Franz Ferdinand, grupo originalmente conformado por Alex Kapranos en voz, guitarra y teclados, Bob Hardy en bajo, Nick McCarthy en segunda guitarra y Paul Thomson en batería, con estos dos últimos reemplazados en 2017 y 2021 respectivamente por Dino Bardot y Audrey Tait, más la incorporación también en 2017 de Julian Corrie para encargarse ya definitivamente de los sintetizadores y teclados del montón, es una de esas bandas portadoras de una única idea que siguen explotando incansablemente bajo distintas variaciones con el objetivo de que no nos demos cuenta que detentan, precisamente, de un solo principio rector a escala creativa, en este caso combinar el post punk, el dance rock, el britpop y una suerte de neo glam, fórmula que han usufructuado en seis discos de estudio que casi siempre se creen más inteligentes de lo que realmente son y por ello suelen caer en una pomposidad sonora que abusa de la repetición o intercambiabilidad de la música y las letras, algo a su vez sintetizado en ese nombre de base que remite al archiduque austríaco homónimo -en castellano conocido como Francisco Fernando de Austria- cuyo asesinato en la Sarajevo de 1914 precipitó la Primera Guerra Mundial, un apelativo que en esencia juega tanto con la aliteración como con el cataclismo histórico de turno. El grupo, parte del pelotón de bandas que durante la primera década del Siglo XXI encabezaron un revival del rock clásico en sus diferentes lecturas, en sintonía con The Strokes, Yeah Yeah Yeahs, The National, Arctic Monkeys, The Libertines, Interpol, The Black Keys, Arcade Fire, The White Stripes, Kings of Leon, The Dandy Warhols, Black Rebel Motorcycle Club, The Rapture, TV on the Radio, The Vines, Death Cab for Cutie, The Hives y LCD Soundsystem, entre muchos otros colectivos, se hizo famoso en todo el planeta gracias al sustrato avant-garde de sus primeros videos, el carisma y la voz libidinosa de Kapranos y por supuesto sus dos mejores trabajos discográficos, Franz Ferdinand (2004) y You Could Have It So Much Better (2005), álbumes que se movían entre el bubblegum pop bailable y la visceralidad promedio del garage y que lograron dicha masividad por sus caballitos de batalla, los himnos Take Me Out y Do You Want To.
El hype, paradigmático motor de la prensa rockera que tiende a autocanibalizarse con el impiadoso transcurrir del tiempo, en gran medida demostraría ser mortal para los escoceses ya que los sucesivos trabajos licuarían la naturalidad y el encanto hipster/ kitsch de antaño, esquema que abarcó el vuelco hacia el electropop berreta de Tonight: Franz Ferdinand (2009), los coqueteos con el indie noventoso trasnochado de Right Thoughts, Right Words, Right Action (2013) y por supuesto la metamorfosis hacia el synth-pop y aquella new wave no muy inspirada que digamos de Always Ascending (2018), amén de dos obras colaborativas y fallidas vinculadas sobre todo a Kapranos en calidad de frontman y principal compositor del grupo, léase FFS (2015), disco errático y decididamente operístico con Sparks, el genial dúo de los hermanos Ron y Russell Mael, adeptos respectivamente a los teclados y las voces, y Volume 1 (2017), en esta oportunidad a través de otro supergrupo aunque mucho menos memorable, BNQT, banda conformada por Alex más Fran Healy de Travis, Ben Bridwell de Band of Horses, Jason Lytle de Grandaddy y Eric Pulido de Midlake, disco desparejo con aires de antología no oficial -vía los supuestos integrantes no viéndose las caras en el estudio, definitivamente- para el que Kapranos sumó apenas dos canciones no particularmente brillantes, Hey Banana y Fighting the World. The Human Fear (2025), nueva placa de Franz Ferdinand producida por Mark Ralph, quien ya había trabajado con los señores como mezclador e ingeniero de grabación en Right Thoughts, Right Words, Right Action, por un lado sintetiza todas las acepciones previas del dance rock de siempre, hoy condimentado con ingredientes que van desde el glam, la new wave y el electropop hasta el indie, el jangle pop y el post punk, y por el otro lado termina de virar el asunto hacia un pop progresivo muy leve cuyas piruetas sonoras se deben al tiempo compartido con Sparks, unos expertos en el art pop terrorista, bombástico y deliciosamente absurdo que no pide perdón a la hora de saturar el espectro sonoro.
