3x1 de Richard Stanley

Chatarra distópica

Por Enrique D. Fernández y Emiliano Fernández

Introducción, por Enrique D. Fernández:

 

A lo largo de los diferentes dossiers que pasaron por Metacultura analizamos realizadores de toda índole, y por supuesto que todavía nos quedan varios en el tintero, pero esta vez quisimos darnos el gusto de abordar a uno de los directores más delirantes e inclasificables que hayamos elegido, nada menos que el genial Richard Stanley. El realizador sudafricano es una rara avis en la industria del cine, motivo por el cual siempre nos generó apreciación. Además de su carácter contracultural, Stanley es un artista comprometido con su formación antropológica y documentalista, siendo un experimentado en diversas ramas sociales y artísticas. Dichos contenidos se vieron volcados en sus dos producciones de bajo presupuesto estrenadas a comienzos de los 90, y por las cuales dejaría cierto legado en la cinefilia de antaño, las fundamentales Hardware (1990) y Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992). Stanley supo gozar de cierto privilegio y libertad creativa durante aquellos años, en especial en ocasión de Hardware, ya que Demonio del Polvo sufriría muchos recortes y no vería la luz en todo su esplendor hasta varios años después cuando se conoció “The Final Cut”. Pero el hecho de ser un bicho raro en el ámbito cinematográfico también le daría motivos para ser desplazado del circuito comercial luego de su conflictivo paso por la realización de La Isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1996), lo que marcaría la despedida de Stanley -desde la segunda mitad de la década en adelante- de esa maquinaria infernal que es el mainstream hollywoodense. Desde Metacultura decidimos analizar sus dos largometrajes a la fecha y como yapa incluimos el recomendable documental Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau (2014) para acercarse más a la interpretación que el sudafricano pretendía plasmar sobre el clásico de H.G. Wells, y que a fin de cuentas resulta más interesante que la penosa película que terminó dirigiendo John Frankenheimer. Esperamos que este pequeño dossier sea la excusa perfecta para sumar más adeptos interesados en abordar la visión de semejante director.

 

 

Hardware (1990), por Enrique D. Fernández:

 

Stanley hizo su debut en 1990 con Hardware, un manifiesto en clave sci-fi de los temas que preocupaban al director, propuesta que comienza como un western post-apocalíptico para luego convertirse en un techno-thriller de encierro. Para proyectar su escenario, Stanley crea un universo futurista plagado de detalles y personajes al mejor estilo de George Miller y su saga Mad Max, donde la tierra es un enorme basurero repleto de sectores contaminados por la radiación y los desechos nucleares. La historia arranca con un recolector ambulante (Carl McCoy) vagando por un desierto rojizo, en el que encuentra unas piezas robóticas enterradas en la arena. Luego de intentar comercializarlas en un antro de compra y venta, parte de este botín queda en manos de Moses Baxter (Dylan McDermott), un soldado que se adueña del cráneo robótico para regalárselo a su novia Jill (Stacey Travis), una artista que fabrica esculturas con objetos desechables. Claro que la máquina en cuestión en realidad forma parte de un proyecto gubernamental que cuenta con un instinto asesino y planea destruir todo lo que se cruce a su paso. A partir de esta base, Stanley aprovecha para desplegar referencias a la literatura fantástica (hay cierto homenaje al genial Philip K. Dick) y discursos contraculturales (la idea de un gobierno que propone esterilizar a toda la humanidad para controlar la procreación), ya que si bien en términos generales hablamos de una película que respira cine de género, también sobresale un concepto ideológico como consecuencia de las aspiraciones políticas y artísticas del realizador. Además de la cuota de body-horror que nos regala una secuencia memorable a puro gore de tripas y cables fusionados con sangre y electricidad, Stanley le inyecta al argumento conciencia social (el conflicto del apartheid tuvo mucho peso durante el desarrollo del guión), junto con cierta ironía caricaturesca (hay unas publicidades televisivas que recuerdan al marketing reaccionario que supo plasmar Paul Verhoeven en 1987 en la espectacular RoboCop). En plena era de los cyber-thrillers, Stanley arremete con una relectura alucinógena de La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977), referencia que casi nadie tuvo en cuenta al momento de evaluar la visión que ofrece Hardware sobre los avances tecnológicos, la ambición de las grandes compañías y el militarismo como una entidad fascista. Cuando Hardware invadió los cines, la crítica la consideró apenas una copia barata de Alien: El Octavo Pasajero (Alien, 1979), sin embargo con el tiempo supo encontrar su lugar como una joyita de culto entre varias piezas clase B de comienzos de los 90 cuya originalidad supera por mucho al cine de género actual. Este opus comparte matices con la obra de Albert Pyun, un realizador marginado y contemporáneo a Stanley que posee una filmografía obsesionada con la temática de la robótica y que es igual de interesante.

