The Stepford Wives

Autómatas a medida

Por Emiliano Fernández

The Stepford Wives (1975) es el eslabón ineludible que conecta la cadena de la sátira social disfrazada de ciencia ficción y terror que va desde The Twilight Zone (1959–1964) hasta Black Mirror y sus múltiples imitadoras, obras que ponen en contexto por un lado la tendencia del capitalismo a utilizar a la tecnología como una pata más para concentrar la riqueza y el poder y por el otro la incapacidad del ser humano para seguirle el paso a los avances científicos y productivos acaecidos desde el Siglo XX hasta nuestros días, núcleo que provoca no sólo abulia y frustración sino mayor inequidad general y desempleo gracias al facilismo cortoplacista de siempre de parte de la alta burguesía y esos conglomerados rapaces multinacionales orientados a exprimir cada centímetro posible del mercado con el objetivo de fagocitar por completo a la competencia de turno y controlar la psiquis de los consumidores. La película fue dirigida por el británico Bryan Forbes y cuenta con un guión del recordado William Goldman a partir de una novela de 1972 de Ira Levin, un señor sin duda obsesionado con la dialéctica de la manipulación y los engaños como lo atestiguan sus otras adaptaciones cinematográficas hollywoodenses, Rosemary’s Baby (1968), The Boys from Brazil (1978), Deathtrap (1982), A Kiss Before Dying (1991) y Sliver (1993), todos films que trabajan en algún punto con el marco subrepticio de las mentiras domésticas y las oscuras maquinaciones que pueden ocultar estas facetas meticulosamente disimuladas bajo identidades en apariencia afables y destinadas a no levantar sospechas hasta que ya es muy tarde para reaccionar, al punto de que los protagonistas deben aceptar su funesto destino.

 

El relato se centra en Joanna Eberhart (la hermosa y muy convincente Katharine Ross), una ama de casa con dos hijas pequeñas, Kim (debut de Mary Stuart Masterson) y Amy (Ronny Sullivan), que desea convertirse en fotógrafa profesional y que se muda junto a su esposo abogado, Walter (Peter Masterson), desde New York a la ciudad suburbial de Stepford, en Connecticut, dentro de lo que fue una decisión mayormente tomada por el hombre mediante la estrategia de realizar primero todas las maniobras para garantizar la mudanza y luego preguntarle sobre la marcha a su pareja qué le parece el asunto de por sí. Al poco tiempo de instalarse Joanna descubre que todas las mujeres del lugar siempre se ven perfectas a nivel estético, están obsesionadas con las tareas hogareñas, pretenden satisfacer sistemáticamente los deseos sexuales de sus maridos y no poseen interés intelectual, artístico o cultural alguno, situación que se agrava debido a que los esposos -incluido el propio Walter- suelen ausentarse cuando gustan para asistir a reuniones de la asociación local de hombres, un cónclave sexista, enigmático y de exclusividad masculina que en esencia aglutina a toda la alta burguesía gerencial del voluminoso polo tecnológico de Stepford, repleto de empresas, laboratorios y fábricas experimentales del rubro. Las únicas amigas que la protagonista logra rescatar en este reino del conformismo son Bobbie Markowe (Paula Prentiss) y Charmaine Wimperis (Tina Louise), dos féminas que también notan la triste uniformidad de la ciudad y la esterilidad de un comportamiento repetitivo que parece corresponderse a los ideales domésticos más rígidos alrededor del rol dócil esperable en todas las mujeres.

 

Pronto el trío pretende contrarrestar el poder de la asociación de hombres, encabezada por el misterioso Dale Coba (Patrick O’Neal), un sujeto que solía trabajar en Disneyland, y así organiza un intento de mitin con otras mujeres, hoy amas de casa a tiempo completo y en el pasado con otras actividades varias, pero la movida resulta un fracaso porque las susodichas no pueden dejar de hablar de la limpieza de sus respectivas casas. Cuando Charmaine renuncia a su gran pasión, el tenis, y de golpe se transforma en otra esposa más de cartón pintado, Eberhart y Markowe se dan cuenta de que pueden estar frente a una conspiración sustentada en el envenenamiento del sistema de agua potable de Stepford con vistas a drogar a las mujeres y garantizar su sumisión, lo que podría estar vinculado también a las compañías electrónicas, de computadoras y aeroespaciales asentadas en la zona. La soledad y desesperación de Joanna aumentan exponencialmente cuando la misma Bobbie sufre el “tratamiento Stepford” y hasta una psiquiatra que comienza a visitar, la Doctora Fancher (Carol Eve Rossen), le recomienda que se vaya del lugar por el miedo terrible que arrastra a ser reemplazada por alguien en apariencia idéntica que cocinará, limpiará y se encargará de los críos, ya no tomará fotografías y en suma se comportará como uno de esos robots de Disneyland. Esa misma noche Walter no deja de tirarle evasivas con respecto a la ausencia de las hijas de la casa y por ello Eberhart decide visitar a Markowe, a quien acuchilla en el abdomen en pleno frenesí y así descubre que efectivamente se trata de una autómata porque no sangra en absoluto e incluso entra en un bucle de reincidencia cual computadora dañada.

