Enemigo Mío (Enemy Mine)

Antibelicismo hermafrodita del espacio

Por Emiliano Fernández

La larga aunque no tan prolífica carrera de Wolfgang Petersen es un tanto extraña porque si bien se engloba a rasgos generales dentro del gremio de los numerosos asalariados de los grandes estudios norteamericanos que vendieron su alma por unos morlacos -en el caso del cineasta alemán, muchos- lo cierto es que dicha definición no cuadra del todo porque considerando minuciosamente su derrotero se hace evidente que el objetivo profesional de siempre del señor fue hacerse millonario entregando tanques dignos y no mucho más dentro del mainstream yanqui de alcance planetario, lo que nos dejó con un puñado invaluable de anomalías concentradas en los primeros años de su trayectoria, films que marcaron a fuego a los cinéfilos del primer lustro de los 80: después de dos exponentes -hoy injustamente olvidados- del indie setentoso protagonizados por Jürgen Prochnow, su actor fetiche inicial, el thriller Uno de Nosotros Dos (Einer von uns Beiden, 1974) y el drama homosexual La Consecuencia (Die Konsequenz, 1977), el germano comienza con su seguidilla de épicas a todo trapo y con el indudable mejor período de su carrera, ese que incluye el cine bélico de El Barco (Das Boot, 1981), la fantasía de La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984) y la ciencia ficción bizarra de Enemigo Mío (Enemy Mine, 1985), preámbulo para una andanada de blockbusters olvidables y anodinos que por cierto no llegaron al nivel del desastre promedio del Hollywood de los 90 en adelante, léase Epidemia (Outbreak, 1995), Avión Presidencial (Air Force One, 1997), Una Tormenta Perfecta (The Perfect Storm, 2000), Troya (Troy, 2004) y Poseidón (2006), a su vez enmarcados por opus minimalistas y un poco mejores en términos cualitativos -aunque no mucho, a decir verdad, porque siguen atrapados en la hipérbole marca registrada de la fase pomposa y muy hueca del devenir de Petersen- en sintonía con los thrillers Búsqueda Mortal (Shattered, 1991), En la Línea de Fuego (In the Line of Fire, 1993) y Cuatro contra el Banco (Vier gegen die Bank, 2016), la primera apenas potable, la segunda relativamente interesante y la tercera ya bastante floja.

 

Antes de que se rompiese el delicado balance entre los efectos especiales y el desarrollo de personajes, destreza que demostró precisamente en su etapa primigenia, Petersen debutó en el mercado anglosajón –La Historia sin Fin estaba hablada en inglés pero era un proyecto de clara idiosincrasia y financiamiento europeo- con Enemigo Mío, una película humanista de ciencia ficción y bastante chica para los años de la “space opera” post La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, y una evidente reformulación de la premisa básica de Robinson Crusoe (1719), la renombrada novela de Daniel Defoe, más un cúmulo de ingredientes foráneos que la emparentan con ese entendimiento entre enemigos de la querida El Cuarenta y Uno (Sorok Pervyy, 1956), de Grigoriy Chukhray, y Los Valientes Mueren de Pie (None But the Brave, 1965), de Frank Sinatra, un contexto espacial riguroso que le debe mucho a Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969), la célebre serie televisiva de Gene Roddenberry, un diseño de personajes reptiloides semejante a aquel de V: Invasión Extraterrestre (V, 1983-1985), del inefable Kenneth Johnson, una confrontación final en una instalación minera en línea con el remate de Indiana Jones y el Templo de la Perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), de Steven Spielberg, y por supuesto esa relectura posmoderna -ya no racista ni esclavista- del relato de Defoe de propuestas como Robinson Crusoe en Marte (Robinson Crusoe on Mars, 1964), de Byron Haskin, odisea responsable de la introducción del entorno espacial, y la lunática El Salvaje anda Suelto (The Savage Is Loose, 1974), de y con George C. Scott, variación de impronta familiar del ardid del náufrago aunque con una vuelta de tuerca incestuosa. Uno también podría afirmar que Enemigo Mío anticipa el melodrama algo cínico de Náufrago (Castaway, 1986), de Nicolas Roeg, o la convivencia y asimilación simbólica de Danza con Lobos (Dances with Wolves, 1990), de Kevin Costner, no obstante el film debe interpretarse como una remake camuflada de Infierno en el Pacífico (Hell in the Pacific, 1968), una joya de John Boorman.

