Cortinas (Curtains, 1983), película canadiense escrita por Robert Guza Jr. y dirigida por Richard Ciupka y el también productor Peter R. Simpson bajo el seudónimo colectivo de Jonathan Stryker, chiste interno porque ese es el nombre del personaje masculino principal símil dictador del relato, califica como uno de los slashers más extraños o misteriosos del período de oro de este célebre subgénero del terror, las postrimerías de la década del 70 y los comienzos de los años 80, algo que tiene que ver con los problemas de producción del film -y los tres años que llevó completarlo, empezando en 1980- debido a las peleas entre Ciupka, quien pretendía una película de raigambre europea/ artística cercana al giallo de Italia, y Simpson, más volcado a un slasher tradicional aunque orientado a espectadores bastante más mayorcitos que la fauna adolescente promedio del subgénero, dos señores que estaban dando sus primeros pasos como jerarcas en el ecosistema cinematográfico ya que el primero era un director de fotografía que venía de trabajar en Ilsa, la Tigresa de Siberia (Ilsa, the Tigress of Siberia, 1977), una trasheada de Jean LaFleur, y Atlantic City (1980), clásico del neo noir de Louis Malle, y el segundo era un ejecutivo y a posteriori magnate publicitario que había fundado junto a su hermano Richard la productora independiente Simcom, la cual cosechó suculentos dividendos en ocasión de sus dos primeras faenas, la aventura familiar Naufragio (The Sea Gypsies, 1978), de Stewart Raffill, y el slasher de festividades Noche de Graduación (Prom Night, 1980), recordado opus de Paul Lynch. Ya habiendo experimentado su primera decepción que para colmo nació como un proyecto muy querido, el drama rosa Melanie (1982), fracaso comercial de Rex Bromfield, Simpson exacerbó su tendencia controladora y eventualmente echó a Ciupka para tiempo después retomar el proyecto él mismo, un conflicto que llega a pura sinceridad a los créditos no sólo mediante el apodo en conjunto, Stryker, sino también a través del detalle de los dos equipos técnicos involucrados en cada momento, precisamente enumerados bajo las categorías de Acto I y Acto II porque fue necesario contratar a otra gente a raíz de problemas de agenda o simplemente por aquella solidaridad de algunos profesionales para con el primer realizador.
Entre pinceladas de surrealismo buñueliano, bastante del slasher astuto de Navidad Negra (Black Christmas, 1974), de Bob Clark, y aquel destinado al público adulto de Aniversario de Sangre (My Bloody Valentine, 1981), de George Mihalka, por cierto otros dos clásicos canadienses, y una generosa dosis de ese thriller anglosajón giallesco que arranca con El Pasado me Condena (Klute, 1971), de Alan J. Pakula, Frenesí (Frenzy, 1972), de Alfred Hitchcock, Hermanas Diabólicas (Sisters, 1972), de Brian De Palma, Alicia, Dulce Alicia (Alice, Sweet Alice, 1976), de Alfred Sole, y Los Ojos de Laura Mars (Eyes of Laura Mars, 1978), de Irvin Kershner, para luego llegar al De Palma operístico de Vestida para Matar (Dressed to Kill, 1980), El Sonido de la Muerte (Blow Out, 1981) y Doble de Cuerpo (Body Double, 1984) y prácticamente todo el slasher posterior a los hits de la época, Halloween (1978), de John Carpenter, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), de Sean S. Cunningham, el guión de Cortinas con la firma de Guza, el mismo de Noche de Graduación, resulta mucho más convulsionado y barroco que el whodunnit estándar del período disfrazado de slasher: después del confinamiento por motu proprio en una institución psiquiátrica de una actriz de renombre, Samantha Sherwood (Samantha Eggar), su semi pareja y director en un proyecto futuro sobre la demencia bautizado Audra, el mencionado Jonathan Stryker (John Vernon), la traiciona encarando un casting en su mansión para el rol titular con seis bellas ninfas que tendrán que competir con Sherwood una vez que la susodicha escape del manicomio y se presente sin invitación alguna, hablamos de Brooke Parsons (Linda Thorson), otra actriz veterana, Patti O’Connor (Lynne Griffin), comediante de stand-up, Laurian Summers (Anne Ditchburn), una bailarina de ballet, Christie Burns (Lesleh Donaldson), patinadora sobre hielo de corta edad, Tara DeMillo (Sandee Currie), la putona infaltable del lote, y Amanda Teuther (Deborah Burgess), una intérprete novata que es la primera en morir a manos de un enigmático chiflado con máscara de hembra avejentada que la ataca en su propio hogar (Jo-Anne Hannah), justo luego de una falsa violación pactada con su novio (Booth Savage) y de una pesadilla protagonizada por una muñeca aterradora de su propiedad con carita triste.
