Pecadores (Sinners)

Blues del vampirismo blanco

Por Emiliano Fernández

Realmente lo único bueno que hizo Ryan Coogler, director y guionista afroamericano de moda en el mainstream para tontitos del Siglo XXI, fue producir Judas y el Mesías Negro (Judas and the Black Messiah, 2021), la estupenda realización de Shaka King sobre el homicidio del militante marxista/ leninista Fred Hampton en 1969 a manos de una fuerza conjunta entre el FBI, la policía y el aparato judicial, y en mucha menor medida dirigir y escribir Fruitvale Station (2013), sobre el asesinato de Oscar Grant en 2009 a manos de la policía de Oakland, metrópoli de California, y Creed: Corazón de Campeón (Creed, 2015), aquel spin-off de la saga que llevó a la fama mundial a Sylvester Stallone y que comenzase con la insuperable Rocky (1976), de John G. Avildsen, porque el resto de su producción artística resulta impresentable y abarca un par de bodrios patéticos para Marvel, Pantera Negra (Black Panther, 2018) y Pantera Negra: Wakanda por Siempre (Black Panther: Wakanda Forever, 2022), las continuaciones reglamentarias/ rutinarias/ automáticamente olvidables del producto boxístico, Creed II (2018), de Steven Caple Jr., y Creed III (2023), de Michael B. Jordan, y alguna que otra obra suelta que asimismo dejó mucho que desear, sobre todo Space Jam: Una Nueva Era (Space Jam: A New Legacy, 2021), ese desastre de Malcolm D. Lee que pretendió oficiar de corolario muy trasnochado de Space Jam: El Juego del Siglo (Space Jam, 1996), trabajo relativamente simpático y autosatírico de Joe Pytka que combinó al basquetbolista Michael Jordan y los Looney Tunes de Warner Bros.

 

En esencia Coogler, por cierto muy alabado por la prensa y cierta parte del público yanqui y sus sucursales lobotomizadas del resto del globo, es una de las tantas “mascotas” del marketing de los grandes estudios a las que se les asignan determinado discurso de minoría -en este caso los morochos, desde ya- para simular compromiso social, precisamente por ello el señor se la pasa rodando películas en donde la negritud o el componente cultural/ racial es la gran vedette, en este sentido su nueva propuesta, Pecadores (Sinners, 2025), es una de las peores y más aburridas de su derrotero profesional porque hoy pretende unificar terror, film musical y odisea de época de marco segregacionista sin entender cada rubro ni mostrar demasiado interés en ellos, en suma siguiendo la estela de mediocridad de las dos Pantera Negra, las secuelas de Creed: Corazón de Campeón y la lastimosa Space Jam: Una Nueva Era, estos últimos unos convites en los que ofició de productor y/ o guionista. Aquí una vez más refrita a su actor fetiche, Jordan, para interpretar a dos hermanos gemelos y ex gangsters de Chicago, Smoke y Stack, que en el Delta del Mississippi de 1932 quieren abrir un “juke joint”/ local nocturno para la comunidad negra -música, comida y alcohol- con capitales robados a mafiosos irlandeses e italianos, para lo que compran un aserradero a un oligarca local que forma parte del Ku Klux Klan, Hogwood (David Maldonado), lindo sueño comercial que se desbarata cuando los clientes pagan con dinero de las plantaciones y cuando de golpe se aparecen unos vampiros encabezados por Remmick (Jack O’Connell).

