Pillion

Aptitud para la devoción

Por Emiliano Fernández

Hace mucho que el cine contemporáneo no nos ofrecía una película tan emocionalmente perspicaz como Pillion (2025), escrita y dirigida por el debutante Harry Lighton, inglés que adapta una novela del compatriota y asimismo homosexual Adam Mars-Jones, Box Hill (2020), sobre la difusa frontera entre el amor, la docilidad, la convivencia y el fetichismo dentro de una filosofía aguerrida fassbindereana que nada tiene que ver con el feminismo marica de Pedro Almodóvar o las pesadillas claustrofóbicas suburbanas de Todd Haynes. En cierta medida coqueteando con el relato de aprendizaje/ bildungsroman/ coming of age, la trama gira alrededor de Colin (Harry Melling), un agente de tránsito que se dedica a multar coches en infracción y vive con sus padres sobreprotectores, Pete (Douglas Hodge) y Peggy (Lesley Sharp), esta última padeciendo cáncer y ya sin pelo por la quimioterapia. Gay, solitario, muy retraído y con una única afición conocida, cantar en un cuarteto vocal con su padre, el protagonista una noche conoce en un pub a una cofradía de motoqueros homosexuales y en especial a una de las figuras prominentes del colectivo, Ray (Alexander Skarsgård), adonis veterano con el que tiene un encuentro en un callejón durante el día de Navidad, una rauda sesión de sexo oral. El asunto pronto deriva en una relación basada en la disciplina porque Colin se transforma en el siervo/ esclavo de Ray, sujeto misterioso que adora su motocicleta y su rottweiler, Rosie, y que parece haber abandonado una familia heterosexual, tatuaje en el pecho de por medio con los nombres de Ellen, Wendy y Rosie, así las cosas lo insta a raparse la cabeza, a ponerse un collar de “sumiso” -con cadena y candado- y a dedicarse a las tareas frecuentes del hogar compartido, sobre todo cocinar, limpiar, alimentar a la perra, lavar toda la ropa y hacer las compras para durante las noches dormir en el piso, nunca en la cama de un “amo” que también hegemoniza las sesiones de sexo pero sin sobrepasarse porque frente al dolor de la contraparte se detiene de inmediato.

 

La curiosa amalgama, sustentada en la “aptitud para la devoción” de Colin según palabras del motoquero, es saboteada por los padres del agente de tránsito y en especial Peggy, que no entiende el trasfondo de la pareja y en un almuerzo en conjunto se gana acusaciones de ignorante y retrógrada. A posteriori de la muerte de la progenitora el devoto entra en crisis y pretende que la felicidad con Ray se enriquezca con algo de cariño tradicional o “días libres” semanales o mensuales de la obediencia y las tareas cotidianas, no obstante el amo se niega y el siervo le roba la moto durante una noche, lo que genera un relajamiento de la disciplina a través de una jornada de pareja estándar en donde queda en evidencia que hay amor de por medio, catalizador a su vez de la crisis existencial silente de Ray. La estructura narrativa está más cerca de una comedia romántica deforme que de la alegoría tragicómica sadomasoquista o quizás la fábula para adultos símil cuento de hadas sarcástico basado en la sumisión de un miembro de la pareja por motu proprio y por placer, marco que corre en paralelo con la enorme destreza de Lighton para equilibrar el romance modelo “feel good”, por un lado, y el trasfondo hardcore de idiosincrasia arty terrorista, por el otro lado. El humor negro no sólo abarca la pareja despareja protagónica en sí sino también el triple eje de BDSM -bondage, disciplina, dominación/ sumisión, sadismo y masoquismo- de fondo, primero el correspondiente a la profesión de Colin, un agente de tránsito que recibe insultos sin cesar por parte de conductores que acumulan multas, segundo el afectivo/ sexual del personaje de Melling, suerte de camino hacia el autodescubrimiento luego de un período de no saber cuál sería su horizonte, y tercero el empardado a esta comunidad de motoqueros homosexuales, esperpénticos y fraternales, un típico caso de espanto para el afuera y cariño freak para el adentro cual estrategia de supervivencia social aunque asimismo de cohesión dentro del grupo, amparados en la estabilidad que garantizan los preceptos y las jerarquías.

 

