Película Muda (Silent Movie)

Aquellas risas del silencio

Por Emiliano Fernández

De entre toda la colección de parodias encaradas por Mel Brooks a lo largo de su carrera como realizador Película Muda (Silent Movie, 1976), quizás más conocida en el mercado hispanoparlante como La Última Locura de Mel Brooks, se destaca no sólo por lo insólito de su propuesta retórica/ discursiva/ ideológica, eso de homenajear al desaparecido cine silente encarando precisamente una película sin sonido más allá de la música incidental y algunos efectos esporádicos en función de la acción, sino también porque constituye la sátira más cariñosa y menos mordaz del señor para con el supuesto objeto de burla, léase aquella etapa primigenia del séptimo arte que abarca desde fines del Siglo XIX hasta las postrimerías de la década del 20 del Siglo XX, algo que se explica por el evidente afecto que el realizador y guionista siente por el slapstick o comedia física en particular y por las minucias del lenguaje corporal de la pantomima en materia de la actuación en general, dos dimensiones y/ o rasgos -junto con los intertítulos para los diálogos entre los protagonistas- que marcaron toda una época y el mismo nacimiento del cine. Dicho de otro modo, en Película Muda el sustrato sardónico habitual del neoyorquino está bastante atenuado si lo comparamos con la acidez de Los Productores (The Producers, 1967) para con Broadway y el nazismo, de Locura en el Oeste (Blazing Saddles, 1974) en relación a los westerns y su iconografía, de El Joven Frankenstein (Young Frankenstein, 1974) en torno al terror de los monstruos clásicos de la Universal Pictures, de Las Angustias del Dr. Mel Brooks (High Anxiety, 1977) para con el acervo artístico del suspenso de Alfred Hitchcock, de La Loca Historia del Mundo (History of the World: Part I, 1981) en relación al devenir histórico de la humanidad, de S.O.S. Hay un Loco en el Espacio (Spaceballs, 1987) alrededor de la saga iniciada con La Guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), de George Lucas, de Las Locas, Locas Aventuras de Robin Hood (Robin Hood: Men in Tights, 1993) en torno al héroe popular del folklore inglés medieval y finalmente de Drácula: Muerto pero Feliz (Dracula: Dead and Loving It, 1995) en lo referido al célebre personaje creado en 1897 por el irlandés Bram Stoker a partir del príncipe rumano Vlad III de Valaquia alias “Vlad, el Empalador”.

 

A decir verdad hubo muchos análisis y tributos mimetistas más o menos camuflados al cine silente y sus diversas facetas y características a lo largo de las décadas, como por ejemplo El Ocaso de una Vida (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder, Cantando bajo la Lluvia (Singin’ in the Rain, 1952), de Stanley Donen y Gene Kelly, Las Vacaciones del Señor Hulot (Les Vacances de Monsieur Hulot, 1953), del siempre exquisito Jacques Tati, El Botones (The Bellboy, 1960), de Jerry Lewis, Nickelodeon (1976), de Peter Bogdanovich, Valentino (1977), de Ken Russell, Juha (1999), de Aki Kaurismäki, La Canción más Triste del Mundo (The Saddest Music in the World, 2003), de Guy Maddin, El Artista (The Artist, 2011), de Michel Hazanavicius, Blancanieves (2012), de Pablo Berger, y La Tortuga Roja (La Tortue Rouge, 2016), opus animado de Michael Dudok de Wit, no obstante la obra de Brooks sobresale por mucho gracias a que logra dotar de nueva vida a aquella dinámica visual minimalista sin renunciar a rasgos posteriores como el color, la ironía posmoderna y una mayor libertad en materia de los chistes sexuales e intra industria cinematográfica, planteo retórico que por cierto se divide entre una entrañable vocación imitativa en plan de antología absurda para con aquellos gags de antaño, de hecho el influjo cariñoso al que nos referíamos con anterioridad, y un ataque despiadado contra el mainstream estadounidense y Hollywood en términos macros, caudal atemporal sobre el que el amigo Mel vuelca todo su sarcasmo con el objetivo manifiesto de por un lado denunciar la estupidez, el canibalismo y la vileza capitalista del grueso de la industria cultural, de paso por supuesto despuntando el querido vicio/ fetiche de la causticidad hiriente, y por el otro lado reservarle las flores al humor clásico del cine mudo y sobre todo la tradición del slapstick, hoy retomada desde un anhelo enciclopedista fascinante que recupera elementos variopintos de las rutinas de gente como Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd pero también de comediantes que lograron triunfar en los años sonoros posteriores, pensemos para el caso en El Gordo y el Flaco/ Oliver Hardy y Stan Laurel, Abbott y Costello/ Bud Abbott y Lou Costello, Los Tres Chiflados y los Hermanos Marx, entre otros mojones de la comedia física más efervescente.

