Monster

Cacería en la ruta

Por Emiliano Fernández

Aileen Wuornos arrastraba un prontuario enorme cuando comenzó a matar hombres, el cual se dividía entre una infinidad de peleas por un lado, producto de un carácter irascible y el maltrato que tuvo que soportar a lo largo de su vida por parte de todos los que la rodearon, y una multitud de pequeñas estafas y robos por el otro lado, estratagemas -casi siempre fallidas, hay que decirlo- derivadas de lo anterior, combo que incluye padre pederasta que se suicida, madre abandónica, abuelo que la violaba y la golpeaba, abuela alcohólica, promiscuidad crónica de Aileen, algo de incesto con su hermano, embarazo a los 15 años, expulsión de la casa de los abuelos a raíz de ello, bebé puesto en adopción, vida errante al amparo del muy deficiente sistema asistencial norteamericano, comienzo en la prostitución durante su adolescencia, primeros problemas con la ley por su “cariño” hacia las armas, dilapidación del dinero del seguro de vida por el fallecimiento de su hermano de cáncer, viaje como autoestopista hacia Florida, breve matrimonio con un anciano y el ardid de utilizar seudónimos para evadir a la policía, que la buscaba por asaltos e intentos de pasar cheques falsificados. En el período previo a los siete homicidios que se le imputaron, el primero por defensa propia cuando fue atada, torturada y violada por Richard Mallory en 1989 y el resto en esencia para llevarse el dinero y el auto de los varones que querían tener sexo con ella, todos durante 1990, Wuornos conoce en un bar gay de Daytona Beach a una tal Tyria Moore de 28 años que trabajaba como empleada doméstica de un hotel y que de un momento a otro se transforma en su amante y algo así como su proxeneta, dejando que la mantenga desde 1986 hasta que fue arrestada en 1991 después de empeñar varias de las pertenencias de las víctimas y de abandonar en la carretera un coche de uno de los hombres luego de un accidente, lo que derivó en un identikit y la obtención de sus huellas digitales.

 

La versión hollywoodense de la vida de Aileen, a quien los medios vendieron como “la primera asesina en serie femenina” por más que ya había otros casos similares a lo largo de la historia moderna y en todas partes del mundo, vino a posteriori de su ejecución vía inyección letal en 2002 a los 46 años y luego de más de una década de ser condenada a muerte en Florida por unos crímenes en los que la sociedad en su conjunto tenía una gran responsabilidad por la acumulación de olvido, negligencia, estupidez y sadismo explícito que debió comerse la mujer desde pequeña hasta que finalmente no pudo más, se cansó de la denigración comunal que padecía por su condición de meretriz y optó por empezar a cargarse a sus clientes, venganza tácita y bastante azarosa contra agentes parasitarios que de paso le servía para mantener a otro agente parasitario, Moore, paradoja de por medio. La película, una obra de impronta indie escrita y dirigida por Patty Jenkins, es una especie de complemento de Aileen Wuornos: The Selling of a Serial Killer (1992) ya que mientras que el errático documental de Nick Broomfield se centra en el circo policial, mediático y legal, la propuesta ficcional en cambio trabaja la etapa concreta de los homicidios interpretando a la gesta de revancha de Wuornos (Charlize Theron), contra ese mundo que la marginó y la utilizó como trapo de piso, en términos de una faena en gran parte sustentada en su amor hacia una Moore -ya más que crecidita en la realidad- que aquí se transforma en Selby Wall (Christina Ricci), una burguesa adolescente tan histérica como manipuladora que si bien la aprecia porque Aileen se convierte en la primera relación romántica de su vida, al mismo tiempo opta por servirse de la muy evidente necesidad de afecto de Wuornos para que la mantenga económicamente y así sacarse de encima a la parentela acusatoria que arrastraba y esa moralina cristiana fascista que condena a los homosexuales al mismísimo Infierno.

 

