Trilogía del Engaño de David Mamet

Apariencias rasgadas

Por Emiliano Fernández

David Mamet es uno de los más despampanantes dramaturgos, guionistas y escritores que haya dado la cultura norteamericana, un intelectual con todas las letras que ha hecho de la complejidad y la variedad de su producción sus marcas formales más valiosas y constantes. Si bien toda su carrera es muy interesante, bien podemos concentrarnos en la dimensión cinematográfica como aquella que condensa -y a veces hasta logra amplificar- los aspectos más relevantes de sus otras dos facetas, la teatral y la literaria, ya que el séptimo arte cuenta desde siempre con una capacidad formidable de resumen y justo en el caso de Mamet el señor parece también considerarlo así debido a la enorme amplitud de sus trabajos en el medio, ya sea ofreciendo guiones en proyectos dirigidos por terceros o encarando él mismo desde la dirección odiseas propias, a su vez basadas en puestas teatrales preexistentes o en historias originales para la gran pantalla. Centrándonos exclusivamente en su labor como realizador, sin duda sobre la que tuvo la oportunidad de ejercer el mayor control creativo posible y por ello mismo la que se abre camino como la más rica/ gratificante/ personal de su factoría, a continuación analizaremos las tres mejores obras del estadounidense en dicho rubro, léase sus tres primeras y extraordinarias películas como cineasta, Casa de Juegos (House of Games, 1987), Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) y Homicidio (Homicide, 1991), cúspides de una trayectoria que de todas formas incluye opus exquisitos como Oleanna (1994), Prisionero del Peligro (The Spanish Prisoner, 1997), El Honor de los Winslow (The Winslow Boy, 1999), Cuéntame tu Historia (State and Main, 2000), Un Plan Perfecto (Heist, 2001), Búsqueda Desesperada (Spartan, 2004), Cinturón Rojo (Redbelt, 2008) y Phil Spector (2013). Las tres películas elegidas adoptan un esquema narrativo minimalista que luego sería en parte dejado de lado por Mamet en favor de los engranajes más clásicos de los thrillers de suspenso, las epopeyas de espionaje, las sátiras masivas, las propuestas de acción y hasta los retratos históricos, más algún que otro drama muy vinculado al “teatro filmado”; de allí se extraen/ comprenden la furia y pureza iniciales del presente trío de films, los cuales fácilmente podemos catalogar como una Trilogía del Engaño por su fascinante obsesión con la identidad en proceso de metamorfosis, el enigma apenas disimulado, las apariencias rasgadas, los dilemas procedimentales que padecen los sujetos y la reproducción automática de sus prejuicios, especie de marco compartido/ social que deriva en paradojas de todo tipo y diminutas crisis existenciales como las exploradas en las tramas. Aquí el director y guionista recurre al eficaz Joe Mantegna como protagonista, a secundarios de peso como William H. Macy y Ricky Jay -entre otros- y a sus parejas del momento durante los rodajes, como Lindsay Crouse o Rebecca Pidgeon, con el objetivo de crear y consolidar un staff de colaboradores permanentes que lo acompañarían en mayor o menor medida a lo largo de todo su periplo a futuro, muy en la tradición de una troupe teatral en la que el creador y sus actores se entienden rápidamente a la hora de trabajar en conjunto. Las mentiras conscientes y/ o inconscientes marcan el ritmo de realizaciones legendarias que ponen patas para arriba las tristes certezas comunales ya que se proponen enfatizar que el fetiche identitario contemporáneo para con las transformaciones constantes o por el contrario, el aferrarse fanáticamente a una máscara en particular, suele conducir a actos compulsivos de reafirmación cuya contracara se condice -primero- con el ataque a lo diferente y -segundo- con cierta reconfiguración individual de impronta autodestructiva, a veces tan funesta a nivel de la solidaridad colectiva como las condenas que reciben los otros, los “indeseables”, que no comparten con nosotros este o aquel rasgo. Mamet, un eterno personaje polémico en sí mismo, teórico tanto de izquierda como de derecha según el período considerado de su itinerario, pone una y otra vez en el candelero a quienes hacen de la burla y el fraude su forma de vivir e identifica los distintos niveles -desde los sectores del rebusque callejero, pasando por la mafia corporativista y llegando a los psicópatas del poder político y económico- dentro de dicho andamiaje, uno que comparte con los mismos artistas, esos grandes embusteros, su pasión por los doppelgängers y la algarabía mitómana.

