En el capitalismo de nichos del Siglo XXI, cortesía de la apatía consumista, el egoísmo extremo social y ese marketing que todo lo subdivide de manera maniática para controlar aún más al individuo lobotomizado y paranoico de hoy en día, cada segmento del mercado prácticamente desconoce lo que consume el otro e incluso su mera existencia, planteo que conduce a una curiosa convivencia en la que los grupos de turno vegetan en paralelo desde la ignorancia de la burbuja más hermética. Así las cosas, se puede tomar de ejemplo el rubro hiper específico de las adaptaciones de videojuegos, gremio claramente ninguneado por los otros segmentos del séptimo arte y de la televisión hasta que en años recientes se alcanzó cierta legitimidad gracias a The Last of Us (2023-2025) y Fallout (2024-2026), un par de series de idiosincrasia postapocalíptica -respectivamente de HBO y Amazon Prime Video- que con sus desniveles lograron levantar un poquito la calidad con respecto a la interminable seguidilla de desastres que caracterizó a casi toda la producción audiovisual inspirada en las consolas o la cultura gamer desde esas Super Mario Bros. (1993), de Rocky Morton y Annabel Jankel, y Street Fighter (1994), de Steven E. de Souza, catalizadores de una andanada repugnante que llega hasta Five Nights at Freddy’s (2023), de Emma Tammi, y Borderlands (2024), del palurdo perpetuo de Eli Roth, entre otras bazofias del montón.
Si bien la mejor relectura cinematográfica de videojuegos continúa siendo Warcraft (2016), trabajo disfrutable de Duncan Jones, dentro del segmento hay una suerte de “mediocridad atractiva” que aglutina a Silent Hill (2006), de Christophe Gans, Assassin’s Creed (2016), de Justin Kurzel, A Minecraft Movie (2025), de Jared Hess, Until Dawn (2025), de David F. Sandberg, y la archiconocida trilogía del especialista Paul W.S. Anderson, léase Mortal Kombat (1995), Resident Evil (2002) y Monster Hunter (2020), todos trabajos que desde un trasfondo errático o directamente idiota aunque ameno lograron esquivar el tedio gracias a chispazos de eficacia en materia de suspenso, aventuras, horror, fantasía, súper acción y/ o comedia. Silent Hill, como las otras películas señaladas, fue aniquilada por la crítica y el grueso del público de su tiempo pero el fluir de los años la ubicó como una de las mejores experiencias del gremio, sostenida en algunos momentos verdaderamente terroríficos y un diseño grotesco de criaturas/ monstruos que respetaba aquel de la tetralogía original de la compañía japonesa Konami, Silent Hill (1999), Silent Hill 2 (2001), Silent Hill 3 (2003) y Silent Hill 4: The Room (2004), sin duda los mejores videojuegos de una franquicia volcada a la supervivencia, el ambiente tenebroso con gráficos en 3D y una perspectiva en tercera persona a su vez consagrada al combate, la exploración y la resolución de acertijos varios.
Gans es un cineasta francés muy poco prolífico -o con una infinidad de proyectos caídos, la otra cara del asunto- que se la pasa entregando obras bienintencionadas que podrían haber sido muchísimo mejores, pensemos en Crying Freeman (1995), Brotherhood of the Wolf (Le Pacte des Loups, 2001), Beauty and the Beast (La Belle et la Bête, 2014) o esa Silent Hill de la que hoy entrega una secuela espiritual/ independiente que nadie pidió, Return to Silent Hill (2026), bodrio doloroso que por un lado rankea en punta como la peor película del galo y por el otro lado apenas si consigue ubicarse por encima del capítulo anterior, Silent Hill: Revelation (2012), segundo y abominable eslabón a cargo de la realizadora y guionista británica M.J. Bassett. Gans ya no cuenta con una historia de Roger Avery, nada menos que el coguionista de Pulp Fiction (1994) a la par de Quentin Tarantino, y por ello firmó él mismo el texto junto a Sandra Vo-Anh y William Josef Schneider, en suma un relato caótico y torpe en el que el protagonista, James Sunderland (Jeremy Irvine), un pintor alcohólico y depresivo, regresa al pueblito de Silent Hill por una carta de socorro de su ex novia, Mary Crane (Hannah Emily Anderson), miembro de una secta local y bella señorita que en realidad está muerta y “dividida” en otras tres ninfas como ocurría con la mocosa de la propuesta original, Sharon (Jodelle Ferland), en sí la faceta cándida de Alessa Gillespie.
Pareciera que la idea del francés fue redondear una epopeya más circunspecta vinculada a la manipulación, el duelo y los problemas psicológicos en torno a la depresión, sin embargo el producto resultante aburre a más no poder en primera instancia porque las secuencias orientadas al espanto son redundantes y de evidente bajo presupuesto, una vez más con todos los clichés de la saga de Konami como el célebre Pyramid Head (Robert Strange), y en segundo lugar debido a la estupidez narrativa de Gans, algo inusitado tratándose de un realizador con tres décadas de experiencia a cuestas que en esta ocasión no deja de pegarse tiros en el pie ni por un minuto, sobre todo en lo que respecta al sabotaje de la mínima claustrofobia del relato a través de elementos externos al pueblito que molestan mucho y quiebran la tensión acumulada, como los flashbacks con Crane, las llamadas telefónicas de la psiquiatra de Sunderland (Nicola Alexis) o un entramado surrealista muy rutinario que confunde realidad y ficción y se parece mucho a A Nightmare on Elm Street (1984), joya de Wes Craven. Las actuaciones, los diálogos y el desarrollo son patéticos y hoy nada queda del coqueteo con Clive Barker, H.P. Lovecraft y David Cronenberg del film de 2006, en pantalla reemplazado por un tono sepulcral lacrimógeno que para colmo deriva en un cuasi “final feliz” -luego de un suicidio- que genera vergüenza ajena por lo inoportuno y banal…
Terror en Silent Hill: Regreso al Infierno (Return to Silent Hill, Francia/ Estados Unidos/ Alemania/ Reino Unido/ Serbia/ Japón, 2026)
Dirección: Christophe Gans. Guión: Christophe Gans, William Josef Schneider y Sandra Vo-Anh. Elenco: Jeremy Irvine, Hannah Emily Anderson, Robert Strange, Nicola Alexis, Pearse Egan, Evie Templeton, Martine Richards, Emily Carding, Howard Saddler, Eve Macklin. Producción: David M. Wulf, Molly Hassell y Victor Hadida. Duración: 106 minutos.