La Frontera (The Border, 1982) forma parte de la última etapa de la carrera del cineasta británico Tony Richardson, un período muy poco prolífico consagrado a la televisión y a apenas dos realizaciones más, las también interesantes Secretos de Hotel (The Hotel New Hampshire, 1984) y Cielo Azul (Blue Sky, 1994), antes de fallecer en 1991 a los 63 años de edad a causa de complicaciones varias del SIDA. Richardson fue una figura prominente del teatro inglés y de dos movimientos de vanguardia de índole cinematográfica de las décadas del 50 y 60, primero aquel Free Cinema de base documentalista, para el que sumó Mamá no lo Permite (Momma Don’t Allow, 1956), cortometraje codirigido junto al inefable Karel Reisz, y segundo esa Nueva Ola Británica ya ficcional, vertiente a la que pertenecen opus en verdad maravillosos de la talla de Mira al Pasado con Rencor (Look Back in Anger, 1959), El Animador (The Entertainer, 1960), Un Sabor a Miel (A Taste of Honey, 1961) y La Soledad del Corredor de Fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962), una etapa profesional primigenia que siempre resulta la más festejada por el público y la prensa ya que inmediatamente después el señor se consagraría a una serie de experimentos que quebraron el molde del “realismo de fregadero de cocina”/ “kitchen sink realism” de la época, pensemos en las todavía atractivas Tom Jones (1963), Mademoiselle (1966) y La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1968), amén de un par de coqueteos más que dignos con el mercado norteamericano, Santuario (Sanctuary, 1961) y Los Seres Queridos (The Loved One, 1965). Entre proyectos cancelados, como el de una biopic sobre Vaslav Nijinsky, y otros en los que lo echaron, como un vehículo comercial para Diana Ross intitulado Mahogany (1975), el cual terminaría siendo dirigido por nada menos que Berry Gordy, cabeza de la legendaria Motown Records, el director para fines de los 60 e inicios de los 70 entraría en una fase de clara decadencia que años atrás hubiese resultado impensable no sólo por aquella bonanza artística de sus comienzos sino también por el gigantesco éxito y los Oscars a raíz de Tom Jones, entre ellos Mejor Película y Mejor Director para Tony y Mejor Guión Adaptado para John Osborne, socio crucial del cineasta.
Durante el apogeo del cine de autor y aquellos años inconformistas del Nuevo Hollywood a Richardson le costó horrores encontrar de nuevo una voz propia relativamente estable que tenga que ver -o quizás se separe, se diferencie a rajatabla- de sus facetas más satisfactorias a nivel artístico del pasado inmediato, léase la realista mundana iniciática y la experimental pirotécnica posterior, así las cosas el susodicho se consagró a una catarata de películas que resultaron fallidas, desconcertantes, anodinas o desparejas al extremo de la esquizofrenia, en línea con las hoy completamente olvidadas El Marinero de Gibraltar (The Sailor from Gibraltar, 1967), Sonrisas en la Oscuridad (Laughter in the Dark, 1969), Hamlet (1969), Un Delicado Equilibrio (A Delicate Balance, 1973), Certificado de Defunción (Dead Cert, 1974) y Joseph Andrews (1977), lote variopinto del que sólo se destaca Ned Kelly (1970), aquella bizarreada defectuosa aunque fascinante, filmada en Australia y atravesada por una infinidad de problemas de todo tipo durante el rodaje, con Mick Jagger en el rol del mítico bandolero del título, héroe popular del enclave anglosajón anarquista y anticolonialista. De hecho fue La Frontera la película que le permitió al amigo Tony, de manera decididamente tardía pero segura y con una eficacia acorde con la experiencia acumulada, aggiornarse al nihilismo de denuncia del Nuevo Hollywood -por entonces en franca extinción, ya con los estudios recuperando el control- para retomar algo del cine melancólico y muy poderoso de Sam Peckinpah, ahora metiéndose con suma valentía en la temática de la pobreza extrema de los migrantes latinos que pretenden ingresar a Estados Unidos y la corrupción de las autoridades norteamericanas en lo que atañe al narcotráfico, la trata de blancas y el tráfico humano en general, temática que pronto iría a parar al otro clásico del rubro de comienzos de los 80, El Norte (1983), de Gregory Nava, ambos films a su vez antepasados de obras posteriores semejantes como Sin Nombre (2009), de Cary Joji Fukunaga, La Jaula de Oro (2013), de Diego Quemada-Díez, y Desierto (2015), de Jonás Cuarón, además de diversas conexiones adicionales con Pan y Rosas (Bread and Roses, 2000), del querido Ken Loach, y Tierra de Cárteles (Cartel Land, 2015), el famoso documental de Matthew Heineman.
Echando mano de ingredientes de la odisea de inmigrantes, el neo film noir y el western revisionista, el muy sencillo guión de David Freeman, Deric Washburn y Walon Green, el segundo responsable de Naves Misteriosas (Silent Running, 1972), de Douglas Trumbull, y El Francotirador (The Deer Hunter, 1978), de Michael Cimino, y el tercero de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), de Peckinpah, Sorcerer (1977), de William Friedkin, y RoboCop 2 (1990), de Irvin Kershner, gira en torno a Charlie Smith (Jack Nicholson), un agente de inmigración de Los Ángeles, California, que vive en una casa remolque junto a su esposa, Marcy (Valerie Perrine), una burguesa tonta y frívola que le insiste para que se muden a El Paso, Texas, cuando el hombre en realidad desea retirarse hacia la naturaleza, con motivo de un puesto laboral previo en el Servicio de Parques y Recreo, ya que está harto de las ciudades y de la hipocresía permanente en relación a los inmigrantes, a quienes detienen por no contar con la mentada Green Card cuando en realidad su presencia resulta fundamental en el contexto del capitalismo de mano de obra extensiva/ barata/ esclava, ya que los extranjeros no están sindicalizados, ganan unas monedas miserables y trabajan bajo condiciones calamitosas en tareas que los locales no quieren desempeñar. Mudado a un dúplex pegado al de una amiga de antaño de Marcy, la putona de peluca colorada Savannah (Shannon Wilcox), Charlie se ve obligado a convivir con el marido corrupto de esta última, Cat (Harvey Keitel), otro agente de inmigración de El Paso al servicio del mandamás Red (Warren Oates), dos sujetos que tienen montado un negocio paralelo y muy redituable de tráfico de inmigrantes junto a un par de mafiosos estrafalarios, Manuel (Mike Gómez), aparente dueño de un cabaret y prostíbulo en México, y un tal J.J. (Jeff Morris), veterano desquiciado que suele robar los cargamentos de droga que llevan las mulas a instancias de coyotes intercambiables. Smith, que en un inicio prefiere no sumarse al entramado mafioso vernáculo por reparos a escala ética, termina asociándose con Cat debido al elevado nivel de gastos de su esposa, una ama de casa que compra una cama de agua y un mobiliario lujoso y hace construir una piscina en el patio del inmueble, saturando al marido de deudas.
Richardson contrapone todo el tiempo por un lado la vacuidad consumista y patética de la clase media estadounidense, esa que homologa la felicidad a la capacidad de compra de las personas y a la imagen de perfección que se brinda a los vecinos, y por el otro lado la dura realidad de un Tercer Mundo donde dominan la pobreza, la injusticia, el caudillaje y/ o la violencia, ecosistema representado en el relato por María (Elpidia Carrillo), una madre primeriza cuyo marido murió a causa de un terremoto, y su hermano menor Juan (Manuel Viescas), joven que muta en drogadicto y termina recurriendo al robo y al narcotráfico para sobrevivir ya que ambos son detenidos sistemáticamente cuando intentan cruzar el Río Grande. Sin descuidar el dinamismo del cine de género pero tampoco el quid testimonial, La Frontera juega con la redención paulatina de Charlie una vez que se enemista con el sindicato criminal cuando pretende rescatar a María del tugurio de Manuel, descubre que es práctica común asesinar a los coyotes de la competencia y se consagra a recuperar el bebé de la muchacha, robado por una secuaz del proxeneta cuando estaba presa cortesía de los agentes de inmigración, y a desquitarse por la muerte de Juan, asesinado por J.J. después de que Smith le pagase a él y a su hermana el pasaje clandestino a yanquilandia. Como si se tratase de una de esas baladas cinematográficas de Peckinpah sobre antihéroes que desean una paz empardada a un mundo en extinción por obra de un nuevo capitalismo caníbal y cínico, el cual vende a niños latinos recién nacidos por 25 mil dólares a burgueses bobos del Primer Mundo, el film se beneficia muchísimo de las gloriosas actuaciones del elenco, recordemos a un Oates que estaba participando en una de sus últimas películas antes de fallecer en aquel 1982, un Keitel perfecto que seguía en el ciclo de villanos de antología de la primera fase de su carrera, una bella Perrine que venía de Lenny (1974), de Bob Fosse, y Superman (1978), de Richard Donner, un Nicholson supremo y muy medido que estaba en lo mejor de su derrotero profesional y una Carrillo a lo madonna del arte cristiano que había trabajado en México y pronto saltaría a la popularidad global gracias a su intervención en Salvador (1986), de Oliver Stone, y Depredador (Predator, 1987), de John McTiernan…
La Frontera (The Border, Estados Unidos, 1982)
Dirección: Tony Richardson. Guión: David Freeman, Deric Washburn y Walon Green. Elenco: Jack Nicholson, Harvey Keitel, Valerie Perrine, Warren Oates, Elpidia Carrillo, Shannon Wilcox, Manuel Viescas, Jeff Morris, Mike Gómez, Dirk Blocker. Producción: Edgar Bronfman Jr. Duración: 108 minutos.