Un Héroe (Ghahreman)

Ciclo de desconfianza y humillación

Por Emiliano Fernández

A esta altura del partido podemos confirmar que el realizador Asghar Farhadi concibió un género o subgénero o género compuesto que no sólo le es muy propio sino que no se parece a nada en el cine profundamente mediocre, vano y repetitivo de hoy en día, hablamos de ese melodrama de suspenso con un fuerte dejo documentalista y/ o de realismo testimonial, esquema que le ha permitido no sólo explorar las diferencias de clase, de género sexual, religión y rango/ posición ante el Estado sino también internacionalizar su enfoque con el objetivo manifiesto de extender este peculiar humanismo a Occidente mediante sus muy interesantes coproducciones con Francia y España, dando a entender que más importante que juzgar a los personajes de cada película, indicando quién sería el benefactor y quién el villano según el clásico maniqueísmo hollywoodense, es trazar el laberinto de relaciones, secretos, verdades, problemas, anhelos y mentiras que los unen y separan a nivel cotidiano para que el espectador saque sus propias conclusiones, todo por supuesto sin pretender cerrar todas las subtramas de turno porque, justo como en la vida prosaica, los facilismos casi siempre no encuentran asidero real y los inconvenientes tienen mucha mayor vida que los instantes esporádicos de alegría. Desde que se hiciese muy conocido en el ámbito global y específicamente en los festivales competitivos mediante el díptico iraní de A Propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009) y La Separación (Jodaeiye Nader az Simin, 2011), comienzo de una etapa que también abarca las francesas El Pasado (Le Passé, 2013) y El Viajante (Forushande, 2016) y la española Todos lo Saben (2018), el director y guionista ha venido desarrollando un cine de traumas más o menos ocultos en el devenir de una familia o grupo de individuos aunados bajo distintas características o culturas, logrando pensar tanto el cariño y la animadversión sostenidas entre las personas como la influencia asfixiante del todo social sobre el individuo de a pie a través del gélido entramado institucional, la mirada de los allegados o el simple desprecio de los enemigos acérrimos de cada uno de nosotros.

 

La nueva película de Farhadi, Un Héroe (Ghahreman, 2021), por un lado constituye su gran regreso en términos prácticos a Irán después del exilio productivo europeo de los años previos, jugada magistral que levanta a escala cualitativa la senda profesional porque el film que nos ocupa no sólo supera a Todos lo Saben sino que nos retrotrae a aquel nivel de propuestas extraordinarias como A Propósito de Elly y La Separación, y por el otro lado se aparta de la dinámica del trauma, esa a la que nos referíamos con anterioridad y que venía marcando la obra del iraní desde fines de la primera década del Siglo XXI, con la meta de recuperar el minimalismo, incluso más frugal, de sus tres primeras propuestas, léase las muy poco conocidas en Occidente Bailando en el Polvo (Raghs dar Ghobar, 2003), Bella Ciudad (Shahr-e Ziba, 2004) y Miércoles de Fuegos Artificiales (Chaharshanbe-soori, 2006), de las que en esta oportunidad definitivamente retoma motivos, temáticas y recursos retóricos como la dificultad para pagar deudas engorrosas, el canibalismo promedio del ámbito metropolitano, las frustraciones y la dura existencia dentro del ecosistema carcelario iraní, el poder de la amistad y/ o del amor en tanto garantes del acompañamiento entre los sujetos, la contingencia concreta del perdón en sociedades basadas en la desconfianza y los prejuicios, la dinámica de las palabras -mucho más que su homóloga de las acciones- como sinónimo de los arcanos que se esconden detrás de cada identidad, y finalmente el ciclo de la humillación tracción a un dominó de sucesos, torpezas y preconceptos que sinceramente no dejan mucho margen para la defensa por parte de unas víctimas que siempre cuentan con una dimensión de victimarios porque la duplicidad está presente en todos, nos guste o no. El eje del relato es Rahim Soltani (Amir Jadidi), un hombre sencillo y de buen corazón que pidió una generosa suma de dinero a un prestamista para iniciar un negocio pero su socio robó todo el capital, obligando al garante, su ex cuñado Bahram (Mohsen Tanabandeh), a pagar el préstamo de su propio bolsillo más los dolorosos intereses y penalidades del caso.