 

 

Casa de Juegos (House of Games, 1987):

 

El debut como director de Mamet, Casa de Juegos (House of Games, 1987), no sólo es una de las mejores óperas primas de la historia del cine sino también un pequeño y delicioso oasis dentro del film noir porque el señor aquí logra la proeza de combinar con elegancia y sutileza las distintas vertientes/ facetas del género, léase los engaños planificados al dedillo, la fascinación erótica, la codicia de siempre, cierta comedia irónica subyacente y el manojo de impulsos irrefrenables en cuanto al devenir delictivo se refiere; una especie de invitación a estímulos placenteros que se vinculan directamente con el peligro y con esa doble necesidad básica de sobrevivir y hacerse respetar en un ambiente muy agresivo para la vida como lo es el metropolitano de cualquier punto del globo. En la película la estafa, un ardid narrativo que ha sido históricamente muy mal administrado por el cine mainstream por su tendencia a caer en lo burdo y/ o remanido, se nos aparece como un proceso lúdico, manipulable y algo anárquico en el que el intercambio de confianza entre los sujetos y la sensación de bienestar por haber sido una “buena persona” para con el prójimo derivan en un desfalco subrepticio y paulatino en el que las recompensas psicológicas emocionales tienen el mismo valor que las materiales para individuos que sin darse cuenta caen en distintas vertientes de las compulsiones comunales más genéricas y en una traición que sólo más adelante puede llegar a comprenderse vía la relectura de los movimientos propios previos. De hecho, la protagonista es Margaret Ford (Lindsay Crouse), una psiquiatra que recientemente publicó un libro sobre obsesión y compulsión en la vida cotidiana que se convirtió en best seller, una mujer que en conversaciones con una colega amiga, la Doctora Littauer (Lilia Skala), deja entrever a través de actos fallidos que es una workaholic que se siente insatisfecha consigo misma y con la capacidad terapéutica de la psiquiatría, confundiendo “placer” con “presión”, y que se identifica con una paciente homicida (Karen Kohlhaas) con la que dialoga en sesiones en la cárcel de turno, haciendo propios inconscientemente los dichos de la reclusa en torno a la constante acusación denigratoria por parte de su padre acerca de su condición de “puta”. Amparada siempre en la soberbia de su ecosistema académico bien hermético y sintiéndose a salvo en una existencia burguesa de muy buen pasar económico, Ford ingresa a un mundo desconocido por pura curiosidad -o quizás morbosidad, a decir verdad- cuando se dirige a la Casa de Juegos del título de los suburbios metropolitanos con la intención de interceder en favor de otro paciente suyo, el ludópata Billy Hahn (Steven Goldstein), quien supuestamente le debe 25.000 dólares a un tal Mike (Joe Mantegna) que amenazó con matarlo si no los paga: en el lugar descubre que Billy en realidad adeuda apenas 800 dólares y que se está desarrollando un juego de póker con grandes apuestas, así termina accediendo a una propuesta de Mike para perdonarle la deuda a Hahn a cambio de que lo ayude a identificar las mentiras de un contrincante de Las Vegas (Ricky Jay), quien juguetea con su anillo de oro cada vez que echa mano a un bluff o fanfarronada sin cartas que sostengan su vanidad. La señal delatora en cuestión se presenta en un momento en que está gran parte del dinero en juego y Mike se va al baño, por lo que a la vuelta se le exige igualar la apuesta de 6.000 dólares del adversario aunque como no los tiene la misma mujer -ya completamente arrastrada en los acontecimientos- se ofrece a firmar un cheque por el monto para ver unas cartas que eventualmente resultan desfavorables, con el ganador poniendo una pistola sobre la mesa y demandando el dinero que perdieron. Ella de repente ve chorrear el cañón del arma y se percata de que está frente a una graciosa pistola de agua, comprendiendo que la escena forma parte de una estratagema para birlarle el cheque y desencadenando que todos se salgan de sus respectivos personajes, tanto Mike y el “vencedor”, que responde al nombre de George, como Joey (Mike Nussbaum), un testigo de la partida y amigo/ cómplice veterano de los anteriores. Lejos de sentirse ofendida por casi ser víctima de una estafa cargada de un maquiavelismo muy fino, Ford le toma el gustito al submundo de los ladrones de guante blanco y queda prendida del propio Mike, al punto de que a la noche siguiente vuelve a buscarlo y le ofrece ser objeto de un estudio sobre los timadores que ella transformará en un libro, algo a lo que el hombre accede mostrándole algunos trucos de su prodigioso arsenal, uno de ellos involucrando un posible engaño en una sucursal de Western Union a un joven militar, el Sargento John Moran (William H. Macy), y llevándola a una habitación ocupada/ robada de un hotel -con el huésped en plena salida nocturna- para tener sexo allí. La decisión de seguirlo en su derrotero posterior resulta complicada porque el estafador acepta a regañadientes hacerla partícipe de una argucia en la que Joey y él convencerán a un tercero (J.T. Walsh), aparentemente un empresario muy crédulo que conocen en una feria textil, de que entregue 30.000 dólares a cambio de conservar un maletín con 80.000 que todos encontraron en la calle