Shock Corridor

Atrocidades institucionales

Por Emiliano Fernández

Si bien hubo cuantiosas películas previas centradas en los efectos de los manicomios en los sujetos que supieron señalar la facilidad con la que el “efecto contagio” -en lo que atañe a la cultura e ideario cotidianos de los seres humanos- abarca también a la locura, un rango que por cierto va desde El Gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920) hasta El Nido de las Víboras (The Snake Pit, 1948), sin duda es Shock Corridor (1963) el film que marcó un antes y un después en el rubro porque fue la primera que no sólo apostó a un naturalismo sucio y decadente como registro narrativo fundamental sino que además estructuró una crítica muy valerosa y certera contra las mismas instituciones mentales, en esencia afirmando que dichos aparatos estatales destinados a “curar” a los pacientes suelen funcionar en la dirección exactamente opuesta, notoria desviación/ inversión de objetivos prácticos que también se da en otras corporaciones del entramado comunal de todo el globo como los colegios, las prisiones y ese mismo sistema de salud “clásico” basado en las para nada bienvenidas dolencias del cuerpo, no en aquellas de la mente. La propuesta que nos ocupa influyó en mayor o menor medida en un sinnúmero de obras futuras que van desde la cercana Tratamiento de Shock (Shock Treatment, 1964) hasta las subsiguientes Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), Alas de Libertad (Birdy, 1984), Inocencia Interrumpida (Girl, Interrupted, 1999), Adam, Memorias de una Guerra (Adam Resurrected, 2008), La Isla Siniestra (Shutter Island, 2010), Atrapada (The Ward, 2010) y Perturbada (Unsane, 2018), todos ejemplos recientes de una locura más o menos inducida.

 

El eje del relato es Johnny Barrett (gran desempeño de Peter Breck), un periodista del Daily Globe obsesionado con ganar el Premio Pulitzer que viene preparando desde hace un año una estratagema bien sencilla y al mismo tiempo muy peligrosa que consiste en hacerse pasar por demente para que lo ingresen en un hospital psiquiátrico con vistas a poder entrevistar a los tres testigos de un asesinato que tuvo lugar dentro del nosocomio y que quedó impune porque la policía no logró sacarles nada a los susodichos, todo en función del detalle de que están locos como lo estaba la víctima, un tal Sloan que murió acuchillado en la cocina. Proponiéndose descubrir él mismo al culpable, escribir su derrotero y abrazar la gloria, el protagonista cuenta con la ayuda/ complicidad de su jefe dentro del periódico, Swanson (Bill Zuckert), y de un psiquiatra amigo del anterior, el Dr. Fong (Philip Ahn), quien lo prepara e instruye en lo que debe decir para que su farsa no sea revelada como tal por la máxima autoridad del manicomio de turno, el Dr. Cristo (John Matthews). La que definitivamente no está muy contenta con el proyecto de investigación es la cuarta pata del asunto, nada menos que la novia de Barrett, Cathy (Constance Towers), una cantante y stripper que debería hacerse pasar por la hermana del hombre y denunciarlo ante la policía por intentos repetidos de acoso y hasta violación, a sabiendas de que la amenaza de incesto de seguro operará como catalizador para el arresto y el encierro del algo mucho engreído Johnny. La reticencia original deja paso a la colaboración y así la mujer lo acusa ante la ley y el reportero obtiene lo que quiere, una reclusión rodeada de diversos pacientes mentales.

 

Luego de conocer a los dos enfermeros principales, el bonachón Wilkes (Chuck Roberson) y el muy lúgubre Lloyd (John Craig), Barrett da rienda suelta a su periplo tratando de manipular sutilmente a los tres testigos del crimen para que lo vayan conduciendo hacia la verdad: Stuart (James Best) es un joven que creció con la hipocresía e ignorancia sureñas, peleó en la Guerra de Corea, fue capturado por los comunistas, se pasó a su bando y luego terminó desertando cuando entró en contacto con otro estadounidense que lo convenció de las bondades de su país, provocando que fuera eje de un intercambio de prisioneros y hoy por hoy se crea el General J.E.B. Stuart de la Confederación, de aquellos tiempos de la Guerra Civil Norteamericana; Trent (Hari Rhodes), por su parte, fue el único estudiante negro de una universidad sureña y padeció el hostigamiento racista de sus compañeros y de los padres de éstos, lo que hizo que ahora se considere a sí mismo un supremacista blanco y un adalid fanático del mismísimo Ku Klux Klan, por lo que se la pasa robando fundas de almohadas para esas inefables capuchas; y finalmente Boden (Gene Evans) es un hombre de mediana edad que dibuja sin cesar, un físico nuclear que ganó el Premio Nobel, supo trabajar en proyectos aeroespaciales y paulatinamente experimentó una regresión a la edad de 6 años producto del tomar conciencia sobre el potencial destructivo de las bombas atómicas. Así las cosas, Johnny de a poco va percatándose de lo que implica convivir con semejante fauna y tratar de entenderla sin que lo afecte a nivel psicológico, para colmo se topa con eventualidades imprevistas como el hecho de extrañar a Cathy y sopesar una hipotética infidelidad en su ausencia, el insomnio que trae dormir al lado de un paciente que gusta de entonar arias en cualquier momento de la noche, el corpulento Pagliacci (Larry Tucker), el ataque de un grupo de ninfómanas agresivas que lo dejan magullado, y el ser confinado en una camisa de fuerza e incluso verse sometido a un tremendo tratamiento con electroshocks, más episodios varios de violencia impulsiva, amnesia y hasta alucinaciones.

