Violación (Lipstick, 1976), dirigida por Lamont Johnson y escrita por David Rayfiel, es la típica película que en su época fue repudiada por los pelmazos retrógrados de la crítica y el público, siempre mostrándose puritanos en relación a los crímenes sexuales y la violencia dolorosa en serio y no la espectacularizada/ castrada/ infatilizada del Hollywood promedio y los medios masivos de comunicación, y vista hoy en día revela un tratamiento más que interesante y minucioso de los motivos principales del “rape and revenge” como formato narrativo por antonomasia del exploitation cercano al thriller, el horror y el erotismo ultra malsano, aquel de La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), de Wes Craven, Escupiré sobre tu Tumba (I Spit on Your Grave, 1978), de Meir Zarchi, y Señorita .45 (Ms .45, 1981), de Abel Ferrara, hablamos de latiguillos como la arremetida furtiva y desgarradora del atacante, la incompetencia del aparato legal para administrar justicia, la belleza femenina como un arma de doble filo en tanto víctima y victimaria y por supuesto la necesidad de reventar al culpable o los diversos responsables por cuenta propia cuando no se puede confiar en el Estado y/ o terceros. Lo que el conservadurismo de los muchos necios de su tiempo ocultó, precisamente por haber sido criados por el arte lavado e inofensivo del mainstream internacional, fue que el film en cuestión ofrece un retrato honesto de un caso de atropello sexual, inoperancia jurídica subsiguiente y repetición del mismo patrón aunque llevado al terreno de la pedofilia, panorama que deja todo servido para esa venganza brutal, certera y semi azarosa que espanta a los burgueses pudorosos pero se asemeja a cualquier otra revancha improvisada de las sociedades contemporáneas.
En esencia craneada por el pícaro de Dino De Laurentiis en plan de lanzar la carrera como intérprete de Margaux Hemingway, nieta del escritor y Premio Nobel de Literatura de 1954 Ernest Hemingway, y aprovechar su gran belleza y fama como supermodelo de alcance cuasi planetario, Violación en un mismo movimiento catapultó la trayectoria de la hermana menor de Margaux, Mariel Hemingway, aquí en un papel secundario y por entonces una chiquilla que saltaría al estrellato vía Manhattan (1979), de Woody Allen, La Mejor Marca (Personal Best, 1982), de Robert Towne, Star 80 (1983), de Bob Fosse, y Noticias Escritas con Sangre (The Mean Season, 1985), de Phillip Borsos, para luego terminar saboteándose con la lamentable Superman IV: En Busca de la Paz (Superman IV: The Quest for Peace, 1987), de Sidney J. Furie, y destruyó la posibilidad de celebridad duradera de la propia Margaux, una actriz debutante que pronto caería en una seguidilla de propuestas mediocres/ olvidables y en una serie de problemas psicológicos, familiares y de salud en general, como alcoholismo, depresión, bulimia, sobrepeso, una internación en 1987 en el Centro Betty Ford, acusaciones de abuso sexual dirigidas a su padre, Jack Hemingway, y una infinidad de peleas con su clan y sus parejas, derivando en su suicidio en 1996 a unos tempranos 42 años de edad por una sobredosis de barbitúricos. El film nos presenta a una supermodelo, Chris McCormick (Margaux), que es violada por el profesor de música de su hermana pequeña Kathy (Mariel), el mega psicópata Gordon Stuart (Chris Sarandon), quien a pesar de los alegatos de la abogada de la víctima, Carla Bondi (Anne Bancroft), sale libre de pena y culpa porque todo delito de la intimidad siempre es muy difícil de probar en tribunales.
El guión de Rayfiel, conocido por sus recurrentes colaboraciones con Bertrand Tavernier y Sydney Pollack a lo largo de los años, no sólo no se anda con muchas metáforas en materia del triste sadismo entrecruzado de las instituciones y de los lunáticos de la sociedad civil y el empresariado capitalista, basta con considerar que todos de una forma u otra le fallan a McCormick como su novio Steve Edison (Perry King), un ejecutivo publicitario que se borra por completo cuando la echan de su trabajo por la sentencia de inocencia de Stuart, sino que incluso elige analizar la peor faceta de cada uno de los episodios y/ o estadios del personaje martirizado de turno, así es cómo la embestida salvaje no viene de parte de un extraño en la calle sino de un representante educativo muy recomendado por Kathy, niña que incentivó el encuentro entre su hermana y Stuart -en el propio departamento de Chris- para que la modelo escuche la música experimental a lo John Cage del maestro de la chica, encima en la farsa legal subsiguiente se la prejuzga como hembra putona por la sensualidad de sus campañas publicitarias y en especial por las fotos correspondientes a ese lápiz labial al que hace referencia el título original en inglés, a lo que se suma el hecho de que es Kathy quien libera tácitamente a su ídolo, el profesor, al dejar constancia con su testimonio en el estrado de que no llamó de inmediato a la policía al ver en la cama a la supermodelo y su atacante porque interpretó que habían tenido sexo consentido, jugada de inocencia o quizás rivalidad romántica femenina que la trama luego parece hacérsela pagar mediante su propia violación por parte de un Gordon que termina siendo acribillado a tiros por McCormick en una memorable escena final en un centro comercial de última generación de Los Ángeles.
La película, utilizando las hilarantes y muy berretonas composiciones del francés Michel Polnareff para una ficción que nos presenta a un Stuart que se siente incomprendido por todos ante su insoportable mixtura de electrónica y musique concrète, se burla sutilmente del ambiente artístico vanguardista de su tiempo, sostenido en cuerpos danzantes, haces de luz y variaciones anodinas yanquis del krautrock más espacial y disonante, y también retrata primero la violencia simbólica, la falsedad y el canibalismo que se esconden detrás del discurso publicitario de la perfección y segundo las frustraciones que genera en muchos loquitos inestables que de amar aquello codiciado, como esa señorita hermosa del cartel o el anuncio marketinero, pasan a odiarlo en la praxis mundana porque el resentimiento aflora frente a la generosa distancia entre lo prometido por el mercado y la realidad de cada mortal en su vida prosaica, amén de la clásica paranoia intimidante masculina en torno a mujeres bellas que sin abrir la boca ni decir nada malo del varón se ganan una catarata de insultos o abusos porque se da por descontado que rechazarán al macho por presuntuosas como si operase la clarividencia entre los extremos sexuales involucrados. Resulta evidente que la austeridad y la precisión retórica de Johnson, un profesional televisivo de toda la vida, no cuentan con demasiada imaginación visual y que Mariel es de hecho mucho mejor actriz que Margaux, no obstante asimismo es innegable que esta última tenía un carisma escénico radiante, encanto etéreo que va más allá de la destreza actoral concreta, y que el realizador, precisamente por esta humildad expresiva alejada del artificio banal del mainstream, logra una crudeza semi documental insólita en esta rama lustrosa y grotesca del show business…
Violación (Lipstick, Estados Unidos, 1976)
Dirección: Lamont Johnson. Guión: David Rayfiel. Elenco: Margaux Hemingway, Chris Sarandon, Perry King, Anne Bancroft, John Bennett Perry, Mariel Hemingway, Francesco Scavullo, Meg Wyllie, Inga Swenson, William Paul Burns. Producción: Dino De Laurentiis y Freddie Fields. Duración: 89 minutos.