Saga Zombie de George A. Romero

Antropofagia política y otras beldades

Por Emiliano Fernández, Ernesto Gerez y Enrique D. Fernández

Introducción, por Emiliano Fernández:

Duele reconocerlo pero a los pioneros se los suele tratar muy mal, ya sea que hablemos del arte en general, el cine en particular o cualquier otro ámbito social en el que el corporativismo de siempre y la tendencia al conservadurismo comercial -las dos reglas por antonomasia del capitalismo contemporáneo- hagan que aquellos que propongan algo mínimamente novedoso o reformulen conceptos de antaño terminen condenados al olvido, la marginación y -en el mejor de los casos- al martirio del “cuesta arriba” para mantenerse en el rubro que aman y/ o eligieron desempeñarse profesionalmente (vale aclarar que no nos referimos a aquellos que nadan contra la corriente, esos por lo general ni siquiera llegan a conocer de frente la dialéctica del mercado…). Nuestro querido -y recientemente fallecido- George A. Romero ejemplifica de maravillas por un lado la obsesión de la industria cinematográfica con los arquetipos más vetustos y por el otro su tendencia a fagocitar aquello que resulta exitoso, despojar de todo mérito al responsable máximo del triunfo en cuestión y luego transformar al sustrato novedoso en un nuevo cliché, aunque ahora destilado de toda la carga aguerrida, “polémica” e inconformista del pasado: el director y guionista neoyorquino alcanzó una notoriedad underground con su ópera prima Night of the Living Dead (1968) y progresivamente trató de construir una carrera dentro del terror pero conservando su libertad e independencia, frente a lo cual el mainstream se limitó a darle proyectos por encargo y casi nunca financiar los films que el susodicho realmente deseaba encarar. Como resultado nos tuvimos que conformar, a lo largo de una carrera que abarcó más de 40 años, con una serie de secuelas muy interesantes de aquel hit inesperado de comienzos de su devenir profesional, todas a su vez intercaladas con joyas más o menos ocultas como The Crazies (1973), Martin (1978) y Creepshow (1982), ésta última prácticamente la única película en verdad prodigiosa que el realizador nos regaló trabajando en el sistema hollywoodense de estudios. Desde ya que asimismo hubo opus dignos como Knightriders (1981), Monkey Shines (1988) y hasta The Dark Half (1993), sin embargo en todo momento quedó sobrevolando el fantasma de una carrera trunca que no dio todo lo que podría haber ofrecido si hubiese tenido la oportunidad, una chance por cierto negada por los diletantes de la lógica de la repetición y el refrito sin fin (los popes de los estudios de otros tiempos fueron mutando en la fauna marketinera descerebrada que controla hoy por hoy el brazo más poderoso de la industria cultural norteamericana). En una de esas tristes ironías del destino, marcada por una época en la que los zombies son sinónimo de éxito gracias a la enorme popularidad de The Walking Dead y sus corolarios/ duplicados, una serie de AMC que -respetando las premisas del reciclaje y la destilación de todo rasgo políticamente cargado- redujo en buena medida el tópico al esquema del melodrama apocalíptico tradicional, a decir verdad Romero pasó sus últimos años no sólo retirado de la vida pública sino también sumido en el más injusto de los olvidos. El gran consuelo que nos deja una trayectoria malograda de estas características es el examen crítico de la única vertiente que el neoyorquino pudo trabajar en profundidad a lo largo de sus años en actividad, léase la centrada en la exquisita saga de los muertos vivos que repasaremos a continuación, esa compuesta por la citada Night of the Living Dead, Dawn of the Dead (1978), Day of the Dead (1985), Land of the Dead (2005), Diary of the Dead (2007) y Survival of the Dead (2009): Metacultura aportará en las siguientes líneas un análisis que pretende sumar un granito de arena para que la figura de Romero alcance algún día la estatura que merece tanto en el séptimo arte como en su rol -mucho más macro a nivel cultural- de satirista de la idiosincrasia, la política, la sociedad, la economía y los delirios varios de su país, ese que siempre vio con ojos críticos y muy sardónicos hasta el punto de enriquecer al horror y trastocarlo en una suerte de “campo de batalla” discursivo contra la derecha más reaccionaria y estúpida, la cual hasta el día de la fecha continúa en el poder.

