Anora

Cenicienta como escort de lujo

Por Emiliano Fernández

Mientras que el grueso del cine mainstream e indie contemporáneo elige por protagonistas a burgueses aburridos e idiotas que por cierto no se condicen con las masas empobrecidas que cada día genera/ amplifica el capitalismo, una jugada que tiene que ver con el hecho de que los cineastas, productores y equipos técnicos y artísticos en general son efectivamente miembros de los sectores privilegiados de cada sociedad y/ o no les interesa un comino retratar la experiencia de las mayorías menesterosas o excluidas, el realizador y guionista estadounidense Sean Baker, en cambio, ha hecho de los marginados el núcleo discursivo de su carrera aunque desde una perspectiva humanista peculiar que apuesta por personajes complejos y contradictorios, efectivamente como todos creemos serlo en nuestra praxis de la cotidianeidad, en detrimento de otros posibles puntos de vista vinculados al séptimo arte de antaño que también supo analizar el calvario popular, como por ejemplo el idealismo paternalista del neorrealismo de los años 40 y 50, el optimismo algo mucho naif del cine de la década del 60, aquel tono burlón o más bien falaz del mainstream con conciencia social de los años 80 y finalmente el indie noventoso tantas veces homologado a una especie de exploitation arty de la pobreza. La carrera de Baker está influenciada por los dos grandes faltantes en el listado previo, hablamos desde ya de la visceralidad del Nuevo Hollywood y de la intimidad del documental observacional cercano al Cine Directo de D.A. Pennebaker, Robert Drew, Frederick Wiseman y los hermanos Albert y David Maysles, en este sentido los “no floreos” que ha ido desplegando a lo largo de los años, en sintonía con grabar con celulares o privilegiar las escenas con una extensión considerable, tienen que ver con el doble objetivo de por un lado recuperar una sinceridad casi extinta en la cultura actual, de hecho por la hipocresía y el aislamiento de la fauna artística de muy buen pasar económico al mando de la industria cultural globalizada, y por el otro lado darle voz a los diferentes marginados desde la mediación artística, precisamente sin sermones vía diálogos y basada en una ética y una compasión que hacen foco en los ancianos, los inmigrantes, los niños y el lumpenproletariado tradicional y ese otro de marco libidinoso, igualados en desdichas.

 

Baker, literalmente una isla solitaria naturalista/ auténtica en el ecosistema cínico, banal y mayormente descartable del Siglo XXI, donde el arte se ha transformado en “contenido” y el espectador curioso en un lobotomizado por los servicios de streaming o una distribución oligopólica que sólo apuesta por el conservadurismo en el plano formal e ideológico, cuenta con un primer ciclo profesional conformado por Four Letter Words (2000), retrato de la juventud de suburbio y sus experiencias posteriores al colegio secundario, Take Out (2004), una faena sobre un inmigrante ilegal chino en Nueva York, Ming Ding (Charles Jang), que trabajaba de delivery boy y tenía apenas un día para saldar su deuda con los contrabandistas que lo ingresaron a yanquilandia, Prince of Broadway (2008), film que giraba alrededor de la paternidad imprevista de Lucky (Prince Adu), vendedor callejero ghanés indocumentado especializado en bolsos y zapatos de imitación que ofrecía en Manhattan, y Starlet (2012), una especie de propuesta de transición que supo girar alrededor de la amistad entre una anciana, Sadie (Besedka Johnson), y una actriz porno, Jane alias Tess (Dree Hemingway), en el Valle de San Fernando, Los Ángeles. La segunda fase, correspondiente a la madurez, abarca Tangerine (2015), película rodada con tres iPhones 5S que hizo conocido a Baker en el circuito de festivales de la mano de la historia de una travesti, Sin-Dee Rella (Kitana Kiki Rodríguez), que junto a una amiga y colega, Alexandra (Mya Taylor), recorría la ciudad de Los Ángeles para propinarle una golpiza a su novio y proxeneta, Chester (James Ransone), por haberle sido infiel con una tal Dinah (Mickey O’Hagan), The Florida Project (2017), lienzo sobre la miseria en Orlando, Florida, a través del derrotero de una nena turbulenta, Moonee (Brooklynn Prince), y su madre soltera, la stripper Halley (Bria Vinaite), quien se prostituye para intentar no perder la custodia de la mocosa a instancias del Estado, y Red Rocket (2021), comedia dramática de impronta sexual que nos presentaba el regreso de una ex estrella porno, Mikey (Simon Rex), a su urbe natal de Texas, Texas City, y su sueño de convertirse en manager de Strawberry (Suzanna Son), muchacha de 17 años que trabaja en una tienda de donas y a la que pretende metamorfosear en una estrella del cine para adultos.