La propuesta, incluso dentro de su hilarante previsibilidad, siempre deja lugar al asombro porque experimenta una metamorfosis de lo más curiosa, pensemos que pasa de Corredor sin Retorno (Shock Corridor, 1963), de Samuel Fuller, y Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Milos Forman, referencias que abarcan esa primera parte del encierro de Samantha, a Eran Diez Indiecitos (Ten Little Indians, 1974), obra de Peter Collinson, y El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, la primera por la retahíla de cadáveres de descarte que nos regala el psicópata y la segunda por el aislamiento nevado/ invernal en la casona de Stryker, un mandamás asimismo lúgubre que semi viola a Burns y no deja pasar la oportunidad de escenificar situaciones lésbicas con Summers y DeMillo o de acostarse con una Parsons muy perturbada por haber encontrado la cabeza de la patinadora en el inodoro de su habitación, de hecho decapitada con una hoz cuando se proponía ensayar sus rutinas en las inmediaciones. Con apenas un bípedo adicional y sin líneas de diálogo, Matthew (Michael Wincott), sirviente del realizador que tiene sexo con DeMillo a la vista de todos en un jacuzzi del exterior, en el film la forma y el contenido están integrados ya que una narración preciosista y melancólica se fusiona continuamente con el look y el fracaso de los personajes en sus trayectorias o anhelos más íntimos, todo en función de la tendencia a sabotearnos que ventila la sociedad vía su voluntad de hierro, por ello la trama se hace un festín con temáticas como la crisis profesional, la incertidumbre creativa, esas “costumbres” nefastas del backstage cinematográfico y teatral, toda insania cotidiana, la megalomanía tanto en directores como actores/ actrices, el artificio burdo que en pantalla parece real y por supuesto la histeria de una modernidad que siempre enarbola a la violencia y la competitividad como banderas. Mediante sucesivas escenas consagradas a la humillación y el acecho entrecruzado, Cortinas le pega al control como garantía de una buena actuación o del éxito en cualquier contexto, siempre arrastrando un dejo tragicómico porque las risas se confunden con las lágrimas cuando se avanza en la deshumanización en pos de subyugar al otro o sobreexigirnos hasta el sadomasoquismo y la rauda enajenación.
Si bien la perfección brilla por su ausencia porque el film cuenta con poco gore y derrapa en un sustrato estrambótico por momentos gratuito o incoherente y una edición deficitaria con muchos baches narrativos, más allá del trasfondo ridículo de los homicidios y aquel confinamiento de Sherwood bajo el halo de Stryker, el convite del canadiense Ciupka y el escocés Simpson nos entrega muy buenas actuaciones, un correcto desarrollo de personajes, un eficaz manejo de la sensualidad y el suspenso, una extraordinaria banda sonora de Paul Zaza, la presencia de dignos falsos culpables -sobre todo las criaturas de Wincott, Vernon y Eggar- y el valiente motivo del director violador y adepto a aprovechar la vulnerabilidad de sus actrices victimizadas, además del hecho de recuperar de la novela negra el recurso del doble asesino, uno pasional inofensivo o de cotillón como esta Sherwood que se autoanula discursivamente al cargarse a tiros a Stryker y su amante de ocasión, Parsons, y el otro psicótico verdadero que usa la máscara para eliminar a la competencia, nuestra O’Connor de una Griffin que había debutado en Navidad Negra. Analizando también a la belleza como principal capital femenino, el edadismo en el mainstream, el sexo y la virulencia en tanto mecanismos para imponerse o ser corrompido, todos los antojos en los procesos de reclutamiento laboral y desde ya la industria de la cultura, el arte y la información como un mundillo dominado por el cinismo, la paranoia, los celos y el parasitismo más abusivo o cruel, el film se impone como un estudio fascinante sobre la perfidia, la desesperación por trabajo, el canibalismo intra show business y el dejo contagioso de la locura mientras ofrece una colección de detalles impagables como esas cortinas “abriendo” diversas escenas, los colores furiosos y la iconografía art decó de los interiores, aquel montaje entrecortado y las tomas subjetivas para la seudo violación de Teuther, la presencia de la muñeca fetichizada y el sueño del espanto, la torpe pero expresiva utilización de la cámara lenta, aquella falsa “final girl” de la secuencia del depósito de utilería con DeMillo y todo el marco circular del relato porque empieza y termina con un monólogo muy agridulce, el primero sin público y el segundo frente a una audiencia formada por los lunáticos abstraídos de un manicomio…
Cortinas (Curtains, Canadá, 1983)
Dirección: Richard Ciupka y Peter R. Simpson. Guión: Robert Guza Jr. Elenco: Lesleh Donaldson, John Vernon, Samantha Eggar, Linda Thorson, Lynne Griffin, Anne Ditchburn, Sandee Currie, Deborah Burgess, Michael Wincott, Jo-Anne Hannah. Producción: Peter R. Simpson. Duración: 89 minutos.