El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim (The Lord of the Rings: The War of the Rohirrim)

Asedio de invierno

Por Emiliano Fernández

No cuesta mucho aseverar que el descenso en calidad de las traslaciones de las novelas principales de J.R.R. Tolkien, El Hobbit (The Hobbit, 1937) y El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 1954-55), encontró su reflejo exacto en ese descenso en calidad de la carrera de quien se transformaría en sinónimo de la cuestión desde el vamos, Peter Jackson, no sólo porque el cineasta neozelandés pasó de las interesantes El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (The Lord of the Rings: The Fellowship of the Ring, 2001), El Señor de los Anillos: Las Dos Torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, 2002) y El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (The Lord of the Rings: The Return of the King, 2003) a una trilogía de tristes abominaciones, léase El Hobbit: Un Viaje Inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, 2012), esa El Hobbit: La Desolación de Smaug (The Hobbit: The Desolation of Smaug, 2013) y El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos (The Hobbit: The Battle of the Five Armies, 2014), mamarrachos insoportables que transformaron una aventura hiper sencilla para el mercado pueril sobre el arte de derrotar a un dragón y robarle su tesoro en un bodrio digital gigantesco destinado a vender muñequitos en todo el planeta, sino también porque aquella irreverencia de los comienzos de su trayectoria eventualmente derivó en productos cada vez más mediocres y sensibleros o quizás pomposos y demasiado huecos, típicamente hollywoodenses en su castración creativa tácita, ridiculeces de nunca acabar y pobreza intrínseca de los planteos discursivos, incapaces de complejizar el asunto.

 

Dejando de lado a conciencia todas las traslaciones cinematográficas de las gestas situadas en la Tierra Media, basta con pensar que el realizador y guionista saltó de la contracultura fascinante de Mal Gusto (Bad Taste, 1987), El Mundo de los Feebles (Meet the Feebles, 1989) y Muertos de Miedo (Braindead, 1992) hacia una etapa de transición, aquella todavía atractiva de Criaturas Celestiales (Heavenly Creatures, 1994) y Muertos de Miedo (The Frighteners, 1996), y después hacia la decadencia ya lastimosa de King Kong (2005), otro mamotreto artificial y sin alma o magia artística alguna que como la trilogía de El Hobbit no entendió para nada al opus original artesanal de 1933 de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, y Desde mi Cielo (The Lovely Bones, 2009), una relectura patética y melosa de Criaturas Celestiales, dejándonos con un cuasi autoexilio de la comarca ficcional que por lo menos nos regaló dos odiseas dignas, Jamás Llegarán a Viejos (They Shall Not Grow Old, 2018) y la miniserie para Disney+ The Beatles: Get Back (2021), construida alrededor del material descartado de Let It Be (1970), genial documental de Michael Lindsay-Hogg. El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim (The Lord of the Rings: The War of the Rohirrim, 2024), un anime lamentable y soporífero de Kenji Kamiyama, es la primera obra tolkieneana estrenada en cines desde El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos y cuenta con Jackson como productor ejecutivo y con la producción y trama de Philippa Boyens, esa guionista insistente de las dos trilogías del neozelandés más King Kong y Desde mi Cielo.

 

El film de Kamiyama, un asalariado bastante anodino que trabajó en las sagas de Ghost in the Shell, Star Wars y Blade Runner, ofrece una animación deplorable en la que la fluidez de los movimientos y las expresiones faciales de los personajes en 2D brilla por su ausencia y en muchas oportunidades molesta en relación a unos fondos en 3D innecesarios, como si se pretendiese dejar a todos contentos ya que incluso tenemos chispazos de CGI explícito para el fuego y algunos soldados y jinetes, una decisión que subraya el hecho de que la propuesta se realizó a los apurones para que New Line Cinema no perdiese los derechos de adaptación a la gran pantalla de los libros de Tolkien, amén del objetivo de aprovechar un mínimo resurgimiento en popularidad global gracias a El Señor de los Anillos: Los Anillos de Poder (The Lord of the Rings: The Rings of Power, 2022-2024), rutinaria serie de J.D. Payne y Patrick McKay para Amazon Prime Video. Otro problema muy serio es la historia, supuestamente inspirada en los apéndices de El Señor de los Anillos aunque a decir verdad reformulando elementos de Las Dos Torres y la archiconocida Galadriel, hoy convertida en Héra (Gaia Wise), quien casi 200 años antes de El Hobbit y El Señor de los Anillos padece la cruel venganza de Wulf (Luca Pasqualino), pretendiente rechazado de la muchacha que para colmo quiere asesinar al soberano de Rohan, su padre Helm, Mano de Hierro (Brian Cox), por haber matado al suyo, Freca (Shaun Dooley), así la señorita -única hija- se queda sin sus dos hermanos varones, Haleth (Benjamin Wainwright) y Hama (Yazdan Qafouri).

