El Agujero (Le Trou)

Atravesando el concreto

Por Emiliano Fernández

No cabe duda alguna que las películas de fuga de cárceles siempre han constituido uno de los intereses/ fetiches fundamentales de las distintas cinematografías nacionales del globo principalmente porque permiten una construcción escalonada del suspenso y nos retrotraen de manera automática a pulsiones primigenias del ser humano como el ansia de libertad y la necesidad de privacidad, autonomía y una vida digna en serio, amén de permitirles a los realizadores de turno denunciar las pésimas condiciones de encierro de prácticamente todo el planeta, el fracaso absoluto en eso de “reformar” a los criminales por parte del aparato institucional carcelario y finalmente la tendencia de los presidios a funcionar justo como la comarca opuesta, léase en tanto ámbito de profesionalización en el hampa para los reos de menores recursos (ya sabemos que los ricos siempre terminan comprando su evasión judicial de un modo u otro). Dentro de este marco uno de los mejores films fue, es y será El Agujero (Le Trou, 1960), la propuesta póstuma de Jacques Becker, un señor que fue una de las figuras centrales del cine de género galo previo al surgimiento de la Nouvelle Vague, junto a Jean-Pierre Melville y Henri-Georges Clouzot: a diferencia de los jóvenes cineastas que aparecerían desde fines de la década del 50 en Francia, este trío de realizadores no ponían a su propio ego caprichoso en el centro de las obras sino a relatos con carnadura que apuntaban a recuperar los engranajes narrativos de los géneros clásicos para rearticularlos con esmero y analizar la sociedad del pasado reciente y su catálogo de traumas sin resolver.

 

Si bien Becker fue muy alabado en su momento por sus compatriotas por diversas películas que no sobrevivieron con hidalguía el paso del tiempo, y hasta efectivamente dos de ellas son trabajos muy interesantes en el campo de los dramas criminales símil film noir, las recordadas En un Suburbio de París (Casque d’or, 1952) y Grisbi (Touchez pas au Grisbi, 1954), lo cierto es que su gran obra maestra es el opus que nos ocupa, una mini epopeya claustrofóbica que rankea entre las más meticulosas y realistas que haya entregado el séptimo arte no sólo de aquella mitad del Siglo XX sino a lo largo de toda su historia. La trama a rasgos generales está inspirada por un lado en un famoso intento de escape, acaecido en 1947 en la prisión La Santé de París, y por el otro en la novela homónima de 1957 de Joseph Damiani alias José Giovanni, texto que brindó una versión ficcionalizada del mismo episodio, uno que tuvo al autor como protagonista junto a otros cuatro hombres que estaban presos con cargos pesaditos como homicidio y enfrentándose a la posibilidad de condenas varias que iban desde los diez años a la pena capital (sin ir más lejos, el propio Damiani no era precisamente un “bebé de pecho” porque fue un activo colaboracionista durante la ocupación nazi de Francia, tenía fuertes vínculos con la Gestapo, se dedicaba a extorsionar a judíos y de hecho en la posguerra se volcó a los secuestros, la tortura y los fusilamientos con una banda de confianza; atolladero del que terminó saliendo con una condena de apenas once años de prisión y mutando luego en novelista y director de cine).

 

El relato inicia con la llegada de Claude Gaspard (Marc Michel), un muchacho acusado de homicidio frustrado con premeditación, a una celda de La Santé habitada por otros cuatro internos que esperan el inicio o están en el desarrollo de sus respectivos procesos judiciales, en esencia debido a que el calabozo original de Claude está en obras: tenemos al afable Vossellin alias Monseñor (Raymond Meunier), el adepto a la ironía taciturna Geo Cassine (Michel Constantin), el siempre desconfiado Manu Borelli (Philippe Leroy interpreta al personaje que corresponde a Damiani), y el organizador y veterano de las fugas -con tres en su haber- Roland Darbant (Roland Barbat, uno de los hombres que participó en el intento de huida de 1947, actúa como él mismo bajo el apodo de Jean Keraudy). A pesar de las reservas de Borelli, quien desea esperar a que Gaspard regrese a su celda cuando terminen las reformas en su división del presidio, el resto lo convence de contarle al nuevo acerca del proyecto que se tienen entre manos, eso de levantar las maderas del piso y hacer un agujero con vistas a explorar una vía de escape a través del sótano y las cloacas. Claude, un burgués correctito que supuestamente le disparó a su esposa en un forcejeo por una discusión a raíz del hecho de que se acuesta con la hermana menor de edad de la mujer, Nicole (Catherine Spaak), se suma a la ejecución de un plan que tiene al muy habilidoso Darbant como su núcleo central, señor al que le falta parte de los dedos pulgar e índice de la mano izquierda pero aun así es el encargado de improvisar y manipular todas las herramientas necesarias.

