A esta altura del Siglo XXI a Robert Bartleh Cummings alias Rob Zombie, hoy por hoy con 61 años a cuestas, muchas veces se lo vincula exclusivamente a su carrera cinematográfica como director y guionista centrada en la furia, el grotesco, la violencia y la sinceridad expresiva truculenta y nihilista en general, sin la típica redención del mainstream descerebrado posmoderno, un derrotero que incluye la célebre Trilogía Firefly de House of 1000 Corpses (2003), The Devil’s Rejects (2005) y 3 from Hell (2019), el díptico mainstream de Halloween (2007) y Halloween II (2009), refritos de la franquicia inaugurada en 1978 por su ídolo John Carpenter, y el popurrí indie estrambótico de The Haunted World of El Superbeasto (2009), The Lords of Salem (2012), 31 (2016) y The Munsters (2022), más la concert movie para entendidos The Zombie Horror Picture Show (2014) y el trailer falso de Werewolf Women of the SS, parte de Grindhouse (2007), la antología de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino. Ahora bien, que el señor haya privilegiado tantas veces su periplo en el séptimo arte no debe hacernos olvidar su igualmente extensa y despampanante trayectoria musical, esa que bebe de dos “datos de color” que lo marcaron como artista, el hecho de que sus progenitores trabajasen en circos y ferias itinerantes durante la década del 70 y el detalle de que el mismo Zombie se desempeñó como un insólito asistente de producción en Pee-wee’s Playhouse (1986-1990), aquel programa infantil para la cadena CBS protagonizado por Paul Reubens como el ultra artificial e involuntariamente tenebroso Pee-wee Herman, un personaje sepultado por las perversiones del actor. El señor empezó su aventura en la música en una famosa banda de los años 80 y 90, White Zombie, nombrada -al igual que el apodo de Rob- por el film homónimo de 1932 de Victor Halperin con Bela Lugosi, la primera película sobre cadáveres caminantes de la historia del cine. El grupo, caracterizado por muchos cambios de integrantes, tuvo en su encarnación final su alineación más conocida, aquella que se corresponde con Zombie en voz gutural, su ex novia Sean Yseult en bajo, Jay Yuenger en guitarra y John Tempesta en batería. En líneas generales siempre fueron proclives a cambiar el estilo musical como de ropa interior, a recurrir al shock rock modelo Alice Cooper para los recitales y a samplear diálogos y efectos sonoros varios de clásicos del cine exploitation y la televisión Clase B de terror, fantasía y ciencia ficción, con tendencia hacia los clásicos de culto, lo bizarro/ underground y un humor negro, sexual, surrealista o absurdo marca registrada, además resulta indudable que le deben gran parte de su popularidad internacional a la difusión que lograron gracias a MTV, en concreto por Headbangers Ball (1987-1995), un muestrario de videoclips especializado en heavy metal, y Beavis and Butt-Head (1993-1997), la querida serie animada creada por Mike Judge que tan bien representó la filosofía alternativa/ contracultural de los 90.
Para comprender la carrera futura del amigo Rob, una bastante pareja en términos cualitativos, hay que tener muy presente la transformación que atravesó White Zombie a lo largo de sus cuatro LPs de estudio, esquema cuyo puntapié inicial lo constituyó Soul-Crusher (1987), suerte de noise psicodélico y delirante con cierta influencia del punk a lo Black Flag, el post punk de The Birthday Party y el blues deforme, jazzero y avant-garde del mítico Don Van Vliet alias Captain Beefheart, y Make Them Die Slowly (1989), metamorfosis hacia el metal clásico de Deep Purple, Led Zeppelin y Black Sabbath, con un evidente interés en el ocultismo, la brujería, lo esotérico y el imaginario demoníaco del colectivo encabezado por Ozzy Osbourne y Tony Iommi. La etapa de masividad tiene que ver con el paso del autofinanciamiento a Geffen Records en ocasión de las dos joyas finales, léase La Sexorcisto: Devil Music Volume One (1992), salto hacia ese groove metal que refrita el grunge, el hip hop y el thrash metal para mimetizarse con la escena alternativa y aquella Nueva Ola del Heavy Metal del primer lustro de los 90, en sintonía con Pantera, Machine Head, Sepultura y Biohazard, y Astro-Creep: 2000 (1995), una explosión de metal industrial -por momentos muy cercano al dance- que sería crucial en el desarrollo futuro de dos géneros en boga durante las postrimerías del Siglo XX y el comienzo del nuevo milenio, hablamos por supuesto del nü-metal y el metalcore. Rob, casado con la actriz y modelo Sheri Moon Zombie desde 2002, a quien conoció en 1993 en calidad de bailarina luego de la separación de Yseult, suele demostrar su apego por la palabra hablada/ spoken word en cuanto al desempeño vocal, por la creación de cómics esperpénticos, por el diseño de atracciones para parques temáticos y por rescatar del olvido a actores del montón, sobre todo Sid Haig, William Forsythe, Bruce Davison, Karen Black, Brad Dourif, Judy Geeson, Margot Kidder, Dee Wallace, Barbara Crampton, Meg Foster, Bill Moseley, Udo Kier y Malcolm McDowell, entre muchos otros. El devenir solista arranca con una trilogía que tiene mucho de cúspide creativa, apuntamos a Hellbilly Deluxe: 13 Tales of Cadaverous Cavorting Inside the Spookshow International (1998), profundización del shock rock industrial de Astro-Creep: 2000 desde las herramientas sonoras del Nine Inch Nails de The Downward Spiral (1994) y el David Bowie de Outside (1995) y Earthling (1997), The Sinister Urge (2001), vuelco hacia lo bombástico bailable sin anestesia -tanto rockero como electrónico, barroco o cuasi hiphopero- que sitúa en primer plano a la canción en sí en detrimento del collage demente de siempre, y Educated Horses (2006), nueva reconversión inesperada hacia las comarcas del glam, el folk acústico, el rock pesado clasicista y un pop psicodélico sesentoso que siempre estuvo presente, por lo menos en lo referido al trasfondo, aunque nunca había asomado su cabeza de manera tan clara como en esta oportunidad.
Los dignos trabajos posteriores, Hellbilly Deluxe 2: Noble Jackals, Penny Dreadfuls and the Systematic Dehumanization of Cool (2010), Venomous Rat Regeneration Vendor (2013), The Electric Warlock Acid Witch Satanic Orgy Celebration Dispenser (2016) y The Lunar Injection Kool Aid Eclipse Conspiracy (2021), ya cuentan con un sonido más orgánico debido a la presencia de una banda estable que reemplaza a los sesionistas o cuasi invitados de antaño, esa de las giras compuesta por John William Lowery alias John 5 en guitarra, Matthew Montgomery alias Piggy D. en bajo y Kenneth Robert Wilson alias Ginger Fish en batería. El lustro de silencio discográfico se corta con el muy disfrutable The Great Satan (2026), flamante opus una vez más producido por Christopher Harris alias Zeuss, aquel colaborador de los dos álbumes previos que vino a reemplazar a gente como Scott Humphrey y Bob Marlette porque arrastra un pedigrí metalero incuestionable, pensemos en sus trabajos para Queensrÿche, Sanctuary, Shadows Fall, Hatebreed, Revocation, Demon Hunter, Crowbar y Throwdown, amén del hecho de haber sido el responsable -en forma parcial o completa- de la música de 31, 3 from Hell y The Munsters. La agrupación detrás del frontman estadounidense vuelve a mutar porque ahora encontramos a compañeros de su primer período solista como el guitarrista Mike Riggs y el bajista Rob Nicholson alias Blasko, sin embargo Zombie aquí opta por retener los parches de su baterista histórico, Ginger Fish. Si por un lado saca partido como nunca de esa voz cavernosa tan particular en sintonía con Tom Waits, Captain Beefheart y Chester Arthur Burnett alias Howlin’ Wolf, gran pivote del blues de Chicago, por el otro lado en The Great Satan vuelve a recurrir a misteriosos tracks de aproximadamente un minuto para conectar las distintas suites de la placa o introducir/ cerrar ingredientes temáticos de su preferencia. El disco en sí juega fuerte con el groove metal de La Sexorcisto: Devil Music Volume One, el metal industrial de Astro-Creep: 2000 y por supuesto toda la pirotecnia satanista en letras y el maximalismo de la producción de Hellbilly Deluxe y The Sinister Urge, planteo que asimismo implica que Rob continúa con sus obsesiones de siempre como el terror, la rebeldía social, el erotismo, lo sobrenatural, la demencia, el caos anarquista, las drogas, el Anticristo, la parodia cultural, los rituales macabros, el absurdo y la violencia ultra gore de impronta antiinstitucional/ antifascista/ antichauvinista yanqui.
