Si bien algunos tópicos de Touch Me (2025), la segunda realización del estadounidense Addison Heimann, ya estaban presentes en su ópera prima, Hypochondriac (2022), sobre todo la sexualidad, las compulsiones y los traumas, a decir verdad esta nueva propuesta supera a la anterior y se diferencia en dos factores cruciales, primero el reemplazo del terror solemne de antaño por una mixtura de comedia negra, body horror y ciencia ficción Clase B de raigambre psicosexual, combo por cierto de impronta muy cinéfila, y segundo el salto en cuanto al núcleo temático desde el martirio infantil en sí -catalizador de los problemas del adulto- hacia el hedonismo irresponsable típico de la posmodernidad y especialmente el Siglo XXI, un tiempo en el que la búsqueda del placer egoísta y los atajos discursivos más bobos están a la orden del día, todo en función del empobrecimiento económico, cultural y cognitivo que desparrama el capitalismo salvaje contemporáneo. En un primer momento la película parece asentarse en el cine de David Cronenberg aunque Heimann no tarda mucho en dejar en claro que lo suyo es una amalgama del sci-fi underground ochentoso modelo Forbidden Zone (1980), de Richard Elfman, y Liquid Sky (1982), de Slava Tsukerman, por un lado, y aquel Stuart Gordon inicial de dos verdaderos clásicos del delirio y el erotismo lovecraftianos, Re-Animator (1985) y From Beyond (1986), por el otro lado, a lo que debe agregarse un evidente amor por el hentai, léase el porno de las comarcas del manga y el anime, por ese cine trash que va desde John Waters hasta Jim Hosking y por unos practical effects y latiguillos artesanales en sintonía con el Roger Corman más visualmente florido de X: The Man with the X-ray Eyes (1963), The Masque of the Red Death (1964) y The Trip (1967), a su vez fuente para otras carreras multicolores aquí también retomadas, esas de Nicolas Winding Refn, Peter Strickland y Gaspar Noé. El prólogo es verbal y tiene que ver con la hermosa Joey (Olivia Taylor Dudley) narrándole a una psicóloga, la Doctora Kelly (Ashley Lauren Nedd), su cuasi noviazgo con Brian (Lou Taylor Pucci), literalmente un extraterrestre que se transforma en un monstruo con tentáculos semejante a un calamar y vive en una mansión que compró con su negocio de venta de árboles resplandecientes, se supone producto de unas semillas que trajo desde su planeta de origen, ya destruido por la emisión de gases de efecto invernadero. Obsesionado con evitar que la Tierra tenga un final parecido, lo que llevó al fallecimiento de su familia y su exilio en nuestro planeta, Brian se la pasa plantando sus arbolitos mágicos, que consumen muchísimo más dióxido de carbono que la flora promedio terrícola, y protagonizando aventuras bisexuales en pos de encontrar a un compañero compatible al que no le explote la cabeza cuando copulan, una experiencia surrealista ya que los tentáculos hacen de unos “apéndices lubricados” que penetran todos los orificios corporales, narcotizan de lleno y levantan en el aire al ser humano de turno.