 

La flamante Anora (2024), cierre de la trilogía tácita de epopeyas tragicómicas sobre los trabajadores sexuales que comenzó con Tangerine y Red Rocket, no sólo pule la fórmula narrativa favorita de Baker del “in crescendo” callejero, aquí más que nunca volcada a una relectura irónica de La Cenicienta, cuento de hadas de la tradición oral cuyas versiones escritas más famosas son las de Giambattista Basile de 1634, Charles Perrault de 1697 y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm de 1812, sino que además constituye la obra maestra del director estadounidense, casado con su productora de cabecera Samantha Quan, porque por fin redondea una película perfecta que unifica sus obsesiones temáticas y un ritmo narrativo vertiginoso dispuesto a llenar la pantalla con realidad -la paradójica de siempre del séptimo arte, esa ficcionalizada- a lo largo de unos 139 minutos que rankean en punta entre los más fascinantes y honestos del cine del nuevo milenio. Nuevamente la trama es muy simple y se centra en una stripper de 23 años, Anora “Ani” Mikheeva (Mikey Madison), que vive en Brighton Beach, barrio de inmigrantes rusos de Brooklyn, Nueva York, y trabaja en un club exclusivo bautizado Headquarters, donde conoce a un muchacho ruso de 21 años, Iván “Vanya” Zakharov (Mark Eydelshteyn), por ser la única en el lugar que habla el idioma ya que su abuela jamás aprendió inglés. Anora, quien ocasionalmente ejerce la prostitución, accede a una serie de encuentros con Iván en lo que resulta ser una enorme mansión porque el joven es hijo de un oligarca ruso vinculado al gobierno de Vladímir Putin, en esencia parte de un clan que perteneció al entramado del poder comunista y que en el capitalismo posterior heredó la posición de preeminencia. Para variar la rutina de tener sexo, aspirar cocaína, emborracharse, fumar con bong y jugar videojuegos bobos, el burguesito lleva a la meretriz y su séquito de amigos a Las Vegas, Nevada, y en un arrebato impulsivo decide casarse con ella para obtener la Tarjeta Verde y no verse obligado a regresar a Rusia para trabajar en la empresa de su padre, Nikolai (Aleksey Serebryakov), a su vez casado con la arpía Galina (Darya Ekamasova). Al enterarse del matrimonio los progenitores ordenan al padrino de Iván, Toros (Karren Karagulian), que anule el asunto con coacción y/ o soborno.

 

