El Patrullero (1991), del británico Alex Cox, es uno de esos tesoros que casi nadie conoce aunque rankean en punta y sin problema alguno entre lo mejor de la época en la que le tocó aparecer, específicamente esas postrimerías del Siglo XX que ya se asomaban como un terreno cultural cada día menos y menos propicio para un indie que por suerte aún daba batalla contra los gigantes necios de Hollywood y la generosa estupidez de las repeticiones eternas de las mismas fórmulas y de los productos secuenciados que no acaban nunca. Cox había empezado su trayectoria trabajando para nada menos que la Universal Pictures en ocasión de El Reclamador (Repo Man, 1984), una parodia de entonación surrealista y punk de las políticas neoliberales del reaganismo, el conformismo consumista masivo, la Guerra Fría, los estereotipos de la ciencia ficción y el persistente miedo a un holocausto nuclear, la cual lo conduciría a dos clásicos de los 80 del cine underground, hablamos de Sid & Nancy (1986), una biopic acerca del afamado bajista de los Sex Pistols, Sid Vicious, y su relación destructiva con su novia, Nancy Spungen, una otrora groupie tan delirante, bobalicona y adicta a la heroína como él, y de Directo al Infierno (Straight to Hell, 1987), a la par una sátira y un homenaje al spaghetti western que se inspiraba a lo lejos en ¡Django Mata! (Se Sei Vivo Spara, 1967), de Giulio Questi, e incluía en su elenco a muchos músicos de un recital cancelado en Nicaragua, como por ejemplo Joe Strummer de The Clash, Courtney Love, Terry Woods, Spider Stacy y Shane MacGowan de The Pogues, Elvis Costello, Edward Tudor-Pole, Grace Jones, Zander Schloss y Anne-Marie Ruddock de Amazulu, amén de participaciones adicionales de gente como Dennis Hopper, Miguel Sandoval y Jim Jarmusch. Todo se iría por la borda con Walker (1987), su segunda y última película dentro del mainstream después de El Reclamador y financiada asimismo por la Universal, una exploración alucinógena, genial y muy virulenta a escala política sobre la vida y correrías del execrable filibustero William Walker, un payaso más que importante, y el imperialismo norteamericano parasitario/ caníbal/ explotador en América Central y el resto del planeta.
En términos concretos El Patrullero amerita dos aclaraciones, primero, el hecho de que fue una colaboración con el productor y guionista Lorenzo O’Brien, un peruano que creció y trabajó en Estados Unidos y México al punto de que produjo obras norteamericanas como El Peso del Agua (The Weight of Water, 2000), de Kathryn Bigelow, y La Ciudad Perdida (The Lost City, 2005), de Andy García, otras mexicanas en línea con La Misma Luna (2007), de Patricia Riggen, y No se Aceptan Devoluciones (2013), de Eugenio Derbez, y series televisivas varias como Persons Unknown (2010), Queen of the South (2016-2021), Narcos (2015-2017) y Narcos: México (2018-2021), y segundo, el detalle de que el film responde al breve período azteca de la carrera de Cox, quien luego del estreno de manera muy limitada y sin promoción alguna de Walker se topó con la necesidad de regresar a la comarca indie porque había sido incluido en las listas negras del mainstream yanqui y ya no podía trabajar en el ámbito anglosajón, de allí que encare en México primero El Patrullero y luego una traslación de La Muerte y la Brújula, relato de Jorge Luis Borges incluido en la famosa antología Ficciones (1944) que la BBC y la Televisión Española le encargaron adaptar para un ciclo de 1992, Cuentos de Borges, proyecto que derivaría en un trabajo de poco menos de una hora de duración para la TV y después en una versión extendida de 82 minutos que llegó a unas pocas salas cinematográficas en 1996, esta última en gran parte financiada con el salario de Cox en El Ganador (The Winner, 1996), neo noir muy fallido y estadounidense reeditado por los productores sin su consentimiento en un episodio que lo llevó a abandonar definitivamente Hollywood porque incluso se cayó su participación en lo que con el tiempo se convertiría en Miedo y Asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998), de Terry Gilliam. El Patrullero no cuenta con una historia tradicional y toma la forma de una colección de viñetas alrededor de la vida privada y pública de Pedro Rojas (un magistral Roberto Sosa, intérprete estupendo) como joven representante de la Patrulla Nacional de Carreteras de México, una rama de la policía que custodia las rutas fronterizas.
Adiestrados bajo el eslogan fascista e hipócrita de “orden, honor y servicio”, los cadetes son utilizados por los jerarcas e instructores como mano de obra esclava haciendo tareas domésticas, como cortar el césped o lavar el automóvil, o acompañando a las esposas de los cabecillas en sus salidas de compras de burguesas de mierda, rutina que desde el vamos los introduce en un esquema de prebendas e injusticias en el que siempre deben buscar la infracción en todo coche detenido por ellos, por más que no exista, ya que deben cumplir con un piso mínimo de faltas detectadas en vía pública por mes para continuar en la fuerza. Rojas en su servicio cotidiano se topa con mujeres chillonas y mentirosas, contrabandos de juguetes escondidos en camionetas y mucho transporte prohibido de trabajadores rurales, no obstante sigue evitando aceptar sobornos, a diferencia de su gran amigo y otrora colega cadete Aníbal Guerrero (Bruno Bichir), y hasta se casa con una mujer que conoce como patrullero, Griselda (Zaide Silvia Gutiérrez), terrateniente que maneja un buen número de peones mientras su padre, un tal Don Marcos (Jorge Russek), se la pasa todo el tiempo en la casona sin hacer nada. Como la arpía de su esposa embarazada le exige más y más dinero y su superior, el Comandante Navarro (Ernesto Gómez Cruz), que cumpla con su cuota de infracciones, Pedro termina cayendo en los latiguillos de la fuerza, léase los sobornos, el alcohol y las putas, en especial una llamada Maribel (Vanessa Bauche), chica cocainómana con dos hijos pequeños al cuidado de su madre. Luego de un cruento accidente de tránsito, Rojas es baleado en la rodilla izquierda por dos borrachines que conducían de manera muy imprudente, lo que provoca una alucinación en el muchacho en la que se encuentra con su padre (Eduardo López Rojas), un mecánico que no asistió a su graduación como patrullero ni a su boda porque reprueba su incorporación en la policía ya que los esbirros de la ley le volaron una rodilla en una huelga de 1962. Pedro detiene al hijo malcriado y soberbio del gobernador, lo hacen ver a un psiquiatra y eventualmente Aníbal termina acribillado por narcotraficantes, lo que genera que busque venganza escudriñando la vastedad del yermo.
