El director Dan Trachtenberg entregó uno de los debuts cinematográficos recientes más atractivos del nuevo milenio dentro del enclave particular del cine de género, uno por cierto muy bastardeado por el mainstream y su triste e interminable fábrica de chorizos, Avenida Cloverfield 10 (10 Cloverfield Lane, 2016), prácticamente la única película en verdad interesante dentro de la pretendida saga del productor J.J. Abrams, esa de horror y misterio conformada por productos individuales sin gran correlación entre ellos, la floja Cloverfield: Monstruo (Cloverfield, 2008), opus de Matt Reeves, y la ya directamente insoportable The Cloverfield Paradox (2018), de Julius Onah, no obstante después de aquella ópera prima el cineasta desapareció del radar durante seis largos años en los que estuvo ocupado con trabajos televisivos varios, algo muy común en el caso de los realizadores que no desean renunciar a su libertad creativa trabajando en el repetitivo y palurdo sistema de estudios hollywoodenses de hoy en día. Fue en ese mismo 2016 que Trachtenberg y su socio, el guionista televisivo Patrick Aison, desarrollaron la idea para un nuevo proyecto dentro de la franquicia comenzada con Depredador (Predator, 1987), de John McTiernan, y recién dos años después, a posteriori del estreno de El Depredador (The Predator, 2018), de Shane Black, pudieron acercarlo al productor dueño de los derechos correspondientes, John Davis, a su vez mandamás de la productora Davis Entertainment, encargada de todas las entregas de la saga, en esencia una propuesta que sobrevivió a las reacciones hiper negativas ante el mamarracho de Black, a la adquisición del 2019 de la 20th Century Fox -el estudio madre de toda la serie de realizaciones- por parte de The Walt Disney Company e incluso a la prolongada pandemia del coronavirus, como si hiciese falta algún impedimento más que fuese peor que el terrorífico cambio de gerencia en el estudio, garantía de proyectos caídos.
El producto resultante, Depredador: La Presa (Prey, 2022), no podría haber sido mejor porque aquí Trachtenberg literalmente hace por la franquicia del cazador reptiloide del espacio lo que supo hacer por aquel otro encadenamiento de Cloverfield y su noción de historias independientes fantásticas símil La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), de Rod Serling, hablamos de entregar el mejor eslabón posible de la saga si descontamos la obra maestra insuperable de 1987 de McTiernan, en este sentido conviene recordar que Depredador 2 (Predator 2, 1990), de Stephen Hopkins, fue una secuela digna y no mucho más que le sacaba provecho al contexto metropolitano en oposición a la selva de antaño, Depredadores (Predators, 2010), de Nimród Antal, representó otra faena afable que también derrapaba hacia el delirio banal durante el desenlace, y El Depredador, como aseverábamos anteriormente, se ganó el odio de todos los fans de la saga por sus desvaríos y detalles de humor para retrasados mentales modelo Marvel y sagas bobas aledañas, amén de las trasheadas absolutas de Alien vs. Depredador (AVP: Alien vs. Predator, 2004), de Paul W.S. Anderson, y Alien vs. Depredador 2 (AVPR: Aliens vs Predator- Requiem, 2007), faena de los hermanos Colin y Greg Strause, la primera simpática, la segunda un verdadero bodrio y ambas más cercanas al cine de monstruos más lunático de la década del 80 que a una mixtura respetuosa entre el villano del neoclásico protagonizado por Arnold Schwarzenegger, en la piel de Kevin Peter Hall, y el xenomorfo diseñado por el suizo H.R. Giger para Alien, el Octavo Pasajero (Alien, 1979), la joya de Ridley Scott. Depredador: La Presa no sólo recupera el dejo aventurero estrambótico de la original, en realidad más emparentado con el cine de acción que con el terror duro o siquiera la ciencia ficción, sino que asimismo nos ofrece una epopeya entretenida que mantiene siempre alta la intensidad.