Sirviéndose de una premisa también sencilla, léase la huida cobarde de Zakharov luego de la visita de los esbirros de Toros, Garnick (Vache Tovmasyan) e Igor (Yura Borisov), y la necesidad de buscarlo en la noche neoyorquina símil Tangerine, planteo que implica una convivencia demencial entre el padrino, sus matones y una Anora que es un polvorín en potencia y desea hablar con su esposo antes de aceptar los diez mil dólares que le ofrecen para divorciarse, porque todavía cree en el amor sincero de Vanya cuando todo apunta a que es un excremento ultra egoísta, malcriado y baladí que vive bajo la sombra protectora/ dictatorial de sus padres, la obra en primer lugar juega con ingredientes del melodrama, la farsa de enredos, la comedia negra, el bildungsroman o relato de aprendizaje, ese acervo romántico modelo batalla entre los sexos o screwball comedy y la alegoría sobre opuestos culturales, aquí una protagonista que es nativa norteamericana pero de ascendencia rusa y un Iván que es ruso aunque pretende asimilarse a la frivolidad más imbécil de yanquilandia, y en segunda instancia reflexiona sobre temáticas variopintas como el trabajo sexual, el hedonismo en la alta burguesía, toda la ingenuidad de la juventud, la explotación laboral, la impunidad y el privilegio plutocráticos, la cultura de la especulación a lo enriquecimiento automático, la inmadurez contemporánea exacerbada, la estructura familiar, la mediocridad intelectual del Siglo XXI, la tendencia al delirio y el autoengaño, las tácticas mafiosas de la oligarquía capitalista, la brecha intergeneracional, esa apatía disfrazada de rebeldía cuasi adolescente y por supuesto el consumismo posmoderno en medio de la ruina moral y de la precariedad o inestabilidad del trabajo, amén de la naturalización y reproducción de las muchas injusticias y de un parasitismo que viene ponderado desde las cúpulas cosificantes. Entre la radicalidad de Rainer Werner Fassbinder, Todd Haynes y John Waters, el sarcasmo de Billy Wilder y Hal Ashby, el sustrato semi etéreo de Gus Van Sant y Jim Jarmusch y el realismo seco obrerista de Ken Loach y John Cassavetes, Baker inunda con carne desnuda su acepción de La Cenicienta en clave de “escort de lujo”, negando el neopuritanismo del mainstream y el indie de hoy en día que le escapa al coito y al erotismo para no ofender a nadie, y nos regala un desempeño magistral de parte del elenco y especialmente Madison, hasta ahora conocida por Better Things (2016-2022), serie de Louis C.K. y Pamela Adlon para FX, y sus roles secundarios en Once Upon a Time in Hollywood (2019), de Quentin Tarantino, y Scream (2022), de Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, sinceramente toda una revelación como una muchacha que sobredimensiona su agresividad cual mecanismo de defensa y que en suma funciona como un contrapunto de prácticamente el único personaje que le muestra a Anora algo de sensatez y empatía, ese Igor del asimismo perfecto Borisov, una criatura que en pantalla es capaz de generosos actos de violencia aunque sin exhibirlo a los cuatro vientos ni sentirse orgulloso por ello, siempre garantizando que ella esté bien o sea respetada como debiera si la sociedad no fuese un nido de narcisistas repugnantes y de lacayos mierdosos y lambiscones (entre los secundarios encontramos a su hermana Vera, en la piel de Ella Rubin, y la fauna de Headquarters, como la Lulú de Luna Sofía Miranda, una amiga, y esa Diamond de Lindsey Normington, gran rival). En simultáneo parodiando la irresponsabilidad empresaria/ burguesa y el utópico “sueño americano” de un progreso que nunca se concreta para las mayorías, típica zanahoria colgada delante del burro para que siga trabajando o transfiriendo riqueza al bolsillo de los explotadores, el film -como toda la carrera de Baker, un mundo de putas y putos que buscan recuperar su autoestima- indaga en el simulacro detrás de un bienestar mentiroso que estalla cuando se asoman las lágrimas de la verdad, esas que igualan las decepciones del sexo y del trabajo diario, ámbitos gemelos que sólo dignifican cuando son encarados por gusto en un marco de igualdad de fuerzas…

 

Anora (Estados Unidos, 2024)

Dirección y Guión: Sean Baker. Elenco: Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Yura Borisov, Karren Karagulian, Vache Tovmasyan, Aleksey Serebryakov, Darya Ekamasova, Luna Sofía Miranda, Lindsey Normington, Ella Rubin. Producción: Sean Baker, Samantha Quan y Alex Coco. Duración: 139 minutos.

Puntaje: 10