 

Más allá de sus méritos estrictamente cinematográficos, como la construcción magistral del suspenso escalonado y la paciencia y enorme dedicación en lo que atañe al desarrollo de personajes y sus inquietudes, la película en términos prácticos anticipó la eclosión posterior de los barrios privados, el mainstream cultural audiovisual de los CGI de plástico, el acervo digital/ web de los avatares y las máscaras anónimas contemporáneas de las redes sociales, la cultura del autoengaño vía lo new age bobalicón, el regreso de las fantasías machistas más burdas en torno al sometimiento, el marketing de la impersonalización baladí a gran escala y finalmente los delirios de perfección comunal en pos de agradar al prójimo a costa de renunciar inmediatamente a la propia individualidad y la de aquellos que queremos, apreciamos o conocemos. Del mismo modo que en Rosemary’s Baby el cobarde actor Guy Woodhouse (John Cassavetes) traicionaba a su esposa Rosemary (Mia Farrow) para que sea embarazada por Mefistófeles a cambio de fama y fortuna, aquí la perfidia masculina para con la pareja obedece a un esquema de ambición, egoísmo y mediocridad moral que se sumerge sin culpa en lo maquiavélico patético con la meta de consolidar una mansedumbre hogareña, sexual, laboral, social, familiar, cultural y por supuesto económica. Entre la dinámica de las sectas protestantes, la sombra impiadosa de los doppelgängers, el fantasma de la naturalización robótica de la reciente Westworld (1973) y el recurso semi mitológico de la muñeca sexual que asimismo hace las veces de ama de casa perfecta, hoy la esclavitud se nos aparece bajo el ropaje de la cibernética y la asimilación urbana mendaz progresiva.

 

The Stepford Wives esquiva los pormenores del proceso de construcción del duplicado y sustitución de Joanna y prefiere trabajar con representaciones abstractas de los mismos que a la postre resultan mucho más poderosas a nivel retórico, como por ejemplo el robo de su belleza, cortesía de un dibujante, Ike Mazzard (William Prince), que crea un retrato modelo de la mujer en una supuesta reunión naif en la morada de los Eberhart, y de su voz, en este caso gracias a otro vecino, Claude Axhelm (George Coe), que la convence de entregar datos varios y de grabar una infinidad de palabras frente a un micrófono a cambio de que facilite que las otras señoras de la ciudad concurran a aquella fallida reunión femenina; dos caras de una única moneda que a su vez le permite al astuto guión de Goldman invertir los estereotipos comunales en materia de la “sensibilidad” a flor de piel de las mujeres y el carácter más “centrado” de los hombres, en especial debido a que en esta oportunidad la mujer es más fría y racional y el hombre se mueve como un necio hedonista y banal. Apelando también a la paranoia femenina sobre el acoso y considerando a las “esposas de Stepford” del título en tanto aberraciones, infiltrados o simples títeres con pechos inflados a pedido del marido en cuestión, la realización se burla de manera sutil de la por entonces incipiente -y hoy en auge- industria del conformismo y la evasión que pretende desviar la atención de la urgente realidad en pos de negar lo obvio, crear significantes direccionados y solidificar el statu quo del capitalismo más mitómano, injusto y francamente delirante, ese incapaz de mirarse en el espejo del otro esclavizado sonriente que tiene delante cual robot.

 

El desenlace, cuando Joanna se topa con su doble sintético y de ojos negros en la sede de la asociación de hombres y la androide la estrangula con unas medias de nailon para luego dejar paso a un epílogo en el que todas las féminas sin vida ni voluntad propia se saludan en los pasillos de un supermercado, sin duda emparda el infierno mundano con lo anodino, lo indistinto, la imagen estúpida de una publicidad dentro del enclave del consumismo lobotomizado de las sociedades modernas, resignificando incluso aquella frase de Kim a Walter del inicio en la que señalaba que acababa de ver a un hombre llevando a una mujer desnuda por la calle, un maniquí, ante lo cual el hombre responde que es precisamente por ese tipo de cosas que se están mudando de New York a Stepford (el marco conservador retrógrado que podría dominar la primera interpretación estalla por los aires a posteriori ya que a lo que en verdad se refería el padre de familia es a la promesa detrás del paraíso de las mujeres obedientes en público y putonas en la cama matrimonial, como corresponde con la “utopía húmeda” de los varones que no quieren perder el tiempo con los intercambios verbales y/ o las negativas de la contraparte en esto o aquello). Con el tiempo The Stepford Wives desencadenaría la friolera de tres secuelas y esa horrenda remake del 2004 en clave de comedia, dirigida por el casi siempre maravilloso Frank Oz, que por cierto no le llega ni a los talones a la película que nos ocupa: estas autómatas a medida -léase con las medidas de ellas pero la idiosincrasia y las “mejoras” deseadas por ellos vía cosificación voluptuosa- no responden a un planteo feminista como tampoco misógino o machista porque aquí lo que prima es el reemplazo de lo real por lo simulado tecnológico/ identitario en términos macros y no sólo por género sexual, aunque desde ya el acento misándrico está a la orden del día por la evidente autocrítica masculina inherente a la trama y hasta se podría decir que en el film existe asimismo una hilarante sátira femenina disimulada que apunta a subrayar el pulso tontuelo, servicial y fútil de muchas mujeres de todos los ámbitos y extracciones…

 

The Stepford Wives (Estados Unidos, 1975)

Dirección: Bryan Forbes. Guión: William Goldman. Elenco: Katharine Ross, Paula Prentiss, Peter Masterson, Tina Louise, Patrick O’Neal, Carol Eve Rossen, William Prince, George Coe, Mary Stuart Masterson, Ronny Sullivan. Producción: Edgar J. Scherick. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 9