 

Hardware (Reino Unido/ Estados Unidos, 1990)

Dirección: Richard Stanley. Guión: Richard Stanley y Michael Fallon. Elenco: Dylan McDermott, Stacey Travis, John Lynch, Iggy Pop, Carl McCoy, William Hootkins, Mark Northover, Paul McKenzie, Ian Fraser Kilmister, Chris McHallem. Producción: JoAnne Sellar y Paul Trijbits. Duración: 94 minutos.

 

 

Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992), por Emiliano Fernández:

 

Como si se tratase de una versión mística y sutilmente exacerbada de Carretera al Infierno (The Hitcher, 1986), la segunda película del talentoso Richard Stanley, Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992), combina con inteligencia el trasfondo folklórico africano, la estela del execrable apartheid, esas hermosas regiones llenas de vida aunque “desérticas” a ojos de los siempre limitados seres humanos, la arquitectura de las road movies metafísicas yanquis, el apocalipsis implícito en la ciencia ficción distópica y el recurso posmoderno del peligro condensado en asesinos en serie bien mundanos, aquí homologados -desde una polémica noción un tanto redentora- a una especie de fuerza de la naturaleza que finiquita la vida de aquellos bípedos que precisamente desean morir por una razón u otra. Enmarcado en los majestuosos paisajes de la aridez de Namibia, el relato nos pasea alrededor de tres pivotes fundamentales: en primera instancia tenemos al señor del título, ese Demonio del Polvo (gran presencia y desempeño de Robert John Burke) que se mueve como un vagabundo que identifica a sus desconsoladas presas para después asesinarlas con diligencia y consagrarse a prácticas varias que incluyen la evisceración, la mutilación sexual, la cremación y un canibalismo que suele ir acompañado de extraños símbolos rituales pintados en las escenas de los crímenes; a posteriori viene Wendy Robinson (Chelsea Field), una mujer que comienza un periplo en automóvil desde Johannesburgo, en Sudáfrica, hacia Namibia en plan de “vacaciones existenciales” desencadenadas por una convivencia insoportable en general y una pelea en particular con su esposo, Mark (Rufus Swart), quien la acusó de adúltera y le pegó en el rostro; y finalmente está el Sargento Ben Mukurob (Zakes Mokae), un oficial negro que sufre por la muerte de su hijo en su ausencia quince años atrás y que termina siendo el encargado de investigar la última víctima del personaje titular, Saartjie Haarhoff (Terry Norton), señorita que lo levantó con su vehículo a orillas de una carretera inhóspita y lo llevó a su hogar, donde durante el encuentro sexual reglamentario entre ambos el hombre de repente le rompió el cuello. Mientras Mukurob por un lado lleva adelante la pesquisa para atrapar al homicida, debe lidiar con el racismo enquistado en la estructura policial y a pesar de su escepticismo le pide auxilio al chamán tuerto Joe Niemand (John Matshikiza), quien lo va convenciendo de a poco de la necesidad de creer en la magia para atrapar a este insólito carnicero adepto a coleccionar dedos, Wendy por su parte se topará en una ruta con el Demonio del Polvo, algo así como un remolino de viento imparable hecho hombre y muy proclive a las “debilidades” resultantes de la carne, y caerá en sus encantos cercanos al control mental, revolcón en una cama de hotel y pronto descubrimiento de la faceta oscura del susodicho de por medio. El desarrollo narrativo posee un excelente primer acto y un esplendoroso desenlace pero se cae un poco durante el nudo por una leve tendencia de Stanley a alargar algunas secuencias y a regodearse demasiado en el de por sí atractivo sustrato poético truculento de la historia, planteo que por cierto no obedece a lo que podría ser la inexperiencia del realizador y guionista detrás de cámaras sino a su confianza algo excesiva en el homologamiento entre cine y literatura, casi como explicitando de manera involuntaria que algunas cosillas escritas en su momento en el guión -cual novela camuflada- no suelen soportar la traslación a la pantalla sin efectos secundarios contraproducentes vinculados al ritmo narrativo y su siempre imprescindible claustrofobia (vale aclarar que el llamado “The Final Cut” es el único montaje avalado por el creador de entre todos los que tuvo el convite por obra y capricho de los productores y diversos distribuidores mundiales). Más allá de este detalle, la propuesta es uno de los mejores exponentes de las últimas décadas del terror espiritual/ animista/ sobrenatural, comarca que siempre fue banalizada desde el mainstream -y en muchas ocasiones también desde el indie festivalero- y que en esta oportunidad alcanza una cúspide de calidad hermanada al misterio, la violencia, la sensualidad y el poder paradójico -a la vez vitalista y destructor- que subyace en una “madre tierra” que desconocemos casi por completo. Mediante despampanantes ingredientes complementarios como por ejemplo las visiones/ pesadillas de Mukurob, las intervenciones esporádicas de Niemand y hasta esa subtrama centrada en el intento súper accidentado de Mark por recuperar a su esposa, Demonio del Polvo es uno de los opus más originales y liberadores que haya dado el horror anglosajón desde la década del 90 hasta el presente, un trabajo que no teme meterse con el gore extremo, el lirismo de impronta sadomasoquista y un preciosismo todo terreno apuntalado en la maravillosa fotografía de Steven Chivers. Cayendo unos escalones por debajo de Hardware (1990) y todavía lejos de la sombra que lo perseguiría en ocasión del intento fallido de llevar a la pantalla grande su interpretación de La Isla del Doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1896) de H.G. Wells, el segundo capítulo en la trágica carrera de Stanley reconfirmaría su talento y lo llevaría a tropezarse con la peor cara de la maquinaría hollywoodense y una antropofagia artística cuyos únicos horizontes son el egoísmo y el dinero, situación que eventualmente lo condenaría al ostracismo de los guiones por encargo para sobrevivir y a una futura serie de cortos y documentales más o menos interesantes.

