Hablar de la carrera del norteamericano Joel Schumacher siempre resulta una experiencia bizarra porque el señor protagonizó un derrotero errático o más bien esquizofrénico que lo transformó en un cineasta imprevisible aunque jamás particularmente fascinante o crucial, en suma ubicándose en la liga de esos eternos artistas por encargo capaces de saltar de género en género mientras mantienen un puñado de rasgos más o menos invariantes que sintetizan su idiosincrasia, en este caso una intensidad morbosa y algo esperpéntica que se mezclaba con algo de torpeza narrativa, un esteticismo exacerbado de marco publicitario/ videoclipero y unos cuantos personajes muy caricaturescos. Luego de una etapa inicial como diseñador de vestuario en films varios de Frank Perry, Paul Mazursky, Herbert Ross, Melvin Frank y aquel Woody Allen de El Dormilón (Sleeper, 1973) e Interiores (Interiors, 1978) y como guionista en Sparkle (1976), de Sam O’Steen, Un Mundo Aparte (Car Wash, 1976), de Michael Schultz, y El Mago (The Wiz, 1978), el mega delirio de Sidney Lumet, Schumacher comienza su trayectoria como realizador con un par de opus olvidables, La Increíble Mujer Menguante (The Incredible Shrinking Woman, 1981), parodia freak de la legendaria El Increíble Hombre Menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957), de Jack Arnold, y Los Taxistas del Ritmo (D.C. Cab, 1983), comedia con un Laurence Tureaud alias Mr. T en la cúspide de su fama, preludio para una archiconocida y simpática trilogía de obras para adolescentes/ jóvenes adultos, esa compuesta por El Primer Año del Resto de Nuestras Vidas (St. Elmo’s Fire, 1985), Que no se Entere Mamá (The Lost Boys, 1987) y Línea Mortal (Flatliners, 1990), a su vez condimentadas por dos faenas románticas muy menores, Un Toque de Infidelidad (Cousins, 1989) y Todo por Amor (Dying Young, 1991). La madurez profesional en este paradójico período de gloria artística y comercial abarca tanto su estrafalaria interpretación del justiciero encapotado, la correspondiente a Batman Eternamente (Batman Forever, 1995) y la desastrosa Batman & Robin (1997), como su seguidilla de dramas criminales de la época, hablamos de Un Día de Furia (Falling Down, 1993), El Cliente (The Client, 1994), Tiempo de Matar (A Time to Kill, 1996) y aquella 8 Milímetros (8MM, 1999), todos productos correctos y muy exitosos en la taquilla mundial.
Antes de la espiral descendente que sobrevino justo después, decadencia de la que sólo se salva Enlace Mortal (Phone Booth, 2002), maravilla escrita por el querido Larry Cohen y protagonizada por Colin Farrell, Forest Whitaker y el actor fetiche Kiefer Sutherland, y que incluye a películas tan frustrantes, tontas o directamente mediocres como Nadie es Perfecto (Flawless, 1999), Camino de Guerra (Tigerland, 2000), Malas Compañías (Bad Company, 2002), Verónica Guerin (2003), El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera, 2004), Número 23 (The Number 23, 2007), Bahía de Sangre (Blood Creek, 2009), Doce (Twelve, 2010) y Sin Salida (Trespass, 2011), el amigo Joel dirigió la que quizás sea su obra más valiosa o memorable, Un Día de Furia, en simultáneo su primer trabajo cien por ciento adulto, una sátira/ homenaje a la ultra convulsionada Los Ángeles y un retrato de los blanquitos fascistoides y de la fase de transición entre el puritanismo neoliberal y belicista de Ronald Reagan y George H.W. Bush y el cinismo desvergonzado y también militarista descocado de Bill Clinton, sin olvidarnos del hecho de que el convite unifica dos vertientes en apariencia muy distintas del aparato productivo hollywoodense, primero los thrillers de acoso matrimonial/ libidinoso símil Atracción Fatal (Fatal Attraction, 1987), de Adrian Lyne, y Durmiendo con el Enemigo (Sleeping with the Enemy, 1991), de Joseph Ruben, y segundo la tradición de los vigilantes urbanos hiper exaltados, rubro subdividido entre el nihilismo de Joe (1970), de John G. Avildsen, y Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese, y la vertiente más burguesa amigable y más derechosa explícita de Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), de Don Siegel, y El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), de Michael Winner. Un Día de Furia combina el devenir de tres personajes a lo largo de una jornada de caos metropolitano y mucho calor, el Sargento Martin Prendergast (Robert Duvall), un oficial que atraviesa su último día como policía porque está próximo a jubilarse, Elizabeth Trevino (Barbara Hershey), madre de una nena chiquita que se prepara para su fiesta de cumpleaños, Adele (Joey Singer), y el ex marido de la anterior, William Foster (Michael Douglas), un ingeniero que fue echado un mes atrás de una planta de misiles, vive con su progenitora (Lois Smith) y colapsa en términos mentales en medio del laberinto angelino.