 

Night of the Living Dead (1968), por Emiliano Fernández:

Cuando Night of the Living Dead (1968) llegó a las pantallas estadounidenses el subgénero zombie no existía y las referencias a los muertos vivientes se limitaban al terreno de las maldiciones vudú en sintonía con I Walked with a Zombie (1943) y White Zombie (1932), un panorama que paulatinamente fue revolucionado por la ópera prima de Romero, quien no sólo patentó la fórmula en cuestión (pobres tipos resucitados que andan por ahí tambaleándose en pos de saciar su apetito caníbal), sino que además reinventó en buena medida al terror en su conjunto al poner de manifiesto la potencialidad siniestra que escondían las “personas comunes” en función de su paranoia, su egoísmo, su proverbial necedad y la frustración subyacente al microcosmos mundano que habitan (los monstruos y las grandes gestas del género en su versión hollywoodense clásica, con todos sus detalles pomposos/ coloridos/ cíclicos, se vienen abajo por la intervención de lo imprevisto dentro del enclave del hogar, un esquema que destruye certezas, se fagocita a las familias y deja en una cuerda floja a la ética frente al maquiavelismo del “sálvese quien pueda”, es decir, el más competente…). Más allá de las semejanzas con I Am Legend, la también mítica novela de 1954 de Richard Matheson, la premisa de base cuenta con peso propio porque funciona como un excelente ejemplo de proto espanto claustrofóbico a escala reducida, sin hacer ninguna concesión que le regale una catarsis al espectador: lo que comienza como un ataque misterioso en un cementerio de una zona rural de Pennsylvania, por parte de un señor un tanto “atrofiado” contra los hermanos Barbra (Judith O’Dea) y Johnny (Russell Streiner), pronto deriva en la muerte de éste último y la huida desesperada de la mujer hacia una casona bucólica de dos pisos, dentro de la cual se encierra en soledad hasta la llegada de Ben (Duane Jones), un afroamericano que también viene escapando de la arremetida de lo que parece ser una horda de muchachos antropófagos. Mientras ella se debate entre la catatonia y la locura, él fortifica puertas y ventanas con maderas a la espera de que alguien venga a rescatarlos, circunstancia que a su vez pavimenta la sorpresa que el interior del inmueble tiene para ofrecerles: de repente se aparecen en la planta baja el cuarentón Harry (Karl Hardman) y el adolescente Tom (Keith Wayne), dos hombres que están atrincherados en el sótano, el primero un burgués miserable casado con Helen (Marilyn Eastman) y con una hija convaleciente, Karen (Kyra Schon), tras ser mordida por uno de los cadáveres caminantes, y el segundo un joven bastante sensato acompañado por su novia Judy (Judith Ridley). El guión de John A. Russo y el propio Romero juega con lo que vendría a ser el conflicto entre una derecha boba y especuladora, representada por Harry, y una izquierda volcada a sopesar detenidamente el problema y encontrar una solución que implique salvar a la totalidad del grupo, representada en Ben: si por un lado la obsesión de Harry con encerrarse en el sótano puede leerse como otro aspecto de la soberbia agorafóbica, suicida y demencial de gran parte de los sectores reaccionarios del período, por el otro lado la estabilidad psicológica de Ben, y su táctica de dar batalla y tratar de emigrar hacia otros rumbos para escapar de esa “ratonera”, es lo más parecido al progresismo combativo de aquellos años. En este sentido, aquí el realizador suprime sabiamente a Barbra (quien se comporta como una mujer común, entrando en pánico/ shock) y coloca a la mezquindad de Harry en contraposición a la pujanza de Ben, amén de la valentía detrás del hecho de enarbolar como antihéroe a un negro en un mainstream que apenas estaba empezando a dejar en el pasado la segregación y el ninguneo racista para con cualquiera que no fuera un blanquito anglosajón. Night of the Living Dead se hace un verdadero festín apuntalando una amenaza cuya identidad colectiva y difusa bordea el apocalipsis (el “afuera” toma la forma de transmisiones radiofónicas y televisivas que especulan sobre la posible causa de la debacle, en especial la radiación de una sonda espacial que llegó de Venus) y hasta nos permite elegir -entre una multiplicidad de actores y modalidades sociales- el sustrato metafórico en cuestión al que supuestamente se haría referencia (los zombies pueden ser interpretados como un coletazo de lo más vasto del estallido político de fines de la década del 60, aquel que tuvo de protagonistas al feminismo, los derechos civiles de las minorías, el hippismo, la oposición contra la Guerra de Vietnam, la experimentación con drogas, la efervescencia del Tercer Mundo, la vida en comunas, el arte contracultural, el ascenso/ entronización de la juventud, la violencia política en distintos estratos sociales, la crisis de las tradiciones y el clero, la contraofensiva fascista de los servicios de inteligencia y el estado norteamericano en general, etc.). Considerando el carácter ultraindependiente de la propuesta en sí, llama la atención el muy buen nivel que consigue el director en los rubros técnicos y la inusitada potencia discursiva de la historia, siempre enmarcada en un nihilismo que termina de asomar su cabeza en el extraordinario desenlace, cuando la presencia de las brigadas policiales/ civiles -conformadas por amigos de la represión, algo de white trash y esos fanáticos de las armas que aprovechan el alboroto para salir de cacería- alcanza su verdadero significado en el asesinato final, típico producto de la estupidez ciega de la derecha en el poder y sus cómplices populares por acción u omisión. Otro correlato del convite es la estructuración de lo que será de allí en más el género distópico/ apocalíptico en su vertiente volcada al horror, léase la lucha incesante entre distintas facciones de los humanos en primera instancia y entre todos ellos y los artífices del desastre en segundo lugar, sean éstos del tenor que sean. La atmósfera angustiante, un realismo casi histérico, el acecho que no cesa, la impiedad del gore, el rigor severo del relato y los ecos patéticos cotidianos son algunos de los ingredientes que convirtieron a la película en un opus legendario del séptimo arte, el cual sólo sería equiparado a futuro por Dawn of the Dead (1978), la otra gran obra maestra de Romero en una carrera que tuvo a la inteligencia y la militancia independiente de izquierda como sus preceptos de cabecera.

