El Incidente (The Incident)

Aquí hay gente decente

Por Emiliano Fernández

El Incidente (The Incident, 1967), dirigida por Larry Peerce, es sin duda una de las mejores películas que no vio casi nadie en el mundo por fuera del ambiente cinéfilo norteamericano y no cualquiera sino uno muy específico, nos referimos al grupo de espectadores interesado en thrillers claustrofóbicos, dramas amargos de desarrollo de personajes y en general las faenas de encierro en donde la tensión, las discrepancias, el egoísmo fanático y la angustia pueden ser sinónimos de una sátira social solapada porque esto de llevar a los protagonistas hasta el límite de su tolerancia, en especial en lo que atañe a la convivencia con el prójimo y con las propias miserias y frustraciones, suele desembocar en estallidos de furia y/ o en un repliegue pusilánime patético que habla más de la víctima y su atribulada idiosincrasia que del victimario y el “apego” de siempre del ser humano para con el sadismo, léase el placer de generar dolor y destrucción sólo por el gustito de hacerlo y salirse con la suya a pura impunidad en sociedades que miran para otro lado -por comodidad y facilismo ético- ante la injustica y los atropellos del fluir cotidiano. Si bien el guión de Nicholas E. Baehr, un profesional televisivo de toda la vida al igual que Peerce, cuenta con una premisa que a priori parece anticipar aquella de La Captura del Pelham 1-2-3 (The Taking of Pelham One Two Three, 1974), odisea de Joseph Sargent que a su vez fue reinterpretada con suerte muy dispar en otras tres ocasiones distintas, primero por Félix Enríquez Alcalá en una propuesta televisiva de 1998, después por Tony Scott en 2009 en un film de alto perfil con Denzel Washington y John Travolta y finalmente por el realizador Priyadarshan en 2012 para el mercado hindú, en realidad esta toma de rehenes en la coyuntura metropolitana agitada del metro neoyorquino está inspirada en una película para la TV de Ron Winston que asimismo fue escrita por Baehr, Paseo con el Terror (Ride with Terror, 1963), la cual ya se apartaba de la pompa hollywoodense del suspenso y las escenas de acción en términos clasicistas de La Captura del Pelham 1-2-3 porque aquí lo que prima es un minimalismo hiper nihilista vinculado a la brutalidad e idiotez de las grandes urbes, el enojo entrecruzado, la farsa identitaria del ciudadano promedio y las mentiras y autoengaños que anidan en su interior gracias a la esquizofrenia del reclamo aireado que evita toda refriega o batalla auténtica.

 

Ya la misma Paseo con el Terror funcionaba como una remake a la distancia -muy lejos, para ser sinceros- de Los Saqueadores (The Plunderers, 1960), western muy loable aunque desconocido de Joseph Pevney que por un lado tomaba la forma de una mixtura entre El Salvaje (The Wild One, 1953), opus de Laslo Benedek, Conspiración de Silencio (Bad Day at Black Rock, 1955), de John Sturges, y Rebelde sin Causa (Rebel Without a Cause, 1955), joya de Nicholas Ray, y por el otro lado supo desencadenar recursos retóricos concretos como el rol central de un hombre con un brazo inutilizado, en la televisión el ranchero Sam Christy (Jeff Chandler) y en El Incidente el soldado Felix Teflinger (un jovencísimo Beau Bridges), y aquella avanzada salvajona y cruel de un grupo de forajidos, anteriormente unos cuatro cowboys y en esta oportunidad un par de maleantes de impronta ácrata tacita y bien humillante, esos geniales Artie Connors del debutante Martin Sheen y Joe Ferrone de un Tony Musante en su segundo rol para la gran pantalla luego de la recordada Fui un Ladrón (Once a Thief, 1965), de Ralph Nelson. La trama es inexistente y se basa en el estudio coral de los rehenes que los rufianes mantienen prisioneros en el metro en movimiento durante un domingo a la noche en trayecto hacia el lunes, hablamos de un vagabundo borracho y completamente dormido (Henry Proach), la familia burguesa del desempleado y neurótico Bill Wilks (Ed McMahon), su esposa tontuela Helen (Diana Van der Vlis) y su hija Suzy de cuatro años (Kathleen Smith), la parejita del cuasi violador Tony Goya (Victor Arnold) y la adolescente virginal e inmadura Alice Keenan (Donna Mills), el anciano judío quejoso Sam (Jack Gilford), el cual detesta a su hijo abandónico, y su esposa anodina Bertha Beckerman (Thelma Ritter), el simpático militar Phillip Carmatti (Robert Bannard) y su compinche, el citado Teflinger con su brazo izquierdo roto y en un yeso, la pareja veterana del profesor de historia Harry Purvis (Mike Kellin) y la arpía codiciosa de su mujer, Muriel (Jan Sterling), el negro autovictimizado y bastante racista Arnold Robinson (Brock Peters) y su compañera romántica Joan (Ruby Dee), el alcohólico en recuperación Douglas McCann (Gary Merrill), ansioso por retomar el contacto con su parentela, y el homosexual reprimido Kenneth Otis (Robert Fields), quien intentó en vano “acercarse” a McCann en un barsucho y restaurant.

