En mi Piel (Dans ma Peau)

Ansiedad y autonomía corporal

Por Emiliano Fernández

Si bien hoy por hoy se suele vincular al “extremismo europeo” de las postrimerías del Siglo XX y la primera década del nuevo milenio con el cine de terror de gente tan diversa como Alexandre Aja, Fabrice Du Welz, Neil Marshall, el dúo de David Moreau y Xavier Palud, Kim Chapiron, Antonia Bird, Xavier Gens, James Watkins, Pascal Laugier y la otra dupla de Alexandre Bustillo y Julien Maury, en realidad todo este gremio obsesionado con la incomunicación, la violencia, las perversiones, la política y el binomio de conformismo/ inconformismo social abarca otra gente que se mueve más en la vertiente arty o festivalera del circo cinematográfico y no tanto en los confines de los géneros clásicos, pensemos para el caso en Gaspar Noé, Claire Denis, Bertrand Bonello, Lars von Trier, Catherine Breillat, Philippe Grandrieux, Leos Carax, Fatih Akin, Nicolas Winding Refn, Lukas Moodysson, Jean-Claude Brisseau, Bruno Dumont, Olivier Assayas y Patrice Chéreau. Marina de Van constituye un caso extraño, en lo que atañe a este panorama general, porque si bien gran parte de su trayectoria estuvo volcada al cine de género, con el thriller y el terror como horizontes fundamentales, su película más conocida -y la mejor, sin lugar a dudas- es la primera como directora, En mi Piel (Dans ma Peau, 2002), un trabajo que efectivamente se mueve en la frontera entre las dos ramas del extremismo europeo, esas correspondientes al horror liso y llano y al trasfondo arty que más adelante en su conjunto influirían de manera decisiva en el “terror elevado” de las dos décadas siguientes, aquel encabezado por Robert Eggers, Jordan Peele y Ari Aster y secundado por una colección de flamantes cineastas en sintonía con Damian Mc Carthy, Osgood Perkins y Tilman Singer, entre muchísimos otros.

 

De Van, predecesora de las recientes Coralie Fargeat, Rose Glass y Julia Ducournau, todas discípulas tácitas suyas, empezó su derrotero profesional en el séptimo arte como guionista o colaboradora polirubro de François Ozon en Mira el Mar (Regarde la Mer, 1997), Sitcom (1998), Los Amantes Criminales (Les Amants Criminels, 1999), Bajo la Arena (Sous le Sable, 2000) y 8 Mujeres (8 Femmes, 2002), amén de guiones para el Pascal Bonitzer de Pienso en ti (Je Pense à vous, 2006) y aquel Lionel Baier de Deriva Continental (Sur) (La Dérive des Continents (au Sud), 2022), dos opus olvidables. En mi Piel, retrato naturalista de un caso de autolesión y una obra imperfecta hasta la médula pero poderosa en cuanto a su discurso como buena parte del extremismo europeo de la época, en su momento fue muy apreciada dentro de la comunidad del terror aunque el público mainstream en general -lento y perezoso, como siempre- la dejó pasar hasta que con el transcurso de los muchos años fue ganando su nicho en calidad de film de culto. Como tantas veces ocurre, esta situación de cuasi olvido repercutió en la carrera de la realizadora y por ello a posteriori apenas si pudo finiquitar cuatro propuestas más, dos que no vio prácticamente nadie, Pulgarcito (Le Petit Poucet, 2011), adaptación para adultos del cuento de hadas de Charles Perrault de 1697, y Mi Desnudez no Significa Nada (Ma Nudité ne Sert à Rien, 2019), una faena experimental con un nuevo protagónico de la directora y guionista, y dos que resultan muy deficitarias, No te des la Vuelta (Ne te Retourne pas, 2009) y El Lado Oscuro (Dark Touch, 2013), la primera un thriller psicológico con las muy cotizadas Sophie Marceau y Monica Bellucci y la segunda una aproximación al ecosistema sobrenatural protagonizada por Missy Keating.

 