La ruptura romántica, precisamente, tuvo que ver con la casi explosión de la mollera de una Joey que salió despavorida de inmediato, que desarrolló un tic muy peculiar cuando llega el estrés, ese de introducirse hisopos en las orejas hasta hacerlas sangrar, y que se refugió por cinco largos años en el domicilio de un amigo gay, Craig (Jordan Gavaris), otro treintañero aunque en esta oportunidad de padres muy ricos y por ello vive sin trabajar de un estipendio mensual que gasta en alcohol, drogas y cigarrillos electrónicos/ vapeo, sus únicos intereses junto con las clases de japonés en Duolingo. La abulia llega a su fin cuando la casa del dúo empieza a escupir mierda por la ducha y necesitan diez mil dólares para arreglarla, así las cosas Craig no tiene el valor para pedirle el dinero a su parentela y Joey no quiere regresar a trabajos negreros como oficiar de camarera en eventos de catering y/ o atender a la fauna burguesa descerebrada en un local de Starbucks, por ello ambos aceptan una invitación de Brian para visitar su mansión durante un fin de semana en el que se desarrolla un triángulo amoroso bizarro que incluso se abre a un cuarteto porque también incluye a la asistente humana del alienígena, Laura (Marlene Forte), una hispana que dice haber sobrevivido a una secta, a la heroína y al hecho de haber matado accidentalmente a su propio hijo, Peter. Gran parte del metraje está consagrado a la rivalidad amatoria cruzada en consonancia con las sesiones sexuales del visitante del espacio exterior con Joey y Craig, planteo que genera una disputa entre ambos pero también los celos de Laura, veterana que desea transformarse en la “reina” del extraterrestre y suele espiarlo para masturbarse mientras tiene sexo con los huéspedes de ocasión. En medio de estas “relaciones sexuales entre especies diferentes”, gran latiguillo retórico del film que condimenta numerosas escenas, y las “terapias” que el dueño de casa ofrece, como enterrarlos hasta la cabeza en una maceta, practicar breakdance todas las mañanas o confesar sus traumas frente a una roca luminosa que trajo de su ignoto planeta, a la que denomina “crisálida gigante”, Brian desencadena una suerte de adicción libidinosa a su alrededor porque su toque refulgente elimina la ansiedad y la tristeza de los seres humanos y produce una sensación de bienestar similar a los analgésicos, la anestesia, los opiáceos o las drogas alucinógenas, utopía que se viene abajo cuando la muchacha un día ve de casualidad -mediante una cámara del sistema de seguridad- cómo el alien tiene sexo con un pobre iluso, Noah (J.J. Phillips), al que le estalla la cabeza durante la cópula, punto de inflexión de la convivencia porque los amigos -ya casi completamente peleados a raíz de la rivalidad en cuanto al afecto del anfitrión- pronto descubren que el personaje de Pucci en realidad es un parásito con forma de gusano que aparentemente nace en la tierra y adora introducirse en el cuerpo de los bípedos durante el sexo, a posteriori generando un duplicado de este villano que pretende construir una gigantesca red parasitaria mundial.
La película puede interpretarse en primera instancia como una parodia de las generaciones Y y Z, los millennials y los zoomers, en términos de su egoísmo, banalidad y tendencia hacia la autovictimización, aquí encarada desde el grotesco porque a los padecimientos de la sirvienta multifunción de Forte, una señora que luego reconoce haber inventado todo su pasado, se contraponen los abusos sexuales reales que padecieron Craig y Joey, el primero de parte de su tío y la segunda de un padre adoptivo, según el punto de vista impiadoso del también guionista Heimann apenas excusas para no hacer nada con sus vidas e ir un paso más allá en lo que al discurso de fondo se refiere, por ello a lo largo de la trama una y otra vez se refuerza la idea de que el dolor en el Siglo XXI se soporta siempre que se obtenga algo a cambio, en esencia una concepción utilitarista y masoquista de la vida basada más en las promesas y el autoengaño que en los hechos. Que ella haya estudiado periodismo y el maricón filosofía va por el mismo camino ya que son dos disciplinas en vías de extinción en el capitalismo salvaje y antiintelectual actual, sin olvidarnos de la colección de pavadas y sucesos estrafalarios que pueblan el relato como todas las clases virtuales de japonés, los hisopos en las orejas, los segmentos de breakdance, el dejarse enterrar en macetas gigantes, las confesiones ante una piedra que recuerda a aquella de The Dark Crystal (1982), joya de Jim Henson y Frank Oz, y una ducha que escupe mierda del drenaje para apestarlo todo, provocando que los amigos utilicen la crema nasal de The Silence of the Lambs (1991), de Jonathan Demme. Sirviéndose del sexo como adicción, el cual se disfraza de terapia contra el estrés, y de las patrañas del extraterrestre, un psicópata tan hueco como manipulador, el film asimismo puede ser interpretado como una sátira de los gurúes de autoayuda, el eje new age, las religiones clásicas y el fetiche en general de la burguesía con el orientalismo, la psicología publicitaria, el individualismo, el marketing meritocrático y los productos alternativos que venden ser “eco friendly” y ayudar a contrarrestar el cambio climático pero en verdad son la misma basura procesada de siempre, ahora con otro envase y otros jingles, por ello el símbolo mayor de sumisión, frivolidad y hedonismo automatizado posmoderno pasa por la búsqueda sin cesar de los protagonistas del placer o una ansiedad suprimida o unas heridas que sanen de repente, así la ternura, la paz y la felicidad mutan en productos de un mercado monopolizado que maneja a discreción nuestro todopoderoso alienígena. Heimann redondea algunas secuencias muy interesantes como la semi hentai del coito con Joey, aquel flashback correspondiente al derrotero de Noah, un episodio en blanco y negro con intertítulos de cine mudo en línea con Guy Maddin, y desde ya la escena de la muerte rimbombante de Laura, quien por frustración se introduce uno de los gusanos en la vagina y cree llegar al éxtasis por la narcosis cuando el bichito la está despedazando desde adentro.
