El Hombre de Kiev (The Fixer)

Calvario sin honor ni misticismo

Por Emiliano Fernández

La discriminación por clase social, edad, etnia, religión, sexo, ideología, intereses, origen y/ o apariencia en general siempre ha sido uno de los principales hobbies de la humanidad porque resulta mucho más fácil señalar los supuestos defectos del prójimo que encontrarlos en uno mismo, amén del triple hecho de que el odio es un factor aglutinante muy poderoso, la manipulación desde las cúpulas siempre está a la orden del día y desde ya sería mucho más difícil resolver los problemas sociales reales y la colección de inequidades de toda índole que se mueven por detrás, de allí que la rápida opción del “chivo expiatorio” sea tan atractiva para unas mayorías que tienden a reproducir como loros el discurso rubricado por las elites. En este sentido la primera modernidad capitalista burguesa y petulante, aquella de los Siglos XIX y XX que prometía el progreso infinito del ser humano a condición de que se abrace la industrialización y los avances científicos y tecnológicos y se rechace de lleno las supersticiones y la cultura polifacética de antaño, resultó una estafa mayúscula porque los viejos vicios del falso culpable, léase la tradición de descargarse con cualquier imbécil del montón que pasase por la puerta, y los pogromos, el ataque masivo de los energúmenos contra una comunidad concreta, no sólo siguieron presentes en todo el planeta sino que derivaron en episodios de injusticia flagrante que ponían en ridículo el hipotético vuelco de la sociedad, el Estado y las clases dirigentes hacia criterios más racionales, pensemos por ejemplo en el antisemitismo de principios de la centuria pasada detrás de los casos de Leo Frank en Estados Unidos, Alfred Dreyfus en Francia y Menahem Mendel Beilis en Rusia, todos enmarcados en luchas intestinas de poder y acusaciones prejuiciosas o directamente inventadas que terminaron convirtiendo en mártir al chivo expiatorio de turno, uno elegido a dedo. El régimen zarista, sin ir más lejos, apoyó activamente al proto fascismo antisemita de las Centurias Negras, la primera organización moderna nacionalista fanática de Europa, y se la pasó identificando a los judíos con el movimiento revolucionario antimonárquico y sobre todo con la vanguardia bolchevique, logrando no el apoyo de un pueblo hastiado de los abusos y delirios caprichosos del gobierno de aristócratas sino el respaldo de muchos hebreos rusos hacia la izquierda comunista, el sector más radicalizado de aquella oposición.

 

El caso de Beilis es sintomático de su tiempo porque demuestra hasta qué punto los juegos de manipulación colectiva del zarismo derivaban en tiros por la culata, aquí pretendiendo desviar el descontento de obreros y campesinos para con la Dinastía Románov hacia los semitas, a su vez homologados con la facción revolucionaria, y para ello se criminalizó a un pobre tonto intercambiable cualquiera, ese tal Beilis que para colmo era un judío jasídico no practicante, en el asesinato de 1911 de un niño de apenas 13 años, Andriy Yushchinskyi, afirmando que el delito fue parte de ritos esotéricos hebreos y que un farolero -el supuesto testigo- le dijo a las autoridades que el mocoso había sido secuestrado por un judío, enorme mentira que después demostró Nikolay Krasovsky, el investigador del Departamento de Policía de Kiev, quien fue despedido de la fuerza por negarse a participar en la falsificación de pruebas para inculpar a Beilis y quien eventualmente encontró a los homicidas, un trío de criminales de carrera a los que nadie procesó. Atizado por la prensa antisemita rusa y la obsesión del gobierno con probar que tenía razón en lo que atañe a la acusación sobre el chivo expiatorio, además un “cabeza dura” que se negaba a confesar bajo tortura física y psicológica extrema y reclamaba ser exonerado en un juicio sin amnistías oportunistas que valgan, el caso efectivamente adquirió resonancia mundial y se transformó en un emblema del despotismo y la injusticia en la Rusia zarista y su tendencia a demonizar a los judíos al transformarlos en sinónimos de los bolcheviques, así el gobierno accedió luego de dos años y pico a un proceso legal formal que liberó a Beilis, el cual ya espantado emigró primero a Palestina y después a yanquilandia, donde falleció en 1934 a los 60 años de edad aunque no sin antes publicar sus memorias en yiddish, La Historia de mis Sufrimientos (1925). Con el transcurso del tiempo semejante calvario fue cayendo en el olvido en Occidente hasta que el escritor norteamericano Bernard Malamud, de linaje ruso hebreo, publicó El Reparador (The Fixer, 1966), una novela que plagió fragmentos extensos del libro del malogrado Beilis y rápidamente fue adaptada por Hollywood en un film extraordinario que en el nuevo milenio no es tan tenido en cuenta por la prensa y el público como merecería un clásico del cine testimonial de esta envergadura, en simultáneo humanista y kafkiano de dejo visceral.