En pantalla la mentalidad femenina de impronta castradora/ conservadora/ cobarde, en concreto la madre, enturbia la relación de poder con planteos igualitarios que no tienen que ver con el sexo y su dinámica dictatorial o más bien mecánica, de allí que la primera etapa del vínculo, la pasional del semi desapego afectivo mutuo, responda a patrones repetitivos homologables a una tiranía esclavista farsesca de naturaleza autocontenida, sin necesidad de justificación o intervención alguna del exterior. El film trabaja muy bien el sentido de pertenencia al cónclave de los motociclistas gays, un grupete en completa armonía con sus reglas y posiciones simbólicas, en contraposición a la vacuidad burguesa de los padres o la sociedad tradicional en general, basada en un fariseísmo o falsa simetría que prefiere no asumir que en la pareja siempre uno domina y el otro se somete porque ese es el imperativo de la biología gregaria, ya sea a nivel consciente o inconsciente, en este sentido el término en inglés del título, “pillion”, alude al individuo que acompaña al conductor de las motos, ambos sentados en el mismo asiento cual estructura con sus lugares prefijados y aceptados en materia del control del volante. Aquí los celos erotizan y no están demonizados como en tanta faena romántica boba hollywoodense, por ello Colin por fin llega al orgasmo durante el coito anal cuando siente celos por otro esclavo de la comunidad de motoqueros, Steve (Mat Hill), el cual para colmo comparte un vínculo más afectuoso/ demostrativo con su amo cojo, Kevin (Jake Shears, nada menos que el líder de Scissor Sisters). Ambos actores se lucen de sobremanera, el sueco loquito Skarsgård, vástago del célebre Stellan Skarsgård que brilló hace poco en El Hombre del Norte (The Northman, 2022), de Robert Eggers, y Piscina Infinita (Infinity Pool, 2023), joya de Brandon Cronenberg, y el grotesco Melling, conocido por su personaje de Dudley Dursley en la saga que comenzase con Harry Potter y la Piedra Filosofal (Harry Potter and the Philosopher’s Stone, 2001), de Chris Columbus.

 

Tan lejos del indie estándar de La Secretaria (Secretary, 2002), de Steven Shainberg, como del mainstream lyneano de Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, 2015), de Sam Taylor-Johnson, la película en todo caso se asemeja al sustrato sadomaso irónico y emocionalmente muy cargado de Perversa Luna de Hiel (Bitter Moon, 1992), de Roman Polanski, El Duque de Burgundy (The Duke of Burgundy, 2014), de Peter Strickland, y Los Perros no Usan Pantalones (Koirat eivät Käytä Housuja, 2019), de J.-P. Valkeapää, sin olvidarnos del eco del bikexploitation y el cine contracultural de las décadas del 60 y 70 que denunciaba a la lacra fascistoide capitalista, pensemos para el caso en clásicos del gremio motoquero como Motorpsycho (1965), de Russ Meyer, Los Ángeles del Infierno (The Wild Angels, 1966), de Roger Corman, Nacidos para Perder (The Born Losers, 1967), de Tom Laughlin, La Chica de la Motocicleta (The Girl on a Motorcycle, 1968), de Jack Cardiff, Diabólicas sobre Ruedas (She-Devils on Wheels, 1968), de Herschell Gordon Lewis, Los Siete Salvajes (The Savage Seven, 1968), de Richard Rush, Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, Asfalto Violento (Electra Glide in Blue, 1973), de James William Guercio, y Stone (1974), de Sandy Harbutt, amén de relecturas posteriores en sintonía con Quadrophenia (1979), de Franc Roddam, Descontrol (Spetters, 1980), del genial Paul Verhoeven, El Desamor (The Loveless, 1981), de Kathryn Bigelow y Monty Montgomery, La Ley de la Calle (Rumble Fish, 1983), neoclásico de Francis Ford Coppola, y la reciente El Club de los Vándalos (The Bikeriders, 2023), de Jeff Nichols, estas últimas más volcadas a divinizar a El Salvaje (The Wild One, 1953), la recordada gesta de Laslo Benedek con Marlon Brando y Lee Marvin. Entre nociones varias como identidad, pudor, belleza, deseo, madurez y tensión erótica y psicológica mundana, la propuesta de a poco va dejando entrever que la situación de cabecera arrastra una paradoja, eso de que la sumisión eterna no es precisamente buena para el amor a largo plazo y por ello el agente de tránsito comienza a rebelarse al sentirse un elemento prefijado más en la vida de Ray, como la perra que recibe un buen lugar en el sillón del hogar o esa motocicleta que lava religiosamente todos los días, ambas recibiendo más cariño que el propio protagonista. El último acto por suerte no exagera la esperable crisis de la pareja ni termina de dar vuelta la fórmula en cuanto al yugo vía un hipotético dominio de la criatura de Melling sobre el motoquero, dos opciones que hubiesen dicho presente en caso de estar ante el mainstream imbécil yanqui, sino que profundiza la metamorfosis de Colin y Ray hacia algo nuevo que tiene que ver con abandonar en parte el sadomasoquismo y volcarse al cariño más prosaico como el simple hecho de besarse, de allí que la fuga del final del personaje de Skarsgård se sienta natural ya que es el menos permeable al compromiso y la responsabilidad, dos de los vórtices que más asustan en un Siglo XXI de egoísmo, burbujas y pretensiones imposibles de alcanzar en el amor y la libido, más demenciales que autoafirmantes, por ello mismo el desenlace resulta tan maravilloso, humanista y astuto, digno de un cine para adultos con neuronas afiladas vinculado a la aceptación del fracaso y a esta necesidad de empezar de nuevo, ya conociendo lo que se busca y las herramientas anímicas con las que se cuenta para ello…

 

Pillion (Reino Unido/ Irlanda, 2025)

Dirección y Guión: Harry Lighton. Elenco: Harry Melling, Alexander Skarsgård, Douglas Hodge, Lesley Sharp, Jake Shears, Mat Hill, Anthony Welsh, Jacob Carter, Stevie Raine, Jake Sharp. Producción: Emma Norton, Andrew Lowe, Ed Guiney y Lee Groombridge. Duración: 107 minutos.

Puntaje: 9