El guión del actor reconvertido en escritor Ebbe Roe Smith, su único trabajo interesante porque pronto dinamitaría esa vertiente profesional de la mano de la horrenda Unidad 54 al Rescate (Car 54, Where Are You?, 1994), de Bill Fishman, evidentemente fue reescrito por Schumacher, una costumbre sin acreditar del susodicho a lo largo de toda su carrera, porque sigue una estructura episódica sin nunca volcarse del todo hacia un hipotético relato coral, así las cosas tenemos los sucesivos encuentros de Foster, quien efectivamente se baja de su automóvil en un embotellamiento claustrofóbico inaugural que reproduce a su homólogo de 8½ (1963), de Federico Fellini, con el Señor Lee (Michael Paul Chan), dueño coreano de un minisupermercado al que le roba un bate de béisbol, con dos pandilleros latinos (Agustín Rodríguez y Eddie Frías), quienes le quieren sacar su maletín de oficinista kafkiano y él a su vez les sustrae una navaja y a posteriori un bolso repleto de armas, con un menesteroso bastante pícaro (John Fleck), sujeto que vive en un parque y le pide dinero al verlo todo prolijito de saco, corbata y corte de pelo a tono, con un par de empleados anodinos de la hamburguesería Whammyburger, la cajera Sheila (Dedee Pfeiffer) y el gerente Rick (Brent Hinkley), dúo que no le quiere servir el desayuno hasta que exhibe una ametralladora y los convence de que el horario del almuerzo no anula al anterior, con un pobre hombre de color que protesta en la puerta de una entidad financiera parasitaria (Vondie Curtis-Hall), todo por ser etiquetado como “no económicamente viable” cuando solicitó un préstamo, con un bobo insoportable que deseaba usar un teléfono público (Mark Frank), por ello William le dispara una ráfaga a la cabina en cuestión, con el propietario de una tienda de equipamiento militar (Frederic Forrest), neonazi homofóbico que lo ataca al descubrir que no comparte sus ideas y así se gana que lo asesine a tiros, con un niño negro con una bicicleta (Valentino D. Harrison), el cual le enseña a usar una bazuca contra unos obreros del ayuntamiento, con un matrimonio que cuida una mansión de un cirujano plástico (John Diehl y Amy Morton), pareja que entra en pánico ante la posibilidad de que secuestre a su hija (Abbey Barthel), y finalmente con un par de golfistas inmundos, Frank (Jack Betts) y Jim (Al Mancini), que lo importunan en su viaje hacia la casa de Elizabeth para saludar a Adele por su cumpleaños.
Moviéndose entre por un lado una parodia del yuppie ochentoso ya veterano -o quizás del chauvinista decrépito que no puede entender la desaparición de la Guerra Fría- disfrazada de epopeya criminal y psicológica de derecha y por el otro lado una conjunción poco sutil entre surrealismo, comedia negra, absurdo y un naturalismo descarnado tendiente a sopesar los pros y los contras de las ciudades demenciales y atiborradas de gente de hoy en día, el film explora el carnaval cultural posmoderno desde un calidoscopio símil Haz lo Correcto (Do the Right Thing, 1989), de Spike Lee, que unifica las diferentes colectividades de las metrópolis globalizadas con el pop descafeinado, el soft rock, la flamante escena alternativa y desde ya el acervo hip hop, aquel del rap + los DJs + los graffitis + el breakdance, aunque sin descuidar latiguillos infaltables del cine testimonial de los 80 y 90 como por ejemplo la gentrificación extendida y la presencia de los homeless/ sin techo, los enfermos de SIDA, los veteranos de la Guerra de Vietnam y la Guerra del Golfo y todos aquellos que protestan contra la miseria, los atropellos y las injusticias diarias del nuevo capitalismo salvaje que surgió de las ruinas del Estado de Bienestar. Con grandes actuaciones de Duvall, Forrest, una Rachel Ticotin en la piel de la Detective Sandra Torres, la compañera de Prendergast, esa Tuesday Weld que compone a Amanda, la esposa dominante del sargento, y un Michael Douglas extraordinario que estaba en lo mejor de su carrera, Schumacher esquiva el clásico maniqueísmo moral yanqui porque Foster es héroe, villano y víctima en su condición de metáfora con patas del hartazgo psicopático, el desempleo crónico actual u obsolescencia forzada humana, la desaparición de la familia nuclear y la fetichización de una melancolía que muta en odio y locura por falta de seguridades de toda clase, amén del ataque mortífero contra el egoísmo plutocrático, la banalidad de los mass media, la insensibilidad social, el racismo, la inflación galopante, la comida basura, el consumismo, todo el tráfico infernal, la corrección política, el feminismo blanco burgués o autovictimización mujeril, lo new age, los neofascistas, la inoperancia institucional, la xenofobia, la explosión en delincuencia y tribus urbanas intolerantes, el sexismo, la violencia omnipresente, la burocracia, el culto a la belleza, las oligarquías privilegiadas, la homofobia y la autocomplacencia generalizada…
Un Día de Furia (Falling Down, Estados Unidos/ Francia/ Reino Unido, 1993)
Dirección: Joel Schumacher. Guión: Ebbe Roe Smith. Elenco: Michael Douglas, Robert Duvall, Barbara Hershey, Rachel Ticotin, Tuesday Weld, Frederic Forrest, Lois Smith, Joey Singer, Brent Hinkley, Vondie Curtis-Hall. Producción: Timothy Harris, Arnold Kopelson y Herschel Weingrod. Duración: 113 minutos.