El Precio del Triunfo (Patterns)

Canibalismo capitalista de oficina

Por Emiliano Fernández

Muy pocos profesionales han demostrado el talento y la osadía de Rodman Edward Serling alias Rod Serling (1924-1975) en los ecosistemas hermanados de la radio, la televisión y el cine, un genio con todas las letras que revolucionó aquella pantalla chica con dos series que oficiaron de fuente inagotable de ideas para décadas futuras en cada uno de los recovecos del entramado cultural estadounidense, La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964) y Galería Nocturna (Night Gallery, 1969-1973), la primera volcada a la ciencia ficción y la fantasía y la segunda al terror y el suspenso, en suma trabajos magistrales que opacaron a la tercera serie que supo crear, El Solitario (The Loner, 1965-1966), saga que anticipó ese western revisionista y crepuscular que fue tomando forma desde fines de los años 60 y el primer lustro de los 70. Serling, experto en un enfoque narrativo semi satírico que interpelaba a la condición humana y sus paradojas y vicisitudes, siempre defendió el pacifismo en un país belicista y utilizó a la fábula moral irónica como principal herramienta de denuncia contra los prejuicios, el individualismo, la idiotez y la avaricia del capitalismo promedio, algo que se enraizaba en su paso por el Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en su salto de comienzos de la década del 50 desde la radio hacia la naciente TV, dos gremios fuertemente hegemonizados por un modelo de censura corporativa/ comercial a través de patrocinadores, los mentados “sponsors”, que dictaminan qué puede decirse y qué no desde el conformismo más rancio de la sociedad burguesa, ésta homologada al clasismo y la segregación. La autonomía en cuanto al control creativo la obtuvo al concebir La Dimensión Desconocida, un programa en el que desplegó su inventiva a lo largo de cinco extraordinarias temporadas que jamás fueron superadas por show alguno, no obstante el punto de quiebre en lo referido a su popularidad y aceptación masiva sería Patrones (Patterns, 1955), un episodio de un ciclo de unitarios en vivo de la época que lo llevaría al estrellato y le daría el poder suficiente para imponer condiciones dentro del aparato productivo televisivo y cinematográfico. Es de hecho Patrones uno de los primeros ejemplos de repeticiones en la historia de la TV, logrando una reproducción un mes después por aclamación del público, y de adaptación al séptimo arte casi de manera automática, en este caso hablamos de El Precio del Triunfo (Patterns, 1956), opus dirigido por Fielder Cook que fue la primera de varias obras maestras para la pantalla grande con guiones de Rod, Réquiem para un Peso Pesado (Requiem for a Heavyweight, 1962), de Ralph Nelson, Siete Días de Mayo (Seven Days in May, 1964), de John Frankenheimer, y El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), gran clásico de Franklin J. Schaffner.

 

No se puede pasar por alto que el trasfondo workaholic multimedia de Serling también nos regaló otras propuestas interesantes en línea con El Traidor (The Rack, 1956), de Arnold Laven, Furia Maldita (Saddle the Wind, 1958), de Robert Parrish, Incidente en un Callejón (Incident in an Alley, 1962), de Edward L. Cahn, El Canario Amarillo (The Yellow Canary, 1963), de Buzz Kulik, Asalto al Queen Mary (Assault on a Queen, 1966), odisea de Jack Donohue, y El Presidente Negro (The Man, 1972), de Joseph Sargent, amén de una primera acepción de la trama de El Rostro Impenetrable (One-Eyed Jacks, 1961), la única película como director de Marlon Brando, y de haber inspirado de manera póstuma -guión hasta ese momento no utilizado de por medio- La Salamandra (The Salamander, 1981), de Peter Zinner, sin olvidarnos de la adaptación cinematográfica de su show insignia, Al Filo de la Realidad (Twilight Zone: The Movie, 1983), película muy nostálgica codirigida por Steven Spielberg, John Landis, George Miller y Joe Dante y en el Siglo XXI recordada sobre todo por la espantosa muerte durante el rodaje de los intérpretes infantiles Renee Chen y My-ca Dinh Le y del famoso Vic Morrow, este último decapitado por las aspas de un helicóptero. El Precio del Triunfo resulta comparable en inteligencia, valentía y perfección formal a tramas legendarias del primer Hollywood moderno, hablamos de la madurez expresiva de aquellos guiones de Roman Polanski para El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), asimismo dirigida por el célebre cineasta polaco, de Paddy Chayefsky para Poder que Mata (Network, 1976), de Sidney Lumet, de Francis Ford Coppola y Mario Puzo para El Padrino (The Godfather, 1972), de Coppola, de Dalton Trumbo para Johnny Tomó su Fusil (Johnny Got His Gun, 1971), único film como realizador del querido Trumbo, y de Serling para El Planeta de los Simios, cuyo final rankea en punta como el mejor de la historia del cine. Cook fue un director televisivo, especializado en comedias y con una larga trayectoria en esta misma Era Dorada de la TV (1947-1969) que Serling marcó a fuego, no obstante tuvo una carrera en el cine y en este sentido El Precio del Triunfo constituye su ópera prima y lo mejor que hizo en el medio, donde entregó un par de trabajos amenos, La Última Jugada (A Big Hand for the Little Lady, 1966) y Desesperado por Dinero (Seize the Day, 1986), y una seguidilla de películas que quedaron sepultadas por el tiempo, léase El Hogar es el Héroe (Home Is the Hero, 1959), Cómo Salvar un Matrimonio y Arruinarse la Vida (How to Save a Marriage and Ruin Your Life, 1968), esa Prudencia y la Píldora (Prudence and the Pill, 1968), Águila Enjaulada (Eagle in a Cage, 1972) y De los Archivos Revueltos de la Señora Basil E. Frankweiler (From the Mixed-Up Files of Mrs. Basil E. Frankweiler, 1973).

