Diabolik

Aquella anarquía multicolor

Por Emiliano Fernández

Diabolik (1968) es una de esas pocas películas que a la vez que subrayan la época en la que fueron realizadas, un tiempo que impregna de forma fascinante cada uno de los fotogramas, asimismo dejan entrever una imaginación extraordinaria y muy atemporal que habilita un análisis melancólico en torno a cuánto se perdió de energía creativa, desparpajo y delirio liso y llano con el transcurso de las décadas subsiguientes en el ámbito de la cultura en general y el séptimo arte en particular, dos comarcas cada día más presas de la corrección política, el conservadurismo y las estrategias de marketing más bobaliconas y repetitivas: paradoja de por medio que estable de sopetón estas mismas diferencias entre las sociedades de ayer y hoy, el film que nos ocupa, dirigido y escrito por Mario Bava y producido por Dino De Laurentiis, por cierto dos titanes eternos del cine italiano, fue en su momento un proyecto furiosamente comercial basado en el querido cómic homónimo -creado en 1962- de las hermanas Angela y Luciana Giussani, un clásico del Fumetti Neri o historietas para adultos centradas en altas dosis de violencia y sensualidad a cargo de antihéroes más o menos modelados alrededor del personaje de Fantômas, el genio criminal eje de una serie de novelas firmadas por Marcel Allain y Pierre Souvestre que se sucedieron a partir de su primera aparición en 1911. El opus de Bava enriquece de modo exponencial el sustrato de base a medida que avanza el metraje, incorporando elementos varios de las películas del período de James Bond/ 007 protagonizadas por Sean Connery, mucho de la parafernalia deliciosamente ridícula de la serie televisiva Batman (1966-1968), encabezada por Adam West y Burt Ward, y hasta un trasfondo que se vincula directamente con la psicodelia contracultural del Flower Power, la revolución sexual, los movimientos por los derechos civiles y los colectivos militantes de izquierda, la férrea lucha contra los representantes más fascistas de los gobiernos occidentales y orientales y en especial el éxtasis del sensorio humano “trabajado” por aquella primera camada de drogas alucinógenas, aún sin la triste manipulación industrial de por medio y con objetivos más ideológicos que sólo recreativos.

 

Mucho antes de la basura contemporánea de los superhéroes hiper biempensantes de hoy en día, todos idénticos e intercambiables entre sí, Diabolik nos propone de protagonista a un encantador diletante del mal que no se esfuerza para nada en ser elegante -le sale natural- y que unifica el sustrato sutilmente indecente de las revistas pulp de la primera mitad del Siglo XX con aquella anarquía multicolor que eclosionó durante la década del 60, todo en el contexto de un relato en verdad muy sencillo -que transcurre en el país europeo ficticio de Clerville- en el que nuestro ladrón experto (interpretado por un perfecto John Phillip Law), un señor que utiliza un traje de látex negro que le recubre todo el cuerpo, posee un escondite subterráneo monumental y tiene de cómplice y amante a la hermosa Eva Kant (Marisa Mell), debe enfrentarse por un lado a su némesis correspondiente a la otra orilla de la ley, el Inspector Ginko (Michel Piccoli), y por el otro lado a un colega criminal mafioso que presionado por el uniformado termina haciendo lo posible para que Diabolik caiga en manos de la justicia, hablamos del desalmado Ralph Valmont (Adolfo Celi). Nuestro adalid primero roba diez millones de lo que parecen ser unos dólares algo bizarros, obviando un camión de caudales de señuelo y deduciendo que el dinero va a bordo de un Rolls-Royce, luego le sustrae a la esposa del Ministro de Finanzas británico de visita en Clerville, Lady Clark (Caterina Boratto), un famoso collar con once esmeraldas llamado Aksand, el cual le termina regalando a Eva con motivo de su cumpleaños, y finalmente decide dar su “golpe” más ambicioso tomando posesión de 20 toneladas de oro que el gobierno carga en un tren para llevarlas al extranjero y comprar divisas, a posteriori de que Diabolik explotase todos los registros públicos vinculados a la recaudación de impuestos en tanto venganza contra el Inspector Ginko y demás esbirros estatales por poner una recompensa de un millón sobre su cabeza, movida en general que deriva en una escena muy graciosa en la que el Ministro de Finanzas y ex Ministro del Interior (Terry-Thomas) le suplica al pueblo de Clerville que pague los impuestos que consideren que deben, algo que por supuesto no ocurre para nada.

