y director teatral, por un lado constituyendo el puntapié inicial para una racha de interesantes realizaciones que incluyó a El Graduado (The Graduate, 1967), Trampa-22 (Catch-22, 1970) y Conocimiento Carnal (Carnal Knowledge, 1971), luego de las cuales el susodicho caería en una trayectoria por demás errática, y por otro lado poniendo de relieve la que sería su característica principal como cineasta a futuro, léase ese enorme talento para la dirección de actores, aquí materializado en la labor de Burton y Taylor, entre lo mejor que haya dado el séptimo arte en toda su historia, y de Segal y Dennis, un más que digno acompañamiento por parte de dos actores jóvenes que recién estaban dando sus primeros y excelentes pasos.

 

El título hace referencia a Los Tres Cochinitos (Three Little Pigs, 1933), un corto animado muy famoso de Walt Disney, y específicamente a su legendaria canción, ¿Quién le Teme al Gran y Malvado Lobo? (Who’s Afraid of the Big Bad Wolf?), de Frank Churchill y Ted Sears, aunque cantada en el metraje por los protagonistas con la melodía de una tonada tradicional anglosajona, Here We Go ‘Round the Mulberry Bush, debido a que el estudio de turno, Warner Bros., no se pudo poner de acuerdo con la Disney por los derechos para su utilización: la cita, que desde ya también incluye a la célebre escritora británica, no podría ser mejor resumen del revoltijo conceptual que enmarca al film, invocando al mismo tiempo la ambigüedad moral que obsesionó a Woolf, las utopías e imposiciones sociales que presenta la vida adulta, la soberbia presuntuosa de aquellos cochinitos del corto, los caprichos y fetiches denigratorios que nos retrotraen a la infancia, el miedo a no satisfacer a la contraparte según sus necesidades, el fantasma artero del estancamiento profesional y finalmente el carácter semi lúdico de lo que acontece en pantalla mediante esa aseveración de parte de Martha y George de que todo se trata de “juegos” sucesivos, algo así como competencias sadomasoquistas en las que resulta victorioso quien más insulta, difama, desacredita, ofende, calumnia o ultraja al otro, siempre en pos de destruirlo echando mano de los ingredientes de su idiosincrasia, su pasado o sus anhelos que más le duelen a nivel íntimo. A diferencia de tantas obras semejantes de debacle familiar entrecruzada, en ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? la dialéctica de los opuestos no es esencial porque el desastre se produce -de hecho- en función del derrotero funesto que tomó la existencia en conjunto, más por los puntos en común que supieron unirlos -la voluntad del amor compartido y la necesidad de tener un hijo, definitivamente- que por las diferencias circunstanciales que fueron apareciendo a través del implacable devenir del tiempo, el trabajo, la comunidad y las sobreexigencias paternas. En este sentido la regla tácita de no mencionar a extraños, léase cualquiera por fuera de la pareja, la existencia del querido vástago inmaterial hace las veces de ejemplo máximo del aislamiento sentimental del dúo, completamente refugiado en sí mismo y sus fantasías compensatorias para con tanto desconsuelo; por ello el desliz de Martha -el comentarle el asunto a Honey, orgullosa de su retoño- es juzgado por George como una enorme traición y así se convierte en el catalizador de las peores barbaridades entre ellos por un lado y entre los anfitriones y los huéspedes por el otro. En el desarrollo también tiene preeminencia la ausencia de solidaridad intra y extra género sexual, con las dos mujeres y los dos hombres no empatizando entre sí bajo ninguna combinación posible, circunstancia que deja en primer plano el sustrato placentero de la brutalidad a discreción -y sobre todo de la dirigida al considerado enemigo, otrora amado- y cómo la misma adquiere la forma de un placebo ad infinitum capaz de prolongar la vida sin que importen nada su calidad o su disposición humanista/ respetuosa. Punta de lanza de todas las refriegas hogareñas subsiguientes, el diminuto opus de Nichols continúa siendo uno de los mojones ineludibles del querer trastocado en maldición y de la necesidad de afrontar los problemas dejando de lado los eufemismos, las quimeras y aquellas simplificaciones reduccionistas…

 

¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, Estados Unidos, 1966)

Dirección: Mike Nichols. Guión: Ernest Lehman. Elenco: Richard Burton, Elizabeth Taylor, George Segal, Sandy Dennis, Frank Flanagan, Agnes Flanagan. Producción: Ernest Lehman. Duración: 131 minutos.

Puntaje: 10