La Muerte de un Burócrata

Circularidad del absurdo

Por Emiliano Fernández

El cine latinoamericano tiene una larga tradición en lo que respecta al grotesco, el ridículo, la sátira, el absurdo y en general las comedias negrísimas que nos remiten al neorrealismo italiano y la enorme influencia que tuvo el cine europeo de posguerra en lo que atañe a quebrar los dos únicos paradigmas de producción y consumo que dominaron en nuestro continente hasta mediados del Siglo XX, hablamos del cine lustroso hollywoodense y los melodramas tontuelos más o menos volcados a las risas o las tragedias. La influencia un poco tardía del neorrealismo se siente a partir de la década del 60 y en aquel Nuevo Cine Latinoamericano orientado a un documentalismo de barricada que negaba el imperialismo cultural yanqui promedio y optaba por el cambio social denunciando la complicidad entre las oligarquías empresarias vernáculas y sus homólogas de las metrópolis en eso de saquear eternamente al país de turno y empobrecerlo bajo la lógica del capitalismo autoritario de siempre. Antes de que se desate con todo el ciclo de dictaduras que golpearían a América Latina durante los 70, la pata hispanoparlante del continente vivió un maravilloso amanecer creativo gracias a una multiplicidad de realizadores que tenían a la Revolución Cubana de 1959 como horizonte ideológico y prueba concreta de que el cambio socialista era posible y deseable: por estos mismos caminos podemos encontrar al cineasta cubano más famoso del período y quizás de la historia de su país, Tomás Gutiérrez Alea, aunque con sus matices porque la obra del señor jamás fue una simple exhortación comunista o un cine de impronta propagandista ya que -en una jugada muy rara para aquellos años de utopías e idealismos exaltados y bastante ortodoxos- la producción artística de Gutiérrez Alea combina de hecho el elogio del socialismo, por un lado, y la crítica insólitamente virulenta contra las dos características negativas distintivas que el director veía en la Cuba posterior a la revolución, léase la burocratización y el subdesarrollo acelerado, por el otro lado, ejemplos de una sociedad que comenzaba a estancarse en un presente perpetuo de decadencia, penurias y mercado negro que lejos estaba del edén del proletariado que soñaron tantos intelectuales.

 

En términos específicos el cine de Gutiérrez Alea fue realmente variado desde lo formal, tenemos desde lienzos sobre la esclavitud y las supersticiones cristianas como La Última Cena (1976) y fábulas de aislamiento burgués a lo Luis Buñuel como Los Sobrevivientes (1979), pasando por estudios sobre la incomunicación y las relaciones entre los sexos en línea con films como Hasta Cierto Punto (1983) y Cartas del Parque (1988), hasta llegar a odiseas de respeto sensual/ ideológico/ doctrinario entre diferentes como Fresa y Chocolate (1993) y alguna que otra road movie que retoma la antigua temática de las desigualdades sociales cubanas, Guantanamera (1995), sin embargo el verdadero origen de la carrera del director y guionista -y una de sus propuestas más logradas y fascinantes- es La Muerte de un Burócrata (1966), la película que lo hizo famoso en buena parte del mundo a la par de su otro clásico de la primera etapa, Memorias del Subdesarrollo (1968), sobre un burgués llamado Sergio Carmona Mendoyo (Sergio Corrieri) que en el período intermedio entre la Invasión de Bahía de Cochinos de 1961 y la Crisis de los Misiles de 1962 debe hacer frente a una soledad motivada por el exilio en Miami de su esposa, sus padres y sus amigos, lo que lo deja atrapado en un nihilismo ambivalente que desdibuja su lugar como miembro de la comunidad cubana de la época, a la que juzga melancólica y muy marchita. Mientras que Memorias del Subdesarrollo trabajaba desde lo dramático apesadumbrado este retroceso decadentista producto de la animadversión estadounidense contra el gobierno comunista de la isla y la misma dialéctica hermética del Estado Cubano, La Muerte de un Burócrata, en cambio, elige a la farsa como mecanismo retórico por antonomasia para pensar el rostro administrativo que los procesos geopolíticos le terminan imponiendo -sólo en parte, como decíamos, ya que siempre hay un gran margen para la autoasignación de las condenas- al aparato revolucionario, un esquema narrativo que le permite a la película ridiculizar las mil idas y vueltas que deben atravesar los propios cubanos para llevar adelante trámites a priori simples pero que pronto se transforman en pesadillas kafkianas del atolladero bobo oficial.