luego de que otro hombre, el buenazo de George, lo dejase “olvidado” a propósito. El asunto se enreda aún más cuando Margaret descubre que la víctima es en realidad un policía que planea arrestar a todos, lo que provoca un forcejeo durante la huida entre el oficial armado y Mike que deriva en una situación homóloga con Ford, disparo accidental y muerte del personaje de Walsh de por medio. Al verse sitiados por la policía, los hombres obligan a la protagonista a robar un coche y así Joey olvida el maletín con el dinero en el escape, circunstancia que los deja a salvo de los uniformados pero con una deuda considerable con la mafia, el simpático sindicato criminal que les prestó el capital necesario para toda la operación, uno que esperaban devolver intercambiando maletines a último momento con el objetivo de que la víctima se lleve uno vacío pensando que estaban los billetes dentro. Cuando una vez más la mujer se ofrezca a salvar las papas aportando ella el dinero para evitar que Mike y Joey terminen asesinados por los acreedores, la psiquiatra comenzará -en un principio sin saberlo- una nueva fase de su vida relacionada con su naturaleza cleptómana y hasta su costado psicótico en función de la decisión de anular las frustraciones e insatisfacciones de antaño para “perdonarse a sí misma”, como le supo decir en una secuencia una Littauer que jamás consigue desentrañar del todo a su amiga. Casa de Juegos explora en simultáneo primero la incapacidad crónica del enclave académico para realmente comprender la complejidad del multifacético magma mundano, después el proceso mediante el cual un rubro/ trabajo/ idiosincrasia/ perspectiva se abre a otra u otras distintas, y finalmente la fuerza impetuosa de la revancha con toda su violencia reparadora, en esta oportunidad más que nunca hermanada a una metamorfosis que lleva a Margaret desde la claustrofobia del sustrato burgués profesional a la desesperación y las idas y vueltas de los que hicieron del arte del rebusque su modo de vida, uno sin duda igualado a la magia camuflada, la prestidigitación y ese autoconvencimiento de su papel que deriva en una influencia sobre un público ingenuo que puede ser dirigido/ controlado a gusto. El opus de Mamet, siempre ayudado por la maravillosa fotografía de claroscuros de Juan Ruiz Anchía y esa exquisita banda sonora jazzera tracción a piano de Alaric Jans, se sirve de las señales que delatan tanto a los expertos del fraude como a los amateurs que están dando sus primeros pasos, en esencia porque hablamos de una historia sobre la disposición física/ actitudinal de los individuos, sus coloridas compulsiones y cómo canalizarlas hacia el terreno del placer y la sensualidad correspondientes a la parte maldita intrínseca de todos los sujetos, en el trajín desechando los resortes automáticos de la culpa y ubicándonos al margen de lo que la remilgada e hipócrita sociedad tenga para decir al respecto. Asimismo el descubrimiento de la protagonista de que está siendo estafada nuevamente y su determinación de acribillar a Mike en el desenlace ponen de manifiesto algo que ya estaba insinuado a lo largo del film en su conjunto, ese deslumbrante “choque de titanes” de los géneros sexuales que plantea el relato: por un lado tenemos a una mujer independiente y semi robótica en cuanto a su trato con el resto de los mortales que se siente mucho más identificada con la fauna masculina que con la femenina y su paradigmática histeria (su look, atuendo y carácter varoniles -pelo corto, pantalones y mucha seguridad en sí misma- lo enfatizan), y por otro lado está el tremendo Mike y su fetiche con la dialéctica del aparentar ser una cosa para terminar siendo otra, el esquema defensivo/ ofensivo por antonomasia del acervo masculino como una forma de reafirmarse ante la uniformización social y de sacar a relucir su pretendida autonomía de movimientos, lo que desde ya incluye degradar a la competencia o a aquellos que son percibidos como una potencial amenaza (en la película se ve de manera muy clara en los golpes y los insultos que recibe la gélida Margaret, ataques permanentes en instantes de nerviosismo que de paso sirven para trazar un contrapunto entre la pasividad de la Ford previa a su nirvana criminal y la dimensión proactiva de la que eclosiona en el colofón, ya aceptando -y consagrándose a satisfacer- su exigencia interna vinculada al hurto; a su vez especie de transposición desde aquel pánico a quedar encerrada en el presidio o en la habitación con el policía a luego sentirse “liberada” y capaz de robar lo que desee cuando lo desee, detalle que en pantalla se nos aparece vía el encendedor que sustrae, en el contexto de un almuerzo en un restaurant con Littauer, de la cartera de otra mujer durante los geniales segundos finales). Fábula mordaz sobre las consecuencias destructivas del reprimir sentimientos y los también catastróficos efectos de dejarlos salir a la intemperie sin más, la propuesta construye con una enorme inteligencia un mapa estratificado de las paradojas humanas al ritmo de una serie de diminutos saqueos que subrayan lo inestable y susceptible al caos que es cualquier estructura que podamos haber erigido desde la autoindulgencia, el beneficio propio o la rabia aguda contenida a la espera de carcomer lo que se tenga delante.