 

Cayendo incluso por debajo de las adaptaciones televisivas apenas simpáticas de Jules Bass y Arthur Rankin Jr., las mayormente infantiles El Hobbit (The Hobbit, 1977) y El Retorno del Rey (The Return of the King, 1980), y de la despareja epopeya de un Ralph Bakshi que se sirvió del rotoscopiado, El Señor de los Anillos (The Lord of the Rings, 1978), faena con un corazón narrativo impagable que ninguna de las traslaciones siguientes logró reproducir, El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim resulta larga, lenta y muy derivativa y exuda una idea esquemática del universo tolkieneano, aquí reducido a una conjunción de melodrama palaciego, fantasía épica, terror fantasmal, aventuras medievales y una hazaña bélica ultra redundante basada en el asedio invernal de Wulf y sus dunlendinos contra Héra, su terco progenitor y el pueblo de turno, los rohirrim, quienes se resguardan en la antigua fortaleza de Cuernavilla, un castillo de Rohan. Con un cameo involuntariamente risible de Saruman, el Blanco (ese Christopher Lee póstumo, cortesía de un descarte de la trilogía de El Hobbit), voces en castellano e inglés paupérrimas y encima algo de música y diseños de producción refritados de los films de Jackson, el convite apenas si entrega una pizca de gore en sus aburridas escenas de refriegas o batallas pomposas e incluso cae en un discurso woke feminista trasnochado posicionando a la voluptuosa Héra como la única sensata de su familia masculina, una en la que todos desean protegerla desde la soberbia aunque sin dejar de cometer error tras error cual nene con el ego inflado y sin experiencia alguna, planteo que se siente muy repetitivo y aplica también al atolondrado villano, Wulf, el cual nunca escucha los consejos de su segundo al mando, el General Targg (Michael Wildman), sin duda el único varón que en pantalla no es un tarado. Considerando que New Line Cinema y Warner Bros. ya anunciaron dos nuevas películas en live action, siendo la primera El Señor de los Anillos: La Caza de Gollum (The Lord of the Rings: The Hunt for Gollum, 2026), a cargo de quien supo interpretar al personaje titular, el desde hace un tiempo reconvertido en director Andy Serkis, la posibilidad de que mejoren las adaptaciones cinematográficas de la Tierra Media no parece asomarse en el horizonte inmediato o más bien todo lo contrario, ya que si el aparato mainstream codicioso de yanquilandia continúa por esta senda maniquea, melodramática, cursi y exasperante a más no poder, sin una mínima noción nueva o valiosa que dinamice el asunto, de seguro la calidad en general seguirá bajando hasta el subsuelo…

 

El Señor de los Anillos: La Guerra de los Rohirrim (The Lord of the Rings: The War of the Rohirrim, Estados Unidos/ Nueva Zelanda/ Japón, 2024)

Dirección: Kenji Kamiyama. Guión: Philippa Boyens, Will Matthews, Jeffrey Addiss, Phoebe Gittins y Arty Papageorgiou. Elenco: Gaia Wise, Brian Cox, Luca Pasqualino, Shaun Dooley, Benjamin Wainwright, Yazdan Qafouri, Michael Wildman, Miranda Otto, Lorraine Ashbourne, Laurence Ubong Williams. Producción: Peter Jackson, Philippa Boyens, Jason DeMarco, Carlos Ramírez Laloli y Joseph Chou. Duración: 134 minutos.

Puntaje: 2