Audacious abre el álbum en el terreno señalado de un pop progresivo que le debe tanto a la Invasión Británica de los años 60, especialmente modelo The Beatles, The Kinks y The Who, como al britpop noventoso marca registrada, del cual el propio Kapranos es una especie de versión devaluada ya que sus letras sarcásticas jamás llegaron al nivel de perspicacia de aquellas de Jarvis Cocker de Pulp o el Damon Albarn del primer Blur, en esta ocasión dejando de lado toda metáfora para contrarrestar la depresión por un mundo horrendo -lleno de neofascistas de mierda y sus lacayos- con una sensación imbatible de audacia y con la necesidad de seguir adelante sin buscar salvadores o profetas ni echarle la culpa a nuestros vecinos símil chivo expiatorio, toda una costumbre en la posmodernidad porque casi nadie desea asumir su propia responsabilidad en la debacle. Everydaydreamer continúa con el motivo de la ansiedad fatalista contemporánea aunque ahora mudándola hacia lo onírico, con versos que juegan con el costado tanto reconfortante como ominoso de no poder distinguir entre la realidad y la ilusión en los sueños, y optando por retomar musicalmente esa vertiente cuasi electrónica que la banda viene trabajando desde Tonight: Franz Ferdinand, hablamos del combo de new wave, electropop y un synth-pop que en esta ocasión adquiere cierta impronta dreampopera. The Doctor, entre el jangle pop y esa new wave de sintetizadores ochentosos retromaníacos en primer plano, acelera el tempo del disco y nos acerca a la efusividad promedio del dance rock de los escoceses, aquí burlándose de la hipocondría de tantos bípedos de hoy en día mediante lo que parece ser la descripción de un vínculo profuso entre matasanos y paciente que salta hacia la relación romántica hecha y derecha, todo a su vez tapizado por la autoindulgencia estándar del Siglo XXI en materia de sentirse atraído no hacia la cura sino hacia los placebos del montón de los mercados de la salud y la psicología. Hooked, típica composición ciclotímica de electropop kitsch surgida de la influencia de los hermanos Mael, sobreexplica un poco demasiado en su letra el título del disco -como si hiciese falta, luego de tres temas sobre el mismo exacto tópico- y nos ofrece el deambular de un narrador que efectivamente acepta en su vida a ese miedo clásico de los seres humanos que tantas veces roza el delirio, la paranoia y la estupidez rimbombante, en los versos analizado como una droga que genera dependencia e incluso como un amor de lo más malsano o destructor.
Build It Up es un ejercicio de estilo en el dance rock, muy en línea con los dos primeros discos de 2004 y 2005, antes de que la fama y el dinero los fagocitase y comenzasen a tomarse demasiados años entre placa y placa para sobreintelectualizar cada movimiento de allí en adelante, planteo que nos deja con otra canción simpática y poco más que en esta oportunidad explora la comunicación atrofiada del nuevo milenio y nos da una andanada de consejos sobre cómo reconstruirla, desde el hecho de dejar de mitificar la verdad subjetiva o dejar de perderse en supuestas diferencias infranqueables hasta el gesto de preocuparse en serio por el prójimo y ofrecer y compartir en vez de pedir algo a cambio, amén de abandonar toda tendencia hacia la cólera o el odio. Night or Day, en sí lo que Franz Ferdinand entiende por bubblegum pop con filosofía garage y pinceladas de new wave, metamorfosea la ansiedad de los temas previos hacia la canción romántica de celebración de la compañera de turno, por ello el protagonista reconoce que ambos pueden ser irascibles y orgullosos y pueden ponerse a prueba el uno al otro pero a fin de cuentas se apoyan mutuamente y por ello la existencia en conjunto siempre será más fácil que vivir en el egoísmo de la soledad, amén de saltos de la ruina a la gloria y viceversa. En Tell Me I Should Stay se confunden tanto el dance rock y el neo glam modelo Suede, sobre todo en materia de una intro fantasmal, la sobreabundancia de ecos y un sustrato inflado a lo power ballad, como una ruptura romántica tradicional que se mezcla con la propia mortalidad, por ello la partida del narrador está repleta de alusiones fúnebres como la práctica de encender una vela, la súplica en pos de un abrazo fuerte o un beso y las constantes reflexiones acerca del tiempo restante de la relación/ existencia, qué ocurrirá a posteriori y la confusión entre unos latidos interconectados, los suyos y los de ella. Cats sigue en el dejo bailable de la banda, parte de su ADN en términos idiosincrásicos, aunque arrimándolo hacia un terreno postpunkeado que en las últimas dos décadas ha perdido importancia frente a los artilugios digitales, excusa para otro tema sencillo que se sirve de la metáfora felina del título -gran estereotipo de la fauna rockera desde sus inicios- para denunciar la intentona idiota de buena parte de la humanidad en lo que atañe a tratar de convertir a un gato en perro poniéndole una correa o encerrándolo, parábola que apunta a un espíritu libre o salvaje bajo el ataque del sometimiento capitalista domesticador, aburrido y explotador.