En mi Piel más que trama tiene una premisa sencilla alrededor de la cual giran un puñado de escenas que repiten el mismo latiguillo y se mueven en espiral, en esencia volcando su energía narrativa sobre Esther (la propia De Van), una ejecutiva de marketing de París que en una fiesta nocturna con colegas en una casa de un conocido se tropieza en una zona en construcción del jardín y se lastima gravemente la pierna derecha, no obstante evita ser atendida en lo inmediato y luego visita un bar para que la hemorragia continúe. Mientras su novio, Vincent (Laurent Lucas), y su mejor amiga y compañera de trabajo, Sandrine (Léa Drucker), se preocupan por el episodio, la protagonista se corta de la nada con un trozo de metal, abriéndose de nuevo la herida, y después de un ascenso que motiva los celos de Sandrine, la cual por cierto no la defiende cuando unos colegas pretenden arrojarla en una pileta, Esther se come parte de su brazo izquierdo y de la pierna mancillada justo luego de una cena con su jefe, Daniel (Thibault de Montalembert), y unos clientes que deriva en desastre porque ella se muestra distraída ante alucinaciones en las que disocia su brazo de su cuerpo, extremidad a la que considera separada y por ello pincha con un tenedor y corta con un cuchillo. De inmediato simula un accidente automovilístico para justificar las lesiones frente a Vincent, con el que pretende comprar un departamento aprovechando la mayor disponibilidad de dinero, sin embargo ya no puede detener el ciclo masoquista y por ello se encierra en una habitación de un hotel, se despelleja parte de la pierna en cuestión e incluso le consulta a un farmacéutico (Alain Rimoux) acerca del procedimiento para curtir el trozo de piel que se extirpó, fotografió con esmero y contempló extasiada ante un espejo.

 

Se podría aseverar que aquí dominan tres ideas en enlace vinculadas a los tabúes sociales de la belleza rosa mancillada, la propensión al autosabotaje y la ansiedad en la pareja y en el trabajo especialmente por la ausencia de una auténtica autonomía corporal, lo que genera autoataques contra una complexión que se percibe foránea y por ello en última instancia el cuerpo se come a sí mismo en un acto de reapropiación simbólica, algo relacionado a la ausencia de feminismo y/ o misandria en el film porque al marco castrador o controlador de los dos machos, el novio y el jefe, se agrega la incluso peor influencia de la amiga/ cofrade en el trabajo, Sandrine, claro ejemplo de la pata envidiosa y sádica del ateneo femenino. La propuesta, asimismo, echa mano de otros recursos y otras temáticas como una licantropía espiritual, el body horror, el masoquismo más mundano, la obsesión autoindulgente, el cine italiano de caníbales, la insensibilidad y mediocridad social posmoderna, el erotismo más o menos “pervertido” de los años 70 y 80 y la metáfora para con el cáncer o su mecanismo de acción, nuevamente un cuerpo que se autodestruye en una coreografía ensimismada que en última instancia parece burlarse de toda advertencia y todo paliativo. De Van, una actriz apenas potable, cuenta con un look animalizado y queda muy expuesta por la trama en sí y por ser responsable de todo, léase actuación, guión y realización, de lo que se desprende una enorme valentía ya que entre esta situación y un hipotético escarnio público sólo hay un paso, planteo que por cierto lamentablemente no le impide engolosinarse con el sustrato voyerista de algunas secuencias o caer en otros problemas como una historia que se siente repetitiva o monocorde y ese montaje de Mike Fromentin que por momentos exuda torpeza.

 

La paradoja de En mi Piel se concentra, precisamente, en el mundillo sui generis creado por la realizadora, tan rico a escala conceptual como limitado en lo referido al despliegue del relato concreto en pantalla, el cual de todos modos parece beber de la visceralidad de David Cronenberg, el grotesco contracultural de Pier Paolo Pasolini y Marco Ferreri, esa imagen dividida de Brian De Palma, algo de aquellas truculencias de la franquicia de Hollywood alrededor de Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) y los libros de Thomas Harris, las ganas de generar escándalo de los primeros Michael Haneke y Jean-Luc Godard y mucho de la degradación psicológica de Carole Ledoux (Catherine Deneuve) en Repulsión (1965), de Roman Polanski, otro faro de la gesta minimalista que nos ocupa. De Van en sus propuestas siguientes retomaría tópicos como la locura, la percepción trastocada, una dieta de corte antropófago, la angustia femenina, la desconexión emocional y la fascinación con la propia anatomía, sin embargo En mi Piel entrega rasgos muy específicos que pueden resumirse primero en un buen nivel de gore, no muy pulido técnicamente -el color y la textura de la sangre dejan bastante que desear- pero correcto para lo que la directora pretende mostrar, y segundo en un cuasi déjà vu en materia de los yuppies de los 80 e incluso el sueño burgués de perfección familiar que se remonta a la década del 50 o toda la posguerra, pensemos en este sentido que Esther no renuncia en ningún momento de manera explícita al proyecto matrimonial/ de pareja con Vincent, un tarado que no la respeta al igual que Daniel, quien aclara que su ascenso abarca un período de prueba, y Sandrine, típica arpía que se entristece y se pone agresiva cuando contempla la felicidad de cualquier otro mortal a su alrededor…

 

En mi Piel (Dans ma Peau, Francia, 2002)

Dirección y Guión: Marina de Van. Elenco: Marina de Van, Laurent Lucas, Léa Drucker, Thibault de Montalembert, Alain Rimoux, Dominique Reymond, Bernard Alane, Marc Rioufol, François Lamotte, Adrien de Van. Producción: Laurence Farenc. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 7