La poderosa apertura, F.T.W. 84, sintetiza muy bien el rango estilístico promedio del señor porque cuenta con una intro y un outro cercanos al rock progresivo, un desarrollo general homologable al thrash metal más clásico, aquel de Metallica, Slayer, Megadeth y Anthrax, y finalmente un puente de metal industrial dispuesto a jugar con el drum and bass, todo en función de una letra en la que Zombie relaciona a los Estados Unidos del excrementicio Donald Trump, en los versos un payaso próximo a morir, con la sociedad distópica, represiva e hiper controlada/ vigilada de una famosa novela de George Orwell, 1984 (1949), precisamente a la que alude también el título, permitiéndose además denunciar la locura bélica contemporánea contra Irán y tirarle unos buenos dardos a la basura cultural televisiva, a la derecha religiosa oscurantista y a los imbéciles de Hollywood que ya no le financian sus proyectos cinematográficos (de allí se desprende, por cierto, este mismo regreso a la música). El groove metal dice presente en Tarantula, un tema muy gracioso que pone en primer plano el Muro de Sonido/ Wall of Sound de Phil Spector al que suele recurrir Rob, en una acepción metalera o semi noise, mientras interpola el latiguillo vocal de Tutti Frutti (1955), de Little Richard, y se calza el outfit de una diosa vampírica que vive y se alimenta de noche, que escapa de las hordas ignorantes del vulgo, que ansía ver crucificada a toda la nobleza y que responde al simpático nombre de Tarántula. (I’m a) Rock ‘N’ Roller funciona como una cruza de metal industrial y música incidental para cine de horror, por un lado, y hard rock y glam, por el otro, ya que el estadounidense opta tanto por desparramar su amor hacia los shows en vivo, con los fanáticos retroalimentando su entrega desaforada al metal, como por homenajear de manera bien explícita en los versos a ídolos ingleses de la generación previa como Jimmy Page, de Led Zeppelin, y los tres arquitectos fundamentales del glam, Bowie, Elton John y Marc Bolan, de T. Rex, sin olvidarnos de una típica alusión trash de su parte a Pussy Galore (Honor Blackman), personaje femenino principal de Goldfinger (1964), clásico de Guy Hamilton con Sean Connery como James Bond/ 007, asimismo referenciado en la letra.
La diminuta Heathen Days invoca a una especie de punk pasado por el filtro industrial de siempre para señalar que los psicópatas neoliberales y/ o fascistoides en el poder en yanquilandia y otras naciones, como por ejemplo Argentina, Chile e Italia, están quemando el mañana al violar y despedazar el mundo y su belleza, por ello el apocalipsis toma la forma de esos “días paganos” del título que se extenderán hasta que podamos reconstruir la carretera que destruyeron los oligofrénicos en el poder y los tilingos inmundos que los votaron. Luego de un track de cadencia ambient tracción a los teclados/ sintetizadores de Keys Mahoney, Who Am I?, breve pasaje existencialista que piensa la pérdida de la identidad desde el conformismo social y que recuerda a Tangerine Dream, Evangelos Odysseas Papathanassiou alias Vangelis y aquel John Carpenter en modo compositor, llega la estupenda Black Rat Coffin, otro exponente del groove metal aunque en esta ocasión muy cercano al lirismo grotesco y la estructura paradigmática de canción de White Zombie, lo que incluye la postura iconoclasta y atea de Rob en materia de defender a los marginados, siempre adefesios desde su punto de vista, y de defenestrar a la farsa detrás de las religiones, el capitalismo y el armazón institucional de los sectores público y privado, todo un planteo ideológico de base ácrata que queda de relieve en la última estrofa al hablar primero de los neonazis cobardes de la extrema derecha y luego de la solidaridad de los excluidos que los combaten o los padecen, “ella registra cada movimiento del monstruo/ Dios perdona a los malvados pero se coge a los débiles/ bestias sucias aullando al unísono/ aferrándose a los desnudos y a los condenados”. Entre el trip hop, el blues y el rock pesado, Sir Lord Acid Wolfman es otra de las joyas del álbum porque aquí Zombie juega a ser una amalgama de dos versiones de Tom Waits, el heterogéneo rimbombante de la trilogía de los 80, Swordfishtrombones (1983), Rain Dogs (1985) y Franks Wild Years (1987), y el más rockero y meditabundo de los 90 e inicios del Siglo XXI, correspondiente a Bone Machine (1992), Mule Variations (1999), Alice (2002) y Blood Money (2002), ahora de la mano de una letra que nos narra en primera persona la historia de un pirata -el gracioso Sir Lord Hombre Lobo Ácido del título- que termina atrapado por enemigos en una incursión de saqueo, caminando por una tabla en la proa de un barco y en esencia utilizado de cebo para pescar tiburones, detalle que desde el orgullo sella su fin.