 

Patrones, de hecho rebautizada El Precio del Triunfo en el mercado hispanoparlante en su versión cinematográfica, originalmente se transmitió en vivo el 12 de enero de 1955 dentro de un ciclo de la cadena NBC, Teatro Televisivo de Kraft (Kraft Television Theatre, 1947-1958), una antología de unitarios financiada por la empresa alimenticia norteamericana Kraft Foods Inc. que luego se dedicaría a la comida chatarra, transmisión tan exitosa que originó una recreación en vivo el 9 de febrero de ese mismo año a petición del público, esta última reproduciendo la original y ambas contando con el mismo elenco y con Cook como realizador a cargo. La historia en sí se centra en la llegada a Nueva York de Fred Staples (Van Heflin), un joven ingeniero que hasta hace muy poco era el director de una fábrica en Mansfield, Ohio, llamada Quincy y Tulandee, que fue absorbida por un conglomerado industrial con sede en Manhattan, Ramsey & Company, a su vez fundado por el fallecido Jim Ramsey y hoy controlado por su vástago, Walter Ramsey (Everett Sloane), un sujeto despiadado adepto a adquirir empresas y factorías en crisis mediante préstamos bancarios, minucias legales/ contables y transferencias de acciones. El planteo de base, como siempre en el caso de Serling, es de anclaje moral porque nuestro flamante ejecutivo, Staples, quien se muda a una casona provista por la empresa junto a su esposa, Nancy (Beatrice Straight), eventualmente se entera de boca de su nuevo jefe en Ramsey & Company que fue traído de Ohio con el objetivo de prepararlo para reemplazar al vicepresidente y director adjunto, William “Bill” Briggs (Ed Begley), segundo al mando de la firma que choca todo el tiempo con el caudillo, Walter, porque este último no manifiesta empatía alguna por los empleados que se quedan sin trabajo debido a sus artimañas en cuanto a las fusiones y adquisiciones de empresas para eliminar toda competencia, absorberla, licuarla o transformarla en otra cosa, justo como ocurre en lo inmediato mediante la compra de una planta en un pueblo pequeño, Williamston, y la suspensión por seis meses de sus 900 trabajadores. Como Ramsey no puede echar abiertamente a Briggs de la junta directiva, nada menos que el último de los ejecutivos de la época del fundador de la compañía, Jim, vive generando situaciones de conflicto que repercuten en la salud mental y física del vicepresidente mediante estrés, un hombre que lleva 40 años en la empresa y teme no poder encontrar otro trabajo por su edad en el hipotético caso de renunciar, además bordea el alcoholismo, es viudo, arrastra una úlcera de estómago y problemas coronarios y toda su existencia privilegió al trabajo por sobre su familia, algo que queda en claro por la imposibilidad de asistir con su vástago, el adolescente Paul (Ronnie Welsh), a unos partidos de béisbol que entusiasman al muchacho.

 

