La carrera de Francis Ford Coppola es sinónimo de uno de los periplos más delirantes y frustrantes de toda la historia del cine, trayectoria del máximo responsable de la que quizás sea la mejor película jamás filmada o por lo menos el opus que con mayor facilidad logra un consenso cinéfilo en este sentido, El Padrino (The Godfather, 1972): el señor se pasó prácticamente toda la década del 60 tratando de que lo tomen en serio en Hollywood como director y guionista con un background intelectual, por ello empezó su periplo profesional reeditando dos nudie-cuties o productos cándidos de desnudos de los 50 y 60, El Botones y las Chicas (The Bellboy and the Playgirls, 1962) y Esta Noche Seguro (Tonight for Sure, 1962), colaborando con Roger Corman en Batalla más allá del Sol (Nebo Zovyot, 1959), El Terror (The Terror, 1963) y Dementia 13 (1963), redondeando dos de los muchos bodrios que vendrían a futuro, Ya Eres un Hombre (You’re a Big Boy Now, 1966) y El Arcoíris de Finian (Finian’s Rainbow, 1968), y finalmente entregando una película interesante que no vio casi nadie, Llueve sobre mi Corazón (The Rain People, 1969), amén de su faceta de guionista cada vez más cotizado vía un derrotero in crescendo que fue desde El Palacio Encantado (The Haunted Palace, 1963), del inefable Corman, Una Mujer sin Horizonte (This Property Is Condemned, 1966), de Sydney Pollack, y ¿Arde París? (Paris Brûle-t-il?, 1966), de René Clément, a Patton (1970), de Franklin J. Schaffner, Nuestros Años Felices (The Way We Were, 1973), otra de Pollack, y El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974), de Jack Clayton, en última instancia abonando el terreno para la llegada de su tetralogía de obras maestras de su mejor período, esos 70 homologados al querido Nuevo Hollywood, nos referimos a las archiconocidas El Padrino, La Conversación (The Conversation, 1974), El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974) y Apocalypse Now (1979), esta última una mega película sobre la Guerra de Vietnam que había tenido múltiples problemas de rodaje en Filipinas que presagiaron el verdadero desastre financiero -ya a escala personal- del artista, aquel correspondiente a la simpática Golpe al Corazón (One from the Heart, 1982), un musical con una extraordinaria banda sonora de Tom Waits que fue un colosal fracaso de taquilla y endeudó enormemente a un Coppola que pasó de reinar en el gremio cinematográfico estadounidense con El Padrino y su primer corolario a no poder garantizar films atractivos para el público, la crítica o la misma industria que lo utilizó y lo descartó.
Si bien la compañía productora propiedad del realizador recién pediría la bancarrota en 1990, esa Zoetrope Studios que después mutaría en American Zoetrope, lo cierto es que Coppola dedicó toda la década del 80 a tratar de salir a flote de nuevo de la mano de una fase de impronta más indie y algo mucho soporífera que nos legó un par de adaptaciones bastante interesantes de novelas de S.E. Hinton, Los Marginados (The Outsiders, 1983) y La Ley de la Calle (Rumble Fish, 1983), y una colección de trabajos correctos y no mucho más que pusieron al descubierto un bloqueo creativo vinculado a cierta mediocridad a priori impensable de parte del artífice de aquellos neoclásicos de los 70, pensemos para el caso en The Cotton Club (1984), Peggy Sue, su Pasado la Espera (Peggy Sue Got Married, 1986), Jardines de Piedra (Gardens of Stone, 1987), Tucker: El Hombre y su Sueño (Tucker: The Man and His Dream, 1988) e incluso Historias de Nueva York (New York Stories, 1989), esta última una antología encarada junto a Woody Allen y Martin Scorsese en la que su episodio, Vida sin Zoë (Life Without Zoë), era por lejos el peor del lote. No obstante existió un breve período de inusitado renacimiento creativo -anticipado por la disfrutable Tucker: El Hombre y su Sueño, acerca del fabricante automovilístico Preston Tucker- antes de que todo cayese a niveles ya en verdad lamentables gracias a las intermitentemente desparejas, bobas e insufribles Jack (1996), El Poder de la Justicia (The Rainmaker, 1997), Juventud sin Juventud (Youth Without Youth, 2007), Tetro (2009) y Twixt (2011), más un encargo de reedición para Supernova (2000) después de la pelea entre la Metro-Goldwyn-Mayer y el director original, Walter Hill, hablamos por supuesto de aquellos años de El Padrino: Parte III (The Godfather: Part III, 1990) y Drácula (1992), la primera una secuela que Francis no pretendía encarar, proyecto para la Paramount Pictures al que accedió con el objetivo de terminar de saldar las deudas de Golpe al Corazón y reponerse de la catarata de fracasos comerciales de los años 80, y la segunda una adaptación de lo más inflada, heterodoxa e iconoclasta de la famosa novela gótica de 1897 del irlandés Bram Stoker, suerte de refrito de ingredientes previamente trabajados en textos varios del rubro de los chupasangres y más allá como por ejemplo El Vampiro (The Vampyre, 1819), de John William Polidori, Berenice (1835), de Edgar Allan Poe, La Familia del Vurdalak (Sem’yá Vurdaláka, 1839), de Alekséi Konstantínovich Tolstói, y Carmilla (1872), novela corta de Sheridan Le Fanu.