El film juega de manera paralela con el nacimiento y desarrollo del apego entre las mujeres, vía la protagonista abriéndose a la posibilidad de ese lesbianismo que Selby abiertamente abrazaba, y la andanada de muertes producto del intento de Aileen de dejar la prostitución, algo que deriva en fracaso porque la hipocresía de siempre de la sociedad predomina y pronto termina rechazada por sus antecedentes penales, falta de estudios y actitud agresiva en general. La película se explaya acerca de uno de los tópicos fundamentales del cine sobre prostitutas, precisamente este fariseísmo comunal que considera a los trabajos símil basura repetitiva estándar del capitalismo como mejores o más dignos que la industria del sexo como si entregar el tiempo y/ o la fuerza vital a un explotador todos los malditos días de la vida fuese realmente preferible a vender el cuerpo un puñado de jornadas a la semana en sesiones bastante más cortas que la rutina laboral promedio; concepción asimismo complementada en la trama con las clásicas denuncias sobre el maquiavelismo policial (un oficial golpeador la chantajea con arrestarla a menos que tenga sexo con él) y el carácter para nada inocente per se de las mujeres (el desquite de Aileen en el fondo ni siquiera posee características misándricas o se asemeja a las idioteces feminazis de nuestros días debido a que la presencia de Selby enturbia/ complejiza el asunto, con la chica explotándola a diario como cualquier proxeneta varón y después traicionándola olímpicamente para salvar su pellejo haciendo un trato con los esbirros institucionales para declarar en su contra y hasta llevarla a confesar los asesinatos por teléfono bajo engaños, de los que por supuesto ella estaba más que enterada por los dólares y autos que aparecían de la nada, detalles que a su vez señalan cuánto de compulsión furiosa polivalente tenía el encono de la protagonista en función de no tener ni una mísera ayuda a lo largo y ancho de su escabroso y triste periplo).

 

En el momento del estreno de la propuesta gran parte de la atención mediática se centró en la transformación física de una Theron bellísima -y también productora- que aumentó de peso, se depiló las cejas y se sometió a mucho maquillaje y algo de sutiles prótesis dentales, sin embargo lo cierto es que su desempeño a secas como actriz es excelente porque además de copiarle con eficacia los gestos y latiguillos a la Wuornos de carne y hueso, incluso consigue trasmitir toda su vulnerabilidad y fortaleza de una forma que no resulta afectada ni tontuela ni forzada, de sopetón poniendo en primer plano que lo de “afearse”, eufemismo grasiento que utilizan los y las imbéciles para no decir que simplemente se acercó a una mujer normal, se enmarca en una humanización de la homicida tracción al desprecio que debió soportar, sus múltiples frustraciones y su trastorno límite de la personalidad, factores que por cierto no le garantizaron ni un ápice de piedad en el casi siempre cruento sistema judicial y carcelario estadounidense. Ricci, por su parte, no se queda atrás y subraya que Monster (2003) es decididamente una película de personajes más que una de “historia tradicional”, aquí construyendo a una Selby aniñada y ventajista -sin personalidad propia- que ve a Aileen como una salida de emergencia ante el acoso intolerante de su familia y la sandez retrógrada de pretender “curarla” de su homosexualidad cuanto antes. Jenkins, quien luego de un largo período sin trabajar terminaría vendiendo su dignidad filmando bodrios mainstream de superhéroes, le saca el jugo a la banda sonora y en especial aprovecha las geniales Where Do I Begin (1997), de The Chemical Brothers, y Crimson and Clover (1968), de Tommy James and the Shondells, indicando que su corazoncito cinematográfico está vinculado a los pastiches y la brutalidad expresiva de la comarca independiente de los 90. La metáfora del título, en apariencia apuntando en simultáneo a la asesina en serie y a la coyuntura pública que la engendró, en realidad se refiere a una noria/ rueda de la fortuna que Aileen recuerda de su niñez y que homologa al sustrato dificultoso y a veces afable de una existencia en perpetuo movimiento que plantea sorpresas y por ello exige una generosa capacidad de improvisación ante los retos que esperan a la vuelta de la esquina. El film, en una jugada todavía común en su época y muy rara en la actualidad, adopta la perspectiva amarga del lumpenproletariado y los cuentapropistas marginales, dos estratos de la pirámide social capitalista que viven en el mundo real donde las carnicerías son constantes, y la opone al idealismo para retrasados mentales de la burguesía, en donde las abstracciones más ridículas y risibles pretenden modificar a una sociedad controlada por plutócratas a los que les importa un comino sus utopías de cartón pintado y su patética corrección política: la valentía de los primeros, simbolizada por supuesto en la psicopatía de Wuornos, poco y nada tiene que ver con la pusilanimidad de los burgueses, representados en Wall, planteo narrativo/ ideológico que le agrega otra capa de tragedia a la historia porque a lo contextual de índole social se suma esa condena implícita al fracaso por la incompatibilidad individual de las amantes, una siempre de cacería en la ruta -y de a poco cayendo en la culpa por haber matado a pobres tipos que hasta le ofrecían ayuda- y la otra llorando eternamente porque mami y papi no aceptan su predilección por las ricas vaginas y su rechazo hacia los penes…

 

Monster (Estados Unidos/ Alemania, 2003)

Dirección y Guión: Patty Jenkins. Elenco: Charlize Theron, Christina Ricci, Bruce Dern, Lee Tergesen, Annie Corley, Pruitt Taylor Vince, Marco St. John, Marc Macaulay, Scott Wilson, Rus Blackwell. Producción: Charlize Theron, Brad Wyman, Clark Peterson, Donald Kushner y Mark Damon. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 9