Mientras que la mujer de Fred incita y convalida su costado inescrupuloso para que tome el lugar de Briggs, el protagonista siente que su conciencia no se lo permite hasta que la cruel realidad lo golpea con el fallecimiento de Bill, quien colapsa en el pasillo lindante a la sala de juntas luego de otra discusión altisonante con Ramsey debido a la autoría de un informe redactado por los dos especialistas en relaciones industriales, Staples y Briggs, excusa para que Walter siga metiendo cizaña privando al vicepresidente de todo crédito para asesinarlo tácitamente al enervarle los nervios. La película no sólo analiza la política en el escalafón ejecutivo del capitalismo sino que pone el foco en la traición de los ideales para sobrevivir en un sistema profundamente injusto, claustrofóbico y demencial, de este modo el relato de Serling salta del caso de la secretaria de Briggs reasignada a su sucesor, Marge Fleming (Elizabeth Wilson), diletante de lealtad hasta que se acostumbra al nuevo jefazo, hacia la movida de último minuto del propio Staples, el cual pretendiendo renunciar a Ramsey & Company después del óbito de Bill termina aceptando el puesto de vicepresidente por una serie de alicientes del montón, como la posibilidad de algún día hacerse de la presidencia y cambiar para bien la perspectiva de la empresa o las simples mejoras económicas, como un sueldo y unas acciones multiplicados por dos y una cuenta ilimitada de gastos, en términos prácticos incluyendo ese plus de confrontar con Ramsey de la misma manera que lo hacía su antecesor aunque con la ventaja de la edad a su favor, siendo él más joven que Walter como este último lo era en relación a Briggs. Con grandes actuaciones de Sloane, Begley y aquel Heflin de El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, El Tren de las 3:10 a Yuma (3:10 to Yuma, 1957), de Delmer Daves, y Aeropuerto (Airport, 1970), de George Seaton, actor en esta oportunidad sustituyendo al encargado de componer a Fred en las dos lecturas televisivas anteriores del guión, Richard Kiley, la epopeya denuncia de manera brillante las principales características del empresariado y su ámbito laboral en sintonía con la envidia, la genuflexión, el sustrato ultra metiche, la dinámica tiránica, esa división por estratos/ castas, la falsa modestia, la frialdad maquiavélica, los prejuicios, la explotación, el canibalismo de oficina, la superficialidad, el paternalismo, la ética ausente, ese miedo mudo patológico, la cosificación de los seres humanos, la ruindad burda como sentido común, el narcisismo, la paranoia, la dualidad entre dóciles/ cobistas y sinceros/ intransigentes y toda la retahíla de burlas, abusos y pequeñas humillaciones cotidianas que socavan la dignidad de los empleados hasta que aceptan su destino de servilismo y dejan de correr como burros detrás de la zanahoria de las promesas en torno a una riqueza que nunca llega ni llegará.

 

Plantándose en un eje temático que puede resumirse en “conciencia social versus ambición, codicia y poder”, El Precio del Triunfo opone dos esquemas de familia, por ello por un lado la finada Señora Briggs peleaba con su marido porque estaba más casado con la empresa que con ella, a lo que se agrega un hijo que también tiene presente el parasitismo inmundo empresarial en la vida privada, Paul, y por el otro lado la esposa carroñera de Fred, Nancy, niega la faceta ética y humanista de su esposo para que pisotee sin piedad al veterano y se haga de la vicepresidencia, gesto que trae a colación la complicidad de buena parte de la población para con el egoísmo de un capital que siempre pretende destruir todo lazo de solidaridad para imponer su lógica predatoria. Encarada en el pleno empleo del Estado de Bienestar, desde la posguerra hasta los 60, la propuesta exhibe una asombrosa capacidad de precognición ya que le pega al “crecimiento” embustero de este proto neoliberalismo, en auge desde los 70 hasta nuestro Siglo XXI, subrayando su carácter improvisado, farsesco, especulador y desalmado a través de las estrategias empresariales/ financieras/ jurídicas del personaje de Sloane, un Ramsey que confunde vanguardia con la psicopatía pusilánime capitalista, donde los peces gordos devoran a los chicos ante la mirada de un Estado pasivo incapaz de penar los comportamientos autoritarios e hipócritas de los oligopolios. Aquí enarbolando uno de los leitmotivs de su carrera, la convivencia entre el cansancio nihilista y un entusiasmo naif que se corrompe, Serling, como decíamos con anterioridad, se anticipa al capitalismo salvaje de las postrimerías de la centuria pasada y el nuevo milenio y traza sus raíces en la cultura corporativa posterior a la Gran Depresión o Crisis de 1929, cuando las acciones, los costos y la especulación se terminan de independizar de la economía real y tienden a pesar más que los seres vivientes en la cadena productiva, el mercado y toda la acumulación capitalista, un ecosistema que la fauna gerencial lunática pretende controlar o por lo menos manipular/ sabotear a gusto vía silencios, mentiras y engaños que muevan el amperímetro de la confianza comunal a su favor. Quizás el rasgo más paradigmático de la idiosincrasia del guionista, un visionario en serio que se desmarca de tantísimos colegas mercenarios de nuestros días, pase por el final del convite al que hacíamos referencia, uno en simultáneo pesimista, porque implica que Staples vivirá con odio de allí en adelante, y optimista, en función de no bajar los brazos y todavía conservar la posibilidad de cambio o venganza al no renunciar a la vicepresidencia en Ramsey & Company, una alternativa que hubiese constituido la opción favorita del Hollywood posmoderno amigo del cliché y de la previsibilidad que promedian hacia abajo el umbral intelectual y de calidad de la cultura…

 

El Precio del Triunfo (Patterns, Estados Unidos, 1956)

Dirección: Fielder Cook. Guión: Rod Serling. Elenco: Van Heflin, Everett Sloane, Ed Begley, Beatrice Straight, Elizabeth Wilson, Ronnie Welsh, Joanna Roos, Valerie Cossart, Eleni Kiamos, Andrew Duggan. Producción: Michael Myerberg. Duración: 84 minutos.

Puntaje: 10