 

Night of the Living Dead (Estados Unidos, 1968)

Dirección: George A. Romero. Guión: George A. Romero y John A. Russo. Elenco: Duane Jones, Judith O’Dea, Karl Hardman, Marilyn Eastman, Keith Wayne, Judith Ridley, Kyra Schon, Russell Streiner, George Kosana, Frank Doak. Producción: Russell Streiner y Karl Hardman. Duración: 96 minutos.

 

Dawn of the Dead (1978), por Ernesto Gerez:

No estaba en los planes de Romero realizar una secuela de Night of the Living Dead como no estaba en sus planes iniciales ser un director ligado al horror y convertirse en el padre del zombie moderno. Su aproximación a la historia de Dawn of the Dead se da unos años antes de la filmación, en una etapa en la que Romero había vuelto a trabajar en publicidad luego de una seguidilla de películas con las que no había tenido el éxito que había cosechado con Night of the Living Dead (a partir de aquí NOTLD). A mediados de los 70, mantuvo una reunión en un shopping center de Monroeville, Pensilvania, con un empresario que tenía oficinas en aquel establecimiento. Fue allí, en uno de los primeros malls de Estados Unidos, donde, desconcertado ante la magnitud de tal nido de tiendas, se le prendió la lamparita que degeneraría en las aventuras de los cuatro forajidos escapistas (Gaylen Ross/ Francine, David Emge/ Stephen, Ken Foree/ Peter y Scott Reiniger/ Roger). La idea original involucraba una reformulación del génesis con un Adán y una Eva atrapados en esa súper galería en un mundo postapocalíptico. Finalmente, sólo quedó el germen de aquel proyecto y la idea mutó en la secuela que nos ocupa. Uno de los artífices fue nada más y nada menos que el maestro Dario Argento, quien convenció a Romero de materializar el guion, además de ser responsable, junto a su hermano, de conseguirle una parte importante de los fondos para ejecutarlo a cambio de quedarse con la distribución europea. La película comienza en un estudio de televisión donde a pesar de estar en medio de la catástrofe zombie, los directivos continúan tratando de generar rating a como dé lugar. Es de allí que huyen Francine y Steven en el helicóptero del canal. A su huida se unen dos militares -Peter y Roger- que escapan de una represión a un monoblock plagado de negros y latinos donde Romero vuelve a exponer los problemas raciales (además, claro, de que vuelve a utilizar un héroe negro). Los cuatro protagonistas huyen del corazón de dos de los resortes opresivos del estado: los medios de comunicación masivos y las fuerzas de seguridad. Las dos parejas, luego de cargar combustible y cruzarse con algunos icónicos zombies marca registrada de Romero y la leyenda viviente Tom Savini (aquí actor, stuntman y encargado del maquillaje zombie), llegan al mencionado shopping center donde el realizador despliega sus conceptos centrales de esta continuación de su idea del 68. Por un lado, su alegoría sobre el consumismo, y, por el otro, su reformulación de un tipo de cine de zombies que él mismo creó: la oscuridad de NOTLD dará acá lugar al slapstick; las criaturas de Romero no sólo serán desagradables seres come carne con pinta de linyera sino que formarán parte de la comedia física que propone el director anticipando la catarata de producciones de comedy horror que llegarán una década después. Porque así como Dan O’Bannon en su divertida y tremenda Return of the Living Dead (1986) reconfiguró al zombie moderno al hacerlo más rápido e inteligente, Romero ya había preconfigurado la comedia zombie varios años antes. De todos modos, el humor presente no resta tensión ni brutalidad, y las licencias que se toma Romero en contraste con el tono serio de la original nunca afectan su constante espíritu crítico y su permanente puesta en escena de su ideario político, siempre adherido a sus decisiones estéticas y narrativas. Una muestra de ello es la muerte de Steven, quien fallece por defender la propiedad privada en medio de un saqueo al shopping ideado por una banda de motoqueros. Propiedad privada vaciada de sentido por la distopía romeriana pero que aún mantiene su valor simbólico. Los pendencieros motorizados -con los mostachos de Savini a la cabeza- están representados, en parte, por un capítulo real de motoristas americanos, así como también son vecinos reales los rednecks armados que aparecen cuando los cuatro protagonistas sobrevuelan un descampado; vecinos que decidieron llevar sus propias armas al set. Sendas cuestiones aportan cierto aire de cine mondo al festín de violencia zombie y ratifican el punto de vista de Romero presente en NOTLD: el enemigo es el vecino, el problema no son los muertos sino los vivos. Como bien señala Jamie Russell en su fundamental guía de cine zombie, Book of the Dead (2005), en Dawn of the Dead se representa el triunfo final de la carne sobre la razón; el “disparen a la cabeza” que repiten diferentes actores legitimando la regla asentada en NOTLD diez años antes, lo simboliza a la perfección. Así como NOTLD cambió al cine de horror y al cine de explotación para siempre (tal vez, de una manera similar a como lo cambió Psycho de Alfred Hitchcock, película referenciada en NOTLD cuando la niña mata a su madre), Dawn of the Dead, a su manera, fue una película fundamental  para el cine de horror de la década del 80. Incluso Savini anticipa al machete de Friday the 13th en uno de los segmentos del saqueo al shopping que incluye además, entre otras escenas memorables, una guerra de pasteles entre la pandilla motorizada y los muertos vivientes. Desenfado, desfachatez, horror y humor en estado puro.

 

Dawn of the Dead (Estados Unidos/ Italia, 1978)

Dirección y Guión: George A. Romero. Elenco: David Emge, Ken Foree, Scott H. Reiniger, Gaylen Ross, David Crawford, David Early, Daniel Dietrich, James A. Baffico, Fred Baker, Richard France. Producción: Richard P. Rubinstein. Duración: 127 minutos.