Punks and Demons recupera el thrash metal para jugar con el acervo diabólico de choque que tanto adora el norteamericano y tantos dolores de cabeza le ha traído debido a la censura y las persecuciones estúpidas en su país, en este sentido el leitmotiv satanista desacralizador sirve para espantar en simultáneo a los fascistas del credo cristiano, unos beatos patéticos y sobre todo hipócritas, y a los progres/ agendistas/ wokes de corazón cándido o aséptico mediante referencias a Johnny Eck, el “Medio Hombre” de Freaks (1932), la obra maestra de Tod Browning, y a Eva Braun, quien en el año del estreno del film en cuestión se transformaría en la novia oficial de Adolf Hitler, lo que también puede ser interpretado como una cita encubierta a Melania Trump, la esposa descerebrada y frívola del presidente de Estados Unidos recientemente en boga por Melania (2026), espantoso panfleto propagandista disfrazado de documental a cargo de Brett Ratner, pensemos en los versos “la nueva estética de la fealdad/ la nada misma, ahora cabalgamos/ el mito ya no tiene sustancia/ un fracaso amplificado”. Evidente reinterpretación de Rob del doom metal de Black Sabbath y diferentes bandas de la generación posterior de la década del 80, especialmente Pentagram, Saint Vitus, Cirith Ungol, Trouble y Candlemass, The Devilman acelera un poco las cosas pero retiene el espíritu fatalista o desolador del doom para continuar la filosofía del track anterior y enfocarse en burlarse de -o asustar a- los cristianos evangelistas de aquí, allá y todas partes, nuevamente con Zombie autoproclamándose el Príncipe de las Tinieblas aunque desde su concepción híbrida de siempre, en esta oportunidad por partida doble porque el puente coquetea con un rock industrial que nunca explota y los mismos versos tienden a reforzar la idea de que este Mefistófeles nunca pierde sus rasgos humanos, como si se tratase -precisamente- de uno de esos engendros del séptimo arte Clase B creados con practical effects y no con los mierdosos CGIs del nuevo milenio, muy cercanos a destruir toda corporalidad y derrapar en el gigantismo por el gigantismo en sí del mainstream.
Con un inusual segmento instrumental psicodélico, Out of Sight nos regresa al groove metal con el objetivo de pegarle a los parásitos capitalistas de la industria cultural, de los que promete vengarse, y reflexionar sobre el óbito, la hermandad social y las cargas que impone la vida a diario, esas que llevan intermitentemente al repliegue o la cólera repentina, todos símbolos de la madurez del vocalista y compositor y de su desprecio por la sumisión de buena parte de la población de hoy en día, de allí el apego por profanar cuanta efigie del poder que se cruce en su camino. Revolution Motherfuckers combina el metal industrial y el glam modelo Bolan de (I’m a) Rock ‘N’ Roller, a quien vuelve a imitar en plan de rockabilly nostálgico setentoso mientras recupera la distopía orwelliana en todo su pavor, cita a Joe Clifford (Anthony Steffen), protagonista de Apocalypse Joe (Un Uomo Chiamato Apocalisse Joe, 1970), spaghetti western olvidado de Leopoldo Savona, y le sigue pegando a Trump y a los drogones, borrachos e incels inmaduros y hedonistas que lo votan o lo apoyan, como el hambreador, mitómano y vendepatria de Javier Milei, prueba de ello son versos como “un lobo solitario hace girar su máquina porno/ la euforia americana se convierte en el sueño americano/ al Gran Hermano le gustas asustado y gordo/ escondido en el armario con un bate de béisbol”. A posteriori de Welcome to the Electric Age, tema diminuto símil marcha militar/ sacra de índole sardónica sobre la influencia de la tecnología en el fluir de los seres humanos y la posibilidad de evadirla desde la indiferencia, llega el momento de The Black Scorpion, una cruza de punk y garage rock de apenas un minuto y medio de duración que incluye un organito circense de parte de Mahoney, el motivo musical excluyente, y unos versos consagrados a retratar las andanzas de la criatura del título, El Escorpión Negro, otra entidad vinculada a los chupasangres que no se decide entre los lobos y los murciélagos a la hora de saltar desde su anatomía humana hacia la comarca salvaje durante la Noche de Walpurgis, esa del 30 de abril al primero de mayo, todo entre un ataque de nervios, sonidos infernales, pinceladas eróticas y el deseo de morir lo más pronto posible cuando llegue el protagonista y sus fauces.