 

Demonio del Polvo (Dust Devil, Sudáfrica/ Reino Unido, 1992)

Dirección y Guión: Richard Stanley. Elenco: Robert John Burke, Chelsea Field, Zakes Mokae, John Matshikiza, Rufus Swart, William Hootkins, Terry Norton, Russell Copley, Andre Odendaal, Marianne Sägebrecht. Producción: JoAnne Sellar. Duración: 108 minutos.

 

 

Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau (2014), por Emiliano Fernández:

 

El trabajo realizado por Richard Stanley en ocasión de Hardware (1990) y Demonio del Polvo (Dust Devil, 1992), dos exponentes de una ciencia ficción alternativa y exitosa de índole terrorífica, sustentada tanto en los engranajes clásicos del cine de género como en una entonación promedio entre poética, mordaz y críptica, le permitió al sudafricano ser escuchado por el enclave hollywoodense y así New Line Cinema accedió a financiar -a mediados de la década del 90- el que fuera su proyecto soñado desde niño, nada menos que una adaptación iconoclasta de La Isla del Doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau), la legendaria novela de 1896 de H.G. Wells. Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau (2014) es un muy interesante documental de David Gregory que retrata la infinidad de problemas que atravesó la película y cómo eventualmente Stanley terminó siendo despedido a poco de iniciado el rodaje y luego reemplazado por el veterano John Frankenheimer, responsable de obras memorables como La Celda Olvidada (Birdman of Alcatraz, 1962), El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), El Otro Sr. Hamilton (Seconds, 1966), El Hombre de Kiev (The Fixer, 1968) y Los Centauros (The Horsemen, 1971). A través de entrevistas jugosas a los productores, a distintos miembros del elenco y el equipo técnico y al propio Stanley, el film enfatiza que el proyecto pasó de contar con un presupuesto modesto y “manejable” para un realizador del indie que estaba en términos prácticos debutando en el mainstream, cuya visión se acercaba al cine de autor inconformista e incluía detalles de humor negro en cuanto al diseño y las situaciones protagonizadas por las célebres bestias de la isla, a convertirse en un mastodonte cuando a algún geniecillo de la producción se le ocurrió contratar a Marlon Brando como Moreau, lo que hizo crecer el dinero involucrado y llevó a la necesidad de fichar a una estrella taquillera como “seguro de éxito económico” para un barco que crecía en proporciones/ ambición comercial muy por encima de lo originalmente concebido por su creador, quien para colmo desde el vamos se tuvo que comer un amague del estudio con darle el mando general a Roman Polanski. Contra todo pronóstico Brando se transformó en el principal aliado de Stanley y hasta parecía dispuesto a trabajar sin sus caprichos marca registrada, no obstante el asunto comenzó a descarrilar cuando Bruce Willis, quien iba a interpretar al náufrago de turno que termina varado en territorio del personaje titular, todo un experto en construir híbridos entre humanos y animales, dejó la producción por su divorcio de su por entonces esposa Demi Moore, lo que condujo a su sustitución por un Val Kilmer con el ego inflado que demandó menos tiempo de rodaje y así se le dio un rol secundario que estaba pautado para James Woods, el de Montgomery, el asistente de Moreau, provocando asimismo la salida de Woods y la entrada de Rob Morrow en el papel que dejó vacante Kilmer. El suicidio por ahorcamiento de Tarita Cheyenne Brando en 1995 a los 25 años, hija de Marlon, generó que el siempre imprevisible actor se ausentase por completo, circunstancia que complicó aún más una epopeya que ya venía arrastrando tribulaciones varias como el mal clima de donde se decidió rodar, la inestable zona costera del norte de Australia, el