Si bien por momentos la película parece retomar elementos del cine de Martin Scorsese, Abel Ferrara y hasta Arturo Ripstein, este último influencia innegable en materia de la profusión de tomas secuencias de El Patrullero, a decir verdad su horizonte conceptual es Sam Peckinpah así como Sergio Leone lo fue en ocasión de Directo al Infierno y Walker, referencia que abarca desde lo literal por el nombre de la productora creada con capitales nipones para la filmación, Cable Hogue, alusión a La Balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970), hasta lo abstracto o simbólico en función de aquella melancolía desértica y sangrienta de La Fuga (The Getaway, 1972), Pat Garrett & Billy the Kid (1973) y Tráiganme la Cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), un respeto por parte de Cox para con el querido Sam que lo lleva a imitar a la perfección el devenir del desamparo y el hastío progresivo para con una sociedad que literalmente es un asco y que incluso empuja al inglés a contenerse al máximo en lo que atañe a su habitual imaginería surrealista y/ o de humor negro, cruel e irónico, esa que aparece de todos modos aunque con cuentagotas en la escena de la burguesa lacrimógena, la secuencia en la que llega borracho al hogar familiar, luego de acostarse por primera vez con Maribel, y Griselda acepta la situación mientras que siga trayendo el dinero de los sobornos, todo el episodio fantástico/ onírico de la reunión entre hijo y padre sin que el primero sepa que el segundo ya está muerto y aquella hilarante visita al psiquiatra en donde una necro escultura del Día de los Muertos muta de golpe en una mesa aburrida de sala de estar. La propuesta construye un retrato muy pesimista y funesto de las sociedades latinoamericanas, atravesadas no sólo por la corrupción de las fuerzas policiales y el olvido total del Estado para con el pueblo sino también por la impunidad maloliente de las clases dirigentes, sobre todo una suerte de aristocracia empresaria o gubernamental que todo lo puede, y por una apatía, estupidez, ignorancia y sustrato salvaje hueco propio de los estratos populares, quienes muchas veces manifiestan con razón su desprecio hacia las huestes policiales y en otras oportunidades no toman conciencia cuando por fin encuentran a un oficial que en serio pretende ayudarlos cagándose en todas las órdenes corporativistas y fariseas que llegan desde las cúpulas de la organización. La película, asimismo, en gran medida justifica con astucia el machismo azteca desde el punto de vista del hombre solitario que debe lidiar a escala cotidiana con esta comunidad muy enferma para a posteriori llegar a la casa compartida y toparse con las recriminaciones cíclicas de la hembra, éste un rubro que incluye tanto a la esposa oficial, la francamente insoportable Griselda, como a la amante, una Maribel meretriz y más bella a la que en el tramo final de la historia Rojas desea rescatar de las drogas y el lenocinio para terminar viendo cómo rápidamente se convierte en la misma hembra amargada, oportunista, mandona y quejosa que ya tiene en la otra vivienda criando a su hija, aún una beba, especie de bigamia que para colmo se ve agravada porque el protagonista titular revienta en pleno páramo a los narcos que mataron a Aníbal -a algunos de ellos, por lo menos- y renuncia de inmediato a la Patrulla Nacional de Carreteras vía una jugada que lo lleva a depender de Griselda al trabajar con/ para ella en sus campos. El desencanto paulatino en relación a la profesión elegida, esa que nos obliga a tener que lidiar con una retahíla de energúmenos comunales y a ver cómo nuestros modelos y compañeros nos abandonan y las frustraciones se acumulan porque aquellos que queremos auxiliar no quieren ser auxiliados o quizás se aprovechan de nosotros de forma descarada, se unifica en El Patrullero con una conjunción exquisita de géneros como la road movie, el western crepuscular, el melodrama doméstico, el thriller testimonial y el infaltable cine de acción de los 80 y 90 pero sin el maniqueísmo promedio de Hollywood, siempre situando a los arquetipos institucionales como campeones de la moral, ni el reduccionismo de los europeos y demás regiones que todavía trataban de llevarle la contra a los yanquis, eso de pintar a los policías como villanos repugnantes que de vez en cuando buscaban su redención, dos posturas que poco y nada tienen que ver con el opus de Cox y su estudio crudo y cuasi documentalista de las paradojas bien humanas de una profesión que nadie respeta o tiene en alta estima pero a la que se recurre cuando las papas queman y ya no queda otra alternativa posible que pedir socorro por esto o aquello…
El Patrullero (México, 1991)
Dirección: Alex Cox. Guión: Lorenzo O’Brien. Elenco: Roberto Sosa, Bruno Bichir, Vanessa Bauche, Zaide Silvia Gutiérrez, Pedro Armendáriz Jr., Malena Doria, Eduardo López Rojas, Ernesto Gómez Cruz, Mike Moroff, Jorge Russek. Producción: Lorenzo O’Brien. Duración: 105 minutos.