 

Casa de Juegos (House of Games, Estados Unidos, 1987)

Dirección y Guión: David Mamet. Elenco: Joe Mantegna, Lindsay Crouse, Mike Nussbaum, Ricky Jay, Lilia Skala, J.T. Walsh, Steven Goldstein, Karen Kohlhaas, William H. Macy, Meshach Taylor. Producción: Michael Hausman. Duración: 102 minutos.

 

 

Las Cosas Cambian (Things Change, 1988):

 

Mientras que Casa de Juegos (House of Games, 1987) indagaba en la dinámica tragicómica de los embustes colocando sutilmente el acento en la dimensión más trágica de semejante panorama de superficies que ocultan sus verdaderas intenciones desviando el foco de atención con vistas a manipular al otro y sacar ventaja de un egoísmo tan predecible como cándido, en Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) continuamos moviéndonos en el sustrato criminal de la sociedad y el entramado de las personalidades volátiles en ebullición -cual representantes del rubro actoral más esquizofrénico- aunque el horizonte retórico pasa a girar hacia la comarca de la comedia, definitivamente invirtiendo lo hecho en el pasado pero sin descuidar -y mucho menos desmerecer- la dimensión dramática del relato. En esta ocasión Mamet exacerba y hace más explícito el entrecruzamiento de identidades de su ópera prima mediante la historia de Gino (Don Ameche), un humilde inmigrante siciliano que trabaja en una tienda de Chicago especializada en reparar calzado, sin embargo el carácter transitorio de antaño de estas farsas en torno a la esencia misma de los sujetos aquí muta en una perdurabilidad que compromete prácticamente toda la vida del protagonista: el veterano señor, tan adusto y apacible como digno en su fluir cotidiano, es llevado por un par de asistentes/ sicarios, Frankie (J.J. Johnston) y el Señor Silver (Ricky Jay), frente a un poderoso mafioso local, el Señor Green (Mike Nussbaum), para ofrecerle una suma sin especificar a cambio de que asuma la culpabilidad por un asesinato que uno de los suyos llevó a cabo dos semanas atrás. Como Gino se parece físicamente a la persona que la policía y el aparato jurídico consideran el autor del crimen en cuestión, Green y su mano derecha Silver le ofrecen un dinerillo fijo por cada año de la eventual sentencia -la cual afirman será de tres a cinco años de prisión- para que el anciano pueda cumplir su peculiar sueño, nada más y nada menos que comprarse un bote de pesca para regresar a Sicilia y vivir tranquilo en él. Si bien en un primer momento se niega al ofrecimiento y su respuesta desencadena de inmediato los preparativos para matarlo, a posteriori se retracta y acepta el acuerdo, lo que en términos concretos implica firmar una confesión mecanografiada, dejar sus huellas dactilares en el revólver homicida y esconderse durante tres días -un viernes y el fin de semana- para aprenderse la perorata con los detalles del crimen y el lunes presentarse a primera hora en una comisaría para ya ser encerrado a la espera del proceso judicial y la condena en nombre del verdadero autor, todo vía una muy rauda suplantación de identidad. El encargado de acompañar y vigilar en todo momento al pobre zapatero es Jerry (Joe Mantegna), un miembro del plantel de matones de Green que está siendo castigado por su jefe directo Frankie debido a que recientemente desobedeció órdenes, ofensa que lo convirtió en eje de burlas por parte de sus compañeros, lo puso a realizar tareas “indignas” como lavar platos y utensilios varios de cocina y lo colocó en un período de prueba/ condicional que se ubica en la frontera entre ser expulsado de la estructura criminal a la próxima falta y recuperar esa posición de respeto que gozaba en un primer momento. Jerry quiere contentar a sus jefes sin embargo no puede con su genio y en vez de quedarse encerrado con Gino en un departamento como se le ordenó, al ver que el veterano se aprende rapidísimo el discurso que debe reproducir ante los uniformados para que le crean, y frente a la incapacidad/ poca imaginación del falso culpable en lo que al arte de divertirse se refiere, nuestro bravucón de poca monta decide que lo mejor sería que ambos tomasen un avión y pasasen el fin de semana en un lujoso hotel y casino de Lake Tahoe en plan de vacaciones improvisadas antes de la cárcel. Una vez que llegan al lugar todo se descontrola porque el silencio de Gino y el aire petulante de Jerry los llevan a que todos los confundan por un capomafia y su guardaespaldas respectivamente, una jugarreta del segundo que comienza cuando fanfarronea ante un chófer amigo/ asistente con vínculos con la mafia local, Billy Drake (William H. Macy), y que prosigue cuando el susodicho contagia a los empleados del hotel en cuestión y en especial al gerente del establecimiento (J.T. Walsh), quien pensando que el viejo es una de las autoridades criminales más importantes de Chicago les ofrece sin cargo el piso superior completo, el más suntuoso. Entre prestaciones exclusivas, algo de actividad en el casino -arreglada para que resulte fugazmente victorioso el