 

Day of the Dead (1985), por Enrique D. Fernández:

Después de las libertades artísticas que pudo tomarse con Knightriders (1981) y Creepshow (1982), Romero finalmente encontraría el escenario perfecto para retomar su universo de los muertos vivos. En Day of the Dead el realizador abandona el conflicto colorido de la entrega anterior (la masividad del capitalismo) para acercarnos al proceder de las entidades que dominaban el escenario político de los ochenta. La pandemia permanece en la superficie mientras un grupo reducido de sobrevivientes convive en una base subterránea con científicos y soldados debatiendo la manera de enfrentarse a la catástrofe de los resucitados. Como es costumbre en estas situaciones, estas personas deberán soportar los síntomas de la paranoia (ese componente alarmante que condiciona a la sociedad norteamericana) que se termina filtrando entre los ocupantes para alborotar la conformidad que prevalecía. A medida que los alimentos y las municiones comienzan a escasear se incrementa la tensión entre los refugiados, mientras los muertos vivos se propagan por los interiores de una Florida devastada. Los contenidos vinculados al racismo y el consumo, presentes con anterioridad en Night of the Living Dead (1968) y Dawn of the Dead (1978), son alternados por el militarismo que alumbraba a las producciones conservadoras que estaban atravesadas por la ideología de la etapa política de Ronald Reagan. Por lo tanto el discurso opositor instalado por Romero se concentra en el personaje femenino que debe enfrentarse al machismo impuesto por el patriotismo americano. El desarrollo lucha contra las convenciones asentadas en el circuito comercial y desprestigia a las entidades del gobierno. Estas cuestiones ya habían sido desplegadas en The Crazies (1973), donde la narrativa anarquista del cineasta denotaba un carácter más rabioso y menos introspectivo. La película se reserva las mutilaciones para el desenlace, mientras concentra su argumento en las diferencias de estos individuos por un lado y las decisiones que consideran para sobrevivir por el otro (el conflicto principal se encuentra entre las ambiciones de un científico intentando adiestrar a los zombies y las directivas de un mercenario desaforado). Una de las características que enaltece al film es que Romero no se interesa por sobresaltar al espectador, sino que sus intenciones son angustiarlo demostrando la incapacidad para sobrevivir de estas personas, considerando a los individuos que son despojados de su habitual entorno capitalista como potenciales genocidas (el hermetismo del escenario nuevamente ratifica la eficacia de Romero a la hora de desarrollar a sus personajes en situaciones desesperantes). De esta manera podemos concluir que si los cadáveres ambulantes de Dawn of the Dead simulaban al esclavo capitalista típico de los setentas, los de Day of the Dead encarnan al comunista infiltrado entre los americanos durante el bienestar económico de las corporaciones y sus empresarios. El estreno acontece durante una década oportuna para concientizar sobre la incorrección política que dominaba a la industria. Los resultados convierten a la cinta de Romero en otro de los trabajos que se opusieron al estilo reaccionario de los ochenta, junto a obras maestras como Robocop (1987) y They Live (1988). A diferencia de los episodios anteriores, Day of the Dead demuestra con un remarcado sarcasmo que el intelecto de Romero nuevamente evoluciona para acercarnos al componente degradante que representan los humanos uniformados defensores del clientelismo fascistoide.

 

Day of the Dead (Estados Unidos, 1985)

Dirección y Guión: George A. Romero. Elenco: Lori Cardille, Terry Alexander, Joseph Pilato, Jarlath Conroy, Anthony Dileo, Richard Liberty, Sherman Howard, Gary Howard Klar, Ralph Marrero, John Amplas. Producción: Richard P. Rubinstein. Duración: 96 minutos.

 

Land of the Dead (2005), por Enrique D. Fernández:

