Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses)

Bebedores sociales

Por Emiliano Fernández

Mientras los actores especializados en drama suelen contar con un catálogo inamovible de recursos expresivos que se condice con su mayor o menor experiencia en escena y su fetiche con el rubro de las lágrimas y aledaños, sus colegas volcados principalmente a la comedia por lo general están más abiertos a la improvisación por el simple hecho de que es mucho más difícil hacer reír que llorar ya que el sufrimiento tiene características bien universales en la humanidad pero las carcajadas son harina de otro costal, éstas dependen de rasgos culturales, sociales y económicos que varían de manera monumental incluso dentro de cada país. No cabe la menor duda de que el bagaje profesional inclinado a la comedia de los dos responsables excluyentes de Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962), el realizador Blake Edwards y el protagonista Jack Lemmon, constituyó un cimiento inmejorable para el sustrato dramático del film porque permitió una visceralidad, una fuerza y una amplitud interpretativa que muy difícilmente se podrían haber alcanzado con otras personas: si bien Edwards ya había coqueteado con el “cine serio” en Mister Cory (1957) y El Mercader del Terror (Experiment in Terror, 1962), dos representantes muy interesantes del film noir, y en la recordada Desayuno en Tiffany’s (Breakfast at Tiffany’s, 1961), y Lemmon asimismo había tenido alguna que otra aventura en otros géneros como Fuego en sus Labios (Fire Down Below, 1957) y El Vaquero (Cowboy, 1958), la verdad es que ambos estaban hiper especializados en la comedia y ninguno de los dos había encarado hasta el momento una epopeya de esta trágica magnitud y sobre un tema tan pesado y angustiante como el alcoholismo, lo que de por sí multiplicaba la apuesta artística de base.

 

El resultado no sólo es uno de los grandes clásicos en el campo de los dramas de adicciones y la película que popularizó el sistema propuesto por Alcohólicos Anónimos, la comunidad fundada en 1935 en Ohio por William Griffith Wilson y Robert Holbrook Smith, para tratar de forzar la recuperación de los adictos a la bebida, sino también una de las más excelsas anomalías de las trayectorias del director y el protagonista, dos genios rotundos del séptimo arte norteamericano. La realización fue escrita por J.P. Miller, un guionista en esencia televisivo que tuvo un par de trabajos adicionales atractivos en cine, Los Jóvenes Salvajes (The Young Savages, 1961) e Y Llegó el Día de la Venganza (Behold a Pale Horse, 1964), y que aquí adapta su propio guión de 1958 escrito para un episodio de Playhouse 90, una legendaria colección de unitarios de la CBS que se mantuvo en el aire entre 1956 y 1960. La trama gira en torno a Joe Clay (Lemmon), un ejecutivo de una compañía de relaciones públicas que se siente asqueado por la degradación del gremio al nivel de tener que hacer de proxeneta de millonarios patéticos y de tener que satisfacer los caprichos en materia de imagen pública de una alta burguesía que nunca está complacida del todo con nada, amén de interminables fiestas obligatorias en donde su propensión al alcoholismo por frustración siempre termina empeorando. Es con motivo de una de esas juergas que organiza la agencia en la que trabaja, una velada/ orgía en un lujoso yate, que conoce a Kirsten Arnesen (Lee Remick), la secretaria de uno de los oligarcas de turno y una mujer de la que se enamora por más que todo empieza con un traspié cuando el exasperado Joe la confunde con una de las prostitutas que debe entregar a un príncipe de Medio Oriente de visita en yanquilandia.

 

La pareja se casa y después se lo comunica al taciturno progenitor de ella, Ellis Arnesen (Charles Bickford), quien tiene un vivero y lleva adelante un negocio de paisajismo, lo que deriva en el nacimiento de una niña llamada Dottie. La amargura que le produce su trabajo, las estupideces de la alta burguesía a la que sirve y el no haber logrado lo que se proponía de joven, conseguir un trabajo fijo y “de categoría” para diferenciarse de sus padres, quienes brindan un show de variedades en Las Vegas, llevan de a poco a Clay a presionar a Kirsten -hasta entonces una abstemia- a que beba con él para no sentirse solo y obtener pequeños chispazos de esa felicidad que no encuentra en el plano cotidiano estando sobrio. Pronto ella también se transforma en alcohólica, eventualmente prende fuego por accidente el departamento del dúo y a él lo despiden del trabajo, no obstante reciben ayuda de Ellis y logran no beber por un par de meses mientras colaboran con el veterano en sus tareas. El matrimonio lamentablemente flaquea una noche de tormenta y Joe destroza el invernadero buscando una botella escondida en una de las macetas, lo que deriva en su encierro en una institución mental con un chaleco de fuerza por padecer delirium tremens. A pesar de que el hombre consigue reponerse de la adicción luego de conocer a Jim Hungerford (Jack Klugman), un ex bebedor compulsivo y su patrocinador dentro de Alcohólicos Anónimos, Kirsten cae en la negación patológica de su condición de adicta y la soledad de encontrarse bebiendo sin Clay la hace impredecible al punto de desaparecer por días y reaparecer luego en hoteles rústicos y alejados, motivando desde ya que Joe regrese al alcohol y que terceros maquiavélicos se burlen y lo denigren por su adicción en vez de ayudarlo a salir del pozo.