 

En vez del piloto estadounidense sin nombre (Lee Marvin) y el capitán japonés Tsuruhiko Kuroda (Toshirô Mifune), protagonistas del clásico de Boorman, éste ambientado en una isla inhabitada del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, en esta oportunidad nos topamos con un par de pilotos de naves de combate en medio de una contienda imperialista a fines del Siglo XXI por el dominio de una serie de sistemas esterales ignotos de enorme riqueza, Willis E. Davidge (Dennis Quaid), testaferro de los humanos más presumidos y necios, y Jeriba Shigan (Louis Gossett Jr.), el representante de una raza de humanoides reptilianos, conocida como dracs, que se reproducen asexualmente y suelen venerar a sus ancestros en una religión/ filosofía/ carácter colectivo que se ubica entre el budismo y el islamismo. Ambos se enfrentan en una batalla espacial que los deja varados y con sus naves destruidas en un planeta inhóspito, Fyrine IV, páramo en el que llueven meteoritos y cuyos únicos animales son una especie de moluscos de tierra con un caparazón de tortuga y un monstruo subterráneo ultra horrendo que caza con un extenso apéndice símil probóscide que sujeta a la presa y la arrastra hacia arenas movedizas, por ello mismo la desconfianza inicial y las peleas explícitas de a poco van cediendo paso a un compañerismo que empieza siendo una solución oportunista para la supervivencia y después muta en amistad porque transcurren tres largos años y ellos continúan allí, a la espera de una expedición de rescate de cualquiera de los bandos en pugna. Los dos personajes aprenden el idioma y la cultura del otro pero cuando Davidge descubre una operación minera clandestina en una región alejada con respecto a su campamento, basada en mano de obra esclava de dracs, opta por callar la verdad porque Shigan está embarazado, algo que ocurre súbitamente llegada determinada edad de los alienígenas. Por el ataque de una de las criaturas subterráneas el dúo debe abandonar su precaria casa y huir hacia las montañas en medio de una tormenta de nieve, donde fallece Jeriba y nace ese verdoso vástago, Zammis (Bumper Robinson).

 

Más allá de la excelente música de Maurice Jarre, los esplendorosos diseños faciales de los dracs del genio de Chris Walas y un guión dinámico y amigable de Edward Khmara, aquel de Ladyhawke (1985), de Richard Donner, y Dragón: La Historia de Bruce Lee (Dragon: The Bruce Lee Story, 1993), de Rob Cohen, basado a su vez en la novela corta del mismo título de 1979 de Barry B. Longyear, los dos factores principales que sostienen y elevan exponencialmente a la película son el desempeño de Quaid y Gossett Jr., dos actores que históricamente han sido muy subvalorados y aquí hacen maravillas con sus personajes, y el humanismo paciente y meticuloso de un Petersen que vuelve a aplicar con eficacia -por última vez en su carrera, vale aclararlo- el tono narrativo impiadoso y al mismo tiempo cuasi spielbergiano de El Barco y La Historia sin Fin, esa mezcla de sadismo, melodrama, comedia light y realismo mainstream ampuloso que en esta ocasión le sirve para pensar desde la otredad antropológica una colección de temáticas que abarcan la comunicación, la distancia cultural, la naturaleza mancillada, la cofradía, la familia compuesta/ híbrida, la rivalidad, la ceguera política o bélica, la adopción y crianza, el aislamiento prolongado, la fe, el extractivismo capitalista, la locura, el afán de exploración, el sacrificio, la esclavitud y desde ya la paternidad, esta última apareciendo en pantalla gracias a la necesidad de Willis de criar en soledad al hijo del hermafrodita y protegerlo de seres humanos carroñeros y/ o parasitarios comandados por Stubbs (Brion James, un experto en villanos hollywoodenses de los años 80 y 90). El minimalismo antibelicista de la propuesta, como decíamos antes la última faena valiosa del director alemán, no fue comprendido por el público y la crítica de la época y mutó en blanco de un vilipendio prejuicioso, suerte de condena contra la ciencia ficción especulativa que ponía en la misma bolsa a todos los films similares justo como hoy en día se lleva adelante la operación inversa ensalzando los bodrios de las franquicias, por ello Enemigo Mío todavía no tiene llegada masiva y sigue en el campo del sci-fi de culto…

 

Enemigo Mío (Enemy Mine, Estados Unidos/ República Federal de Alemania/ Reino Unido, 1985)

Dirección: Wolfgang Petersen. Guión: Edward Khmara. Elenco: Dennis Quaid, Louis Gossett Jr., Brion James, Richard Marcus, Carolyn McCormick, Bumper Robinson, Jim Mapp, Lance Kerwin, Scott Kraft, Lou Michaels. Producción: Stephen J. Friedman. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 9