Así como la cópula muta en herramienta de chantaje en manos del gurú de pacotilla y el parasitismo vendehumo destruye la amistad entre Craig y Joey, el tacto y la penetración constituyen empatía animalizada y además se podría afirmar que el convite relaciona al maquiavelismo de los ricachones con la antropofagia debido a la costumbre de todos los duplicados del extraterrestre de comer las manos de sus compañeros de cama, dejándoles dos lindos muñones a sus invitados en sus respectivas jaulas del último acto. De hecho, es en las postrimerías del metraje cuando terminamos de descubrir que el alienígena es un narcisista inmaduro, mentiroso y payasesco del montón, alguien sin conciencia social o sentimiento alguno de culpa que busca espejos de sí mismo en todos lados sin considerar la posibilidad de un otro distinto en serio o que no lo complemente/ venere en sus caprichos. El melodrama estrafalario se sustenta en el amor desquiciado, la perfidia y las venganzas superpuestas entre los personajes, de allí que esta amenaza externa naturalizada, Brian, empeore las cosas de manera sustancial mediante el viejo embuste de un mundo carente de preocupaciones al final del arcoíris, amén del peaje a pagar a la vuelta de la esquina en materia de una mentalidad de panal cercana a aquellas de Invasion of the Body Snatchers (1956), de Don Siegel, y Pluribus (2025), la serie creada por Vince Gilligan para Apple TV. Entre graciosos detalles autorreferenciales, como esa máscara de Hypochondriac que Joey usa en el principio mientras sacude un consolador o la enumeración de inconsistencias narrativas del epílogo en boca de una Doctora Kelly que no deja pasar los baches del relato, la propuesta no llega a ser perfecta en ningún momento, en este sentido pensemos que se podría haber explorado con mayor profundidad el background del villano o los entretelones de sus prácticas absurdas, sin embargo todo lo compensa con estupendas actuaciones por parte del elenco, con un soundtrack de cadencia bastante autoparódica de Jimmy LaValle, homologable a música berreta ochentosa para aerobics, y con un relato siempre dinámico que se hace un festín con la dependencia infantiloide y todas estas relaciones tóxicas que evaden la realidad en pos de placebos que hagan sentir bien a los sujetos temporalmente. A pesar de que Touch Me hubiese sido una experiencia mucho más revulsiva si se hubiese rodado en los 70 y 80, etapa que permitía desnudos candentes para la distribución mundial, el opus de Heimann está bien dentro de las posibilidades expresivas limitadas del nuevo milenio y su neopuritanismo apestoso, por ello utiliza el arsenal del cine indie de terror para en primera instancia decepcionar de modo automático al público mainstream, uno bobo que pretende chistes fáciles, gore y erotismo light, y en segundo lugar ofrecer una autocrítica generacional que resulta tan pertinente y astuta como insólita en nuestro contexto cultural y cinematográfico, casi siempre saturado de obras necias que celebran lo que aquí se critica…
Tócame (Touch Me, Estados Unidos, 2025)
Dirección y Guión: Addison Heimann. Elenco: Olivia Taylor Dudley, Lou Taylor Pucci, Jordan Gavaris, Marlene Forte, Ashley Lauren Nedd, J.J. Phillips, Eli Lucas, Yumarie Morales, Paget Brewster. Producción: Addison Heimann, John Humber y David Lawson Jr. Duración: 100 minutos.