The House That Jack Built

Arte e impunidad

Por Emiliano Fernández

La nueva película del siempre tremendo Lars von Trier, The House That Jack Built (2018), continúa el muy buen camino trazado por Nymphomaniac (2013), una obra que a su vez le permitió dejar en el pasado films relativamente fallidos como Melancholia (2011), Antichrist (2009) y El Jefe de Todo (Direktøren for det Hele, 2006). Una vez más toma una premisa en apariencia sencilla, léase el derrotero de un asesino en serie durante las décadas del 70 y 80, el Jack del título en la piel de un Matt Dillon francamente estupendo, para luego complejizar el asunto no sólo mediante las esperables crudeza, ambición conceptual, misoginia, humor negro y esa ridiculización de las comunidades occidentales de siempre, sino también vía paradójicas discusiones en off con el misterioso Verge (un monumental Bruno Ganz) acerca del sustrato psicológico/ filosófico/ sociológico de una cruzada que el protagoniza emparda con el arte y la necesidad de expresarse en ese sentido, por más que para hacerlo tenga que reventar sin piedad alguna a unas cuantas señoritas y sus vástagos.

 

Si bien el amigo Jack acumula más de 60 víctimas y la historia en sí abarca un período de 12 años, la trama nos presenta sólo cinco “incidentes” en los que el homicida se carga a un surtido de cuatro burguesas (interpretadas por Uma Thurman, Siobhan Fallon Hogan, Sofie Gråbøl y Riley Keough) que van desde el rango de la estupidez más suprema a lo sinceramente insoportable, dejando el capítulo final para un simpático intento de matar a una colección de hombres -todos atados de rodillas y con sus cabezas el línea recta sobre un mismo trípode- con una única bala full metal jacket. Fiel a su estilo, Von Trier manda al demonio toda corrección política patética del cine actual y despliega una cacería a lo bestia que incluye destrozarle la cara a una presa con un gato hidráulico, ahorcar a otra, dispararle con un rifle a una ingenua y su prole y finalmente ejecutar un muy admirable trabajo de carnicero para extirparle las tetas con un cuchillo a otra pobre desafortunada, a posteriori de lo cual tiene la brillante idea de confeccionar un original monedero con uno de los pechos.

 

Los infaltables detalles autobiográficos detrás del convite vienen por el lado del trastorno obsesivo-compulsivo del protagonista con la limpieza y el orden (ya sabemos que el realizador danés es un manojo de ansiedades que lo han llevado muchas veces a episodios de depresión) y la misma naturaleza metadiscursiva del film cuestionando su estatuto ideológico de la mano de un adalid que justifica su sangriento/ brutal accionar mediante flashbacks de su niñez, la maravillosa excusa de la masacre en tanto “arte” y diversos postulados relacionados con la historia de la humanidad y la misma satisfacción narcisista que ofrece la sensación de poder vinculada al dolor provocado sobre terceros considerados mediocres y/ o prescindibles (la película juega constantemente con la parodia de los policiales negros contemporáneos y la ristra de latiguillos psicológicos para encuadrar a los asesinos en serie e intentar comprender su forma de actuar, obligándonos en este caso a adoptar en un cien por ciento la perspectiva de Jack y seguir siempre su entramado mental).

 

Ayudado por inserts de Dillon con carteles que citan el video de Subterranean Homesick Blues de Bob Dylan y las mencionadas conversaciones con un Verge que se ubica a mitad de camino entre La Divina Comedia de Dante Alighieri y Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, el director combina las cámaras en mano y los primeros planos furiosos de los homicidios con segmentos dialogados símil documentales expositivos sobre la obsesión del protagonista, un ingeniero, con la arquitectura y construir su casa soñada, aunque una y otra vez no encuentra los materiales correctos. El trajín retórico incorpora referencias a obras pasadas de Von Trier y alusiones a su legendario comentario sobre el nazismo en la edición de 2011 del Festival de Cannes, una movida publicitaria genial que reforzó su fama de provocador y desencadenó su renacimiento creativo en Nymphomaniac. El terror, un género que marcó casi toda su carrera y que trabajó en El Elemento del Crimen (Forbrydelsens Element, 1984), Epidemic (1987) y Riget (1994–1997), regresa aquí con toda su potencia.

 

Definitivamente la faceta más interesante de la propuesta, y la que el cineasta subraya una y otra vez incluso mediante ese extraordinario desenlace de índole surrealista en el que Jack por fin halla el material ideal para la estructura de su hogar y así comienza el descenso al Infierno, es la noción de impunidad, entendida tanto en términos artísticos como sociales ya que el comportamiento cada vez más “descuidado” del homicida al cometer sus crímenes y su condición de álter ego del propio Von Trier nos hablan por un lado de la necesaria libertad en el ámbito creativo y por el otro de la inoperancia de los Estados e instituciones varias a la hora de detener a los psicópatas que andan pululando por ahí y que hoy por hoy llegan a lo más alto de las cúpulas gubernamentales del globo: los intentos para nada sutiles de Jack de ser apresado con el objetivo de ponerle un punto final a su faena se chocan con la desidia de los policías, el desinterés general/ popular y una gran inocencia -fachada involuntaria de la soberbia- por parte de sus presas, ingredientes que refuerzan la idea de que vivimos en una época saturada de un individualismo sin conciencia ni moral ni empatía en la que la injusticia es la ley central y los chiflados más sádicos se mueven a sus anchas…

 

The House That Jack Built (Dinamarca/ Francia/ Alemania/ Suecia, 2018)

Dirección y Guión: Lars von Trier. Elenco: Matt Dillon, Bruno Ganz, Uma Thurman, Siobhan Fallon Hogan, Sofie Gråbøl, Riley Keough, Jeremy Davies, Jack McKenzie, Ed Speleers, David Bailie. Producción: Louise Vesth. Duración: 152 minutos.

Puntaje: 9