 

El gran responsable de que el cóctel funcione a la perfección no es otro que Sam Fuller, uno de los pocos verdaderos padres del cine independiente estadounidense junto a John Huston, Don Siegel, Robert Aldrich y Sam Peckinpah, con el enorme Fuller específicamente dejando su mojón en el devenir del séptimo arte a través de una obra que incluye joyas de diversa tesitura y logros como Casco de Acero (The Steel Helmet, 1951), A Bayoneta Calada (Fixed Bayonets!, 1951), Park Row (1952), El Rata (Pickup on South Street, 1953), La Casa del Sol Naciente (House of Bamboo, 1955), Las Puertas Rojas (China Gate, 1957), Run of the Arrow (1957), Dragones de la Violencia (Forty Guns, 1957), El Kimono Escarlata (The Crimson Kimono, 1959), Underworld U.S.A. (1961), The Naked Kiss (1964), The Big Red One (1980) y Perro Blanco (White Dog, 1982). Como siempre en el caso del director, guionista y productor, su planteo retórico es simple y tiene que ver con un enfoque casi documentalista de la puesta en escena y el sustrato conceptual en el que se llaman a las cosas por su nombre desde una honestidad muy poco habitual en el cine yanqui de ayer, hoy y siempre; léase sin maquillaje alguno sobre tópicos candentes como la soberbia de la prensa, la idiotez policial, la negligencia del Estado, la vida prostibularia, el incesto, la intolerancia y múltiples frustraciones de las sociedades occidentales, la industria armamentista y su alcance planetario vía guerras satélites, el analfabetismo político de las mayorías, y por supuesto todo ese dogmatismo patético de una psiquiatría que no sólo se aboga de lleno -desde el autoritarismo más necio y ramplón- el derecho de decretar quién está cuerdo y quién no, sino que llega al extremo de pretender englobar a cada individuo de manera compulsiva dentro de categorías y/ o cajones taxativos que tienden a reducir la complejidad de base de cada idiosincrasia particular para satisfacer un confort académico que fetichiza el afán de “comprenderlo todo” con el mismo oscurantismo presuntuoso y ególatra de su supuesta competencia directa, las también horrendas religiones organizadas.

 

Como si lo anterior fuera poco el cineasta, siempre adepto a la experimentación subversiva, aquí se da el lujo de incorporar metraje en color que resulta gloriosamente disruptivo en medio de una fotografía meticulosa en blanco y negro, detalle que abarca las fantasías demenciales/ pesadillas de Stuart (se utiliza metraje rodado en locación en Japón para La Casa del Sol Naciente), Trent (aparecen tomas filmadas por Fuller en Brasil en ocasión de Tigrero, una película que nunca se llegó a hacer e inspiró el interesante documental homónimo de 1994 de Mika Kaurismäki, en el que Jim Jarmusch charla acerca de aquel proyecto con el por entonces muy veterano realizador) y el propio Barrett (en la legendaria secuencia -llegando el final- del delirio del protagonista en el corredor del título, un pasillo donde los internos más tranquilos pueden “socializar” con sus pares, se intercalan planos a color de cascadas bien furiosas entre una arquitectura alucinatoria en blanco y negro basada en una lluvia torrencial dentro del neuropsiquiátrico). Shock Corridor es a la vez un desfile de atrocidades institucionales y un retrato de esos personajes marginados por la sociedad que tanto fascinaban a Fuller, hoy faltándole el respeto al mainstream al identificarse sin medias tintas con los secundarios, esos queridos chiflados que sufrieron en cuerpo y alma el accionar de un gobierno y unos ciudadanos reaccionarios y cobardes, y al ofrecernos el proceso mediante el cual la ingenua seguridad del protagonista y sus cómplices varones comienza a desquebrajarse y deriva en la paradoja de la locura de un Barrett que si bien encuentra al homicida y escribe una historia destinada a alzarse con el Pulitzer, de hecho la gloria pomposa de la elite corporativista cultural poco le sirve a nivel esencial porque la estadía en el lugar lo convirtió en un esquizofrénico catatónico, una especie de vegetal humano encerrado en una compulsión comparable a las de sus compañeros aunque también distinta, eso de permanecer inmóvil cual estatua con su brazo derecho levantado y su mano abierta como eternamente dispuesta a asirse de algo que nosotros no vemos. Repensando además el trasfondo maniqueo del anticomunismo capitalista del período, el mismo estatuto social de la verdad, las convenciones en torno a la adultez, y en especial la propensión del cientificismo posmoderno a caer una y otra vez en contradicciones ridículas y a morderse la cola ante un público cada día más cínico y apático, la película asimismo refuerza su asalto antiinstitucional mediante el doble remate de que un miembro del plantel hospitalario sea el asesino, el simpático Wilkes, y que haya cometido el crimen con vistas a silenciar a un Sloan que había descubierto que el susodicho se la pasaba abusando sexualmente de las pacientes mujeres disminuidas mentales, lo que constituye una ironía muy poco habitual en el cine yanqui -quien debe velar por los desahuciados traiciona su confianza y se transforma en su verdugo- que incluso funciona en consonancia con lo que ocurre en la praxis de las sociedades del globo: hablamos de un desfalco procedimental/ simbólico/ moral acaecido frente a los ojos de testigos abúlicos que dejan pasar los atropellos con vistas a consagrarse a sus mini burbujas banales cotidianas bajo una apariencia de “estabilidad” mayormente controlada/ anestesiada desde un poder externo que reparte sus fichas a gusto como si se tratase de peones ignorantes de su destino y prestos al sacrificio en una partida de ajedrez…

 

Shock Corridor (Estados Unidos, 1963)

Dirección y Guión: Sam Fuller. Elenco: Peter Breck, Constance Towers, Gene Evans, James Best, Hari Rhodes, Larry Tucker, Chuck Roberson, John Matthews, Bill Zuckert, John Craig. Producción: Sam Fuller. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 10