El último tema vocal de la placa, Unclean Animals, puede ser considerado a la par como una incursión hardrockera clasicista, homologable a Led Zeppelin, Deep Purple o Black Sabbath, y como un experimento vinculado al stoner rock de los 90 y comienzos de nuestra centuria, en este caso muy en sintonía con el Josh Homme de Kyuss y Queens of the Stone Age, aquí en función de un riff hipnótico de guitarra de Riggs y una base rítmica mucho más ralentizada que el promedio de Rob, quien a su vez exuda toneladas de humor negro y subraya que todos los seres humanos en su conjunto no son mejores que ratas blancas y peludas con colmillos prominentes que rasgan la carne, de hecho destruyendo al Planeta Tierra con sus enfermedades y desperdicios, en este sentido estos “animales sucios y feos” que caminan en dos patas se asemejan a seres de un hipotético inframundo que no razonan y sólo siguen instrucciones como robots sin alma ni consideración ética alguna por su entorno, la madre naturaleza. Grave Discontent, cierre formal del disco, es un instrumental fantasmagórico y sucinto que recuerda al rock progresivo y a los soundtracks del cine ochentoso de espanto tracción a esos sintetizadores y esas atmósferas lúgubres que tenían mucho que ver con la new wave, el krautrock, el space rock, el ambient y el dream pop, aquí en apariencia un extracto de una composición improvisada más amplia de influjo psicodélico sostenida en los teclados de Mahoney.
Una vez más en The Great Satan el genial Rob Zombie demuestra su idiosincrasia creativa artesanal, un control absoluto sobre ella y el hecho de que su derrotero musical es mucho más parejo que el equivalente cinematográfico, ese que de todos modos suele sufrir la incomprensión de una crítica de cine perezosa y mercenaria y el desfinanciamiento del aparato productivo oligopólico, mediocre y conservador del nuevo milenio. El último trabajo discográfico confirma al músico estadounidense como un experto en el arte de utilizar los múltiples subgéneros y estilos del metal y el rock en general para en primer lugar transmitir su mensaje de siempre, el de una izquierda antiautoritaria y antifascista que hace de la insistencia su principal arma, y en segunda instancia recuperar las posibilidades expresivas de cada comarca en cuestión, por ello el fetiche terrorífico -tanto en el escenario como en el estudio- jamás se mezcló del todo con su intimidad o existencia familiar, hermanada al veganismo y el rechazo a las drogas, el alcohol, las religiones, las pavadas burguesas new age, las teorías conspiranoicas y los demagogos/ dictadores narcisistas como Trump y Milei. Como si fuese un actor que luce el maquillaje y la vestimenta de look gótico en el contexto apropiado y no más allá, Zombie siempre se las arregló para conservar intactas su dignidad y su vida privada y al mismo tiempo construir ese demonio gutural del ecosistema artístico que todos conocemos, ejemplo de una independencia en verdad admirable que ha sabido unificar el amor por el exploitation y la Clase B con la cultura popular de otra época y con un heavy metal equiparado a un artificio grotesco maravilloso y un collage audiovisual que nunca oculta su ambición disruptiva e inconformista, más bien hace una ostentación de ella desde la suciedad, el lenguaje soez, lo onírico descabellado, el ruido contracultural y una saturación de impronta nihilista que no pide perdón al condenar a una sociedad capitalista, violenta y degradada, a escala moral/ cognitiva/ espiritual, que se espanta hipócritamente cuando le responden con la misma -o más- violencia.
The Great Satan, de Rob Zombie (2026)
Tracks:
