Así no se Trata a una Dama (No Way to Treat a Lady)

Besos en la frente

Por Emiliano Fernández

Así no se Trata a una Dama (No Way to Treat a Lady, 1968) es una película memorable por varias razones: primero y principal, hablamos del mejor film por lejos del director Jack Smight, un norteamericano con una carrera de lo más errática y recordado sobre todo por Midway (1976), sobre la batalla de turno de junio de 1942 correspondiente a la Segunda Guerra Mundial, El Hombre Ilustrado (The Illustrated Man, 1969), inspirada en el célebre libro de Ray Bradbury de 1951, y por dos colaboraciones con Paul Newman durante la década del 60, La Fuga de los Generales (The Secret War of Harry Frigg, 1968) y la muy superior El Blanco Móvil (Harper, 1966); en segundo término el convite que nos ocupa constituye una rareza por el tópico que trata, cómo lo trabaja y el contexto industrial general, léase los asesinos en serie a través del prisma de la comedia negrísima para colmo de impronta hollywoodense; y finalmente la propuesta sobrepasa por mucho el entramado cinematográfico porque de hecho quedó grabada en el imaginario popular/ histórico/ social por razones muy lejanas con respecto a las artísticas tradicionales, basta con pensar que el opus de Smight cuenta con un guión de John Gay a su vez basado en la novela homónima de William Goldman de 1964, un trabajo literario directamente inspirado en las andanzas del llamado “Estrangulador de Boston”, Albert DeSalvo (1931-1973), sin embargo el asunto no termina allí porque la película en sí inspiró las aventuras de otro chiflado famoso de la época, quizás el más importante de todos, el “Asesino del Zodíaco”, cuyos crímenes quedaron impunes en medio de aquella catarata interminable de conjeturas de toda clase.

 

Goldman tomó la idea de que el Estrangulador de Boston podrían ser dos personas o más operando en simultáneo y pensó que sería gracioso jugar con el ego del homicida promedio o hasta insinuar algo de celos entre ellos en lo que atañe a recibir las “atenciones” de la prensa y la policía, sentando así de sopetón -mediante el combo de película y libro- uno de los grandes clichés del rubro, el del psicópata obsesionado con construir una imagen pública pesadillesca y paradójicamente en las sombras, siempre manteniéndose en el límite entre el anonimato y el reconocimiento público a toda pompa (este gesto de dejar pistas o comunicarse con las autoridades que lo están cazando tiene que ver con el autosabotaje a la vista de todo el mundo y con un instinto suicida muy humano). Los dos desequilibrados de la novela se transforman en uno solo en pantalla, Christopher Gill (el genial Rod Steiger), burgués dueño de un teatro de Broadway que gusta de disfrazarse de sacerdote, plomero alemán, peluquero homosexual, oficial de la ley, camarero de delivery de “alta cocina” y hasta de mujer sollozante para ganar la confianza de féminas de mediana edad o mayores con la meta de ingresar en sus hogares y estrangularlas a puro delirio, compulsión que aparentemente se relaciona con su madre fallecida, una actriz de renombre con una boca de fuego que el señor reproduce en los cadáveres en forma de labios pintados en la frente con lápiz labial rojo chillón cual besos maternales, todo asimismo complementado con un ego gigantesco que permanentemente lo lleva a pretender ser el centro de atención de la policía y los medios de comunicación de New York, con los diarios como paradigma de difusión.

 

El guión de John Gay, recordado en especial por Colosos del Mar (Run Silent Run Deep, 1958), Mesas Separadas (Separate Tables, 1958), Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (The Four Horsemen of the Apocalypse, 1962), Cuando es Preciso ser Hombre (Soldier Blue, 1970) y Casta Invencible (Sometimes a Great Notion, 1971), salva las distancias -sin proponérselo, por supuesto- entre el Estrangulador de Boston y el Asesino del Zodíaco reuniendo en la figura de Gill la obsesión con las veteranas de DeSalvo (vale aclarar que todavía quedan dudas si actuó solo porque entre sus últimas víctimas se encontraban varias de menor edad, derrotero homicida que se extendió entre 1962 y 1964) y la necesidad imperiosa de reconocimiento del ignoto Zodíaco, eje a su vez de películas posteriores como Harry, el Sucio (Dirty Harry, 1971), El Exorcista III (The Exorcist III, 1990) y Zodíaco (Zodiac, 2007), entre otras que lo abordaron de manera explícita o tácita (la manía del psicópata, el cual operó en California entre 1968 y 1970, con enviar cartas a los periódicos y a determinados personajes relacionados con el caso parece haberse inspirado en la faena de Smight, totalmente estructurada alrededor de las conversaciones telefónicas que Steiger mantiene con un detective que trabaja en resolver los crímenes, ese Morris Brummel en la piel de George Segal, suerte de contrapunto conceptual del lado de la “normalidad” porque él tampoco puede dejar atrás el fantasma de su madre, en esta oportunidad una hilarante señora judía interpretada por Eileen Heckart que no sólo está vivita y coleando sino que se la pasa comparando a Morris con su hermano Franklin, un cirujano pulmonar muy exitoso).