El guión de James V. Hart, responsable de las olvidables Hook (1991), de Steven Spielberg, Los Muppets en la Isla del Tesoro (Muppet Treasure Island, 1996), obra de Brian Henson, Contacto (Contact, 1997), de Robert Zemeckis, Sahara (2005), de Breck Eisner, Mimzy: La Puerta al Universo (The Last Mimzy, 2007), de Robert Shaye, y Mi Nombre es August Rush (August Rush, 2007), de Kirsten Sheridan, sigue el ABC del formato vampírico y comienza con el joven abogado Jonathan Harker (Keanu Reeves), próximo a casarse con la ninfa decimonónica Wilhelmina alias “Mina” (Winona Ryder, quien había desairado a Coppola por neurastenia en El Padrino: Parte III), viajando a Transilvania, en Rumania, para que un cliente del bufete al que representa firme unos documentos sobre la adquisición en 1897 de diversas propiedades en Londres, el Conde Drácula (Gary Oldman), mandamás de un harén de adeptas a la hemoglobina (Florina Kendrick, Michaela Bercu y una hermosa Monica Bellucci) que se enamora de Wilhelmina al ver una foto suya de su prometido, al que deja al “cuidado” orgiástico de las señoritas para trasladarse a la capital del Reino Unido ya que Mina es la reencarnación de Elisabeta (también Ryder), otrora esposa de la versión previa del conde, Vlad el Empalador o Vlad Drácula (el amigo Gary), príncipe de los cristianos que en 1462 se enfrentaron al Imperio Otomano y esposo que se quedó sin su compañera cuando se suicidó después de recibir un mensaje falso de los turcos en relación a la muerte de Vlad, el cual renuncia a Dios y mediante la asistencia de Mefistófeles se convierte en vampiro bebiendo la sangre que brota de una voluminosa cruz de piedra. Hart incorpora un romance entre Mina y el aristócrata titular que no estaba en el papel, siempre con la idea de legitimar la capacidad redentora del amor verdadero y convertir a la chica en el verdugo del chupasangre durante el desenlace, y mantiene en general todas las subtramas y personajes de la novela de Stoker, como ese R.M. Renfield (el genial Waits) que antecedió a Harker y está encerrado en el manicomio del Doctor Jack Seward (Richard E. Grant), porque es un esclavo zoófago bizarro de Drácula, y esa Lucy Westenra (una muy eficaz Sadie Frost) que oficia de amiga putona de Wilhelmina y se transforma en otra amante del conde, señorita destinada a recibir una estaca en su corazón y ser decapitada por un médico neerlandés y gran experto cazavampiros, el Profesor Abraham Van Helsing (Anthony Hopkins), bajo la venia del prometido de la sanguijuela, el paparulo de Lord Arthur Holmwood (Cary Elwes).
La película en sí responde a una idiosincrasia doble que por un lado tiene que ver con la efervescencia narrativa y formal de la por entonces revolucionaria Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), de Scorsese, por ello Drácula está homologada a un frenesí narrativo y sensorial con muchas superposiciones, fundidos, tomas subjetivas, exposición múltiple, lindas miniaturas, cámaras rápidas, voces en off, mattes, travellings, perspectivas forzadas, retroproyección y hasta una escena símil cine mudo, todos efectos ópticos controlados por el legendario director de fotografía Michael Ballhaus y el encargado específico del rubro sin intervención alguna de CGIs, Roman Coppola, el hijo de Francis, y por el otro lado se vincula a esa ambición operística de siempre del realizador al contar con un presupuesto generoso, algo que puede verse no sólo en el excelente desempeño de Wojciech Kilar en música incidental, Eiko Ishioka en vestuario, Thomas E. Sanders y Garrett Lewis en diseño de producción, Andrew Precht en dirección de arte y del equipo de Greg Cannom, Michèle Burke y Matthew W. Mungle en maquillaje, sino asimismo en la multiplicidad de citas cleptómanas de Coppola en sintonía con Vampyr (1932), de Carl Theodor Dreyer, La Bella y la Bestia (La Belle et la Bête, 1946), de Jean Cocteau, aquella Trilogía Karnstein de la Hammer Film Productions, Hijas de la Oscuridad (Les Lèvres Rouges, 1971), de Harry Kümel, La Bestia (La Bête, 1975), de Walerian Borowczyk, gran parte del acervo erótico/ vampírico/ lésbico de Jean Rollin, Calígula (1979), de Tinto Brass, El Ansia (The Hunger, 1983), de Tony Scott, y desde ya las lecturas de F.W. Murnau de 1922, Tod Browning de 1931, Terence Fisher de 1958, Werner Herzog de 1979 y esa de John Badham también del 79. Coppola no inventa nada porque todos estos bautismos de sangre ya estaban en el libro y en todo caso innova -y mucho- ofreciendo en pantalla por primera vez un conde siempre multifacético que se transforma en monstruo grotesco, niebla verde, muchas ratas, algún que otro lobo, un murciélago y hasta una especie de licántropo que asimismo ya había sido delineado por Stoker vía su obsesión adicional con los perros salvajes. Más allá del caos de la segunda mitad del relato, el carácter algo anodino de Ryder y el ridículo acento inglés del hilarantemente inexpresivo Reeves, un detalle que al público hispanoparlante le importa un comino, la Drácula de Coppola resulta un espectáculo fastuoso y cuasi demencial -a la par barroco y posmoderno- que le debe mucho al histrionismo freak de Oldman y Hopkins…
Drácula (Estados Unidos/ Reino Unido, 1992)
Dirección: Francis Ford Coppola. Guión: James V. Hart. Elenco: Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves, Richard E. Grant, Cary Elwes, Sadie Frost, Tom Waits, Monica Bellucci, Michaela Bercu. Producción: Francis Ford Coppola, Fred Fuchs y Charles Mulvehill. Duración: 128 minutos.