 

De los interminables 137 minutos del metraje Coogler le dedica la primera hora y media a un desarrollo de personajes soporífero y digno de un adolescente de escuela secundaria para decirnos que Smoke es el “duro” de esta dupla de hermanos, aparentemente porque tiempo atrás falleció la beba que tuvo con su ex esposa, la curandera/ hechicera Annie (Wunmi Mosaku), y Stack el “blando”, otra vez por obra y magia de lo femenino vía su ex novia mulata, Mary (Hailee Steinfeld), quien simula ser blanca en el sur racista de aquel tiempo y sabiendo que pone en peligro a los morochos de todos modos se la pasa acercándose a ellos una y otra vez a lo largo de la raquítica trama. Para colmo de males la motivación para el ataque de los chupasangres es ridícula y poco imaginativa a más no poder ya que estos vampiros tienen una filosofía inusitadamente moderna, de impronta integracionista, pero igualmente deciden aguarle la fiesta a los negros marginados porque Remmick quiere que entreguen al primo de los gemelos idénticos, Sammie “Pastorcito” Moore (Miles Caton), un guitarrista, compositor y cantante de blues que tiene el poder de invocar a los espíritus del pasado y el futuro y por ello se vuelve la obsesión de gente eternamente atascada en un presente petrificado como los señores y las señoritas de colmillos largos, suerte de relectura bobalicona o modelo hollywoodense de la leyenda alrededor del célebre Robert Johnson (1911-1938), de quien suele decirse que hizo un pacto faustiano con Mefistófeles en una encrucijada de una carretera para convertirse en el mejor guitarrista de la historia del blues.

 

Pecadores, como afirmábamos antes, pareciera no tener público objetivo tanto porque no se decide qué demonios quiere ser como debido a su torpeza en la interrelación de géneros y el manejo individual de cada uno, por ello para alguien interesado en la faceta musical de la propuesta el reducido número de canciones será decepcionante, para todos los fanáticos del horror la media hora final de escaramuzas también dejará gusto a poco y finalmente para los adeptos al retrato de época el convite resultará muy esquemático o pobre por la catarata de lugares comunes del caso, además del trasfondo políticamente trasnochado del film ya que los negros están incorporados a la sociedad estadounidense desde la década del 90 del siglo pasado aunque Hollywood insiste con temáticas de discriminación que no incluyen a los latinos y los asiáticos, los verdaderos mártires de hoy en día. Entre homenajes a Johnson y a la música negra más interesantes como Encrucijada (Crossroads, 1986), de Walter Hill, y Los Hermanos Caradura (The Blues Brothers, 1980), de John Landis, y el motivo intra terror del asedio símil El Regreso de los Muertos Vivos (The Return of the Living Dead, 1985), de Dan O’Bannon, Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), de Robert Rodríguez, y Conjuros del Más Allá (The Void, 2016), opus de Steven Kostanski y Jeremy Gillespie, más algo de la paranoia de infiltración de Los Usurpadores de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978), de Philip Kaufman, y La Cosa (The Thing, 1982), de John Carpenter, entre otros films semejantes, la película ofrece diálogos soberbios y tontos, personajes por demás estereotipados, mucho melodrama hueco, una redundancia retórica exasperante, ese primer acto larguísimo e innecesario y una pretensión de erotismo sin mostrar ni una mísera teta. Si bien las canciones en general son buenas y la eficacia de O’Connell como el mandamás vampírico blanco compensa los tics ya cansadores de Jordan, el cual siempre hace lo mismo y cuando pretendió dejar de repetirse, en Fahrenheit 451 (2018), de Ramin Bahrani, tampoco pudo brillar por la mediocridad de la adaptación para HBO del clásico literario de 1953 de Ray Bradbury, a fin de cuentas Pecadores resulta una experiencia decepcionante porque se toma demasiado en serio a sí misma -sin talento para ello- y carece de la algarabía Clase B de su claro espejo cinematográfico, Del Crepúsculo al Amanecer, joya que sí aprovechaba este entorno cerrado bajo ataque, la sensualidad de las ninfas en pantalla y el despliegue de gore y coreografías para batallas y masacres varias…

 

Pecadores (Sinners, Estados Unidos, 2025)

Dirección y Guión: Ryan Coogler. Elenco: Michael B. Jordan, Miles Caton, Jack O’Connell, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Omar Benson Miller, Delroy Lindo, Li Jun Li, Saul Williams. Producción: Ryan Coogler, Sev Ohanian y Zinzi Coogler. Duración: 137 minutos.

Puntaje: 3