 

La excelente epopeya suburbial de Peerce, un artesano que jamás logró volver a destacarse porque ninguno de sus otros clásicos consiguió llegar a este nivel de calidad, en sintonía con los melodramas Los Principiantes (Goodbye, Columbus, 1969), Miércoles de Ceniza (Ash Wednesday, 1973) y Una Ventana en el Cielo (The Other Side of the Mountain, 1975), el thriller de acción Pánico en el Estadio (Two-Minute Warning, 1976) y la concert movie primigenia The Big T.N.T. Show (1966), esta última una rareza absoluta con actuaciones de Ray Charles, Donovan, The Lovin’ Spoonful, Bo Diddley, Joan Baez, The Ronettes, The Byrds y The Ike & Tina Turner Revue, fue filmada con tácticas para exteriores dignas del cine de guerrilla por el director de fotografía Gerald Hirschfeld, todo porque los burócratas del municipio neoyorquino negaron la autorización para el rodaje, y financiada por la 20th Century Fox de Richard D. Zanuck luego de un intento fallido de filmar en independencia total mediante dinero de privados por fuera del entramado productivo hollywoodense, los cuales se fugaron con los fondos después de cuatro días de rodaje por la naturaleza ultra oscura y visceral del proyecto, empezando por la secuencia introductoria, donde vemos a los psicópatas de Ferrone y Connors torturar al encargado de una sala de billar, acosar a una pareja en la calle y robar y moler a golpes a un pobre transeúnte (Ben Levi), pasando por la denigración a la que someten a la retahíla de pasajeros del vagón de turno, apenas con su verborragia y actitud corporal intimidante y sin sacar hasta mucho más adelante la navaja que llevan, y finiquitando, precisamente, con la sangrienta confrontación con el único que se planta de verdad contra ellos y su soberbia todo terreno, el lisiado Teflinger, quien salta de la comodidad conformista de su asiento y su silencio cuando Joe quiere entretenerse con la mocosa, Suzy, logrando partirle la mollera a Ferrone a golpes de yeso y darle una buena patada en los testículos a Connors, remate narrativo que sitúa en primer plano la cobardía general, algo que incluye a su supuesto mejor amigo, Carmatti, y la típica indiferencia de las metrópolis de la posmodernidad, otro suceso en los años posteriores al asalto, violación y asesinato en 1964 de Kitty Genovese a manos de Winston Moseley frente a la mirada de decenas de testigos que nada hicieron y así motivaron el denominado “efecto espectador”.

 

El dúo de Peerce y Baehr mantiene el nerviosismo crispado en todo momento, desde la primera mitad de presentación de personajes hasta la segunda parte del encierro en sí y los suplicios sistemáticos a los que son sometidos los reclusos en medio de una apatía mutua que tiene mucho de darwinismo social y complicidad por pasividad, planteo discursivo/ ideológico/ formal que consigue dar vida a los clichés involucrados y la serie de conflictos a su alrededor, como aquellos entre vejez y juventud, conformismo y rebeldía, sexualidad desatada y represión, apego a las leyes y delincuencia, familia y autonomía, superficialidad y profundidad, discriminación y respeto, compulsiones y sobriedad, inmadurez y sabiduría, locura y prudencia, mucha altanería y humildad, avaricia capitalista y solidaridad, voluntad de lucha y raudo escapismo, pasividad y respuesta activa, quejas en secuencia y esperanzas de mejoría, prepotencia y tranquilidad y sobre todo entre cinismo y honestidad. El Incidente no homologa de manera automatizada, como sí hacen tantas obras semejantes de impulso semi documental del mainstream y el indie, a la criminalidad con lo condenable al cien por ciento porque en el trajín sin freno de las arremetidas de los malhechores se esconde un sustrato revanchista que de a poco, mediante esa cólera burlona que no respeta nada y todo lo viola, va colocando en su justo lugar a cada uno de los pasajeros del metro, demostrando que carecen de la actitud belicosa real para llevar sus dichos, pretensiones y/ o demandas hasta las últimas consecuencias por cierta vacuidad conceptual y por cierto maniqueísmo o quizás pragmatismo sin conciencia muy propios de la burguesía, de allí que el único que pare a los agentes del caos sea Teflinger, un sujeto con sueños proletarios de trabajar en una granja o una gasolinera que parecen negar la codicia chupasangre de su colega, Carmatti, el cual anhela desde el vamos convertirse en abogado y ganar miles y miles de dólares al año como buena alimaña de la mafia legal. Este marco irónico, sostenido en el contraste entre la explicitación inicial del quid insoportable de los personajes y toda la colección de ultrajes del segundo acto, queda en evidencia en esa frase que repite el hebreo sin hacer mucho más al respecto, “aquí hay gente decente”, típico deporte autoafirmante del narcisista impasible que tira la toalla al primer signo de peligro ya que no pretende influir en la praxis diaria…

 

El Incidente (The Incident, Estados Unidos, 1967)

Dirección: Larry Peerce. Guión: Nicholas E. Baehr. Elenco: Martin Sheen, Tony Musante, Beau Bridges, Brock Peters, Ruby Dee, Jack Gilford, Thelma Ritter, Ed McMahon, Diana Van der Vlis, Mike Kellin. Producción: Edward Meadow y Monroe Sachson. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10