 

La historia es muy escueta y su potencia y sagacidad radican en la sencillez del planteo: todo comienza con el funeral de Francisco J. Pérez alias Paco, dueño de una marmolería y escultor especializado en bustos del héroe revolucionario José Martí que muere cuando es engullido por una gigantesca máquina que él mismo inventó con el objetivo de alcanzar las metas que le fijó el Estado en materia de la producción de esculturas decorativas para plazas y monumentos históricos varios, aparatejo del demonio que para colmo escupe un busto de su persona que es utilizado para coronar el sepulcro ante la mirada de la viuda sollozante (Silvia Planas) y el sobrino del finado, Juanchín (genial desempeño de Salvador Wood), quien se propone tramitarle la pensión que le corresponde a su tía pero que no puede recibir debido a que desde el ente de seguridad social le piden que entregue sí o sí el carnet laboral del muerto, uno que fue enterrado con el cadáver en forma de homenaje y bajo la decisión de sus colegas proletarios en asamblea después del fallecimiento. Obligado a tramitar una exhumación que debe venir con orden judicial porque en el cementerio no le permiten abrir el féretro y hasta le exigen una espera de dos años, el sobrino se confabula con tres operarios del camposanto para desenterrar a Paco y sacar el bendito carnet, no obstante a posteriori empieza el problema de volver a depositarlo en la necrópolis ya que el burócrata administrador del cementerio (Manuel Estanillo) les prohíbe hacerlo diciendo que ningún muerto puede regresar a su tumba si no media antes una orden de exhumación, la que finalmente debe tramitar el pobre de Juanchín pasando por una infinidad de empleados administrativos y hasta teniendo que ocultarse en una oficina pública para conseguir un sello de parte de otro esbirro gubernamental impiadoso que deja de atender cuando termina su horario sin importar las personas en espera. Confundido con un suicida y metiéndose sin querer en el hogar de su jefe, el Señor Ramos (Gaspar de Santelices), Juanchín estrangula al burócrata del cementerio ya que seguía impidiendo el entierro mientras el cuerpo de Paco es reclamado por los inspectores de salud pública por el notorio estado de descomposición.

 

Lo que podría haber sido una parodia institucional hiper opaca y uniforme, en manos de Gutiérrez Alea se transforma en un verdadero vendaval de ideas y recursos que incluyen ralentí, cámara rápida, chispazos de sutil animación, surrealismo, comedia costumbrista, erotismo picaresco y una pluralidad de homenajes que van desde esa hilarante secuencia retrospectiva inicial del fallecimiento de Pérez que remite a Tiempos Modernos (Modern Times, 1936), de Charles Chaplin, pasan por aquella batalla campal en la necrópolis entre las huestes de la funeraria y sus adversarios del camposanto que alude a las refriegas in crescendo de El Gordo y el Flaco o Laurel y Hardy, la legendaria dupla de comediantes anglosajones compuesta por Stan Laurel o El Flaco y Oliver Hardy o El Gordo, y llegan hasta el extraordinario derrotero onírico de Juanchín en el que la fantasía de arrojar el cuerpo de Paco por un peñasco -para sacárselo de encima de una buena vez- se mezcla con referencias a Un Perro Andaluz (Un Chien Andalou, 1929) y La Edad de Oro (L’âge d’or, 1930), ambas de Buñuel, y a El Séptimo Sello (Det Sjunde Inseglet, 1957), la obra maestra de Ingmar Bergman, amén de otra escena surrealista posterior -diminuta a más no poder- en la que el realizador se burla muy inteligentemente del cine norteamericano, en especial de los westerns, las películas de aventuras, los musicales y el film noir de gangsters (Gutiérrez Alea, en un período en el que lo yanqui y lo europeo no eran bien vistos dentro del gremio cultural de izquierda, incluso se permite homenajear -en los excelentes créditos del inicio, cual oficio burocrático- a los aludidos más Harold Lloyd, Akira Kurosawa, Orson Welles, Juan Carlos Tabío, Elia Kazan, Buster Keaton, Jean Vigo, Marilyn Monroe y a “todos aquellos que de una manera u otra han intervenido en la industria del cine desde Lumière hasta nuestros días”). Esta conjunción entre el slapstick, la comedia negra y el delirio, como decíamos antes, asimismo se da la mano con la anatomía femenina vía algo de carne de ocasión que satiriza al machismo en boga, como por ejemplo la señorita que acompañará a la carroza del muy paradójico desfile/ campaña bajo el mote de “Muerte a la Burocracia”.