 

El enfoque de Becker con respecto a la situación es de un minimalismo sorprendente, muy en sintonía con Un Condenado a Muerte se Escapa (Un Condamné à Mort s’est Échappé ou Le Vent Souffle où il Veut, 1956) de Robert Bresson aunque sin las pretensiones artísticas explícitas o ese existencialismo apesadumbrado marca registrada del susodicho, más bien retomando el apego hacia los objetos y las manos mediante los primeros planos de aquella y volcando el asunto en su conjunto a una mundanidad hiper sincera -y anti pomposidad preciosista- de cadencia proletaria: el realizador va a conciencia de menor a mayor en materia del ritmo narrativo, empezando con una primera mitad de pulso cansino pero siempre atractivo plagada de tomas extensas que generan la sensación de un retrato en tiempo real en primer lugar de las discusiones alrededor de incorporar al flamante compañero de celda a la evasión -o no- y luego del esfuerzo físico que conlleva el destruir el piso para dar forma al agujero del título; y desde ya finalizando con una segunda parte en verdad fascinante en la que los cortes y las elipsis están más presentes y la faena se tuerce con todo hacia el estrés acumulado, el peligro de ser descubiertos por los soberbios y bastante insoportables guardias, los instantes de felicidad/ autogratificación por el avance del proyecto, la mancomunión ordenada de los hombres y la misma necesidad de esquivar un muro de hormigón armado en las cloacas abriendo un túnel en forma de U atravesando una pared de concreto con una mayor proporción de solo cemento, más proclive al derribo.

 

La amistad masculina, un tópico muy presente no sólo en el cine de Becker sino también en el de Melville y Clouzot, aquí aparece de manera enfática mediante un esquema libertario que asimismo refuerza aquello de que el ingenio del hombre -sobre todo cuando se siente atrapado en una jaula estéril, sea ésta material o apenas simbólica- tranquilamente puede llevarse puestos a los armazones esclavizadores de los Estados e instituciones coercitivas actuales, todo un entramado que queda en ridículo de la mano de la paciencia y una semi espontaneidad que eliminan capas de cemento, barrotes, puertas y hasta muros en su anhelo de libertad. La traición, un concepto a su vez complementario, también entra en juego a través de un Gaspard que termina denunciando a sus colegas a puro egoísmo y cobardía cuando el Director de La Santé (André Bervil) le comunica que su mujer retiró el cargo de homicidio sobre su persona, generando un triste -e igualmente exquisito- desenlace con un pelotón de guardias a la espera de los complotados, desnudándolos en el pasillo y viendo cómo el delator Claude es trasladado en soledad a otra celda cercana. Entre el trasfondo documental y la reconstrucción ficcional detallista de lo ocurrido, El Agujero ni siquiera echa mano a música incidental alguna hasta la secuencia final de títulos porque su obsesión pasa por la descripción prosaica de lo que implica reventar a golpes con barras de metal paredes, pisos y cualquier obstáculo circunstancial en el camino de los protagonistas, uno hermanado a la solidaridad desesperada y a ese destino trágico humano a lo John Huston…

 

El Agujero (Le Trou, Francia/ Italia, 1960)

Dirección: Jacques Becker. Guión: Jacques Becker, Joseph Damiani y Jean Aurel. Elenco: Marc Michel, Jean Keraudy, Philippe Leroy, Raymond Meunier, Michel Constantin, André Bervil, Jean-Paul Coquelin, Eddy Rasimi, Jean Becker, Catherine Spaak. Producción: Serge Silberman. Duración: 131 minutos.

Puntaje: 9