 

Entre autocitas a Locura en el Oeste y El Joven Frankenstein y dardos maquillados a la Metro Goldwyn Mayer y esa Gulf & Western Industries que absorbió a Paramount Pictures, la trama nos ofrece una sucesión de hilarantes viñetas que giran alrededor del intento del otrora gran director de cine Mel Funn (Brooks), quien perdió su prestigio, fama y dinero por su alcoholismo, de volver a rodar encarando la primera faena sin sonido en 40 años, intitulada precisamente Película Muda (Silent Movie), un delicioso delirio que consigue venderle al jefe de turno de Big Pictures Studios (Sid Caesar) a condición de que consiga las más grandes estrellas de aquel entonces. Ayudado por sus socios, el glotón Dom Bell (Dom DeLuise) y el perversito sexual Marty Eggs (Marty Feldman), Funn empieza un derrotero en pos de fichar a los actores más taquilleros del período como Burt Reynolds, a quien encuentran en su mansión repleta de espejos, James Caan, eje de un episodio en su trailer de vestuario símil la cabaña en el precipicio de La Quimera del Oro (The Gold Rush, 1925), de Chaplin, Liza Minnelli, a quien hallan en la cafetería del estudio y deciden encarar calzados en armaduras medievales, Anne Bancroft, esposa en la vida real de Brooks y rodeada en pantalla de cuatro machos/ chongos en un club nocturno, Paul Newman, con el que participan en una desopilante carrera de sillas de ruedas, y hasta Marcel Marceau, catalizador del gag más famoso del film porque cuando le preguntan por teléfono si quiere sumarse a Película Muda simplemente responde “no”, la única palabra hablada del metraje o línea de diálogo por fuera de los intertítulos. Los villanos reglamentarios son los jerarcas de un conglomerado capitalista llamado Engulle & Devora/ Engulf & Devour (Harold Gould y Ron Carey), quienes pretenden aprovecharse de la serie de fracasos de Big Pictures Studios para tomar posesión de la productora a bajo costo, de allí que el jefe del estudio necesite tanto un éxito de taquilla repleto de estrellas y los maleantes decidan mandarle a Funn una vampiresa, la voluptuosa artista de cabaret Vilma Kaplan (Bernadette Peters), para seducirlo y sabotear cuanto antes el proyecto. Eggs y Bell le muestran al director un cheque por 50 mil dólares de Engulle & Devora dirigido a Vilma como prueba irrefutable de la traición, lo que lleva a Mel a recaer en la bebida por su corazón roto y a comprarse una botella gigante de whisky. Kaplan se arrepiente de su condición de doble agente a raíz de su enamoramiento sincero hacia Funn, desencadenando que el protagonista logre rodar la película y que los esbirros del conglomerado, a su vez, le roben la única copia disponible justo antes de la premiere. Los muchachos logran rescatar la lata del film, luego de una persecución surrealista por todo Hollywood con las huestes de Engulle & Devora y después de una batalla de por medio adelante de una expendedora automática defectuosa de latas de Coca Cola que derivan en misiles y granadas tácitas, y así la epopeya muda es proyectada ante el público y resulta todo un éxito con globos, desfiles, acróbatas y ridículas banderitas norteamericanas por doquier. Antes que nada vale aclarar que Película Muda fue el primer protagónico verdadero del cómico neoyorquino y una de las pocas ocasiones en las que se pudo apreciar en serio su destreza actoral más allá de los cameos en sketchs aislados, muy en sintonía con Las Angustias del Dr. Mel Brooks, la injustamente olvidada ¡Qué Perra Vida! (Life Stinks, 1991) y hasta Soy o no Soy (To Be or Not to Be, 1983), otro trabajo muy subvalorado aunque en esta oportunidad dirigido por Alan Johnson, un coreógrafo devenido en cineasta que se hizo cargo de esa remake del opus homónimo de 1942 de Ernst Lubitsch.