 

Bahram, tres años atrás, presentó una denuncia legal contra Rahim y por su insolvencia éste terminó presó, por ello su novia, Farkhondeh (Sahar Goldust), le propone vender una bolsa con 17 monedas de oro que la mujer encontró en una parada de autobús, cerca de un banco, para cubrir parte de la deuda total con el poco comprensivo acreedor, una que llega a los 70 millones de tomanes, y así lograr la ansiada liberación. Contra todo pronóstico Soltani, en una breve salida transitoria, se arrepiente a último minuto y decide pegar carteles en la calle buscando a la propietaria de las monedas para devolvérselas, lo que ocurre cuando aparece una fémina de la nada reclamando el pequeño tesoro y ofreciendo una descripción precisa de su contenido, gesto desinteresado que llama la atención de las autoridades del penal al punto de que utilizan el episodio como un ardid publicitario y llaman a un canal televisivo de alcance nacional. El asunto, asimismo, provoca la intervención de una asociación de caridad encabezada por una tal Señora Radmehr (Fereshteh Sadre Orafaiy) que consigue recolectar una buena suma vía donaciones que será destinada a pagar el monto adeudado a Bahram, sin embargo la cosa comienza a complicarse porque dicha mujer le consigue a Rahim un puesto administrativo en una dependencia estatal desde la cual, a su vez, le exigen hablar con la dueña de las monedas para comprobar la veracidad del hecho, algo que resulta imposible porque Soltani no tiene forma de contactar con ella ni tampoco consigue rastrearla. Ya desesperado, el protagonista hace pasar a Farkhondeh como la mujer de las benditas monedas aunque el burócrata en cuestión, Nadeali (Ehsan Goodarzi), no le cree y por ello Soltani acusa a Bahram de haber propagado el rumor de que todo es un engaño para lavar su imagen en público y salir del presidio, lo que desencadena una pelea entre ambos frente a la hija adolescente del acreedor, Nazanin (Sarina Farhadi), quien graba un video denunciando la violencia de un Soltani que se resigna a ser tachado de fraudulento por todos salvo su vástago tartamudo de una relación anterior, Siavash (Saleh Karimaei).

 

Farhadi, amparado en su meticulosidad formal y discursiva habitual, construye con una enorme inteligencia el núcleo del relato bajo la estampa de un dilema ético que tiene que ver con el conflicto de intereses de fondo y las dos perspectivas en pugna, ambas con una buena dosis de razón y autovictimización detrás, primero un Rahim que ve su libertad comprometida y se compadece de la pobre mujer que perdió las monedas, lo que implica que el “buen gesto” inicial se termina enredando de manera progresiva en las sospechas maniáticas de una comunidad hipócrita que siempre tiende a pensar lo peor de cada uno de sus integrantes, y segundo un Bahram que argumenta, desde el odio aunque también la sensatez, que no recibe ni recibió la simpatía de su deudor del mismo modo que aquella señora de las monedas, la cual por cierto pudo haber sido la dueña real del tesoro o una advenediza que se aprovechó de la situación al ver los carteles, de allí que el personaje de Tanabandeh se muestre tan inflexible en eso de perdonar al de Jadidi porque sabe que las afinidades son selectivas y en esta ocasión nadie tiene en cuenta sus sacrificios para cubrir los pagos a esos tiburones financieros a los que recurrió su ex cuñado. El director, como siempre, también indaga en el papel relegado de las mujeres en la sociedad iraní, el manto kafkiano del accionar del Estado, la facilidad con la que las buenas intenciones derivan en desastre, el apoyo crucial de familia y pareja en la vida diaria, la tendencia de los bípedos a tapar un embuste con otro embuste, el fanatismo del rencor arrastrado desde lejos y por supuesto el rol preponderante de la reputación y del honor en naciones herméticas como Irán, éstos simbolizados en un “certificado al mérito” que Soltani recibe por la devolución de las monedas por parte de la lacra institucional, papelito enmarcado que vale cada vez menos y menos a medida que avanza el metraje. Las actuaciones son parejas y excelentes, los diálogos cortan como bisturí y la puesta en escena del genial Farhadi vuelve a restituir la verdad más cruda en la comarca por antonomasia del artificio, el querido séptimo arte…

 

Un Héroe (Ghahreman, Irán/ Francia, 2021)

Dirección y Guión: Asghar Farhadi. Elenco: Amir Jadidi, Mohsen Tanabandeh, Sahar Goldust, Fereshteh Sadre Orafaiy, Ehsan Goodarzi, Sarina Farhadi, Maryam Shahdaei, Alireza Jahandideh, Farrokh Nourbakht, Saleh Karimaei. Producción: Asghar Farhadi y Alexandre Mallet-Guy. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 10