inmigrante italiano a pedido de un Jerry que quiere darle una alegría- y el encuentro con dos hermosas bailarinas/ prostitutas, Cherry (Sara Eckhardt) y Grace (Karen Kohlhaas), que trabajan en el lugar y que los invitan a pescar en las cercanías de una cabaña que tienen, oferta que los dos protagonistas por cierto deben rechazar, el dúo disfruta de una vida tranquila hasta que es “invitado” compulsivamente a la mansión de Joseph “Don Giuseppe” Vincent (Robert Prosky), el capomafia de Lake Tahoe, un señor también entrado en años que -ante la desesperación de Jerry, temeroso de ser descubiertos como un fraude colosal- desea saber exactamente quiénes son y a qué viene su visita a la región. La clásica ridiculez del destino interviene y así Gino se termina llevando muy bien con el también siciliano Vincent, no obstante cuando el guardaespaldas del futuro presidiario ve llegar a Green y sus secuaces a la residencia para un súbito simposio de la mafia no les queda otra que salir despavoridos en medio de la noche robando un automóvil, ya con la decidida intención de regresar al departamento de Chicago con el objetivo de ir el lunes a la comisaría para efectivizar la confesión comprada. Mediante un guión sencillo y al mismo tiempo muy poderoso a nivel discursivo, Mamet juega con la naturaleza irónica del doble engaño de base, ese anciano calzándose por motu proprio los zapatos del homicida de alto perfil a raíz de la promesa de unas pocas monedas anuales, sólo para luego ser confundido -dentro de la pantomima del lujo desorbitante y desigual/ oportunista del hotel, bien en sintonía con lo que la burguesía espera de estos establecimientos- con una especie de duplicado de su explotador maquiavélico en las sombras, ese Señor Green que asimismo parece ser un testaferro del verdadero autor de un asesinato que cuelga como Espada de Damocles sobre la cabeza del gremio delictivo. Burlándose de los duplicados, la autenticidad, la percepción popular y el régimen de las apariencias, patetismo modificable redireccionado de por medio, hoy el director y guionista sigue en parte las coordenadas del núcleo básico de la formalmente similar El Último Deber (The Last Detail, 1973), el recordado opus de Hal Ashby protagonizado por Jack Nicholson, Otis Young y Randy Quaid, aunque a decir verdad su perspectiva narrativa es mucho menos pomposa y más realista en lo que atañe a las minucias agridulces mundanas; un combo que aquí -y sobre todo durante el último acto de la trama- nos acerca a una nostalgia empardada a la resignación de los siervos/ esclavos frente a los arrebatos autoritarios de los patrones del capitalismo más salvaje y caníbal (basta con tener presente la escena de la estación de servicio en la que Jerry, saliendo con su compañero de la mansión de Don Giuseppe, termina teniendo un altercado con el dueño -en la piel de Paul Butler- porque éste le carga cinco dólares de combustible y no uno como le pidió, dejándolos con una deuda que no pueden pagar porque están quebrados, situación que se resuelve cuando un Gino melancólico les pide dinero a las dos prostitutas y al mayordomo del hotel, el Randy de Steven Goldstein, que de casualidad pasaban por ahí en dirección a la dichosa cabaña, justo donde el zapatero y el matón les encantaría estar en vez de tener que dirigirse a Chicago con la misma sumisión que las dos chicas y el muchacho demostraron ante el anciano). El fantasma de la capacidad de daño y/ o represalias que poseen las figuras de autoridad para con aquellos que los contradicen pesa sobre ambos protagonistas, a lo que se suman pivotes conceptuales complementarios como el placer en el trabajo, la “flexibilidad” de los códigos morales, el olvido que padecen los mayores, la influencia del azar, el talante inquebrantable de las promesas para algunas personas y el mismo enigma detrás de las amistades más insólitas, hoy representadas en el cariño que nace entre Gino y Jerry y en la invitación de este último a que se marche en libertad para evitar el presidio. El trasfondo hilarantemente caprichoso y decadente de la vida también queda reflejado en el título del film, el cual remite a una frase que el veterano dice al perder 35.000 dólares en el casino y que más adelante Frankie reproduce ante Jerry cuando éste no se toma muy bien que digamos el descubrimiento de que se le asignó a Gino como tapadera de los días necesarios para la fuga del homicida y con la idea de matar después al viejo, simular un suicidio y entregarlo en bandeja a la policía como el responsable: la intervención a último minuto del amigo Vincent para calmar el hervidero y la doble reconversión del desenlace, la de Frankie en falso culpable y la de Jerry en colega zapatero de Gino, vuelve a señalar esta maravillosa disposición al desconcierto que arrastra la vida y cómo no siempre los poderosos se salen con la suya porque si uno se lo propone a veces hasta puede lograr engañarlos en su propia estratagema maquiavélica y utilizar sus armas contra ellos mismos.

