Las tres mejores películas del cineasta británico Robert Fuest, De Repente, la Oscuridad (And Soon the Darkness, 1970), sutil clásico del suspenso de choque cultural y turismo decididamente funesto, y aquel díptico de El Abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, 1971) y El Regreso del Abominable Dr. Phibes (Dr. Phibes Rises Again, 1972), joyas del horror combinado con mucho humor negro y detalles delirantes o absurdos, están compactadas en una especie de “sándwich profesional” entre dos períodos desafortunados, hablamos en primera instancia de la etapa seminal del director y guionista, esa que abarca Como una Mujer (Just Like a Woman, 1967), ópera prima de convivencia en crisis hoy completamente olvidada, y Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 1970), una apenas correcta adaptación de la célebre novela romántica homónima de 1847 de Emily Brontë, y en segundo lugar de la fase posterior al éxito de los dos convites con un alucinante y muy meticuloso Vincent Price como el Doctor Anton Phibes, ciclo de rara y colosal decadencia que lo llevaría al retiro después de un trabajo de porno softcore rodado en Francia, Afrodita (Aphrodite, 1982), y un par de films craneados para televisión, La Venganza de las Esposas de Stepford (Revenge of the Stepford Wives, 1980), esa primera secuela de Las Esposas de Stepford (The Stepford Wives, 1975), de Bryan Forbes, y Tres Damas Peligrosas (Three Dangerous Ladies, 1977), una antología de terror codirigida junto a Alvin Rakoff y Don Thompson, todo en esencia porque se autodestruyó la carrera con dos obras un tanto mucho desquiciadas, primero El Programa Final (The Final Programme, 1973), opus de ciencia ficción que retomaba elementos de Modesty Blaise (1966), de Joseph Losey, El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), de Franklin J. Schaffner, y La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y presagiaba otros varios de Zardoz (1974), de John Boorman, y Fuga en el Siglo XXIII (Logan’s Run, 1976), de Michael Anderson, y segundo La Lluvia del Diablo (The Devil’s Rain, 1975), convite de horror mefistofélico que sigue la estela de El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, y El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, y anticipa lo hecho en Carrera contra el Diablo (Race with the Devil, 1975), de Jack Starrett, La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, y Centinela de los Malditos (The Sentinel, 1977), del heterogéneo Michael Winner, entre otras propuestas semejantes centradas en Belcebú y sus acólitos modernos.
Si bien el tono autoparódico, la irreverencia cuasi dadaísta y la pomposidad art déco de El Abominable Dr. Phibes forman parte de una idiosincrasia en gran medida única, en este último rubro con las tareas correspondientes acreditadas a Brian Eatwell, lo cierto es que las múltiples locuras en puesta en escena y trama del opus que nos ocupa, su corolario del año siguiente y las dos propuestas del “suicidio camuflado”, léase El Programa Final y La Lluvia del Diablo, son responsabilidad absoluta del tremendo Fuest, un artesano que en el ámbito audiovisual había debutado, precisamente, diseñando sets de TV para nada menos que Los Vengadores (The Avengers, 1961-1969), esa legendaria serie protagonizada por Patrick Macnee y Diana Rigg y creada por Sydney Newman para ITV que hizo escuela en materia de elegancia, surrealismo y espionaje bizarro y muy imaginativo para las masas, al extremo de que nuestro amigo Robert a posteriori dirigiría diversos episodios para el show original y para su continuación de la década siguiente de corto y sorpresivo derrotero, Los Nuevos Vengadores (The New Avengers, 1976-1977), en este caso estelarizada por Macnee más Gareth Hunt y Joanna Lumley y concebida por los productores Albert Fennell y Brian Clemens de nuevo para ITV, la cadena comercial de televisión abierta más añeja del Reino Unido. En sí una mixtura adorable de Los Ojos sin Rostro (Les Yeux sans Visage, 1960), opus frankensteineano de Georges Franju del que se toma e invierte la fórmula del cirujano con culpa, y El Fantasma de la Ópera (Le Fantôme de l’Opéra, 1910), una famosísima novela de Gastón Leroux que legó a la posteridad la figura de Erik, el espectro del título, un genio musical deforme y enamoradizo que vive en las catacumbas de la Ópera Garnier de París, El Abominable Dr. Phibes se beneficia mucho tanto de la inventiva retrosatírica de Fuest como de aquella fase histórica de la American International Pictures, específicamente la década del 70, consagrada a elevar los presupuestos con vistas a ya competir de igual a igual con los estudios de Hollywood, nos referimos a la mítica compañía fundada en 1954 por James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff, un dúo de productores y distribuidores que harían escuela en el cine independiente anglosajón gracias a una andanada de exploitations orientados al mercado juvenil y por su recordada sociedad con el realizador Roger Corman, un héroe de la Clase B con quien supieron encarar un ciclo de ocho magníficas traslaciones de cuentos de Edgar Allan Poe, amén de la presencia de Price hegemonizando la pantalla.