 

La dinámica vincular entre el policía y el asesino en serie está muy bien trabajada porque Así no se Trata a una Dama nunca derrapa hacia la sátira gruesa modelo hollywoodense sino que se mantiene firme en una región difusa entre el thriller dramático y esa comedia negra -muy negra- a la que nos referíamos antes, permitiendo que un Steiger ultra desatado y verborrágico se tire de cabeza a la pileta de la actuación deliciosamente afectada para componer a cada uno de los álter egos homicidas de su camaleónico Christopher Gill, generando por cierto escenas maravillosas que funcionan casi como sketchs individuales que luego pasan a complementarse mediante la curiosa relación de cercanía que establece con Brummel; llegando por momentos al homoerotismo implícito porque comienza a seguir al detective y hasta se desquita con su interés romántico reglamentario, Kate Palmer (la hermosísima y carismática Lee Remick), testigo del primer asesinato que no puede identificar al perpetrador debido a que literalmente no lo recuerda, cuando Morris empieza a manipularlo atribuyéndole cadáveres de los que Gill no fue responsable, planteo que le trabaja el ego a más no poder ya que encima incluye la existencia de otro asesino ficticio inventado por la policía para que le robe el “crédito” a Christopher en plan de imitador barato, sin duda otro ingrediente vanguardista dentro del esquema retórico del suspenso de asesinos en serie del período. La misoginia defensiva de los hombres y el Complejo de Edipo, sustratos conceptuales fundamentales de la epopeya, no sólo aparecen en los dos protagonistas sino también en Palmer, quien considera a la madre de su novio una tarada a la que hay que decirle todo que sí con el objetivo de que deje de molestar a su vástago y no la moleste a ella en tanto “roba hijos”, a su vez con el propio Christopher inmiscuyéndose en la relación porque Morris constantemente falta a las citas con Kate para abocarse en un cien por ciento a resolver el bendito caso, idilio que comienza -precisamente- debido a que el detective le dijo a la prensa que el primer homicidio estaba muy bien planeado y ejecutado, algo que el chiflado tomó como un elogio. A años luz de toda corrección política pero también de una posible Clase B tontuela, eje posterior al que estará reducida la enorme mayoría de las ironías cinematográficas sobre los asesinos en serie, la película basada en el libro del también guionista Goldman, toda una institución él solito gracias a trabajos con directores varios como George Roy Hill, Peter Yates, Bryan Forbes, Alan J. Pakula, John Schlesinger, Richard Attenborough, Rob Reiner y Clint Eastwood, es una anomalía del mainstream en todo sentido que retoma sin incomodidad la noción de la atrocidad como “obra de arte” del sádico y que se burla de los latiguillos en torno a la angustia solipsista/ enajenada/ agresiva metropolitana estableciendo además nuevos estereotipos dentro del rubro, triunfos a los que se suma la eficacia de un planteo cómico que hasta incluye a un malhumorado enano, el Señor Kupperman (Michael Dunn), que pretende hacerse cargo de los crímenes con tal de por fin salir de la marginación comunal a la que está condenado…

 

Así no se Trata a una Dama (No Way to Treat a Lady, Estados Unidos, 1968)

Dirección: Jack Smight. Guión: John Gay. Elenco: Rod Steiger, George Segal, Lee Remick, Eileen Heckart, Murray Hamilton, Michael Dunn, Martine Bartlett, Barbara Baxley, Irene Dailey, Doris Roberts. Producción: Sol C. Siegel. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 8