Sin duda la mayor sorpresa de The Human Fear es Black Eyelashes, una canción que remite a la música folklórica griega, a su vez muy hermanada a sus homólogas gitana/ romaní y de la Península Balcánica en general, e incluye palabras varias y un puente completo en idioma griego para desparramar hilarantes clichés de lo que Occidente considera que debería ser una tonada de este estilo, en la praxis paseándonos por serpientes misteriosas, un corazón de antracita, el aroma de la naranja, unas abejas acechantes, los árboles de la miseria, una Luna ya ahogada en la noche y esas pestañas negras del título que disparan recuerdos dolorosos de amor. Ubicada en la frontera entre el jangle pop, el indie y el britpop, Bar Lonely aprovecha unos coros adictivos símil los inicios de The Move -y abusa un poco de ellos, también vale aclarar- con el objetivo de regresarnos a la depresión promedio del álbum y vislumbrar una posible salida transitoria visitando ese “Bar Solitario” al que se hace referencia, parte constituyente de la cultura del pub británico porque el protagonista conoce al dueño y se regocija ante las charlas con desconocidos, el alcohol a borbotones y quizás el reencuentro con una señorita del pasado, embriaguez de por medio que nos hace olvidar los problemas. The Birds, el cierre del flamante repertorio modelo 2025, se abre camino como otra faena amena aunque rutinaria que llama la atención por un trabajo muy funky de guitarras y por la ausencia de un estribillo propiamente dicho que se reemplaza con un “in crescendo” de índole beatle/ apocalíptica, todo en función de una letra que explicita la propensión a reunirse de los elementos semejantes y la fantasía de convertirse en una paloma de George Square, en Glasgow, que desconoce la moralidad y jamás se arrepentirá de todo lo que aparentemente se arrepiente el narrador, una mochila de la memoria que no puede dejar atrás.
A pesar de las buenas intenciones ideológicas, en general homologadas a una izquierda humanitaria y muy concienzuda, y del hecho de que The Human Fear, primera propuesta sonora relevante luego de siete largos años de mutismo, en última instancia resulta una colección de composiciones mucho más interesantes y coherentes que aquellas que los escoceses han venido entregando en Tonight: Franz Ferdinand, Right Thoughts, Right Words, Right Action y Always Ascending, todos álbumes efectivamente menos satisfactorios debido al catálogo de mediocridad discursiva y redundancias musicales que se pretendían disimular desde un electropop tampoco despampanante ni mucho menos, lo cierto es que la nueva aventura discográfica de Franz Ferdinand no logra trepar más allá de su condición de “potable” sin demasiado margen para la reescucha o reincidencia por parte del oyente curtido, ese que ve venir a kilómetros de distancia cada arreglo y cada intento de variación sobre la fórmula craneada en los dos primeros trabajos de estudio. El problema con la acepción de los últimos veinte años de la banda que nos ocupa, sinceramente, no sólo pasa por su incapacidad en lo que respecta a recuperar la magia detrás de This Fire, Walk Away o The Dark of the Matinée, algo desde ya entendible porque nadie se queda petrificado en el tiempo y el cambio -querido o no- llega para todos, sino por la pretensión de Kapranos y compañía de apostar siempre a seguro y no saber aggiornarse -su obsesión, aparentemente- más allá de lo cosmético baladí, como si los señores estuviesen reempaquetando semi involuntariamente siempre lo mismo pero ya careciendo de la efervescencia del comienzo y conformándose con un eco apenas afable de lo que supo ser. The Human Fear, en este sentido, parece un peldaño más en el camino hacia una reinvención que nunca llega y que resulta muy frustrante a raíz del generoso volumen de años entre opus y opus y las pocas o nulas verdaderas sorpresas que nos han ido legando, precisamente cuyo mayor tesoro sigue siendo algunos de los pasajes de FFS, muy menores dentro de la ilustre y laberíntica carrera de Sparks y más que atractivos si los pensamos dentro de la chatura de nunca acabar del dance rock de los escoceses.
The Human Fear, de Franz Ferdinand (2025)
Tracks:
