Si bien Mario Monicelli en sí no inventa nada en la inmortal Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, 1958), inspiración para el nombre de la banda homónima de Nito Mestre después de la separación en 1975 de Sui Generis y una de las primerísimas parodias de un subgénero reciente del film noir, léase el heist film o caper movie o película de atracos, porque el formato ya estaba relativamente bien asentado en el cine mundial de mediados del Siglo XX, resulta indudable que el opus italiano ofrece una perspectiva muy fresca y graciosa en torno al tópico de la operación criminal vinculada a un asalto que reclama una planificación rigurosa y una ejecución incluso más disciplinada: el caper había nacido con la hoy legendaria La Jungla de Asfalto (The Asphalt Jungle, 1950), también conocida en castellano como Mientras la Ciudad Duerme, obra maestra crucial de John Huston que un lustro después generaría tres coletazos igualmente importantes para la rauda consolidación retórica del subgénero, Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, Casta de Malditos (The Killing, 1956), de Stanley Kubrick, y Bob, el Jugador (Bob, le Flambeur, 1956), de Jean-Pierre Melville, de allí se explica la aparición por aquellos mismos años de la primera sátira como tal, El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), propuesta británica del norteamericano de origen escocés Alexander Mackendrick en la que el asalto de turno, en esta ocasión a un camión blindado en la Estación de King’s Cross de Londres, efectivamente se llevaba a cabo con éxito pero todo se caía a pedazos a posteriori por la intervención de un personaje considerado inofensivo por la banda liderada por el Profesor Marcus (un irreconocible Alec Guinness), hablamos de la Señora Louisa Wilberforce (Katie Johnson), una viejita a priori adorable aunque con una imaginación muy agitada, un instinto punitivo indisimulable y una tendencia a desencadenar debacles a su alrededor, como las que padecen de manera sucesiva los restantes cuatro integrantes de la pandilla en cuestión, el gangster Louis Harvey (Herbert Lom), el maleante algo menor Harry Robinson (Peter Sellers), el grandulón “One-Round” Lawson (Danny Green) y el caballeroso Mayor Claude Courtney (Cecil Parker), víctimas indirectas de la anciana cual psicópata implícita.
Así como el humor inglés se abría camino desde el cinismo y la frialdad pero admitiendo un mínimo sesgo de eficacia en materia de las destrezas de los pobres diablos parodiados, su homólogo italiano, en cambio, se sumerge en un grotesco ampuloso y decididamente melodramático que al abrazar una hipérbole radiante, ahora negándoles el éxito criminal a los malhechores y subrayando los múltiples obstáculos que deben evitar para concretar el robo, termina siendo más realista que el opus inglés porque desparrama la culpa del fracaso entre diferentes personajes igualmente estúpidos, torpes, inconscientes o soberbios, amén del surgimiento de “imponderables” que hacen al carácter azaroso de la praxis cotidiana en la que estamos inmersos a escala social. Cosimo Proietti (Memmo Carotenuto) es un ladrón de poca monta que es arrestado por intentar robar un coche y recluido en la cárcel, donde le birla la idea para un atraco a un albañil que acuchilló a su cuñado y construyó una pared muy delgada en un departamento pegado a una casa de empeños con una jugosa caja fuerte, por ello necesita salir libre cuanto antes y el asunto deriva en una búsqueda entre el hampa romana de un sustituto que se atribuya lo del auto, reemplazo que resulta ser el mediocre boxeador Giuseppe “Peppe” Baiocchi (Vittorio Gassman), señor que no logra convencer al juez del caso y termina preso junto a un Cosimo que por culpa le comenta acerca del plan para luego ser traicionado por Peppe, el cual sale en libertad, aprovecha la información y une fuerzas con la banda que ensambló un carterista anciano que está al tanto de todo, el esperpéntico Pierluigi alias Capannelle (Carlo Pisacane), hablamos de Mario Angeletti (Renato Salvatori), un ladronzuelo de corta edad, Tiberio Braschi (Marcello Mastroianni), un fotógrafo que cría a su bebé en soledad luego de que su esposa, Teresa (Gina Rovere), fuese apresada por tráfico de cigarrillos, y Michele “Ferribotte” Nicosia (Tiberio Murgia), un siciliano presumido que encierra en su hogar a su bella hermana para casarla, Carmelina (Claudia Cardinale), equipo al que se suma como asesor externo Dante Cruciani (Antonio de Curtis alias Totò, comediante mítico de aquella época), un experto en el arte de abrir cajas fuertes que por 50 mil liras les da unas lecciones y hasta les presta sus herramientas.
El encanto del sencillo guión de Monicelli, Suso Cecchi D’Amico y el dúo de Agenore Incrocci y Furio Scarpelli alias Age & Scarpelli, basado en el cuento corto Robo en una Pastelería (Furto in una Pasticceria), publicado en la antología Último Viene el Cuervo (Ultimo Viene il Corvo, 1949), de Italo Calvino, pasa por la gran obsesión de siempre del director, el retrato de la amistad masculina y sus paradojas y miserias, y por la catarata de inconvenientes que debe atravesar la pandilla para garantizar la viabilidad del proyecto, retahíla de lo más hilarante que sintetiza el postulado central de la Ley de Murphy, eso de que “todo lo que puede salir mal, saldrá mal”, e incluye detalles variopintos como el amor entre Mario y Carmelina, el intento fallido de filmar la combinación de la caja fuerte desde un edificio vecino al de la casa de empeños, la aparición esporádica de la policía, el peso simbólico de la libertad condicional sobre los protagonistas, la necesidad de conquistar/ engatusar a una criada del departamento en cuestión para ingresar sin ser descubiertos, Nicoletta (Carla Gravina), ninfa linda y putona que se queda sola cuando sus jefas, un par de veteranas, todos los jueves se marchan al campo para chequear sus viñedos, la sorpresiva liberación de un Cosimo que primero pretende matar a Giuseppe, después intenta asaltar la casa de empeños y al final termina muriendo atropellado por un tranvía luego de un hurto nocturno, el enamoramiento del personaje de Gassman para con Nicoletta y un triángulo amoroso con una bella secuaz de la banda, la especialista en inteligencia Norma (Rossana Rory), la retirada de un Dante precavido que no quiere estar cerca cuando comience el pillaje, el descubrimiento de parte de Michele de la relación de su hermana con Angeletti, quien a último momento renuncia al atraco para transformarse en vendedor de golosinas en un cine/ teatro y salvaguardar a su madre y su novia, la golpiza que recibe Tiberio por haber sustraído una cámara de un mercado popular -brazo derecho quebrado de por medio- y los muchos problemas a la hora del asalto en sí, como los vaivenes de la criada, los muebles cambiados de lugar, todo el tiempo malgastado, la presión sobre la pared equivocada y una explosión por gas mientras saqueaban lo único que pueden saquear, la heladera del lugar.
Perteneciente al ciclo de clásicos de Monicelli, aquel invaluable de Policías y Ladrones (Guardie e Ladri, 1951), La Gran Guerra (La Grande Guerra, 1959), Los Compañeros (I Compagni, 1963), Casanova 70 (1965), La Armada Brancaleone (L’Armata Brancaleone, 1966), La Siciliana (La Ragazza con la Pistola, 1968), Brancaleone en las Cruzadas (Brancaleone alle Crociate, 1970), Amigos Míos (Amici Miei, 1975), Un Burgués Pequeño Pequeño (Un Borghese Piccolo Piccolo, 1977), El Marqués del Grillo (Il Marchese del Grillo, 1981), Amigos Míos: Acto II (Amici Miei: Atto II, 1982) y Parientes de Serpientes (Parenti Serpenti, 1992), amén de estupendos films ómnibus como por ejemplo Boccaccio 70 (1962), junto a otros próceres, Federico Fellini, Luchino Visconti y Vittorio De Sica, y Los Nuevos Monstruos (I Nuovi Mostri, 1977), trabajando a la par de Ettore Scola y Dino Risi, Los Desconocidos de Siempre impulsaría las carreras de Mastroianni, Cardinale y Gassman, tres genios en un elenco rebosante de actores irrepetibles, y en esencia respeta el formato paradigmático de las comedias farsescas del período de sketchs/ viñetas/ capítulos interconectados aunque lo condimenta con un par de recursos que crean una personalidad muy singular, primero la extraordinaria banda sonora de corte jazzero de Piero Umiliani, por cierto bien adelante en lo que atañe a la mezcla del sonido, y unos separadores que duplican los intertítulos del cine mudo, planteo tendiente a enfatizar el corazoncito slapstick del film y un sustrato demencial cercano a los primeros dibujos animados del séptimo arte, aquellos anarquistas y ridículos. Monicelli retoma núcleos centrales del neorrealismo, como el rodaje en locaciones y el análisis de fondo de la pobreza, la desesperación y las ansias represoras del Estado, sin embargo Italia estaba atravesando el Milagro Económico de la posguerra y aquel arte de la marginación y la penuria ya había mutado en neorrealismo rosa y commedia all’italiana después, de allí que las “circunstancias agravantes” del robo -los pasos en falso, imprevistos y muchísimos sacrificios- pasen al primer plano en esta odisea humanista sobre la derrota digna, sabiendo que se hizo todo lo posible en la lucha contra los molinos de viento de la infinita idiotez de hombres y mujeres, esa necedad propia y ajena…
Los Desconocidos de Siempre (I Soliti Ignoti, Italia, 1958)
Dirección: Mario Monicelli. Guión: Mario Monicelli, Suso Cecchi D’Amico, Agenore Incrocci y Furio Scarpelli. Elenco: Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Tiberio Murgia, Carlo Pisacane, Renato Salvatori, Memmo Carotenuto, Claudia Cardinale, Rossana Rory, Carla Gravina, Totò. Producción: Franco Cristaldi. Duración: 107 minutos.