Psychokinesis (Yeom-lyeok)

Antihéroe de la clase obrera

Por Emiliano Fernández

A diferencia del cine chatarra hollywoodense de superhéroes y todos esos personajes intercambiables y anodinos destinados a la fauna de oligofrénicos que crían los androides de marketing de los grandes estudios yanquis contemporáneos, Psychokinesis (Yeom-lyeok, 2018) nos presenta una suerte de superhéroe del Tercer Mundo que sí lidia con problemas reales y que no se suma al bando de un Estado parcial y nauseabundo al servicio de los intereses capitalistas de siempre, más bien todo lo contrario ya que se abre camino como un adalid -agrietado y esencialmente pícaro- de la clase trabajadora contra la mafia empresarial y sus esbirros en el gobierno, los medios de comunicación y la policía de Seúl. El director y guionista surcoreano Yeon Sang-ho, conocido por Train to Busan (Busanhaeng, 2016) y hoy entregando su segunda película en live action luego de una muy interesante trilogía de animación nihilista compuesta por The King of Pigs (Dwae-ji-ui Wang, 2011), The Fake (Saibi, 2013) y Seoul Station (Seoulyeok, 2016), en buena medida se inspira en la sátira social de ciencia ficción de su compatriota y colega Bong Joon-ho, aquella implementada de manera sublime en The Host (Gwoemul, 2006), Snowpiercer (2013) y Okja (2017), esta última siendo distribuida mundialmente por Netflix al igual que la propuesta que nos ocupa.

 

Más allá de la dialéctica de los cómics y la comedia paródica pero con un sustrato comunal muy marcado, el film retoma el arquetipo de los antihéroes de izquierda -tan atribulados como paradójicos- de los spaghetti westerns y un esquema muy utilizado en el cine familiar de la década del 80, el centrado en la destrucción de los suburbios de las grandes ciudades para construir edificios de oficinas, malls insulsos, sucursales de megacorporaciones y diversos mamotretos semejantes que funcionan como monumentos al lucro y la fantochada mercantil más caníbal, por supuesto a expensas del sustento y las viviendas de los pequeños comerciantes, el lumpenproletariado y los habitantes en general de dichas áreas, que como en Milagro en la Calle 8 (Batteries not Included, 1987) no reciben la ayuda de ninguna autoridad (de hecho, si no fuera por la “intervención fantástica” estarían condenados a sucumbir bajo los escombros de las palas mecánicas). El catalizador de la transformación que padece Shin Seok-heon (Ryu Seung-ryong), un guardia de seguridad que gusta de robar café y papel higiénico de su trabajo, se resume en la caída de un meteorito que contamina una fuente de agua montañosa que va a parar a un manantial de un parque público, del cual bebe el susodicho y así adquiere una habilidad telequinética que le cambia la vida de golpe.

 

Ahora el vínculo entre el movimiento de resistencia okupa y el protagonista se da a través de la hija del hombre, Roo-mi (Shim Eun-kyung), una chica que él abandonó cuando era una niña -mitad por irresponsable y mitad por haber salido de garante de un amigo para un préstamo, lo que derivó en la necesidad de divorciarse- y con la cual recupera el contacto debido a la muerte de su ex esposa (Kim Yeong-seon), producto de un salvaje desalojo en el local de venta de pollo frito que tenían las dos mujeres en una zona marginal de Seúl, asimismo embargado por el Estado y licitado a una compañía constructora llamada Tae-san cuyo mecanismo de amedrentamiento favorito es mediante un ejército de matones con cascos y palos, todo para erigir un shopping center libre de impuestos para turistas chinos. Convertida en una de las líderes de los comerciantes desplazados que reclaman una mínima compensación, Roo-mi se embarca en una batalla contra el gigante de la corrupción inmobiliaria ayudada por un amigo, el abogado Kim Jung-hyun (Park Jung-min), y su padre, cuya flamante destreza para mover objetos con la mente demuestra ser una prodigiosa arma contra los secuaces de los cabecillas máximos de Tae-san, el Señor Min (Kim Min-jae) y la Directora Hong (Jung Yu-mi), una diletante de la desigualdad social.

 

La película saca un enorme partido de su marco retórico principal, léase un costumbrismo mundano, antielegante, astuto y desvergonzado que enfatiza el carácter entre apático y cargado de sabiduría callejera de Seok-heon, quien sin embargo no duda ni un segundo en proteger a su primogénita frente a las violentas arremetidas de Tae-san: aquí la denuncia de la connivencia del gran capital con otros actores sociales incluye al Estado (el aparato judicial está postrado ante la compañía), los medios de comunicación (los manifestantes únicamente reciben apoyo de una pequeña cadena local, mientras los medios masivos se la pasan demonizando al protagonista de manera hiper burda diciendo que es un terrorista de Corea del Norte) y las “simpáticas” fuerzas de seguridad (la policía -como siempre- sólo sirve para reprimir y hasta resulta indistinta con respecto a los sicarios de la empresa constructora). De hecho, y como decíamos antes, la propia Directora Hong le aclara a Seok-heon que los que retienen el poder son una especie de aristocracia que controla a todo el país en su conjunto vía una vasta red de influencia, por lo que él debería aceptar su lugar como un esclavo más y nunca pretender ser un defensor de los oprimidos por este sistema de la inequidad y la injusticia eternas que destruye todo lo que se interpone en su camino.

 

Sin caer jamás en la caricatura lisa y llana o esos reduccionismos conceptuales dignos del Hollywood pueril e insípido de nuestros días, la historia nos presenta personajes muy bien desarrollados en función de su idiosincrasia y peculiaridades, en una colección sin igual que abarca desde las hilarantes caras que pone Ryu para los esfuerzos telequinéticos de Seok-heon, pasando por la militancia aguerrida de Roo-mi y la buena predisposición legal de Jung-hyun, y finalizando en el cinismo sonriente y maquiavélico de Min y Hong, un par de villanos crueles y cobardes adeptos a “solucionar” cualquier inconveniente a través del soborno y/ o la coerción. En este sentido, Yeon logra por un lado un desempeño excelente y muy parejo de todo el elenco y por el otro que los maravillosos CGIs estén al servicio de la narración y no al revés, precisamente el estándar del cine pomposo de las últimas tres décadas; lo que por cierto termina de redondear un trabajo que funciona como un antídoto contra las franquicias conservadoras actuales ya que revigoriza la capacidad del séptimo arte para interpelar al presente social, para cuestionar a los oligarcas que hegemonizan la economía y la política y en suma para ofrecer un genial exponente del entretenimiento masivo bien entendido, ese orientado a un inconformismo de lo más honesto y explícito…

 

Psychokinesis (Yeom-lyeok, Corea del Sur, 2018)

Dirección y Guión: Yeon Sang-ho. Elenco: Ryu Seung-ryong, Shim Eun-kyung, Park Jung-min, Kim Min-jae, Jung Yu-mi, Kim Yeong-seon, Yoo Seung-mok, Lee Jeong-eun, Ye Soo-jung, Tae Hang-ho. Producción: Kim Yeon-ho. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 9