 

Edwards, justo antes de encarar la dupla de propuestas con la que comenzaría la franquicia centrada en el Inspector Jacques Clouseau (Peter Sellers), las prodigiosas La Pantera Rosa (The Pink Panther, 1963) y Un Disparo en la Oscuridad (A Shot in the Dark, 1964), en esta oportunidad construye un retrato tan amargo como realista del devenir del amor en un mundo definitivamente odioso y hueco, en donde las injusticias, atropellos, banalidades e insatisfacciones cíclicas a escala laboral y social hacen mella en la identidad de los sujetos y dejan el terreno libre a las múltiples facetas de la industria capitalista del escapismo, ya sea la mediática/ volcada al entretenimiento, la farmacéutica/ especializada en placebos o la alimenticia/ tendiente a la comida chatarra y el alcohol. Más allá de por supuesto mostrar con lujo de detalles y sin romantizaciones lavadas hollywoodenses las miserias por las que atraviesan los adictos, la película juega especialmente con la noción de los bebedores y/ o consumidores sociales, remarcando el círculo vicioso del contexto laboral de Clay incentivándolo a beber, de él haciendo lo propio con Arnesen y de ella realimentando la sed de su pareja cual “justicia poética” involuntaria por haberla iniciado en el vicio en primera instancia; un planteo retórico que por cierto da a entender que todas las drogas -las legales consensuadas históricas, el tabaco y el alcohol, y las ilegalizadas desde la hipocresía, como la marihuana, la cocaína y la heroína- responden a consumos pautados a la par por el vulgo y las elites institucionales dentro de un sustrato muy complejo de conductas individuales y comunales propensas a la autodestrucción y el innegable fariseísmo de aceptar la ingesta en determinados ámbitos y negarla por completo en otros a puro capricho y contradicciones.

 

Precisamente, los tópicos tratados son numerosos y superan por mucho al alcoholismo en la pareja, abarcando en términos prácticos la marginación continua que sufren los adictos, el arte de mentirse a sí mismo, la inestabilidad laboral crónica, la oposición entre diferentes planos de existencia (sobrios/ borrachos, trabajadores/ desempleados, vida hogareña/ vida pública, soltería/ matrimonio, ausencia de hijos/ raudo nacimiento de los vástagos, etc.), el carácter parasitario de algunas relaciones, los abusos domésticos, la triste necesidad de “tocar fondo” para percatarse de los problemas, la angustia posmoderna empardada al fracaso y la desesperación, la solidaridad que a veces encarnan los extraños, y sobre todo la generosa idiotez de los enclaves hermanados de las relaciones públicas, la comunicación corporativa, la publicidad y el marketing para oligofrénicos de nuestros días. Con una exquisita banda sonora de Henry Mancini y un preciso y minimalista trabajo de fotografía de Philip H. Lathrop, Edwards extrae actuaciones gloriosas de Lemmon y Remick y logra una química en pantalla sin parangón en lo que atañe al cine de la época y este tipo de epopeya pulsional de entrecasa, redondeando un film muy valiente que no teme señalar la mediocridad cansadora del mundo y sus subproductos, como por ejemplo esos vecinos que gritan y se quejan cuando uno quiere eliminar la omnipresencia de cucarachas en el edificio, los jefes que consideran normal el suministro interminable de meretrices para los clientes de la empresa y la misma tendencia de las instituciones al cortoplacismo sin jamás solucionar en serio nada, apenas preocupadas por manotazos de ahogado como el atar a los enfermos a mesas de tratamiento para que no se maten dentro de las pulcras instalaciones. Desde los primeros momentos del amor, cuando ella le dice que el agua del embarcadero siempre luce sucia de cerca, hasta la estupenda ambigüedad del desenlace en cuanto a las posibles recaídas y el destino último de la pareja, cuando Arnesen subraya que ya contaba con una predisposición al alcoholismo porque encontró en la bebida el mecanismo para ver más allá de esa mugre circundante y/ o esquivarla de lleno, Días de Vino y Rosas se vuelca a un documentalismo prosaico de vanguardia que cita con su título el bello poema Vitae Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam (1896), de Ernest Dowson, y examina con paciencia y enorme astucia las idas y vueltas del cariño compartido en medio del huracán de los desengaños y fiascos del día a día, siempre a sabiendas de que mucho de cualquier cosa nunca resulta bueno para nadie al punto de arruinar toda esa prosperidad potencial…

 

Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, Estados Unidos, 1962)

Dirección: Blake Edwards. Guión: J.P. Miller. Elenco: Jack Lemmon, Lee Remick, Charles Bickford, Jack Klugman, Alan Hewitt, Tom Palmer, Debbie Megowan, Maxine Stuart, Jack Albertson, Gail Bonney. Producción: Martin Manulis. Duración: 117 minutos.

Puntaje: 10