 

Las Cosas Cambian (Things Change, Estados Unidos, 1988)

Dirección: David Mamet. Guión: David Mamet y Shel Silverstein. Elenco: Joe Mantegna, Don Ameche, Robert Prosky, J.J. Johnston, Mike Nussbaum, Ricky Jay, William H. Macy, Steven Goldstein, J.T. Walsh, Paul Butler. Producción: Michael Hausman. Duración: 100 minutos.

 

 

Homicidio (Homicide, 1991):

 

Todo el armazón criminal misterioso de Casa de Juegos (House of Games, 1987) y Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) regresa en Homicidio (Homicide, 1991), pero en una versión todavía más fragmentada y difusa que ahora incluye a las propias fuerzas de seguridad, las agencias gubernamentales, los altos mandos administrativos y la sociedad en general, con el agregado de un protagonista excluyente que carga con una psiquis aún más escindida que la de sus homólogos del pasado ya que se reparte entre su origen judío, su trabajo como policía y su propia nacionalidad estadounidense. Así como todo lo anterior de por sí convierte a la película que nos ocupa en un cóctel ideológico extremadamente potente e insólito dentro del enclave del cine norteamericano, ya sea que consideremos el indie o el mainstream, asimismo los clásicos diálogos a la Mamet -frases cortas, veloces y entrecruzadas entre los personajes, más epítetos gloriosamente denigratorios lanzados en el momento justo- condimentan la mixtura agregando polémica a una coyuntura dominada por uniformados, representantes estatales varios y algunos civiles que desparraman verborragia explosiva apuntalada en ultrajes, blasfemia e insultos racistas, antisemitas, homofóbicos, misóginos, por edad, profesionales, por clase social, actitudinales, por afinidades de ocasión, etc. La historia comienza con una redada nocturna que sale mal porque los agentes de la ley no consiguen atrapar a su principal objetivo, Robert Randolph (Ving Rhames), un rudo narcotraficante y asesino de policías afroamericano que está en la lista de los diez más buscados del FBI. En la reunión posterior a la debacle, que termina con el susodicho escapándose por un agujero de un armario con salida a través de las paredes hacia la azotea del edificio, conocemos al gran protagonista, Robert “Bobby” Gold (Joe Mantegna), y a su compañero, Tim Sullivan (William H. Macy), dos detectives que se enteran que las autoridades sacaron al FBI del caso y se lo devolvieron a la policía común y corriente: los oficiales proponen ubicar a Randolph mediante su cuñado, Willie Sims (Darrell Taylor), sin embargo cuando se dirigían a efectuar el arresto se topan con el homicidio de una anciana hebrea dueña de una tienda de dulces (Marge Kotlisky) a la que han disparado, así Sullivan sigue en viaje para detener a Sims y Gold se queda para ayudar a dos oficiales de calle inexpertos que tratan de lidiar con el intimidante rottweiler de la finada. Reducido el perro con un sándwich, pronto el protagonista descubre que su jefe inmediato, el Teniente Senna (Vincent Guastaferro), lo excluyó del caso Randolph, una investigación de alto perfil, y le asignó el asesinato de la anciana, una pesquisa considerada nimia y banal por él y sus compañeros, todo por la influencia del poderoso hijo de la fallecida, el Doctor Klein (J.S. Block), y su nieta, la Señorita Klein (Rebecca Pidgeon), miembros de una prominente familia de la comunidad judía que considera que porque Gold también posee linaje hebreo puede llegar a resolver en tiempo y forma el caso. Acto seguido Bobby desoye a los altos mandos, continúa con la búsqueda del narcotraficante y de este modo -vía el dato que suministra Sims- llega a la madre de Randolph (Mary Jefferson), una mujer mayor que se muestra renuente a cooperar ya que piensa que la policía matará a su hijo y que sólo cambia su posición cuando interviene Bobby, quien además de formar parte de la división de Homicidios es negociador en situaciones de rehenes, con toda la capacidad para manipular desde la palabra que ello conlleva: jurándole que no le pasará nada a Robert, la anciana acepta traicionar a su vástago concertando una cita con él en la que supuestamente le entregará un pasaporte para viajar a Sudamérica, cuando en realidad lo estarán