 

Más allá de la intención de fondo de poner al descubierto a un Estado Cubano que afirma luchar contra el papelerío, los trámites infinitos y la lentitud de tortuga renga mientras cae progresivamente más y más en cada uno de ellos, el carácter de rara avis de La Muerte de un Burócrata y del propio Gutiérrez Alea también se condensa en las representaciones del pueblo cubano, ese Juanchín que de modo permanente se debate entre la abulia resignada y las prácticas microscópicas antiinstitucionales/ ilegales simbolizadas en su improvisación, gran ímpetu y picardía, y de los mismos burócratas, aquí un esquema retórico bastante de vanguardia para su tiempo ya que está dividido en dos vertientes complementarias, la primera compuesta por esos especímenes kafkianos patéticos que todos conocemos -y que pululan por todos lados tanto en la administración pública como en los puestos por demás rutinarios y mediocres del sector privado- y la segunda de índole más burguesa clásica que tiene que ver con los estratos gerenciales y la mayor libertad de movimiento, escalafón sin duda homologado dentro del relato a ese Señor Ramos al que recurre el protagonista en el desenlace -fruto de la desesperación de no poder volver a enterrar al finado dentro del cementerio- para que medie ante los entes gubernamentales, un paparulo soberbio y banal aunque muy gracioso en su pedantería distante que se acuesta con una hermosa secretaria y encabeza la rama propagandística del Estado, una suerte de organismo parasitario de la cultura popular y focalizado en el marketing, la publicidad y un “arte oficial” gráfico sólo esquemáticamente proobrero y procampesino. Esta triste y rígida izquierda temprana que se parece a la derecha pero sigue utilizando contradictoriamente el discurso antiimperialista y anticolonialista de antaño es analizada con inusual ferocidad por Gutiérrez Alea a través del concepto de la circularidad del absurdo, por ello el jerarca burocrático del cementerio del título es enterrado en su propio lugar de trabajo, por ello Juanchín es sometido a la espiral del sinsentido cotidiano laberíntico/ estatal y por ello el propio Paco es asesinado por una máquina de su invención que encima estaba destinada a reemplazarlo y a hacer inútil a la fuerza laboral humana, algo que complementa la ironía narrativa y subraya la vigencia del planteo en un presente arrinconado por el desempleo, la pobreza y el hambre crecientes en naciones que expulsan a los trabajadores para sustituirlos por algún algoritmo y/ o diversas variantes de los robots materiales y virtuales. A contrapelo de buena parte de la inocencia del cine de su época y de aquellos gloriosos postulados libertarios de los 60 y 70, Gutiérrez Alea es mucho más cuidadoso en materia de celebrar/ ensalzar al movimiento socialista y sus consecuencias, ahora esa burocratización y ese subdesarrollo que por supuesto están mucho más maximizados en el cruel enclave capitalista del continente cortesía de décadas y décadas de saqueo por parte de los países del Primer Mundo y de sus socios internos de la oligarquía empresaria y los gobiernas execrables que desde el ciclo de las dictaduras vienen hegemonizando el poder en democracias de cartón pintado, inequidad y cadencia farsesca, actuando al servicio de esa cúpula insensible que denuncia el film del realizador cubano…

 

La Muerte de un Burócrata (Cuba, 1966)

Dirección: Tomás Gutiérrez Alea. Guión: Tomás Gutiérrez Alea, Alfredo L. Del Cueto y Ramón F. Suárez. Elenco: Salvador Wood, Silvia Planas, Manuel Estanillo, Gaspar de Santelices, Omar Alfonso, Carlos Ruiz de la Tejera, Richard Suárez, Luis Romay, Elsa Montero, Tania Alvarado. Producción: Margarita Alexandre. Duración: 85 minutos.

Puntaje: 10