 

En lo que respecta a la pretensión de Brooks de reproducir clásicos de la riqueza cómica muda y mezclarlos con latiguillos y un marco ideológico más reciente, no se pueden pasar por alto cúspides como las sucesivas intentonas de Eggs por seducir a diferentes mujeres, el primer encuentro entre el realizador y el jefe de Big Pictures Studios, la escena de la ducha en el caserón de Reynolds, el gag subsiguiente con los zancos, los problemas que tiene un vendedor de diarios veterano (Liam Dunn) para sobrevivir a la entrega de los ejemplares del Los Ángeles Chronicle, el episodio chaplinesco con Caan, la rutina de las cachetadas a lo Los Tres Chiflados en las oficinas neoyorquinas de Engulle & Devora, las mujeres al paso que acusan a los varones de ser homosexuales, el sketch con Eggs y los dos perros en la puerta del retrete público, uno lazarillo y el otro normal, la secuencia en la sala de proyección y la película sobre las tropas imperiales inglesas que se fusilan mutuamente, el momento hiper bufonesco clasicista con las armaduras y Minnelli, ese otro homólogo en el baño basado en el smoking que comparten los personajes de Gould y Carey, el homenaje anacrónico a los musicales con motivo de la aparición de Bancroft, las rutinas de los ascensores tipo pinball y el tenis electrónico con un monitor en ocasión de la visita al jefe del estudio, internado en un hospital por toda la angustia acumulada, el legendario y muy sardónico gag de Marceau, la persecución símil cuadrigas de Ben-Hur (1959), de William Wyler, detrás del piloto consumado Newman, todo un fanático del automovilismo y corredor experto, la presentación del personaje de Peters en el club nocturno, la secuencia onírica en el pastel de bodas tracción a muchas burbujas, toda la escena de la borrachera vía la cama del hotel, los vagabundos y la referencia a Rey de Reyes (King of Kings, 1961), de Nicholas Ray, y los gags más famosos del desenlace como el del auto partido al medio, el caricaturesco del coche con el letrero de “Control de Plagas Acne”, el chiste de la mosca en la sopa, Eggs atrapado en el celuloide, el hastío de los espectadores del estreno ante el striptease y los números circenses interminables de Vilma y todo el desfile implícito de los últimos segundos. Ahora bien, llama la atención el nivel de virulencia del film incluso tratándose de una creación de Brooks, eterno satirista de la faceta furiosamente comercial del séptimo arte, pensemos en el retrato hiper amargo que ofrece del mainstream entre actores narcisistas y bobos, ejecutivos mediocres transitorios, grupos empresarios que toman posesión cual jungla darwinista de cemento, espectadores caprichosos y muy necios, artistas varios atrapados en sus vicios y un negocio sujeto por completo a la dialéctica conservadora del dólar y las marcas/ estrellas/ sagas ya ampliamente testeadas y en esencia intercambiables. El guión de Brooks, Ron Clark, Rudy De Luca y Barry Levinson respeta los lineamientos generales de la carrera del director y vuelve a aparentar anarquía cuando en realidad está fuertemente estructurado para sacar lo mejor de colaboradores habituales del señor, tanto pasados como futuros, como el genial John Morris, artífice de una banda sonora muy vintage, Paul Lohmann, responsable de una fotografía plena de aquellas tomas amplias de la fase muda, y los inefables Marty Feldman, Dom DeLuise, Liam Dunn, Sid Caesar y Ron Carey, sumados a flamantes adiciones como Harold Gould y la esplendorosa Bernadette Peters, en conjunto conformando un verdadero carnaval kitsch que retoma aquel desparpajo visual de las risas del silencio y que nos reenvía a la era de oro del propio Mel, esas décadas del 60 y 70 en las que nos ofreció una seguidilla invaluable de joyas eternas…

 

Película Muda (Silent Movie, Estados Unidos, 1976)

Dirección: Mel Brooks. Guión: Mel Brooks, Ron Clark, Rudy De Luca y Barry Levinson. Elenco: Mel Brooks, Marty Feldman, Dom DeLuise, Sid Caesar, Harold Gould, Ron Carey, Bernadette Peters, Liam Dunn, Marcel Marceau, Paul Newman. Producción: Michael Hertzberg. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 9