esperando los uniformados para capturarlo. Es en ese momento en que Gold empieza a interesarse en serio en la otra investigación, la de la judía de la tienda de dulces, en esencia debido a que la familia Klein alega que han recibido disparos en su hogar desde la terraza de un edificio contiguo, donde efectivamente Bobby ve a una figura escabulléndose en medio de las sombras y de una jaula para palomas. A raíz de un trozo de papel que encuentra allí con la palabra “grofaz”, la que descubre es un acrónimo propagandista en alemán de la Segunda Guerra Mundial para designar a Adolf Hitler en tanto “el mayor estratega de todos los tiempos”, y de unos panfletos antisemitas pegados en una pared justo enfrente de la tienda en cuestión, que lo llevan a inspeccionar de nuevo el local y a hallar en el sótano evidencia -un recibo de compra por unas armas robadas de 1946 y una lista con apellidos hebreos- de que la finada supo ser una traficante de armas en el período de formación de Israel, Gold se obsesiona con ese asesinato que parecía a priori intrascendente y termina vinculándolo al accionar en paralelo de una célula sionista de judíos ricos y de un grupo neonazi que opera en la misma zona metropolitana, panorama que se confirma cuando en una biblioteca de la comunidad hebrea se le niega el acceso a los registros sobre actividades antisemitas y allí encuentra la dirección del reducto de los partidarios armados de Israel en suelo yanqui. En el cara a cara con los sionistas éstos le confirman a Bobby que la veterana muerta compraba y vendía armas luego del conflicto bélico y en la etapa de expansión territorial de Israel, el problema surge cuando un Gold dispuesto a ayudarlos se niega a entregarles la lista original con los cómplices de la fallecida porque es evidencia oficial de una investigación en curso, lo que genera que sea expulsado del lugar y en el exterior del edificio se sume de improviso a una misión de la célula relacionada con el crimen de la tienda, nada menos que una incursión nocturna encabezada por la militante Chava (Natalija Nogulich) en un local de ferromodelismo que funciona como tapadera de una imprenta y sede neonazi, con el propio detective ofreciéndose a entrar a escondidas y volar el sitio con una bomba. La renovada conciencia hebrea del protagonista, quien toda su vida se sintió marginado dentro de la fuerza por ser judío y hasta ese momento prefirió acoplarse al promedio ideológico neutro del aparato policial, le dura poco porque a posteriori del atentado los sionistas -de la mano del taciturno Aaron (Ricky Jay)- lo chantajean con revelar con fotos su participación en la voladura del local si no entrega de inmediato la preciada lista, algo que vuelve a rechazar. Finalmente llega el instante de enfrentarse a Randolph y lo que podría haber sido tranquilo y limpio deriva en un baño de sangre con una balacera nocturna entrecruzada en la que mueren varios uniformados, incluido Sullivan, y en la que el negro le dispara dos tiros a un Bobby que le comenta que su propia madre lo entregó a la ley, dejándolo estupefacto y presto a ser asesinado por otro oficial. El personaje de Mantegna sobrevive pero su fracaso es monumental porque no sólo no respetó su juramento para con la madre del fugitivo, eso de garantizar su vida, sino que su derrotero final es claramente producto tanto de pretender vengar la muerte de Tim desconociendo su palabra como de la misma frustración que le causó el haber redescubierto su idiosincrasia judía -y hasta estar dispuesto a militar en ese sentido- y a la vez ser ninguneado por los popes de la comunidad por no comportarse como un “perro fiel” ante los jerarcas mafiosos hebreos, circunstancia que para colmo empeora al enterarse -en su regreso a la comisaría, ya con un bastón por las heridas- que fue expulsado del escuadrón de Homicidios, que “grofaz” es simplemente una marca de alimento para palomas y que los verdaderos responsables del crimen de la anciana no eran los neonazis sino un par de niños afroamericanos (Purnell McFadden y Wesley Nelson), que la asaltaron porque en el vecindario se corría el rumor desde hace años de que la veterana guardaba una pequeña fortuna en