 

El guión de Bava, Tudor Gates, Brian Degas y Dino Maiuri entrega el dinamismo de los cómics y está plagado de desvaríos maravillosos adicionales como por ejemplo la escena inicial con Diabolik llevándose el Rolls-Royce con un montacargas en medio de una nube de humo de color amarillo, violeta y verde, la de la pareja criminal teniendo sexo debajo de una montaña de billetes y arriba de una enorme cama circular giratoria, la genial secuencia de la conferencia de prensa del Ministro del Interior para anunciar que el gobierno de Clerville ha restaurado la pena capital, momento en el que Diabolik y Kant liberan una buena dosis de gas hilarante/ óxido de nitrógeno para burlarse de una movida desesperada orientada a causar miedo entre el hampa, la graciosa escena de la redada en el antro drogón/ hippón de Valmont para extorsionarlo y convertirlo en lugarteniente de las autoridades, el fetiche de este último con basurear a su pareja ultra tontuela, Rose (Annie Gorassini), y con tirar a sus adversarios desde su avión privado en vuelo mediante una escotilla automática en el suelo de la nave, el instante animado del identikit de Eva a partir del relato de una prostituta (Lucia Modugno), la legendaria subida con ventosas del protagonista -ahora todo vestido de blanco- a lo largo de los altísimos muros del Castillo de Saint Just, donde se aloja Lady Clark (el asunto incluye además una de las primeras apariciones del recurso de la foto colgada adelante de la cámara de vigilancia, todo un clásico del policial y las caper movies), la huida posterior cuando el dúo criminal coloca una película reflejante símil espejo en el camino para escapar de los policías, todo el episodio del secuestro de Kant por parte de un Valmont que termina cayendo al vacío desde su avión con Diabolik, con éste incluso utilizando las esmeraldas del collar Aksand como balas que “guarda” en el cadáver del mafioso y luego recoge en el simpático crematorio de turno, el detalle complementario del personaje de Law muriendo y resucitando gracias a un insólito compuesto químico que tomó prestado de los lamas tibetanos, el patetismo del nuevo Ministro del Interior, el Señor Hammond (Renzo Palmer), y todo el asunto de la recompensa, las bombas contra el fisco y el robo de las 20 toneladas de oro, incluido el lance de quitarle el camión a un podre diablo -totalmente encandilado con la anatomía de Kant- para luego arrojarlo contra las vías del tren que transporta el cargamento dorado y terminar haciendo volar por los aires a un mega puente, con el delirio ulterior de llevarse el botín bajo el agua -con apenas unos globos y un vehículo subacuático a motor- y fundirlo en lingotes pequeños calentando el interior del contenedor y tirando con una manguera los colosales chorros de oro líquido sobre moldes.

 

Casi todo en Diabolik grita desproporción y -por consiguiente- libertad creativa irrestricta, inmaculada a más no poder, algo así como una interminable catarata de planteos fastuosos que abarcan el diseño del producción del gran Carlo Rambaldi, la dirección de arte de Flavio Mogherini y Piero Gherardi, los decorados de Ennio Michettoni, la espectacular fotografía de Antonio Rinaldi y el propio Bava, el montaje hiperquinético de Romana Fortini, el hermoso vestuario de Luciana Marinucci, Giulio Coltellacci y Piero Gherardi, y la esplendorosamente lúdica música del genial Ennio Morricone, cada uno un profesional de hierro en su rubro/ ámbito que por cierto aquí en conjunto superan por mucho a la otra adaptación comiquera que se filmó prácticamente en paralelo, nos referimos a Barbarella (1968), dirigida por Roger Vadim, protagonizada por Jane Fonda y este mismo John Phillip Law y también producida por Dino De Laurentiis, una faena igual de lunática aunque no tan gratificante en el apartado artístico. A pesar de que el productor le impuso al director la condición de bajar el volumen de la violencia y la sensualidad con respecto a los niveles inflados de la historieta original de las hermanas Giussani, Bava de todas formas redondeó un exponente agitado, surrealista y muy adictivo de aquel cine masivo de fines de los 60 que combinaba humor de pulso camp, secuencias de acción muy imaginativas deudoras del culto al espionaje de la Guerra Fría, una estética kitsch sadomasoquista que controla los ojos del espectador con mano firme, una constante apelación a la belleza femenina -tanto la refinada a lo industria de la moda como esa prostibularia que también disfrutamos- y hasta chispazos de una crueldad más o menos implícita y simbolizada en la retahíla de cadáveres que va dejando Diabolik, los autos destruidos en las diversas persecuciones y en especial el secuestro de Eva, con la que el captor de turno se “entretiene” violándola y apagándole cigarrillos en su celestial cuerpo (la cama, las sogas, la ropa desgarrada y los juegos con el tabaco encendido nos hablan de ello). La acracia individualista, lacónica y paradójicamente plutocrática que representa el ladrón titular, una especie de terrorista que pretende a escala tácita destruir al capitalismo llevando sus principios hasta las últimas consecuencias y sin sonseras hipócritas sociales o legales de por medio, está metaforizada de maravillas en el gesto del desenlace de quedar Diabolik mismo petrificado por el oro que robó al estallar el contenedor y desparramar el líquido dorado por todo su escondite, con el adusto Inspector Ginko una vez más dándolo por muerto y sólo Eva -y nosotros los espectadores, desde ya- sabiendo que continúa vivo a pura picardía, destreza y un guiño de ojo que todo lo puede…

 

Diabolik (Italia/ Francia, 1968)

Dirección: Mario Bava. Guión: Mario Bava, Tudor Gates, Brian Degas y Dino Maiuri. Elenco: John Phillip Law, Marisa Mell, Michel Piccoli, Adolfo Celi, Terry-Thomas, Renzo Palmer, Annie Gorassini, Caterina Boratto, Lucia Modugno, Claudio Gora. Producción: Dino De Laurentiis. Duración: 105 minutos.

Puntaje: 10