desinterés del director en asistir a las reuniones tácitamente obligatorias con los representantes de New Line Cinema, el carácter cada vez más prepotente y soberbio de Kilmer, la “gran estrella” del momento porque estaba recién salido de Fuego contra Fuego (Heat, 1995) y Batman Eternamente (Batman Forever, 1995), y el retiro de un Morrow -a posteriori sustituido por David Thewlis- cansado de las peleas en el set y el paupérrimo avance en lo que atañe al rodaje concreto de minutos de película. Cuando se produce el despido de Stanley, en esencia por no poder controlar a Kilmer y por su rechazo a lidiar con los ejecutivos del estudio, Fairuza Balk, quien componía a la “hija” del científico loco y abrazaba con fervor la intervención del cineasta, se escapa en una limusina con dirección a Sídney pero es convencida de regresar al set bajo amenazas -para nada sutiles- de no volver a trabajar nunca más en Hollywood. La eventual llegada de Frankenheimer, un artesano bien déspota de la vieja escuela que hizo reescribir el guión original del sudafricano hasta dejarlo irreconocible al cien por ciento, no resolvió ninguno de los inconvenientes y apenas si el susodicho pudo negociar en las recurrentes disputas entre Kilmer y un Brando que con el tiempo se dignó en aparecer pero -fiel a su costumbre- hizo de todo un poco para sabotear la producción por considerarla un circo decadente que no le inspiraba el más mínimo entusiasmo ni respeto. El opus de Gregory cuenta con una cadencia semi televisiva/ algo superficial que por momentos empantana un poco el relato porque en vez de centrarse más en la visión macro de Stanley, como hicieron Jodorowsky’s Dune (2013) para con Alejandro Jodorowsky y Lost in La Mancha (2002) para con Terry Gilliam, se dedica un poco mucho al “conventillo” detrás de este aparato hollywoodense yéndose al demonio, en suma ofreciendo un retrato fascinante del progreso de un proyecto fallido de por sí muy atractivo aunque careciendo de la profundidad conceptual primigenia -y el gran cariño- de los otros dos documentales citados sobre naufragios cinematográficos monumentales. Los grandes tesoros de Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau pasan por la confirmación de que el sudafricano de hecho participó como extra escondido bajo una de las máscaras de las criaturas, un antiguo rumor que necesitaba algún tipo de validación, y los testimonios del gran protagonista detrás de cámaras, un señor bastante renuente a las entrevistas, y de una pasional Balk que sin duda fue la única que se jugó el pellejo en lo que a defender a Stanley se refiere. Más allá de que se suele exagerar el “grado de desastre” de la propuesta resultante, La Isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, 1996), un film caótico pero con algunas buenas ideas aisladas que sin embargo no logran posicionarlo al mismo nivel de las otras dos mucho mejores traslaciones de la novela de Wells, aquella de 1932 de Erle C. Kenton con Charles Laughton y la de 1977 de Don Taylor con Burt Lancaster, lo cierto es que estamos frente a un típico ejemplo del afán plutocrático descerebrado de la industria cultural y sus dos inefables consecuencias, léase la impaciencia ante el talento minucioso y esa paradigmática lucha de egos sin sentido que terminan destruyendo/ perjudicando/ empequeñeciendo lo que podría haber sido una obra de quiebre y muchísimo más poderosa que la que se estrenó.

 

Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau (Estados Unidos, 2014)

Dirección y Guión: David Gregory. Elenco: Richard Stanley, Fairuza Balk, Edward R. Pressman, Robert Shaye, Tim Sullivan, Bruce Spaulding Fuller, Marco Hofschneider, Rob Morrow, David Hudson, Hugh Dickson. Producción: David Gregory y Carl Daft. Duración: 97 minutos.