 

El Hombre de Kiev (The Fixer, 1968), dirigida por John Frankenheimer y escrita por Dalton Trumbo, es un análisis pormenorizado de este “estado de cosas” a nivel cultural, político, social, económico e ideológico, una faena que empieza de hecho con nuestro Beilis tácito, el judío ucraniano Yakov Bok (Alan Bates), escapando por poco de morir en un pogromo de la Rusia zarista y entablando una amistad con un sastre, Latke (David Opatoshu), cuya familia numerosa contrasta con la soledad de un Yakov sin padres, ya que ambos murieron cuando era un niño, y sin hijos, porque se separó de su esposa, Raisl (Carol White), luego de cinco años de intentar generar una descendencia. En esencia un reparador itinerante de ventanas, barandas y carretas con una mínima instrucción, a la par apolítico y sin interés religioso alguno, Yakov sigue un consejo de Latke, eso de hacerse pasar por goy/ gentil/ no judío para conseguir trabajo por fuera de las penurias eternas del gueto al que los hebreos estaban condenados a vivir durante el zarismo, y se aventura en una gran metrópoli en la que termina rescatando de morir congelado a un borracho patético y ricachón que pertenece a las Centurias Negras, Lebedev (Hugh Griffith), cuya hija, Zinaida (Elizabeth Hartman), es una reprimida sexual que primero se abalanza contra él y a posteriori lo acusa de violación cuando se marcha de la cama porque descubre que está menstruando, creencia semita sobre la impureza de la sangre de por medio. Con un cargo adicional por robo en la fábrica de ladrillos de Lebedev, el cual le había encargado revisar las cuentas porque los empleados sustraen mercadería, pronto se prueba la inocencia de Bok a ojos del investigador Bibikov (Dirk Bogarde) pero de repente interviene otro funcionario estatal, el burócrata de derecha Grubeshov (Ian Holm), que le indilga a Yakov el supuesto homicidio ritual de 13 puñaladas de Zhenia Golov, un purrete malcriado de 12 años que se vuelve el eje de un paradigmático “libelo de sangre” porque Grubeshov y un testaferro del zar, el Conde Odoevsky (David Warner), se obsesionan con probar con chantajes, privaciones, tormentos y humillaciones varias que Bok forma parte del movimiento revolucionario comunista y que reventó al nene porque lo vieron echándolo de la fábrica ya que tiraba piedras, en realidad asesinado por su madre y el amante de ésta, ambos ladrones, para que no comentase los crímenes familiares.

 

Perteneciente al período de gloria de Frankenheimer, aquel de la similar La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962), El Tren (The Train, 1964), Grand Prix (1966) y su famosa Trilogía de la Paranoia, léase El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), Siete Días de Mayo (Seven Days in May, 1964) y El Otro Sr. Hamilton (Seconds, 1966), y al regreso con todo de Trumbo después de la persecución demencial por parte del Comité de Actividades Antiestadounidenses, una fase en la que ya no tuvo que apelar a seudónimos para trabajar y en la que firmó los guiones de joyas como Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick, Pueblo sin Compasión (Town Without Pity, 1961), de Gottfried Reinhardt, El Último Atardecer (The Last Sunset, 1961), aquella obra de Robert Aldrich, Los Valientes Andan Solos (Lonely Are the Brave, 1962), de David Miller, Papillon (1973), de Franklin J. Schaffner, y desde ya su único trabajo como realizador, la estupenda Johnny Tomó su Fusil (Johnny Got His Gun, 1971), El Hombre de Kiev desromantiza por completo la figura de los mártires en su acepción hollywoodense porque el hecho de soportar las palizas y/ o la negligencia de sus carceleros no convierten al protagonista en un héroe empapado de honor o misticismo ya que, como él mismo se encarga de aseverar, el valiente verdadero es un militante que decide serlo y que aprovecha la ocasión y no una víctima de las circunstancias como Bok/ Beilis, un sujeto transformado en saco de boxeo de las elites más maquiavélicas con vistas a eternizarse en el poder en tiempos de crisis y revolución, con el zarismo en su ocaso y el socialismo alzándose como una alternativa. Bogarde, Holm y Warner están muy bien en sus respectivos roles pero es Alan Bates quien domina la pantalla vía su lumpen admirador de la filosofía de Baruch Spinoza y empecinado con llegar con vida al juicio, un camino que demuestra ser horripilante porque hasta Bibikov, muy favorable al reo, padece la violencia institucional. Como si se tratase de una versión brutal de El Prisionero (The Prisoner, 1955), de Peter Glenville, el film es un retrato durísimo de la locura y pretensión de impunidad de las cúpulas sociales que se beneficia de la música tenebrosa de Maurice Jarre y la sutil frialdad formal de Frankenheimer y que por cierto sobrepasa en vehemencia discursiva a opus semejantes de dictadura, reclusión, atropellos y campos de exterminio…

 

El Hombre de Kiev (The Fixer, Reino Unido, 1968)

Dirección: John Frankenheimer. Guión: Dalton Trumbo. Elenco: Alan Bates, Dirk Bogarde, Ian Holm, David Warner, Hugh Griffith, Elizabeth Hartman, David Opatoshu, Carol White, Murray Melvin, Georgia Brown. Producción: Edward Lewis. Duración: 127 minutos.

Puntaje: 10