Veinte años después de Day of the Dead (1985), encontramos un panorama definido por las fórmulas instantáneas que impusieron los blockbusters del nuevo milenio, sin embargo Romero consigue abandonar la temporada de inactividad que estaba padeciendo gracias al éxito de la remake de Dawn of the Dead (2004) en manos de Zack Snyder y sus muertos vivos acelerados. El subgénero de los zombies nuevamente se consideraba redituable para el circuito comercial, por lo que los productores se interesaron en acercarle al director la oportunidad de concebir Land of the Dead. En esta oportunidad tenemos a un Romero alejado del realismo de The Night of the Living Dead pero que no descuida el ingrediente contestatario y nos acerca a una segunda trilogía compuesta por títulos inferiores a los originales, aunque interesantes en varios sentidos. Tal como como lo había definido en las instancias anteriores, donde demostraba las diferencias de los individuos en términos de convivencia, Romero nuevamente enriquece el desarrollo con una contienda donde quienes en realidad se enfrentan son los humanos entre sí, y donde los zombies terminan funcionando como un complemento fantástico. En esta cuarta entrega Romero condiciona un terreno postapocalíptico donde la presencia de los muertos es consensuada por los humanos, quienes adoptaron una sociedad que prevalece mediante normas de convivencia amparadas por el régimen capitalista. En esta nueva fabula romeriana los empresarios sobrevivieron a la hecatombe y disponen de un rascacielos amurallado que es comandado por un magnate despreciable encarnado por Dennis Hopper, y que se convierte en el verdadero antagonista de la historia. También sobresale una contienda étnica entre los desamparados que son discriminados por los inquilinos aburguesados y condenados a sobrevivir en villas de emergencia. Con estos recursos Romero instala un escenario carpenteriano, el cual comparte similitudes con las normas que separaban a los marginales de los civilizados en Escape from New York (1981). Land of the Dead es sin duda el capítulo con más carga ideológica de la saga, considerando los sustentos sociales, políticos y culturales que el argumento desparrama mediante personajes definidos y situaciones que parodian algunos de los sucesos más relevantes de la administración de George W. Bush. Una de las críticas más notables se encuentra en el personaje que lidera la sublevación de los zombies, representada por un proletariado afroamericano que se manifiesta luego de que un grupo de mercenarios invadieran el suburbio que estos ocupaban y masacraran a los muertos ambulantes: este conflicto provoca la movilización de los zombies hasta la ciudad para desatar la invasión (en una clara referencia a los atentados de las Torres Gemelas). La película nunca abandona su alegoría frente a la guerra contra el terrorismo, y no es un dato menor que el personaje de Hooper esté inspirado en Donald Rumsfeld, el Ministro de Defensa responsable de la política de seguridad durante el mandato de Bush. A pesar de todas las demandas del director, la cinta nunca se convierte en un trabajo sobrecargado y el atractivo comercial de Land of the Dead no desentona con la atmósfera pesimista, por lo que Romero consigue adaptarse a los cánones industriales sin olvidar el condimento contracultural que lo caracteriza.

 

Land of the Dead (Estados Unidos/ Francia/ Canadá, 2005)

Dirección y Guión: George A. Romero. Elenco: Simon Baker, John Leguizamo, Dennis Hopper, Asia Argento, Robert Joy, Eugene Clark, Joanne Boland, Tony Nappo, Jennifer Baxter, Boyd Banks. Producción: Mark Canton, Bernie Goldmann y Peter Grunwald. Duración: 93 minutos.

 

Diary of the Dead (2007), por Ernesto Gerez:

“Estás filmando un diario de la crueldad”, le dice Andrew (Scott Wentworth), profesor de cine, a su alumno Jason (Joshua Close), quien filma una película dentro de la película dentro de otra película. Porque en el inicio de Diary of the Dead, un grupo de estudiantes de la universidad de Pittsburgh está filmando una película de horror de bajo presupuesto cuando se enteran que una invasión zombie comienza a desatarse. Es en ese punto que Jason al tener que dejar de filmar su ficción dentro de la ficción, comienza a rodar el falso found footage que unifica las tres capas y que termina siendo editado por la final girl que, a su vez, es la voz en off que nos introduce en el relato. Romero se adentra en una nueva era del horror que cambió el punto de vista omnisciente por el subjetivo. Momento histórico que supo tener su boom con The Blair Witch Project (1999) y que rigió al género durante la década del 2000 junto con la porno tortura (al menos si hablamos de hits de audiencia). Sin embargo, este boom tiene sus raíces en el cine mondo y sus derivados, cine del que ya se nutría, a la vez que también generaba oblicuamente, el propio Romero. El padre de los zombies no utiliza los mecanismos del found footage sólo para vampirizarlo sino, como era de esperarse, para criticarlo. De ahí la frase del profesor -representante de la vieja escuela- sobre la crueldad. Por suerte, al ser estudiantes de cine los que supuestamente filman para documentar la catástrofe, se nos evitan los planos temblorosos de los improvisados de siempre. Pero no todos son planos subjetivos, al inicio y a los treinta minutos de película, vemos fragmentos de noticieros comentando el desmadre, berretín de cinema verité ya utilizado en Night of the Living Dead y en Dawn of the Dead; y yeite que trata de acercar a Diary of the Dead, al menos en espíritu, al corpus romeriano más primitivo. Los medios de comunicación son tan fundamentales para el director que abre la película con el detrás de cámaras de un móvil de noticias. El realizador trabaja el metalenguaje con una dinámica similar a la empleada por Wes Craven en New Nightmare o incluso en Scream. A su vez, que sea un grupo de jóvenes estudiantes en una camioneta los que atraviesan una aventura de fin de (su) mundo, la acerca al slasher de los años setenta y ochenta. Sin embargo, no es un homenaje explícito a ese horror; de hecho, los jóvenes representan cabalmente a los jóvenes del año de la realización de la película e incluso se adelanta al mundo actual presidido por el celular y las redes sociales; donde tiene el mismo valor ver el mundo a través de los ojos que a través de una pantalla. Otra frase que resuena fuerte en la película y que se repite varias veces es “si no lo filmás, nunca sucedió”. Romero es acá un representante del mundo material anticipando el triunfo del mundo virtual sobre el fisiológico. Sin ser una genialidad, Diary of the Dead tiene las suficientes capas de complejidad para ser una digna parte de la más importante saga de horror de la historia del cine.

 

Diary of the Dead (Estados Unidos, 2007)

Dirección y Guión: George A. Romero. Elenco: Todd Schroeder, Laura de Carteret, Amy Lalonde, Martin Roach, Joshua Close, Joe Dinicol, Michelle Morgan, Shawn Roberts, Philip Riccio, Tatiana Maslany. Producción: Sam Englebardt, Peter Grunwald, Ara Katz y Artur Spigel. Duración: 95 minutos.

 

Survival of the Dead (2009), por Emiliano Fernández:

El último e hilarante eslabón de la saga de los cadáveres caminantes de Romero, Survival of the Dead (2009), una entrada que a su vez se convertiría en su proyecto final, es una propuesta que nos retrotrae a los orígenes del cineasta porque en esta ocasión deja de lado definitivamente los presupuestos más o menos generosos con los que contó durante las décadas previas para garantizar que no haya ninguna interferencia del mainstream y así sentirse libre de redondear un trabajo de marcado espíritu clase B destinado sólo a los fanáticos de su obra… para el resto del público -mayormente reaccionario y poco imaginativo- la ensalada puede resultar muy difícil de digerir ya que aquí el neoyorquino combina la comedia, el western y el horror, construyendo otra sátira fulminante de los Estados Unidos. En esta oportunidad la ironía apunta a los pequeños feudos del interior, esas geografías lejanas que parecen escapar a la lógica autodestructiva de la metrópoli pero que siempre terminan convirtiéndose en un modelo a escala con ribetes fundamentalistas y a veces hasta aún más delirantes. La aventura se centra en un conflicto de larga data entre los dos patriarcas que controlan la Isla Plum, situada en la costa de Delaware, un paraje inhóspito aunque igualmente atravesado por la epidemia zombie: mientras que Patrick O’Flynn (Kenneth Welsh) considera que lo “más sensato” es pegarles un buen tiro a los señores de ultratumba, Seamus Muldoon (Richard Fitzpatrick) en cambio opina que es “más humano” dejarlos encadenados por ahí en espera de una cura a futuro. Por supuesto que con un arsenal de por medio nunca se iban a poner de acuerdo, situación que deriva en un exilio compulsivo hacia el continente para O’Flynn y su séquito, quienes en las semanas siguientes se dedican a la caza de incrédulos vía un video en Internet -casi de tono turístico- que promete un oasis insular alejado de los muertos vivientes. Aquel pelotón circunstancial que robaba a los protagonistas de Diary of the Dead (2007) hoy se transforma en el elemento unificador del relato cuando cuatro miembros desertores de la Guardia Nacional, comandados nuevamente por el Sargento Crockett (Alan Van Sprang), caen en la trampa del “viejo zorro” y eventualmente se suman a su proyecto de recuperar la isla, vengarse de Muldoon y refugiarse del caos. Con un ritmo frenético y personajes estupendos, la película reflexiona acerca de los distintos clichés de los géneros trabajados a la vez que profundiza la clásica dialéctica de las luchas fratricidas y su esquema sustentado en el ciclo eterno del agravio, la revancha y la contraofensiva, tomando al exilio y la invasión como las dos caras de la misma moneda en lo que atañe a las disputas intra nacionales. Sin lugar a dudas los intereses del realizador han ido mutando con el transcurso del tiempo: en Night of the Living Dead (1968) objetó la participación norteamericana en la Guerra de Vietnam y examinó el fantasma de la contracultura y los derechos civiles a ojos de la derecha, en la legendaria Dawn of the Dead (1978) lanzó sus dardos contra el consumismo hueco contemporáneo y la cultura de la obsolescencia, en Day of the Dead (1985) ridiculizó el militarismo fascistoide/ reaganeano de la década del 80 y en Land of the Dead (2005) atacó los embates imperialistas del clan Bush en Medio Oriente y la partición en clases sociales férreas -sin posibilidad de ascenso para los sectores populares- que propone el capitalismo ad infinitum. Claramente el tono severo de la trilogía inicial contrasta con el más distendido de la segunda etapa, en donde el humor se vuelve un fetiche discursivo en un período en el que el mainstream incorporó por completo las fórmulas que supo patentar Romero, pero destilándolas de toda virulencia política y trastocándolas hacia un pantallazo existencial muy light en torno a esa degradación generalizada que las debacles ponen en primer plano. Como ocurría en Diary of the Dead para con el enclave de los medios de comunicación y el mockumentary, aquí el retrato del egoísmo, la cobardía y la deshumanización se une a una estructura sarcástica que traza analogías en función de una serie de motivos juzgados paradigmáticos; de este modo predomina el western clásico en términos narrativos con zombies que actúan como indígenas sin voz ni voto, un antihéroe -Crockett- con un corazón de oro, una camarilla de secundarios pintorescos y una igualación entre O’Flynn y Muldoon en lo que respecta a las barbaridades varias que cometen a lo largo del relato (el primero está cegado por la venganza y se lleva puesta a toda su familia en el camino, y el segundo prometía humanizar a los antropófagos no obstante rápidamente termina cosificándolos e intentando “domesticarlos” para lograr que -además de los apetitosos seres humanos- los susodichos coman animales, por fin dando de baja al canibalismo del subgénero). Romero sabe de sobra lo que quiere y por ello toma prestados los cimientos primordiales de The Big Country (1958) de William Wyler con el objetivo de metamorfosearlos en una batalla magistralmente patética entre dos facciones -tan bobas como hipócritas- que parecen seguir la senda de los republicanos (Muldoon) y los demócratas (O’Flynn). Aquí la alimentación, vinculada a esa “supervivencia” de los difuntos a la que hace referencia el título, adquiere preponderancia en este duelo nocturno en el que hombres y mujeres son reducidos a ganado con el cual experimentar, siempre presos en un corral, asesinados a mansalva o condenados a repetir en un loop -y con cadenas en sus pies- las mismas tareas que hacían cuando estaban vivos. Survival of the Dead es una gran coda para una carrera extraordinaria marcada por las batallas de Romero en pos de mantener su independencia y conseguir financiamiento para sus proyectos, muchos de los cuales se cayeron por la mediocridad y el conservadurismo comercial de buena parte de la industria cinematográfica estadounidense, la cual lo ninguneó a más no poder y nunca terminó de aceptar su honestidad, perspicacia e inconformismo en una época consagrada a la nostalgia infantil y acrítica más descartable.

 

Survival of the Dead (Estados Unidos/ Canadá, 2009)

Dirección y Guión: George A. Romero. Elenco: Alan Van Sprang, Joshua Peace, Hardee T. Lineham, Dru Viergever, Eric Woolfe, Shawn Roberts, Scott Wentworth, Amy Lalonde, Michelle Morgan, Joshua Close. Producción: Paula Devonshire. Duración: 90 minutos.