El guión de James Whiton y William Goldstein, con reescrituras evidentes y no acreditadas de parte del director, es muy sencillo y transcurre en la Londres de 1925, cuando Phibes, un organista acaudalado y de renombre mundial que estudió música en Alemania y teología en Francia, desata su furia contra el equipo médico que cuatro años atrás operó de urgencia a su bella esposa, Victoria Regina Phibes (Caroline Munro), mientras él estaba en Suiza por su profesión, episodio que deriva en una doble tragedia porque ella muere en el quirófano y él sufre un accidente automovilístico de regreso al Reino Unido al caer en llamas desde un precipicio, dándoselo por muerto. En realidad la criatura de Price sobrevivió aunque con quemaduras espantosas en su rostro que lo obligan a usar una máscara, recurrir a una nariz y orejas falsas y hablar a través de dispositivos acústicos/ eléctricos para recrear su voz, por ello colocó en su propia tumba las cenizas de su chofer y robó el cadáver de Victoria para dedicarle en persona una cruzada de revancha con mucho de justicia contra la maquiavélica mafia médica, ahora ayudado por una asistente muda que toca el violín, Vulnavia (Virginia North), acompañado de una mini orquesta de muñecos animatrónicos, robots que coronan su estrafalaria y distinguida mansión, y especialmente obsesionado con asesinar a los nueve responsables del óbito de la ninfa, equipo de ocho matasanos y una enfermera comandado por el Dr. Vesalius (Joseph Cotten, justo antes de colaborar con gente como Mario Bava y Richard Fleischer), respetando a lo lejos las Diez Plagas de Egipto del Antiguo Testamento. Mientras que el Inspector Trout (Peter Jeffrey), superior directo del Sargento Tom Schenley (Norman Jones) y subalterno del ultra ridículo Superintendente Waverley (John Cater), une fuerzas con Vesalius con el objetivo de detener a nuestro minucioso villano y su meta final de secuestrar al hijo del cirujano, Lem Vesalius (Sean Bury), Phibes crea una colección de asesinatos aparatosos y bastante improbables que incluyen picaduras de abejas, mordidas de murciélagos, un collar automatizado de ahorque disfrazado de máscara de rana, el detalle de vaciar de sangre un cuerpo, el congelamiento de otro, una debacle aérea por infestación de ratas, un empalamiento mediante un unicornio de latón impulsado por una catapulta, el ataque de langostas voraces contra la enfermera durmiendo y por supuesto el rapto del crío del cirujano en jefe, quien debe operar a Lem en apenas seis minutos para extraer una llave insertada cerca de su corazón y así liberarlo de un cabestro mortal sobre el que caerá ácido.
Como si se tratase de un juego del gato y el ratón con la policía pero encarado desde una ridiculez caricaturesca que no descuida el dolor y el odio de fondo, o una faena precursora del horror grotesco de los 80 y del porno de torturas del nuevo milenio a lo Grand Guignol del espanto frenético posmoderno, o quizás un proto slasher de cadencia extravagante y cuasi surrealista por su gravedad dramática farsesca y su tendencia a desparramar ironías y un gore moderado, El Abominable Dr. Phibes por un lado supera con creces a su de todos modos digna secuela de 1972, film que sustituye el fetiche con la muerte por uno homólogo con la fuerza vital ya que el relato gira alrededor de un extraño viaje a Egipto para revivir a Victoria, y por el otro lado puede interpretarse como un ensayo general para la igualmente extraordinaria Teatro de Sangre (Theatre of Blood, 1973), esa maravilla de Douglas Hickox con la que comparte muchos ingredientes como la sed de venganza, un protagonista al que la fauna institucional considera fallecido, una linda cómplice femenina, nueve víctimas que merecen su ostentoso castigo -una de ellas ayudando a la policía- y desde ya una teatralidad a toda pompa que se mezcla con la fatalidad nihilista, la torpeza estatal, la comedia negra, el desparpajo del terror gótico de décadas anteriores, un artificio en primer plano propio del Hollywood Clásico y cierto minimalismo paradójicamente histriónico correspondiente al cine mudo y la pantomima. Si Teatro de Sangre y aquel Edward Lionheart (Price de nuevo) eran pura verborragia ortodoxa shakesperiana secundada por menesterosos y vagabundos, nuestro Phibes se abre camino como un justiciero semi mudo de índole bíblica que también hace gala de su estirpe artística oligárquica, asimismo el órgano y las plagas mutarán en las obras teatrales del Bardo porque el opus de Hickox es brutal y mundano mientras que la odisea de Fuest resulta barroca, camp, retromusical y despampanante en consonancia con ese kitsch sesentoso tardío de la American International Pictures aunque hoy pasado por el filtro del cinismo vengativo de los 70 y su cariño hacia unos anatemas más grandes que la vida misma. Con geniales personajes complementarios como los citados Trout y Waverley más el rabino de Hugh Griffith, el médico libidinoso del querido Terry-Thomas y el joyero en la piel de Aubrey Woods, la película se burla de Scotland Yard, nos regala algún detalle metadiscursivo -sobre todo esa mirada a cámara de Vulnavia- y apabulla desde un planteo visual tan ambicioso como sarcástico es su retrato de la idiosincrasia tragicómica inglesa…
El Abominable Dr. Phibes (The Abominable Dr. Phibes, Reino Unido, 1971)
Dirección: Robert Fuest. Guión: James Whiton y William Goldstein. Elenco: Vincent Price, Joseph Cotten, Hugh Griffith, Virginia North, Peter Jeffrey, Norman Jones, John Cater, Aubrey Woods, Terry-Thomas, Caroline Munro. Producción: Ronald Dunas y Louis M. Heyward. Duración: 95 minutos.