su sótano por la mentalidad avara de los moishes de acumular y acumular dinero. El film es uno de los grandes retratos del cine norteamericano acerca de la desesperación caótica, los delirios y las traiciones superpuestas/ engaños bien inestables que caracterizan a la vida en las ciudades, un sustrato representado de maravillas en el mutismo y la sensación del desenlace de estar completamente perdido por parte de Gold, quien como nosotros los espectadores debe volver a sopesar lo ocurrido para identificar los indicios mal leídos, las señales pasadas por alto y los errores de interpretación en este mini huracán en el que flota a pura sutileza el alma humana o -en términos de la película- “la naturaleza del mal”, esa que Walter B. Wells (Colin Stinton), un padre de familia que mató a su esposa y tres hijos a tiros para “protegerlos”, le ofrece revelarle a Bobby como agradecimiento por no haber levantado cargos contra él a pesar de que el susodicho intentó sustraerle su arma para suicidarse (el episodio viabiliza una de las mejores líneas de diálogo de la obra, muy copiada a futuro, gracias a que el detective rechaza la oferta simplemente alegando que si conociese el quid del mal que se esconde en el corazón de los hombres y mujeres se quedaría sin trabajo, parecer que muta en el final cuando observa fijamente a Wells -con la genial banda sonora de cuerdas de Alaric Jans sonando de fondo- casi como implorándole con la mirada que lo ayude a entender a la faena en su conjunto). La angustia del protagonista, más la reestructuración de su identidad a través del discurrir del relato y sus sorpresas camufladas, es la excusa perfecta de la que se sirve Mamet para analizar el sinsentido social general detrás de una cadena de prejuicios de toda índole que pueden llegar a ser tragicómicos en su desarrollo cotidiano y hasta eficaces en su descripción de los distintos colectivos comunales, no obstante en última instancia siempre demuestran su superficialidad y enorme ingenuidad en lo que atañe a permitirnos desentrañar los hilos que mueven a cada títere/ actor por separado de esta compleja escena coral. Hasta cierto punto se podría decir que Homicidio es una metáfora sobre cómo la marginación social de antaño devino en marginación individual posmoderna bajo el reino del cinismo capitalista ególatra que cosifica al prójimo o lo considera un estorbo en la triste senda prefijada que cada bípedo defiende con uñas y dientes como la única posible en el atolladero de nuestros días, enfatizando en el trajín la faceta hiper dañina del caer en la trampa consumista/ intolerante/ reduccionista/ reaccionaria de definirnos desde la ortodoxia o un fundamentalismo que somete a los sujetos a un único enclave identitario cual ovejas en un redil, lo que desde ya implica que todos los que están afuera son algo así como “herejes” tácitos que es preferible negar, basurear o hasta perseguir con el objetivo de adoctrinarlos hacia la uniformización o condenarlos a morir en los márgenes sociales. La jugada retórica macro de denunciar el carácter mafioso y autoritario de los sionistas por parte de Mamet, él mismo un defensor de Israel a pesar de haberse convertido en Medio Oriente en un Estado imperialista similar a la Alemania nazi y con sus propios campos de concentración como la misma Franja de Gaza, también se acopla a esta dialéctica de las contradicciones en la que aquello que pareciera complicado resulta sencillo y en la que los distintos colectivos de las urbes occidentales no pueden prescindir de sus propias miserias y atropellos sistemáticos, poniendo en primer plano la paranoia, inoperancia y estupidez autovictimizante de todos los involucrados porque el ser humano de por sí contamina y destruye todo a su paso y después se entrega al lloriqueo alienante vía acusaciones sobre terceros cuando el artífice de su pena es él mismo.

 

Homicidio (Homicide, Estados Unidos, 1991)

Dirección y Guión: David Mamet. Elenco: Joe Mantegna, William H. Macy, Vincent Guastaferro, Natalija Nogulich, J.S. Block, Ving Rhames, Rebecca Pidgeon, Ricky Jay, Darrell Taylor, Mary Jefferson. Producción: Michael Hausman y Edward R. Pressman. Duración: 102 minutos.