Situada en las planicies mínimamente boscosas de la América del Norte de 1719, la trama se centra en Naru (Amber Midthunder), una joven de la tribu comanche que desea escaparle a las labores femeninas más comunes, relacionadas con la recolección de frutos y raíces, la medicina, la cocina y el cuidado de los vástagos, para convertirse en una cazadora experta como su hermano mayor, Taabe (Dakota Beavers), ambos a su vez hijos de la veterana y viuda Aruka (Michelle Thrush). No pasa mucho tiempo hasta que una nave alienígena deja en la zona a un depredador del espacio (Dane DiLiegro) que comienza a medir su fuerza con los otros cazadores en una escala que va de menor a mayor, empezando por una serpiente y un lobo, siguiendo con un enorme oso gris y terminando -por supuesto- en la lacra más grande del planeta, el ser humano, todo mientras Taabe relativiza las sospechas de Naru sobre la presencia de una entidad mucho más grande y peligrosa que todos los animales juntos de la región. La chica, a sabiendas de que un puma o león de montaña que cazó su hermano no es el responsable de unas misteriosas huellas, se obsesiona con llevar adelante su “kühtaamia” o gran cacería inicial teniendo por presa al monstruo del espacio, quien suele ningunearla por ser más pequeña y menos amenazante a priori que los machos. Acompañada apenas por su perro, Sarii, Naru parte en soledad alejándose de la tribu y efectivamente se topa con el depredador, señor con juguetes tecnológicos mortales menos desarrollados que los de las películas previas porque estamos ante una precuela, así las cosas el extraterrestre primero masacra a una comitiva de los comanches y después a unos franceses crueles e inmundos que se dedicaban a poner trampas y a matar y despellejar a bisontes para llevarse su por entonces valiosa piel, un esquema que va dejando cada vez más y más sola a la protagonista porque el bicho con rastas incluso se carga a su hermano.
Trachtenberg, aquí trabajando con un guión final de Aison que surgió de la idea original de ambos, desarrolla muy bien el personaje de la estupenda Midthunder, hoy en su primer protagónico valioso, ya que evita tanto el feminismo berreta marketinero del Hollywood actual como esa clásica masculinización para transformarla en una guerrera automática, de allí que la chica durante buena parte del metraje se comporte con una dedicación admirable, aunque paradójicamente torpe y opacada por los hombres a su alrededor, y el tono narrativo en general sea el de un realismo inusitadamente seco y respetuoso a nivel antropológico para con los comanches, respetuoso en serio sin caricaturas, clichés, latiguillos o pavadas forzadas de corrección política modelo mainstream necio promedio. Este balance entre un western tácito fantástico y el relato de aventuras mencionado, y entre la presencia del agente destructor externo neutral y la hembra que saca a relucir su infaltable estrategia, eso de aprovechar la sorpresa que el ninguneo de la coyuntura social le regala para abalanzarse contra sus diversos enemigos cuando éstos no lo esperan, se unifica con excelentes escenas de acción, muy pocos y certeros diálogos y un minimalismo que no abusa de una hipotética edición vertiginosa o cualquier ardid formal para el público con déficit de atención. El film, sin embargo, no es perfecto porque el querido depredador arrastra un cansancio más que importante, algo innegable después de tantas décadas de abuso, y los CGIs de los animales son lamentables, detalle insistente del cine masivo de hoy en día y su dependencia para con técnicos sin inventiva, talento o espíritu rupturista, no obstante Trachtenberg mantiene en todo momento al tren sobre las vías del relato inteligente y de cadencia gore, redondea una interesante variante del rostro de la criatura cazadora y hasta ofrece una versión alternativa del film doblada al comanche, una jugada insólita en tiempos de perpetuo etnocentrismo…
Depredador: La Presa (Prey, Estados Unidos, 2022)
Dirección: Dan Trachtenberg. Guión: Patrick Aison. Elenco: Amber Midthunder, Dakota Beavers, Dane DiLiegro, Stormee Kipp, Michelle Thrush, Julian Black Antelope, Stefany Mathias, Bennett Taylor, Mike Paterson, Nelson Leis. Producción: John Davis y Jhane Myers. Duración: 100 minutos.